sábado, diciembre 12, 2015

Mi Alma Máter El Colegio San Pedro de Chimbote


MI ALMA MÁTER EL COLEGIO SAN PEDRO DE CHIMBOTE

El auxiliar Alcides ingresó al aula del Primer Año “D” para llamar lista y darnos la bienvenida. Unos cincuenta muchachos lo escuchamos en aquella mañana inaugural de abril de 1973. El salón era parte de unos ambientes precarios bautizados por la picardía sampedrana como “Los Pueblos Jóvenes”, pues habían sido construidos con triplay y eternit a causa de la emergencia producida por el terremoto de 1970. Más allá de estas aulas y una vieja cancha salitrosa de fútbol resonaba el mar de Chimbote, el rumor de sus olas también nos daba la bienvenida, y nos acompañaría durante cada día de permanencia en nuestra Alma Máter.

Estudiar en la Gran Unidad Escolar San Pedro, como entonces se llamaba, era motivo de personal orgullo. Implicaba ser parte de una tradición en la vida de Chimbote. Un plantel líder no sólo en lo académico, sino también en la música, artes, desfiles cívicos, deportes… y en algo más, la palomillada sana, otro símbolo de su identidad. Bromas a raudales, pero a la hora de las cosas serias prevalecían siempre las nobles virtudes del estudiante sampedrano. A mí, por lo menos, me lo hizo saber temprano el profesor de Educación Física Luis Alva Yépez. Durante nuestra primera clase estando yo en fila para saltar los taburetes, miró mi nombre en su registro y me preguntó si tenía un hermano mayor Roger. Tras confirmarle que sí, me respondió: “Tu hermano ha sido un palomilla pero también un buen alumno, quiero que sigas su ejemplo”.

Antigua estatua de  San Pedro  en el 
interior del colegio (Fuente: Internet)
El colegio tenía una gran plana docente. Yo había estado familiarizado con algunos de sus nombres desde mis días en la primaria. Por ejemplo, el profesor de Historia, Rodolfo Estefo Ñique, cuyas separatas para secundaria las leía junto a mis revistas de historietas; igualmente don José Gutiérrez Blas, su libro “Chimbote a través de la Historia” lo leí por primera vez a los ocho años de edad; el profesor de Música Marco Merry Salazar Jácome había grabado el disco “Una Noche en los Pinos”, uno de mis favoritos a comienzos de los setenta; o el propio Luis Alva Yépez, a quien admiré como entrenador del José Gálvez FBC antes de ser su alumno. Y corresponde a esa época también un pintoresco personaje: debo haber tenido unos nueve o diez años de edad aquel día en que me encontraba con Roger en nuestra tienda de abarrotes. De pronto alguien pasó por la pista manejando un triciclo y, mientras pedaleaba, le gritó a mi hermano: “Oye pendejo, ¿no quieres comprar bolsas?”. Roger le dijo que no. ¿Quién es ese señor?, pregunté. “Es mi profesor Chatarrita Sagástegui, me enseña Anatomía, vende bolsas plásticas en sus días libres”, respondió mi hermano.

El Segundo Año también estudié en “Los Pueblos Jóvenes”, y fue la única vez de mi secundaria que me tocó asistir en el turno de la tarde. Tuve la suerte de tener en el salón a Marco Antonio Arroyo Benites, mi mejor amigo del colegio y de toda la vida. Su amistad marcó una visión más compartida de mis días en el San Pedro. Juntos jugamos fútbol, practicamos gimnasia, y nos enamoramos de bellas alumnas. En general, la etapa colegial cubre una larga lista de ilusiones, fantasías y amores platónicos, cuyos recuerdos aún nos causan suspiros de nostalgia en el otoño de la vida. Anteriormente he ampliado este tema en un par de relatos.

Enero de 1978.  Huacachina, Ica.  Eduardo, 
quinto de la fila de pie (de izquierda a derecha), 
junto a un grupo de compañeros de estudios (2) 
Durante la secundaria disfruté de innumerables lauros logrados por mi Alma Máter: La gallardía del paso marcial de los sampedranos ganó diversos galardones en los desfiles escolares, y fue código de honor para cada una de sus generaciones. Los espectaculares desfiles de antorchas y carros alegóricos durante las festividades de San Pedrito. Los éxitos en los Festicantos celebrados en el coliseo Paul Harris, e igualmente en los certámenes literarios organizados por instituciones de la ciudad. En 1975 cursaba el Tercer Año “B” en uno de los grandes pabellones de dos pisos, y ese año nuestro equipo de fútbol, el Cultural San Pedro, ascendió a la primera división de Chimbote; no olvido el día cuando el profesor Crispín Portella presentó a los jugadores en la formación del plantel, y los estudiantes rompimos filas en medio de una algarabía total.

En la primaria fui un alumno destacado y obtuve diploma de honor en casi todos los años, pero la secundaria fue una historia diferente; mayormente porque descubrí que aunque tenía facilidad para las letras, en cambio los números fueron un hueso duro de roer. No tuve buena química con las matemáticas, pero pasados los años aprendí a valorar a mis profesores de la especialidad, José Desposorio Cruz y Antonio Abanto López, por su decencia profesional y abnegada dedicación. Recuerdo también con afecto al teacher Iturrios, con quien aprendí más inglés en un conocido bar de la esquina de Elías Aguirre con Pardo que en el propio salón de clase. Igualmente, pervive en mi memoria don Julio Orrillo del Águila, subdirector y director del plantel hasta 1976, su menuda figura rondaba cada rincón del colegio, sea para asegurar el orden o para para compartir una broma, fue querido y respetado por todos los estudiantes. Mención especial merece don Jorge Teevin Vásquez, docente de elevado intelecto, impecable dicción, y sobria personalidad; es muy posible que en mis días de colegial me haya evadido de muchas clases pero nunca de las suyas, él mantuvo mi avidez por conocer la Historia Universal y siempre lo consideré mi profesor favorito.

Mapa de ubicación del Colegio San Pedro
(Fuente: Google)
Cuando estuve en Cuarto Año “D” perdí el rumbo de los estudios. Fue en 1976. Tenía quince años de edad y me extravié en el laberinto de la rebeldía, de mis ilusiones sentimentales no correspondidas, y de mis inicios en la militancia política. Repetí aquel año. Mi compañero de aula “Pichicho” Bejarano me había prestado el libro “El Antimperialismo y el Apra” y con fascinación lo leí por primera vez. A partir de allí y por varios meses devoré libros de política y descuidé los estudios, cuando reaccioné fue demasiado tarde. De todas maneras fue un momento clave en mi vida, pues al año siguiente me inscribí en el APRA e inicié una militancia ferviente e idealista, la misma que llegó a su fin hace más de dos décadas, cuando desencantado me distancié del Partido para siempre.

En realidad mi primera participación en la acción política se remonta al primer año en la secundaria. Tuve la suerte de llegar al San Pedro en una época que los estudiantes habían alcanzado un altísimo nivel de organización, preparación y participación en el quehacer social de Chimbote. Y un grupo de dirigentes estudiantiles con notable talento político se reunía diariamente al final de las clases. Fui delegado ante el consejo directivo que aquel año presidió Fernando Collantes Díaz. El movimiento estaba centralizado a través del Frente Único de Estudiantes de Chimbote que dirigió Fernando Rabinez Zapatel. Yo tenía doce años de edad y aún no tenía filiación política, pero la mayoría de los dirigentes pertenecían a los diversos grupos comunistas en que se dividía la izquierda marxista. En mayo y junio participamos activamente en las jornadas de protesta que sacudieron Chimbote, y que tuvieron como saldo la muerte del trabajador siderúrgico Cristóbal Espinola Minchola y del estudiante Humberto Miranda Estrada.

En 1977 volví por segunda vez al Cuarto Año. Estudié con más ahínco y  no tuve problemas académicos. Lo que más recuerdo de aquel año es que organizamos actividades para recaudar fondos e ir al Cuzco. Cerca de diciembre nos dimos cuenta que no teníamos suficiente dinero para el plan inicial y decidimos viajar a Arica. Contratamos un microbús y la tercera semana de enero de 1978 salimos con destino sur. En lo personal dos experiencias importantes ocurrieron durante el viaje. El sábado 21 amanecimos en Arica, visitamos el histórico Morro, e ingresamos al museo del lugar. En cierto momento me encontraba observando los restos de uniformes, armas y accesorios de los soldados peruanos inmolados en la batalla del 7 de junio de 1880, y de pronto me di cuenta que estaba llorando. Salí del museo un tanto confundido ante mi propia reacción. Con el tiempo entendí el dolor que nos dejó a los peruanos la Guerra del Pacífico, y la fuerza del sentimiento que nos une a la patria.

La otra experiencia fue más mundana. Viajando camino al sur llegamos a la ciudad de Nasca, aquí un compañero de estudios me preguntó: “¿Te apuntas para ir al sitio?”. Yo aún no había tenido mi debut, pero sabía que ocurriría más temprano que tarde. Recuerdo que cuando en el aula hablaba de política o fútbol pocos alumnos se interesaban en mi conversación, mientras que al fondo del salón “El Tusa” Vásquez relataba sus visitas a “Tres Cabezas” (1) rodeado siempre por un grupo grande de muchachos. Así que en Nasca fue mi primera vez. Me imagino que quedé conforme con la experiencia, pues al continuar el microbús con dirección sur en cada ciudad que paraba, yo, con un par de amigos imitábamos a los marineros que en cada puerto dejan un amor.

Eduardo, 1975
En diciembre de 1978 concluí la secundaria, unas semanas antes había cumplido dieciocho años de edad. Al cruzar por última vez el portón del jirón Casma un importante capítulo de mi vida se cerraba. Atrás quedaban los salones de clase y sus pasillos; el patio grande de la formación y el busto de Túpac Amaru II con la inscripción de su respuesta al visitador Areche en 1781: “Aquí no hay más que dos culpables, tú por oprimir a mi pueblo, y yo por querer libertarlo”; la estatua de San Pedrito que don Juan Manuel Huamán Alegre erigió con sus alumnos en 1967; la vieja cancha salitrosa de fútbol donde tantas veces me trompeé e hice hombre a puño limpio; y el sonido de las olas del mar de Chimbote que aún en su distante ausencia me continúan acompañando.

Yo aún era un niño cuando escuchaba desde mi hogar la lejana sirena de la Gran Unidad Escolar San Pedro, y me ilusionaba saber que un día sería su alumno. Llegado el momento, por varios años caminé la casi media hora de distancia entre mi casa y el colegio, y porté su insignia sobre el costado del pecho donde late el corazón. Hace dos semanas cumplí once lustros de vida, y con los años uno aprende que el cariño por la escuela sólo crece con el tiempo. Éste es mi testimonio de gratitud para mi Alma Máter, profesores, y compañeros de estudios.

(1) Para beneficio de los lectores no familiarizados con el término, el siguiente relato del autor brinda mayores luces al respecto: LUCIÉRNAGAS DE LA NOCHE

(2) Aparecen en la foto de Enero de 1978:
De pie: Augusto Urdániga Loayza, Napoleón Alba Moreno, Jorge Luis Philipps Camacho, Profesor Juan Gomez Enriquez, Eduardo Quevedo Serrano, Jorge Vásquez Hanada, Máximo “Chopper” Campos Garván, William Méndez Pacheco, Víctor Patricio López, Narda Nuñez Flores, NN, y Jesús Rogger Lu Cruz.
Hincados: Julio César Alvarado Chávez, Godver Germán Almonacid Pucutay, Fernando Quevedo Serrano, Profesor Isaías Loyola Baca, Gaspar “Pichicho” Bejarano Valderrama, Francisco Aguilar, Oscar Urdániga Loayza, Gloria Blanca Villanueva Reyna, Carmen Calderón Rodríguez, y NN.

New Hampshire, USA 
Diciembre, 2015

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viernes, octubre 09, 2015

El Niño y su Héroe


EL NIÑO Y SU HÉROE
(O, ACERCA DE DANIEL CORTEZ BELUPÚ)

Daniel Cortez Belupú
1971 (23 años de edad)
Un niño se apretujaba entre un puñado de personas frente al portón de un edificio de tres pisos en la cuadra diez del jirón Olaya de Chimbote. En el interior cada jueves ensayaba una orquesta que había nacido para hacer historia. Corrían finales de la década de los sesenta y comienzos de los setenta. El niño debía empinarse para ver a través del postigo a los músicos y sus instrumentos, y fascinado detenerse en su héroe: Daniel Cortez Belupú, el trompetista y director de Los Rumbaney.

En 1964, el trompetista había dejado Sechura, “La Capital de la Arena”, para venir al entonces “Primer Puerto Pesquero del Mundo”: Chimbote. Tenía dieciséis años de edad y quería una ciudad grande, tamaño de sus sueños y sin límites para su precoz talento musical. Al arribar contactó a sus tíos maternos Guadalupe, José del Carmen, Víctor y Máximo Belupú Purizaca. Este último era secretario de economía del Sindicato de Pescadores y, vale mencionarse, en su oficina tenía como secretaria a doña Amelia Montero Sánchez, hermana mayor de una jovencita a quien Daniel conoció el primer día que llegó a este lugar y de quien se enamoró para siempre.

Daniel Cortez Belupú, 1962, 
14 años  de  edad,  primero 
de la  izquierda,  junto a  su 
amigo “Chaca” de Sechura
El niño vivía en la esquina de la avenida Aviación y el jirón Unión del barrio San Isidro. A menudo caminaba hasta la décima cuadra del jirón Olaya para ver a la orquesta y a su héroe. Eran tiempos en los que Chimbote vivía un período crucial de su historia, y diversos hechos claves ocurrieron como el terremoto del 31 de mayo cuyos cuarenta y cinco segundos de duración hizo hombres a los niños de toda una generación; la reconstrucción de la ciudad; los triunfos a nivel nacional del deporte chimbotano a través de los equipos de vóley, natación y José Gálvez FBC; y, se disfrutaba la última parte de la bonanza del pescado. La aparición de Los Rumbaney coincidió con esta etapa, supieron interpretar el alma de Chimbote y crearon un sonido que latió con el corazón de su gente. Sus éxitos mantuvieron a grandes y chicos en un estado de fiesta perpetua.

Daniel Cortez Belupú nació en Sechura el 9 de octubre de 1947. Estudió primaria en la Escuela Fiscal Nº 23, ubicada frente a la iglesia San Martín de Tours del pueblo. Su padre fue don Clemente Cortez Chunga, natural de Vice, Piura, y de oficio agricultor; su madre, doña Ricardina Belupú Purizaca, de Sechura y ocupación su casa. Es el mayor y único varón de tres hermanos, siendo las menores Marina Cortez Belupú y Gladys Dedios Belupú. A los dos años de edad quedó huérfano de padre, razón por la cual debió trabajar desde los nueve años para apoyar económicamente a su familia. En la iglesia del pueblo empezó a tocar instrumentos de percusión y luego de viento. Y así llegaron las primeras propinas que ganó con el sudor de su arte.

Don Máximo Dedios Zapata, primer 
maestro de música de Daniel 
A los once años de edad, en su Sechura querida, Daniel se incorporó a La Banda Dedios, más conocida como Los Diablos, de propiedad de don Máximo Dedios Zapata. Este señor le enseñó a leer y escribir música, y fue su primer maestro musical. Aquí se inclinó principalmente por la trompeta, aunque también dominó el trombón, asumiéndolos con la responsabilidad de un trabajo por el cual se obtenía un pago. Cinco años más tarde sintió la necesidad de desenvolverse en un escenario más grande. Y fue de esta manera como resultó en Chimbote en 1964.

La primera estadía de Daniel en Chimbote duró tres años, en este período su tío Máximo Belupú Purizaca lo contactó con distintos grupos y orquestas de la época, integrando inicialmente la Orquesta de Chiquito La Rosa en donde tocó la trompeta. En 1967, Daniel tenía diecinueve años de edad y decide viajar a Trujillo. Se matriculó en el Conservatorio Regional de Música Carlos Valderrama e hizo lo propio para continuar parte de sus estudios secundarios en los colegios Instituto Moderno, General Salaverry, y San Juan. 

Paralelamente a sus estudios en Trujillo, en esta ciudad integró las mejores orquestas de la época: Alicia Estrada, Dominó, Los Hermanos Silva y Nueva Sensación. Aquí continuó tocando su dorada trompeta, fiel compañera de siempre, y que a lo largo de su carrera él ha sabido susurrar, pulsar sus válvulas, y arrancar el éxtasis de sus más bellos sonidos. Daniel aún no había concluido sus estudios cuando dos años más tarde resuelve regresar a Chimbote. No podía estar lejos del gran amor que había dejado en el puerto de sus esperanzas, y que era la dueña de su corazón.

La Banda Dedios  (“Los Diablos”) de Sechura, 1963. 
Daniel: 15 años de edad, penúltimo de los parados
El músico que a comienzos de 1969 vuelve a Chimbote tenía veintiún años de edad, y había alcanzado plena madurez personal y artística. Durante las primeras semanas del nuevo año formó parte de la orquesta Quesquén y sus Estrellas de don Marino Quesquén Puicán. Poco después retomó la secundaria en el turno de la noche del colegio San Pedro, y semanalmente viajaba a Trujillo para concluir sus estudios en el Conservatorio de Música. Paralelamente integraba los grupos que animaban los shows nocturnos de los Night Clubs de la época. Y algo fundamental ocurrió también en ese año…

El segundo domingo de febrero de 1969 cinco músicos jóvenes y brillantes que formaban Los Cleaver Swing, visitaron a Daniel para invitarlo a este grupo e iniciar ensayos inmediatamente, pues en cuatro días iban a tener un “mano a mano” con el famoso conjunto limeño Pedro Miguel y sus Maracaibos. Estos jóvenes fueron: Germán Electo Luna, Erasmo González Silva, Enrique Vera Pastor, José Luis Oliva Moreno, y Lucio Reynalte Coral.

Daniel aceptó y se integró aportando ideas e incluso un nuevo nombre para el grupo. Según él mismo ha explicado, en la música cubana de entonces, a la rumba negra algunos dialectos la llamaban “rumba ney”. Lo cual le inspiró para rebautizar a Los Cleaver Swing como Los Rumbaney. El jueves 13 de febrero de 1969 la nueva orquesta debutó compartiendo escenario con Pedro Miguel y sus Maracaibos. Un año más tarde en el coliseo Amauta de Lima ganó un famoso festival de salsa donde participó lo mejor de la música tropical. En 1971 conquistó su primer Disco de Oro gracias a la canción “El Poncho”, y poco después uno más por “Cumbia India”. Una larga cadena de éxitos continuó durante la vigencia de la orquesta, la cual se prolongó hasta 1976. Ese año Daniel acompañó como arreglista a Aldo y los Pasteles Verdes en una exitosa gira por México y otros países, proyecto previsto para durar tres meses, pero que terminó extendiéndose cerca de un año.

1964. Al centro de pie aparece Daniel (16 años de edad) 
entre  sus  tíos  José del Carmen,  Víctor,  y  Guadalupe 
Belupú Purizaca,  y Julio Temoche Purizaca.  Sentados: 
Marina  Cortez  Belupú (hermana),  Emilio Belupú Antón 
(abuelo), Petronila Purizaca Benites (abuela), y Ricardina 
Belupú Purizaca (mamá)
Los días de Daniel siempre estuvieron marcados por un intenso trabajo y estudio. Ritmo de vida que, tal vez, no hubiera sido posible sin la fuerza del amor que se anidó en su corazón desde aquel día de 1964 cuando arribó a Chimbote. Conocer a la jovencita Angélica Montero Sánchez en la oficina donde su hermana trabajaba como secretaria fue el primer paso de una bella relación destinada a llegar al altar. El 11 de julio de 1970 Daniel y Angélica contrajeron matrimonio, fruto de esta unión nacieron sus cuatro hijos: Anny Delilah, las gemelas Anyela María y Kelly María, y Daniel Richard. A la fecha llevan cuarenta y cinco años de casados y viven en la urbanización El Trapecio de Chimbote.

Cuando el virtuoso trompetista residía en Trujillo empezó a firmar como “Santos D.”. Su nombre, en realidad… no es Daniel. Al nacer, sus padres revisaron el Santoral y vieron “9 de Octubre, día de San Dionisio”, y de acuerdo con la costumbre antigua le pusieron Santos Dionisio. De tal suerte que en Trujillo, al verlo firmar como “Santos D.” sus amigos empezaron a bromearle, preguntándole: ¿Eres tú Santos Daniel? Se referían, indudablemente, al famoso cantante puertorriqueño Daniel Santos, conocido también como “El Inquieto Anacobero”. El tiempo y la fama refrendaron su nombre como Daniel Cortez Belupú, y así lo conocemos desde entonces.

1970  Matrimonio de Daniel Cortez Belupú  y Angélica 
Montero   Sánchez.    Al  costado  izquierdo:   Máximo 
Belupú Purizaca (padrino de cambio de aros). Costado 
derecho:  Ricardina Belupú Purizaca  (mamá de Daniel)
La primera casa donde Daniel vivió en Chimbote estaba ubicaba en la calle 28 de Julio del barrio Magdalena Nueva, y perteneció a su tío Guadalupe. Aquí residió desde 1964 hasta 1970, año en que se mudó a la propiedad de su suegra en la avenida Aviación del barrio 12 de Octubre. Ambos lugares fueron cercanos al hogar del niño que lo admiraba. Así que para éste era común ver a su héroe por las calles de la vecindad. El niño, al saludarlo, en su mente solía repetir: “El importante Daniel…”. Esta frase le había quedado grabada desde la primera vez que escuchó el guaguancó que en 1971 Luis Álvarez Mesías le compuso al trompetista. Y cuya letra decía: “El importante Daniel tiene su filosofía, lo importante para él no es tener mucho dinero”.

En la casa del niño, el primer tocadiscos que tuvo la familia fue adquirido de segunda mano en 1972, era marca Philips y funcionaba con seis pilas. Con este aparato se celebraron las primeras fiestas familiares y llegaron los primeros discos. En la colección nunca faltaron las cumbias andinas “El Poncho”, “Granizo” y “Cumbia India” que catapultaron a Los Rumbaney al estrellato. La música que el niño escuchaba en el jirón Olaya la recomendaba en su casa y así llegaron nuevos discos, como “A Chimbote”, “Te Quiero te Quiero”, y “Llora Corazón”, expresiones de un sonido más tropical, costeño y orquestal. En cada hogar y rincón de Chimbote se cantó y bailó esta música. Y un eco infatigable resonó en la ciudad: “A Chimbote canto yo… En música Los Rumbaney, en vóley la selección, en fútbol el José Gálvez, José Gálvez es campeón”.

Estudio de Grabaciones de Aliro Zúñiga, 
Lima. 1972, Daniel, 24 años de edad
El niño de entonces hoy bordea los cincuenta y cinco años, y es el autor de estas líneas. Y el héroe de mi niñez es hoy mi gran amigo. Desde siempre hemos compartido un interés común por grandes temas, y todos los caminos nos conducen a Chimbote. Hace algunos años escribí un relato sobre la historia de la canción “A Chimbote”, compuesta por Daniel y considerada el himno no oficial de la ciudad. Hoy he querido compartir algunos apuntes sobre los orígenes de este “Patrimonio cultural vivo de Ancash”, conforme se le ha reconocido oficialmente. Medio en broma y medio en serio, a él le gusta repetir: “Como dice la canción del Gran Combo, lo que me vayan a dar, que me lo den en vida”. Y tiene razón.

Cada vez que viajo al Perú me reencuentro con él. “Hola importante Daniel”, le digo. “Eduardito de mi corazón”, me responde siempre. Ya sea vistiendo su pulcro terno oficial o un cómodo atuendo deportivo, me acompaña por las calles a respirar Chimbote. La gente le expresa cariño por doquier. Ingresamos a restaurantes que conoce como al bronce de su propia trompeta, y entonces yo… rompo mi dieta y mi condición de abstemio riguroso. Cuando estoy allá, en la casa de mi madre celebro un reencuentro con mi promoción de la primaria, y Daniel siempre viene para obsequiarnos un recital musical.

Daniel Cortez Belupú y Eduardo Quevedo Serrano
Chimbote, Perú. 2015
Durante nuestra última charla en Chimbote, le revelé que quería escribir algo sobre sus inicios en la música. Le indagué sobre muchos temas y terminé preguntándole por la letra de “Cholito”, disco emblemático de Los Rumbaney compuesto por Joel Estrada Delgado en 1973. “Escúchame Daniel -le dije-, entiendo que el personaje de la canción eres tú. Un cholito de Sechura que llegó a Chimbote. Trabajó duro y estudió duro. Asistía por las noches al colegio San Pedro, y viajaba a Trujillo al Conservatorio de Música. La moraleja es: Cholito estudia y triunfa”. Daniel hizo una pausa, guapeó las lágrimas, y con la voz secuestrada por la emoción me respondió: “… y es también un legado para toda la juventud”.

Mensaje personal para Daniel:
La vida finalmente viene haciendo justicia contigo y estás recibiendo los homenajes que te corresponden. No eres de los que se duermen en sus laureles, y sé que seguirás batallando como un quijote para ver tu sueño hecho realidad: un Teatro Municipal y una Escuela de Música y Arte para Chimbote. Hoy 9 de octubre es tu cumpleaños. Nos regalas amistad, talento y cariño. En tu día quiero corresponderte en algo con lo único que sé hacer: escribir. Ésta es una pequeña semblanza sobre tus inicios en la música y acerca de nuestra amistad… ¡Feliz cumpleaños Importante Daniel!

P.D.: Para leer el relato sobre la canción “A Chimbote”, darle un clic al siguiente enlace: ASÍ NACIÓ LA CANCIÓN “A CHIMBOTE” (LOS RUMBANEY)

New Hampshire, USA 
Octubre 9, 2015

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The Boy and his Hero

 

THE BOY AND HIS HERO

(OR, ABOUT DANIEL CORTEZ BELUPÚ)


Daniel Cortez Belupú in 1971 (age 23)


A boy would huddle among a handful of people in front of the gate of a three-story building on the tenth block of Chimbote’s Olaya Street. Inside, every Thursday, an orchestra born to make history was rehearsing. It was the late sixties and early seventies. The boy had to stand on tiptoe to see the musicians and their instruments through the shutter, his eyes fixed in fascination on his hero: Daniel Cortez Belupú, the trumpeter and director of Los Rumbaney.


In 1964, the trumpeter had left Sechura, the “Sand Capital,” to come to what was then the “Fishing Capital of the World”: Chimbote. He was sixteen years old and wanted a big city—one the size of his dreams, with no limits for his precocious musical talent. Upon arriving, he contacted his maternal uncles: Guadalupe, José del Carmen, Víctor, and Máximo Belupú Purizaca. The latter was the financial secretary of the Fishermen's Union and, it is worth noting, his office secretary was Doña Amelia Montero Sánchez—the older sister of a young girl Daniel met the very day he arrived, and with whom he fell in love for life.


The boy lived at the corner of Aviación Avenue and Jirón Unión in Barrio San Isidro. He often walked to the tenth block of Olaya Street to see the orchestra and his hero. These were times when Chimbote was going through a defining moment in its history: the 1970 earthquake, whose forty-five seconds turned a whole generation of children into men; the city’s reconstruction; the national triumphs of Chimbote’s sports teams in volleyball, swimming, and the José Gálvez FBC; and the final years of the great fish bonanza. The rise of Los Rumbaney fit perfectly into this time; they knew how to interpret Chimbote’s soul, creating a sound that beat with the heart of its people. Their hits kept young and old alike in a state of constant celebration.


Daniel Cortez Belupú was born in Sechura on October 9, 1947. He attended elementary school at the Escuela Fiscal No. 23, located across from the town’s San Martín de Tours church. His father was Don Clemente Cortez Chunga, a farmer from Vice, Piura; his mother, Doña Ricardina Belupú Purizaca, a homemaker from Sechura. He was the eldest and the only son among three siblings, his younger sisters being Marina Cortez Belupú and Gladys Dedios Belupú. Orphaned at age two, he had to work from the age of nine to support his family. In the village church, he started with percussion and later moved to brass instruments, earning his first tips with the sweat of his art.


At age eleven, in his beloved Sechura, Daniel joined La Banda Dedios, better known as Los Diablos, owned by Don Máximo Dedios Zapata. This man taught him to read and write music and was his first musical mentor. It was here that he focused on the trumpet, though he also mastered the trombone, taking them on as a professional job that paid the bills. five years later, he needed a larger stage. That was how he landed in Chimbote in 1964.


Daniel’s first stay in Chimbote lasted three years. During this period, his uncle Máximo Belupú Purizaca introduced him to various groups and orchestras of the time, starting with Chiquito La Rosa’s Orchestra, where he played trumpet. In 1967, at nineteen, he moved to Trujillo to study at the Carlos Valderrama Regional Conservatory of Music, while continued his high school studies at the Instituto Moderno, General Salaverry, and San Juan schools.


Parallel to his studies in Trujillo, he joined the best orchestras of the day in town: Alicia Estrada, Dominó, Los Hermanos Silva, and Nueva Sensación, always with his golden trumpet—his faithful, lifelong companion—the one he knew how to whisper to, pressing its valves to draw out the ecstasy of its most beautiful notes. But he hadn't finished his studies when, two years later, he resolved to return to Chimbote. He couldn't stay away from his great love, the one who held his heart in the port of his hopes.


The musician who returned in early 1969 was twenty-one and had reached full personal and artistic maturity. During the first weeks of the new year, he was part of the Quesquén y sus Estrellas orchestra, led by Don Marino Quesquén Puicán. Shortly after, he resumed high school in the night shift at San Pedro school and traveled weekly to Trujillo to complete his studies at the Conservatory. At the same time, he played in groups that headlined the floor shows at the night clubs of the time. And then, something big happened that year…


On the second Sunday of February 1969, five brilliant young musicians from a group called Los Cleaver Swing invited Daniel to join them and begin rehearsals immediately; in four days, they were scheduled for a “mano a mano” musical duel against the famous Lima group Pedro Miguel y sus Maracaibos. These young men were: Germán Electo Luna, Erasmo González Silva, Enrique Vera Pastor, José Luis Oliva Moreno, and Lucio Reynalte Coral.


Daniel accepted and brought his own ideas—and a new name. As he has explained, in the Cuban music of that time, the black rumba was sometimes called “rumba ney.” So, he renamed the group Los Rumbaney. On Thursday, February 13, 1969, the new orchestra debuted, sharing the stage with Pedro Miguel y sus Maracaibos. A year later, at Lima’s Amauta Coliseum, they won a famous salsa festival featuring the best of tropical music. In 1971, they earned their first Gold Record for “El Poncho,” and soon another for “Cumbia India.” A string of hits followed until 1976. That year, Daniel joined Aldo y los Pasteles Verdes as an arranger on a successful tour through Mexico and other countries—a three-month project that stretched into nearly two years.

Daniel’s days were always marked by intense work and study—a pace of life only possible because of the love that took root in his heart from the day he first arrived in Chimbote in 1964. Meeting the young Angélica Montero Sánchez in her sister’s office was the first step of a beautiful relationship destined for the altar. On July 11, 1970, Daniel and Angélica were married. They have four children: Anny Delilah, twins Anyela María and Kelly María, and Daniel Richard. To this day, they have been married for forty-five years and live in the El Trapecio development in Chimbote.


When the virtuous trumpeter lived in Trujillo, he began signing his name as “Santos D.” His name, in truth... is not Daniel. When he was born, his parents consulted the Calendar of Saints and saw “October 9, Day of Saint Dionysius.” Following tradition, they named him Santos Dionisio. So it was that his friends in Trujillo began to tease him, asking: “Are you Santos Daniel?” They were referring, of course, to the famous Puerto Rican singer Daniel Santos, known as “El Inquieto Anacobero.” Time and fame eventually cemented the name Daniel Cortez Belupú, and that is how we have known him ever since.


The first house where Daniel lived in Chimbote was on 28 de Julio Street in the Barrio Magdalena Nueva; it belonged to his uncle Guadalupe. He lived there from 1964 until 1970, when he moved to his mother-in-law’s home in Aviación Avenue in Barrio 12 de Octubre. Both locations were near the home of the boy who admired him. So it was common for him to see his hero on the neighborhood streets. When greeting him, he would repeat in his mind: “The important Daniel...” This phrase had been etched into his memory since the first time he heard the guaguancó written by Luis Álvarez Mesías for the trumpeter in 1971. The lyrics said: “The important Daniel has his philosophy; the important thing for him is not having a lot of money.”


In the boy’s home, the first record player was bought second-hand in 1972—a Philips that ran on six batteries. That was how the first family parties came to life. In the collection, the Andean cumbias “El Poncho,” “Granizo,” and “Cumbia India,” which catapulted Los Rumbaney to stardom—were ever-present. He would bring home the music he heard on Olaya Street, and so new records arrived, like “A Chimbote,” “Te Quiero Te Quiero,” and “Llora Corazón”—a more tropical, coastal, orchestral sound. In every corner of Chimbote, this music was sung and danced to. An endless echo reverberated through the city: “To Chimbote I sing... In music, the Rumbaney; in volleyball, our city's team; in soccer, José Gálvez—José Gálvez is the champion.”


That boy is now nearly fifty-five years old—and he is the one writing these lines. And the hero of my childhood is now a great friend. We have always shared an interest in the things that matter, and all roads lead us back to Chimbote. A few years ago, I wrote about the history of the song “A Chimbote,” which Daniel composed and is now the city’s unofficial anthem. Today, I just wanted to share a few notes on how it all began for this “Living Cultural Heritage of Ancash,” as he has been officially recognized. Half-joking and half-serious, he likes to say: “As the song by El Gran Combo says, whatever they are going to give me, let them give it to me while I’m alive.” And he is right.


Every time I go back to Peru, I see him again. “Hello, important Daniel,” I say. “Eduardito of my heart,” he always replies. Whether in his sharp suit or athletic gear, he walks the streets with me as we breathe in Chimbote together. People show him affection everywhere. We walk into restaurants he knows as well as the brass of his own trumpet, and then I... break my diet and my rule of not drinking. When I am there, at my mother’s house, I reunite with my elementary school class, and Daniel always comes to gift us a recital.


During our last talk in Chimbote, I told him I wanted to write about his start in music. We talked about many things, and I finally asked about the lyrics to “Cholito,” an emblematic Los Rumbaney record written by Joel Estrada Delgado in 1973. “Listen, Daniel,” I said, “I understand that the character in the song is you. A cholito from Sechura who arrived in Chimbote. He worked hard and studied hard. He attended San Pedro high school at night and would travel to Trujillo to the Conservatory of Music. The moral of the story is: Cholito, study and triumph.” Daniel paused, holding back tears, and with a voice gripped by emotion, he replied: “...and it is also a legacy for all the youth.”


A Personal Message for Daniel:

Life is finally doing justice to you, and you are receiving the honors you deserve. You are not one to rest on your laurels, and I know you will keep fighting like a Quixote to see your dream come true: a Municipal Theater and a School of Music and Art for Chimbote. Today, October 9, is your birthday. You gift us friendship, talent, and affection. On your day, I want to give something back the only way I know: by writing. This is a small sketch of your beginnings in music and of our friendship... Happy birthday, Important Daniel!


P.D.: To read the story about the song “A Chimbote,” click the following link: http://josegalvezfbc-chimboteperu.blogspot.com/2011/01/chimbote-los-rumbaneys_29.html




New Hampshire, USA 

October 9, 2015


1962 —Daniel Cortez Belupú (first on the left), 

age 14, with his friend “Chaca” from Sechura


Don Máximo Dedios Zapata, 

Daniel’s first musical mentor


1963 —The Dedios Band (“Los Diablos”) of Sechura. 

Daniel, age 15, is the second to last standing


1964 —Standing in the center is Daniel (age 16) among his uncles José del Carmen, Víctor, and Guadalupe Belupú Purizaca, and Julio Temoche Purizaca.  Seated:  his sister Marina Cortez Belupú, his grandfather Emilio Belupú Antón, his grandmother Petronila Purizaca Benites, and his mother Ricardina Belupú Purizaca


1970 —The wedding of Daniel Cortez Belupú and Angélica Montero Sánchez. On the left: Máximo Belupú Purizaca (best man). On the right: Ricardina Belupú Purizaca (Daniel’s mother)


1972 —Daniel, age 24, at Aliro Zúñiga’s Recording Studio in Lima


2015 —Daniel Cortez Belupú and Eduardo 

Quevedo Serrano in Chimbote, Peru



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