sábado, diciembre 12, 2015

Mi Alma Máter El Colegio San Pedro de Chimbote


MI ALMA MÁTER EL COLEGIO SAN PEDRO DE CHIMBOTE

El auxiliar Alcides ingresó al aula del Primer Año “D” para llamar lista y darnos la bienvenida. Unos cincuenta muchachos lo escuchamos en aquella mañana inaugural de abril de 1973. El salón era parte de unos ambientes precarios bautizados por la picardía sampedrana como “Los Pueblos Jóvenes”, pues habían sido construidos con triplay y eternit a causa de la emergencia producida por el terremoto de 1970. Más allá de estas aulas y una vieja cancha salitrosa de fútbol resonaba el mar de Chimbote, el rumor de sus olas también nos daba la bienvenida, y nos acompañaría durante cada día de permanencia en nuestra Alma Máter.

Estudiar en la Gran Unidad Escolar San Pedro, como entonces se llamaba, era motivo de personal orgullo. Implicaba ser parte de una tradición en la vida de Chimbote. Un plantel líder no sólo en lo académico, sino también en la música, artes, desfiles cívicos, deportes… y en algo más, la palomillada sana, otro símbolo de su identidad. Bromas a raudales, pero a la hora de las cosas serias prevalecían siempre las nobles virtudes del estudiante sampedrano. A mi, por lo menos, me lo hizo saber temprano el profesor de educación física Luis Alva Yépez. Durante nuestra primera clase estando yo en fila para saltar los taburetes, miró mi nombre en su registro y me preguntó si tenía un hermano mayor Roger. Tras confirmarle que sí, me respondió: “Tu hermano ha sido un palomilla pero también un buen alumno, quiero que sigas su ejemplo”.

Antigua estatua de  San Pedro  en el 
interior del colegio (Fuente: Internet)
El colegio tenía una gran plana docente. Yo había estado familiarizado con algunos de sus nombres desde mis días en la primaria. Por ejemplo, el profesor de Historia, Rodolfo Estefo Ñique, cuyas separatas para secundaria las leía junto a mis revistas de historietas; igualmente don José Gutiérrez Blas, su libro “Chimbote a través de la Historia” lo leí por primera vez a los ocho años de edad; el profesor de Música Marco Merry Salazar Jácome había grabado el disco “Una Noche en los Pinos”, uno de mis favoritos a comienzos de los setenta; o el propio Luis Alva Yépez, a quien admiré como entrenador del José Gálvez FBC antes de ser su alumno. Y corresponde a esa época también un pintoresco personaje: debo haber tenido unos nueve o diez años de edad aquel día en que me encontraba con Roger en nuestra tienda de abarrotes. De pronto alguien pasó por la pista manejando un triciclo y, mientras pedaleaba, le gritó a mi hermano. “Oye pendejo, ¿no quieres comprar bolsas?” Roger le dijo que no. ¿Quién es ese señor?, pregunté. “Es mi profesor Chatarrita Sagástegui, me enseña Anatomía, vende bolsas plásticas en sus días libres”, respondió mi hermano.

El Segundo Año también estudié en “Los Pueblos Jóvenes”, y fue la única vez de mi secundaria que me tocó asistir en el turno de la tarde. Tuve la suerte de tener en el salón a Marco Antonio Arroyo Benites, mi mejor amigo del colegio y de toda la vida. Su amistad marcó una visión más compartida de mis días en el San Pedro. Juntos jugamos fútbol, practicamos gimnasia, y nos enamoramos de bellas alumnas. En general, la etapa colegial cubre una larga lista de ilusiones, fantasías y amores platónicos, cuyos recuerdos aún nos causan suspiros de nostalgia en el otoño de la vida. Anteriormente he ampliado este tema en un par de relatos.

Enero de 1978. Huacachina, Ica. Eduardo (último de 
la fila de hincados) junto a un grupo de compañeros 
de estudios  (Foto:  Cortesía de Julio César Alvarado 
Chávez) (2) 
Durante la secundaria disfruté de innumerables lauros logrados por mi Alma Máter: La gallardía del paso marcial de los sampedranos ganó diversos galardones en los desfiles escolares, y fue código de honor para cada una de sus generaciones. Los espectaculares desfiles de antorchas y carros alegóricos durante las festividades de San Pedrito. Los éxitos en los Festicantos celebrados en el Coliseo Paul Harris, e igualmente en los certámenes literarios organizados por instituciones de la ciudad. En 1975 cursaba el Tercer Año “B” en uno de los grandes pabellones de dos pisos, y ese año nuestro equipo de fútbol, el Cultural San Pedro, ascendió a la primera división de Chimbote; no olvido el día cuando el profesor Portella presentó a los jugadores en la formación del plantel, y los estudiantes rompimos filas en medio de una algarabía total.

En la primaria fui un alumno destacado y obtuve diploma de honor en casi todos los años, pero la secundaria fue una historia diferente; mayormente porque descubrí que aunque tenía facilidad para las letras, en cambio los números fueron un hueso duro de roer. No tuve buena química con las matemáticas, pero pasados los años aprendí a valorar a mis profesores de la especialidad, Desposorio y Abanto, por su decencia profesional y abnegada dedicación. Recuerdo también con afecto al teacher Iturrios, con quien aprendí más inglés en el bar “¡Oh qué Bueno!” que en el propio salón de clase. Igualmente, pervive en mi memoria don Julio Orrillo del Águila, subdirector y director del plantel hasta 1976, su menuda figura rondaba cada rincón del colegio, sea para asegurar el orden o para para compartir una broma, fue querido y respetado por todos los estudiantes. Mención especial merece don Jorge Teevin Vásquez, docente de elevado intelecto, impecable dicción, y sobria personalidad; es muy posible que en mis días de colegial me haya evadido de muchas clases pero nunca de las suyas, él mantuvo mi avidez por conocer la Historia Universal y siempre lo consideré mi profesor favorito.

Mapa de ubicación del Colegio San Pedro
(Fuente: Google)
Cuando estuve en Cuarto Año “D” perdí el rumbo de los estudios. Fue en 1976. Tenía quince años de edad y me extravié en el laberinto de la rebeldía, de mis ilusiones sentimentales no correspondidas, y de mis inicios en la militancia política. Repetí aquel año. Mi compañero de aula “Pichicho” Bejarano me había prestado el libro “El Antimperialismo y el Apra” y con fascinación lo leí por primera vez. A partir de allí y por varios meses devoré libros de política y descuidé los estudios, cuando reaccioné fue demasiado tarde. De todas maneras fue un momento clave en mi vida, pues al año siguiente me inscribí en el APRA e inicié una militancia ferviente e idealista, la misma que llegó a su fin hace más de dos décadas, cuando desencantado me distancié del Partido para siempre.

En realidad mi primera participación en la acción política se remonta al primer año en la secundaria. Tuve la suerte de llegar al San Pedro en una época que los estudiantes habían alcanzado un altísimo nivel de organización, preparación y participación en el quehacer social de Chimbote. Y un grupo de dirigentes estudiantiles con notable talento político se reunía diariamente al final de las clases. Fui delegado ante el consejo directivo que aquel año presidió Fernando Collantes Díaz. El movimiento estaba centralizado a través del Frente Único de Estudiantes de Chimbote que dirigió Fernando Rabinez Zapatel. Yo tenía doce años de edad y aún no tenía filiación política, pero la mayoría de los dirigentes pertenecían a los diversos grupos comunistas en que se dividía la izquierda marxista. En mayo y junio participamos activamente en las jornadas de protesta que sacudieron Chimbote, y que tuvieron como saldo la muerte del trabajador siderúrgico Cristóbal Espinola Minchola y del estudiante Humberto Miranda Estrada.

En 1977 volví por segunda vez al Cuarto Año. Estudié con más ahínco y  no tuve problemas académicos. Lo que más recuerdo de aquel año es que organizamos actividades para recaudar fondos e ir al Cuzco. Cerca de diciembre nos dimos cuenta que no teníamos suficiente dinero para el plan inicial y decidimos viajar a Arica. Contratamos un microbús y la tercera semana de Enero de 1978 salimos con destino sur. En lo personal dos experiencias importantes ocurrieron durante el viaje. El sábado 21 amanecimos en Arica, visitamos el histórico Morro, e ingresamos al Museo del lugar. En cierto momento me encontraba observando los restos de uniformes, armas y accesorios de los soldados peruanos inmolados en la batalla del 7 de Junio de 1880, y de pronto me di cuenta que estaba llorando. Salí del museo un tanto confundido ante mi propia reacción. Con el tiempo entendí el dolor que nos dejó a los peruanos la Guerra del Pacífico, y la fuerza del sentimiento que nos une a la patria.

La otra experiencia fue más mundana. Viajando camino al sur llegamos a la ciudad de Nazca, aquí un compañero de estudios me preguntó: “¿Te apuntas para ir al sitio?” Yo aún no había tenido mi debut, pero sabía que ocurriría más temprano que tarde. Recuerdo que cuando en el aula hablaba de política o fútbol pocos alumnos se interesaban en mi conversación, mientras que al fondo del salón “El Tusa” Vásquez relataba sus visitas a “Tres Cabezas” (1) rodeado siempre por un grupo grande de muchachos. Así que en Nazca fue mi primera vez. Me imagino que quedé conforme con la experiencia, pues al continuar el microbús con dirección sur en cada ciudad que paraba, yo, con un par de amigos imitábamos a los marineros que en cada puerto dejan un amor.

Eduardo, 1975
En diciembre de 1978 concluí la secundaria, unas semanas antes había cumplido dieciocho años de edad. Al cruzar por última vez el portón del jirón Casma un importante capítulo de mi vida se cerraba. Atrás quedaban los salones de clase y sus pasillos; el patio grande de la formación y el busto de Túpac Amaru II con la inscripción de su respuesta al visitador Areche en 1781: “Aquí no hay más que dos culpables, tú por oprimir a mi pueblo, y yo por querer libertarlo”; la estatua de San Pedrito que don Juan Manuel Huamán Alegre erigió con sus alumnos en 1967; la vieja cancha salitrosa de fútbol donde tantas veces me trompeé e hice hombre a puño limpio; y el sonido de las olas del mar de Chimbote que aún en su distante ausencia me continúan acompañando.

Yo aún era un niño cuando escuchaba desde mi hogar la lejana sirena de la Gran Unidad Escolar San Pedro, y me ilusionaba saber que un día sería su alumno. Llegado el momento, por varios años caminé la casi media hora de distancia entre mi casa y el colegio, y porté su insignia sobre el costado del pecho donde late el corazón. Hace dos semanas cumplí once lustros de vida, y con los años uno aprende que el cariño por la escuela sólo crece con el tiempo. Éste es mi testimonio de gratitud para mi Alma Máter, profesores, y compañeros de estudios.

(1) Para beneficio de los lectores no familiarizados con el término, el siguiente relato del autor brinda mayores luces al respecto: LUCIÉRNAGAS DE LA NOCHE

(2) Aparecen en la foto de Enero de 1978, de pie: Máximo “Chopper” Campos Garván, Godver Germán Almonacid Pucutay, Julio César Alvarado Chávez, Patricio, Oscar Urdániga, NN, y Augusto Urdániga. Hincados: Napoleón Alba Moreno, Williams Mendez Pacheco, “Pichicho” Bejarano Baltodano, NN, y Eduardo Quevedo Serrano.

New Hampshire, USA 
Diciembre, 2015

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viernes, octubre 09, 2015

El Niño y su Héroe


EL NIÑO Y SU HÉROE
(O, ACERCA DE DANIEL CORTEZ BELUPÚ)

Daniel Cortez Belupú
1971 (23 años de edad)
Un niño se apretujaba entre un puñado de personas frente al portón de un edificio de tres pisos en la cuadra diez del jirón Olaya de Chimbote. En el interior cada jueves ensayaba una orquesta que había nacido para hacer historia. Corrían finales de la década de los sesenta y comienzos de los setenta. El niño debía empinarse para ver a través del postigo a los músicos y sus instrumentos, y fascinado detenerse en su héroe: Daniel Cortez Belupú, el trompetista y director de Los Rumbaney.

En 1964, el trompetista había dejado Sechura, “La Capital de la Arena”, para venir al entonces “Primer Puerto Pesquero del Mundo”: Chimbote. Tenía dieciséis años de edad y quería una ciudad grande, tamaño de sus sueños y sin límites para su precoz talento musical. Al arribar contactó a sus tíos maternos Guadalupe, José del Carmen, Víctor y Máximo Belupú Purizaca. Este último era secretario de economía del Sindicato de Pescadores y, vale mencionarse, en su oficina tenía como secretaria a doña Amelia Montero Sánchez, hermana mayor de una jovencita a quien Daniel conoció el primer día que llegó a este lugar y de quien se enamoró para siempre.

Daniel Cortez Belupú, 1962, 
14 años  de  edad,  primero 
de la  izquierda,  junto a  su 
amigo “Chaca” de Sechura
El niño vivía en la esquina de la avenida Aviación y el jirón Unión del barrio San Isidro. A menudo caminaba hasta la décima cuadra del jirón Olaya para ver a la orquesta y a su héroe. Eran tiempos en los que Chimbote vivía un período crucial de su historia, y diversos hechos claves ocurrieron como el terremoto del 31 de Mayo cuyos cuarenta y cinco segundos de duración hizo hombres a los niños de toda una generación; la reconstrucción de la ciudad; los triunfos a nivel nacional del deporte chimbotano a través de los equipos de vóley, natación y José Gálvez FBC; y, se disfrutaba la última parte de la bonanza del pescado. La aparición de Los Rumbaney coincidió con esta etapa, supieron interpretar el alma de Chimbote y crearon un sonido que latió con el corazón de su gente. Sus éxitos mantuvieron a grandes y chicos en un estado de fiesta perpetua.

Daniel Cortez Belupú nació en Sechura el 9 de Octubre de 1947. Estudió primaria en la Escuela Fiscal Nº 23, ubicada frente a la Iglesia San Martín de Tours del pueblo. Su padre fue don Clemente Cortez Chunga, natural de Vice, Piura, y de oficio agricultor; su madre, doña Ricardina Belupú Purizaca, de Sechura y ocupación su casa. Es el mayor y único varón de tres hermanos, siendo las menores Marina Cortez Belupú y Gladys Dedios Belupú. A los dos años de edad quedó huérfano de padre, razón por la cual debió trabajar desde los nueve años para apoyar económicamente a su familia. En la iglesia del pueblo empezó a tocar instrumentos de percusión y luego de viento. Y así llegaron las primeras propinas que ganó con el sudor de su arte.

Don Máximo Dedios Zapata, primer 
maestro de música de Daniel 
A los once años de edad, en su Sechura querida, Daniel se incorporó a “La Banda Dedios”, más conocida como “Los Diablos”, de propiedad de don Máximo Dedios Zapata. Este señor le enseñó a leer y escribir música, y fue su primer maestro musical. Aquí se inclinó principalmente por la trompeta, aunque también dominó el trombón, asumiéndolos con la responsabilidad de un trabajo por el cual se obtenía un pago. Cinco años más tarde sintió la necesidad de desenvolverse en un escenario más grande. Y fue de esta manera como resultó en Chimbote en 1964.

La primera estadía de Daniel en Chimbote duró tres años, en este período su tío Máximo Belupú Purizaca lo contactó con distintos grupos y orquestas de la época, integrando inicialmente la “Orquesta de Chiquito La Rosa” en donde tocó la trompeta. En 1967, Daniel tenía diecinueve años de edad y decide viajar a Trujillo. Se matriculó en el Conservatorio Regional de Música Carlos Valderrama e hizo lo propio para continuar parte de sus estudios secundarios en los colegios Instituto Moderno, General Salaverry, y San Juan. 

Paralelamente a sus estudios en Trujillo, en esta ciudad integró las mejores orquestas de la época: “Alicia Estrada”, “Dominó”, “Los Hermanos Silva” y “Nueva Sensación”. Aquí continuó tocando su dorada trompeta, fiel compañera de siempre, y que a lo largo de su carrera él ha sabido susurrar, pulsar sus válvulas, y arrancar el éxtasis de sus más bellos sonidos. Daniel aún no había concluido sus estudios cuando dos años más tarde resuelve regresar a Chimbote. No podía estar lejos del gran amor que había dejado en el puerto de sus esperanzas, y que era la dueña de su corazón.

La Banda Dedios  (“Los Diablos”) de Sechura, 1963. 
Daniel: 15 años de edad, penúltimo de los parados
El músico que a comienzos de 1969 vuelve a Chimbote tenía veintiún años de edad, y había alcanzado plena madurez personal y artística. Durante las primeras semanas del nuevo año formó parte de la orquesta “Quesquén y sus Estrellas” de don Marino Quesquén Puicán. Poco después retomó la secundaria en el turno de la noche del Colegio San Pedro, y semanalmente viajaba a Trujillo para concluir sus estudios en el Conservatorio de Música. Paralelamente integraba los grupos que animaban los shows nocturnos de los Night Clubs de la época. Y algo fundamental ocurrió también en ese año…

El segundo domingo de febrero de 1969 cinco músicos jóvenes y brillantes que formaban “Los Cleaver Swing”, visitaron a Daniel para invitarlo a este grupo e iniciar ensayos inmediatamente, pues en cuatro días iban a tener un “mano a mano” con el famoso conjunto limeño “Pedro Miguel y sus Maracaibos”. Estos jóvenes fueron: Germán Electo Luna, Erasmo González Silva, Enrique Vera Pastor, José Luis Oliva Moreno, y Lucio Reynalte Coral.

Daniel aceptó y se integró aportando ideas e incluso un nuevo nombre para el grupo. Según él mismo ha explicado, en la música cubana de entonces, a la rumba negra algunos dialectos la llamaban “rumba ney”. Lo cual le inspiró para rebautizar a “Los Cleaver Swing” como “Los Rumbaney”. El Jueves 13 de Febrero de 1969 la nueva orquesta debutó compartiendo escenario con “Pedro Miguel y sus Maracaibos”. Un año más tarde en el Coliseo Amauta de Lima ganó un famoso Festival de Salsa donde participó lo mejor de la música tropical. En 1971 conquistó su primer Disco de Oro gracias a la canción “El Poncho”, y poco después uno más por “Cumbia India”. Una larga cadena de éxitos continuó durante la vigencia de la orquesta, la cual se prolongó hasta 1976. Ese año Daniel acompañó como arreglista a Aldo y los Pasteles Verdes en una exitosa gira por México y otros países, proyecto previsto para durar tres meses, pero que terminó extendiéndose cerca de un año.

1964. Al centro de pie aparece Daniel (16 años de edad) 
entre  sus  tíos  José del Carmen,  Víctor,  y  Guadalupe 
Belupú Purizaca,  y Julio Temoche Purizaca.  Sentados: 
Marina  Cortez  Belupú (hermana),  Emilio Belupú Antón 
(abuelo), Petronila Purizaca Benites (abuela), y Ricardina 
Belupú Purizaca (mamá)
Los días de Daniel siempre estuvieron marcados por un intenso trabajo y estudio. Ritmo de vida que, tal vez, no hubiera sido posible sin la fuerza del amor que se anidó en su corazón desde aquel día de 1964 cuando arribó a Chimbote. Conocer a la jovencita Angélica Montero Sánchez en la oficina donde su hermana trabajaba como secretaria fue el primer paso de una bella relación destinada a llegar al altar. El 11 de Julio de 1970 Daniel y Angélica contrajeron matrimonio, fruto de esta unión nacieron sus cuatro hijos: Anny Delilah, las gemelas Anyela María y Kelly María, y Daniel Richard. A la fecha llevan cuarenta y cinco años de casados y viven en la Urbanización El Trapecio de Chimbote.

Cuando el virtuoso trompetista residía en Trujillo empezó a firmar como “Santos D.”. Su nombre, en realidad… no es Daniel. Al nacer, sus padres revisaron el Santoral y vieron “9 de Octubre, día de San Dionisio”, y de acuerdo con la costumbre antigua le pusieron Santos Dionisio. De tal suerte que en Trujillo, al verlo firmar como “Santos D.” sus amigos empezaron a bromearle, preguntándole: ¿Eres tú Santos Daniel? Se referían, indudablemente, al famoso cantante puertorriqueño Daniel Santos, conocido también como “El Inquieto Anacobero”. El tiempo y la fama refrendaron su nombre como Daniel Cortez Belupú, y así lo conocemos desde entonces.

1970  Matrimonio de Daniel Cortez Belupú  y Angélica 
Montero   Sánchez.    Al  costado  izquierdo:   Máximo 
Belupú Purizaca (padrino de cambio de aros). Costado 
derecho:  Ricardina Belupú Purizaca  (mamá de Daniel)
La primera casa donde Daniel vivió en Chimbote estaba ubicaba en la calle 28 de Julio del barrio Magdalena Nueva, y perteneció a su tío Guadalupe. Aquí residió desde 1964 hasta 1970, año en que se mudó a la propiedad de su suegra en la avenida Aviación del barrio 12 de Octubre. Ambos lugares fueron cercanos al hogar del niño que lo admiraba. Así que para éste era común ver a su héroe por las calles de la vecindad. El niño, al saludarlo, en su mente solía repetir: “El Importante Daniel…”. Esta frase le había quedado grabada desde la primera vez que escuchó el guaguancó que en 1972 Luis Álvarez Mesías le compuso al trompetista. Y cuya letra decía: “El importante Daniel tiene su filosofía, lo importante para él no es tener mucho dinero”.

En la casa del niño, el primer tocadiscos que tuvo la familia fue adquirido de segunda mano en 1972, era marca Philips y funcionaba con seis pilas. Con este aparato se celebraron las primeras fiestas familiares y llegaron los primeros discos. En la colección nunca faltaron las cumbias andinas “El Poncho”, “Granizo” y “Cumbia India” que catapultaron a Los Rumbaney al estrellato. La música que el niño escuchaba en el jirón Olaya la recomendaba en su casa y así llegaron nuevos discos, como “A Chimbote”, “Te Quiero te Quiero”, y “Llora Corazón”, expresiones de un sonido más tropical, costeño y orquestal. En cada hogar y rincón de Chimbote se cantó y bailó esta música. Y un eco infatigable resonó en la ciudad: “A Chimbote canto yo… En música Los Rumbaney, en vóley la selección, en fútbol el José Gálvez, José Gálvez es campeón”.

Estudio de Grabaciones de Aliro Zúñiga, 
Lima. 1972, Daniel, 24 años de edad
El niño de entonces hoy bordea los cincuenta y cinco años, y es el autor de estas líneas. Y el héroe de mi niñez es hoy mi gran amigo. Desde siempre hemos compartido un interés común por grandes temas, y todos los caminos nos conducen a Chimbote. Hace algunos años escribí un relato sobre la historia de la canción “A Chimbote”, compuesta por Daniel y considerada el himno no oficial de la ciudad. Hoy he querido compartir algunos apuntes sobre los orígenes de este “Patrimonio cultural vivo de Ancash”, conforme se le ha reconocido oficialmente. Medio en broma y medio en serio, a él le gusta repetir: “Como dice la canción del Gran Combo, lo que me vayan a dar, que me lo den en vida”. Y tiene razón.

Cada vez que viajo al Perú me reencuentro con él. “Hola importante Daniel”, le digo. “Eduardito de mi corazón”, me responde siempre. Ya sea vistiendo su pulcro terno oficial o un cómodo atuendo deportivo, me acompaña por las calles a respirar Chimbote. La gente le expresa cariño por doquier. Ingresamos a restaurantes que conoce como al bronce de su propia trompeta, y entonces yo… rompo mi dieta y mi condición de abstemio riguroso. Cuando estoy allá, en la casa de mi madre celebro un reencuentro con mi promoción de la primaria, y Daniel siempre viene para obsequiarnos un recital musical.

Daniel Cortez Belupú y Eduardo Quevedo Serrano
Chimbote, Perú. 2015
Durante nuestra última charla en Chimbote, le revelé que quería escribir algo sobre sus inicios en la música. Le indagué sobre muchos temas y terminé preguntándole por la letra de “Cholito”, disco emblemático de “Los Rumbaney” compuesto por Joel Estrada Delgado en 1973. “Escúchame Daniel -le dije-, entiendo que el personaje de la canción eres tú. Un cholito de Sechura que llegó a Chimbote. Trabajó duro y estudió duro. Asistía por las noches al Colegio San Pedro, y viajaba a Trujillo al Conservatorio de Música. La moraleja es: Cholito estudia y triunfa”. Daniel hizo una pausa, guapeó las lágrimas, y con la voz secuestrada por la emoción me respondió: “… y es también un legado para toda la juventud”.

Mensaje personal para Daniel:
La vida finalmente viene haciendo justicia contigo y estás recibiendo los homenajes que te corresponden. No eres de los que se duermen en sus laureles, y sé que seguirás batallando como un quijote para ver tu sueño hecho realidad: un Teatro Municipal y una escuela de Arte y Música para Chimbote. Hoy 9 de Octubre es tu cumpleaños. Nos regalas amistad, talento y cariño. En tu día quiero corresponderte en algo con lo único que sé hacer: escribir. Ésta es una pequeña semblanza sobre tus inicios en la música y acerca de nuestra amistad… Feliz cumpleaños Importante Daniel!!

P.D.: Para leer el relato sobre la canción “A Chimbote”, darle un clic al siguiente enlace: ASÍ NACIÓ LA CANCIÓN “A CHIMBOTE” (LOS RUMBANEY)

New Hampshire, USA 
9 de Octubre, 2015

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sábado, septiembre 05, 2015

El "loco" Catita de Chimbote

EL "LOCO" CATITA DE CHIMBOTE

Natalia Romero y su esposo Fernando Na-
varrete, junto a “Catita”. Año 1980 (FOTO: 
Cortesía de la familia Romero Bernuy)
“¿Cuánto te has sacado en tu paso”? O, para ser más exacto: “¿Cuato te a tacao tu pato?” me preguntó “Catita” aquel mediodía de 1971. Los alumnos de la Escuela Primaria Nº 3151 de San Isidro habíamos salido a nuestras casas para almorzar y luego regresar a la segunda parte del doble turno de aquellos tiempos. Y ahí estaba él, parado en la esquina de la avenida Aviación y la calle Huáscar, con su saco de cuadernos en la mano y repitiendo la misma pregunta a cada estudiante. Fue la primera vez que me habló, aunque yo ya lo conocía porque él, para entonces, era un personaje ampliamente popular en los barrios del puerto de Chimbote.

Inés Romero Bernuy tenía catorce años de edad cuando el 19 de Marzo de 1963 arribó a la estación general de trenes del jirón Olaya de Chimbote. Llegó con toda su familia. Sus padres habían decidido mudarse desde Sihuas a este puerto para que sus siete hijos pudieran realizar sus estudios secundarios. Cargaron sus bultos y se dirigieron a la casa nueva, ubicada a cuadra y media del terminal del tren: la novena cuadra del jirón Pizarro. Con ellos vino también “La Muruquita”, una buena mujer que vivió con la familia desde que tuvo doce años de edad.

Doña  América Ramírez Mattos,  mamá de 
“Catita”, en su casa del barrio La Victoria 
de Chimbote.  Año 2015
El 26 de Septiembre de 1950, en una humilde vivienda que hoy corresponde al lote A 17 de la Calle San Martín en el barrio 12 de Octubre, doña América Ramírez Mattos dio a luz a un bebé varón, sería el primero de un total de ocho varones y cinco mujeres que con el tiempo llegaría a tener en sus dos compromisos. El bebé primogénito recibió el nombre y apellido de su padre, don Federico Castro. Su nombre completo fue Federico Juan Castro Ramírez, pero en las calles de Chimbote todo el mundo lo llegaría a conocer, simplemente, como “El Loco Catita”.

Con anterioridad a aquel mediodía de 1971 había visto a “Catita” por distintas partes de Chimbote, pero en forma especial y más seguido lo veía en la novena cuadra de Pizarro. Mi padre tenía un depósito de gaseosas y cerveza, y con mis hermanos mayores manejábamos un triciclo para surtir los negocios de los barrios vecinos. Era así que llegábamos con regularidad a esta cuadra de Pizarro para atender los pedidos de la tienda de los Mujica Chávez, la cual quedaba junto a un taller de planchado de autos que, a su vez, también era sede del Conjunto Rítmico “Los Beltons” de don Ángel Laguna Ruiz; “Catita" frecuentaba ambos lugares, con su saco de cuadernos en la mano y llevando con el pie el ritmo de la música de los “chancalatas”. 

Poco después de su arribo a Chimbote, Inés empezó la secundaria en el Colegio Inmaculada de La Merced ubicado, en ese tiempo, en la primera cuadra del jirón Alfonso Ugarte. Y un buen día de 1963 “Catita” irrumpió en la formación escolar. Algunas alumnas corrieron de miedo pero Inés no se asustó, pues ambos ya eran amigos. Se habían conocido en la novena cuadra de Pizarro. Entonces, “Catita” tenía trece años de edad y con la familia de Inés había iniciado una amistad que con el paso del tiempo devendría entrañable.

Calle San Martín del barrio 12 de Octubre 
de   Chimbote.   “Catita”   nació   en   una 
vivienda  que hoy corresponde a  la  casa 
color celeste.  Foto: 2015
“Catita” fue un bebé sano cuando nació, pero al año se enfermó con meningitis, mal que le generó un retraso mental que marcaría su vida para siempre. Creció y se hizo adulto, aunque en realidad nunca dejó de ser un niño. No hizo estudios primarios y a los diez años dejó su casa y salió de vagabundo por las calles de Chimbote. Poco tiempo después se estableció en la novena cuadra de Pizarro, sin embargo este hecho no alteró su índole de caminante pertinaz. Los rigores del clima nunca amilanaron el paso ligero de sus pies descalzos y encallecidos.

Como suele suceder en muchos pueblos, Chimbote ha tenido diversos “locos”, pero “Catita” fue mi favorito. Siempre me fascinó su vida. Incluso, en la secundaria escribí una breve composición sobre él con motivo de una tarea escolar. Lo recuerdo alto, moreno, de barriga y trasero prominentes. Un niño grande con lenguaje limitado a frases cortas, pero amigable y profundamente interesado en libros y cuadernos. Se apostaba a la entrada de las escuelas y a los estudiantes les pedía un cuaderno, o les preguntaba por sus exámenes. Fue el "loco" más bueno que he conocido en mi vida, inocente en el buen sentido de la palabra, y tierno como el pan recién salido del horno.

Alfonso  Romero Bernuy  ayudando  a 
“Catita”  a bañarse.  Año 1983  (FOTO: 
Cortesía de la familia Romero Bernuy)
La novena cuadra de Pizarro fue su casa, pero la vivienda de Inés fue su hogar. En esta casa diariamente recibía comida y atenciones. Realizaba su aseo personal e, incluso, la familia le rasuraba y cortaba el cabello. También dormía aquí, aunque a veces lo hacía en la vereda del otro lado, frente a la casa de doña Blanca Ascoy de Martínez, siempre sobre cartones, pues nunca aceptó colchones. La familia de Inés vio por su salud cuando se enfermaba. Debido a su vida de vagabundo en ocasiones regresaba a casa con heridas y una vez lo hizo con el brazo roto, los vecinos propiciaron una colecta y reunieron el dinero para su curación en el Hospital La Caleta. Un día de 1972, doña América, su mamá, quiso llevarlo de la novena cuadra de Pizarro a su casa del barrio La Victoria, pero “Catita” rehusó la propuesta materna.

“La Muruquita” es un personaje importante en esta historia. Su nombre fue Humberta. Vivió con los Romero Bernuy desde niña hasta el final de su existencia, ayudaba en los quehaceres domésticos y la crianza de los hijos y nietos. En cierto punto de su vida fue bautizada y adoptó los apellidos de don Abrahan Romero Cadenillas, padre de Inés. Interesante es saber que “La Muruquita” fue sordomuda, y en sus horas de complicidad con Inés crearon su propio lenguaje de señas para comunicarse. Así, “La Muruquita”, Inés y el nuevo “lenguaje" facilitaron no sólo la comunicación con “Catita”, sino también la gran amistad que se estableció con toda la familia.

Cuando “Catita” era un niño, en su barrio inicialmente lo llamaron “Castrito”, en alusión a que llevaba el nombre y apellido de su padre, don Federico Castro. No faltaron vecinos que para provocar una respuesta le preguntaban, “¿cómo te llamas?” Y el buen Federico junior tratando de decir “Castrito, en su media lengua respondía “Catita”. De esta manera nació el sobrenombre de “Loco Catita” con el que se le conoció en todo Chimbote.

Cementerio Divino Maestro de Chimbote. 
“Catita”  descansa en paz en el Pabellón 
Santa Lucía A-13. Foto: 2015
“Catita” fue un niño grande hasta el final sus días, dedicó su vida a coleccionar cuadernos, llegando a tener unos cuarenta sacos repletos de éstos a los que arrancaba las hojas escritas y conservaba las blancas. Los almacenaba al fondo del corral de la familia de Inés. Aparte de la obsesión por los cuadernos, hay un lado poco conocido en la vida de “Catita”: en casa de Inés ayudaba con puntualidad haciendo mandados, como la compra de panca y alfalfa para los cuyes. Lavaba su plato y ordenaba los cartones donde dormía. Se ofrecía a cargar bultos del mercado. Y de aquí llevaba comida para “Rinti” y “Tina”, dos perros que había en la casa, los cuales le amaron mucho. “Eto pa’ la pela” (“Ésto es para los perros”), decía siempre. Fue conocedor del buen café y lo disfrutaba diariamente. Como por lo general no reía, usaba este detalle para “canjear” carcajadas por café. 

Novena cuadra del jirón Pizarro de 
Chimbote. Foto: 2015
Un día de 1996 los Rodríguez Montes, parientes y vecinos de Inés, tuvieron la necesidad de construir su casa y este proyecto incluía el área donde “Catita” almacenaba sus cuadernos, razón por la cual fueron removidos del lugar. Lamentablemente, “Catita” se resintió y distanció de la casa de Inés y de la novena cuadra de Pizarro… aunque volvía siempre para disfrutar de un buen café. Tres años más tarde falleció. Dejó este mundo el 28 de Marzo de 1999 atropellado por un taxi “Tico” en la avenida Pardo de Chimbote.

Estuve en Perú hace unas semanas, y aproveché mi estadía en Chimbote para ir al Cementerio Divino Maestro a dejar un cuaderno para “Catita”. Al antiguo caminante descalzo lo encontré descansando en el Pabellón Santa Lucía A 13. Me dio mucha alegría volver a estar cerca de él. Pude conversarle y rezar una oración. Sentí que la inscripción de su lápida era perfecta: “Yo no he muerto, sólo estoy dormido, moriré el día que dejen de venir a verme”.

Al finalizar estos apuntes, dejo aquí una inquietud: ¿Sería posible que las autoridades de Chimbote declaren la fecha del nacimiento o fallecimiento de “Catita” como “El Día del Cuaderno”? Y, tal vez, alguna institución tutelar podría recolectar cuadernos ese día para destinarlos a algún pueblo joven o escuela que los necesite. Más que el valor material de la iniciativa preservaríamos el valor moral de aquel "loco" nuestro: estudiante eterno que en la puerta de las escuelas nos pedía un cuaderno, o nos preguntaba “¿Cuato te a tacao tu pato?”

AGRADECIMIENTO ESPECIAL a la familia Romero Bernuy y a Katty Sandoval Ríos por su invaluable ayuda para poder escribir esta historia.

New Hampshire, USA 
Septiembre, 2015

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sábado, mayo 30, 2015

El Negro y La María


EL NEGRO Y LA MARÍA

Dibujo (aproximado) del Cementerio Viejo del 
barrio El Progreso de Chimbote en Junio de 1970
“Apártense para que no les de un mal aire”, dijo mi padre; mi hermano Fernando y yo retrocedimos un par de pasos. Luego retiró los pedazos de la tapa del ataúd que habían sobrevivido al tiempo y al terremoto. Y en el interior del cajón pudimos ver el esqueleto sin cráneo de La María envuelto en el hábito de la Virgen de la Puerta. Había muerto a los veintiún años de edad, en pleno esplendor de la vida.

¿Cómo se originó esta inusual historia? Empezó temprano por la mañana de un día de junio de 1970. Mi papá había salido de compras y a su regreso decidió “cortar camino” atravesando el Cementerio Viejo del barrio El Progreso. A cada paso observó los destrozos que el sismo trajo consigo a este lugar. La tierra no sólo tembló, sino que también se abrió y mal cerró. Se alteró y desplazó. Y en su movimiento apocalíptico expulsó a la intemperie destartaladas cajas mortuorias, esqueletos, y huesos. El antiguo camposanto, en otras palabras, era un cementerio de huesos desperdigados. Y los perros hacían su agosto en pleno mes de junio.

Chimbote, por esos días, se encontraba en estado de catástrofe a consecuencia del terremoto del 31 de Mayo de 1970. Y por razones de sanidad pública, maquinaria pesada se alistaba a nivelar el destruido cementerio. Mientras lo cruzaba, mi papá se fijó en dos cráneos: uno se encontraba en el suelo, aislado del resto de vestigios óseos, y tenía características inequívocas de haber sido de una persona de sexo masculino y edad avanzada. El otro se encontraba cerca de un desvencijado ataúd que contenía el resto de la osamenta, y había pertenecido a una mujer. Mi papá pensó en el destino inexorable que les aguardaba, cuando caterpilllars y bulldozers cumplieran la tarea de aplanar y nivelarlo todo.

Unas horas más tarde, cuando mi padre reapareció de vuelta en su tienda de abarrotes, su semblante lucía exaltado e inquieto. Y había una buena razón para ello: en el interior de la bolsa que sostenía en sus manos se hallaban los dos cráneos que había visto en el cementerio. Eran El Negro y La María.

Mi papá nos contó lo visto en el camposanto. Nos explicó el destino final que pendía sobre los restos. Y nos dijo que quería regresar con dos ayudantes para traer el esqueleto completo de la mujer ¿Pero para qué Alejandro? Preguntó mi madre. “Mira Elsa, un día cuando tenga plata, haré armar el esqueleto, y mis ocho hijos podrán estudiar anatomía”, respondió. Fue así como mi hermano Fernando, entonces de once años de edad, y yo de nueve, resultamos acompañándolo a la tumba de La María.

El cementerio estaba ubicado a ocho minutos de mi casa. Había iniciado su funcionamiento al amanecer del siglo veinte. Y en su cercanía, medio siglo más tarde surgió el barrio El Progreso. Posteriormente, con el correr de los años devino en el ombligo mismo del barrio. Siempre se le llamó El Panteón, pero cuando en 1956 entró en servicios el actual camposanto Divino Maestro, empezó a ser conocido como El Cementerio Viejo.

Año 1963:  Vista aérea parcial de Chimbote
incluye el Cementerio del barrio El Progreso
(FUENTE: Miguel Koo Chía)
Desde 1966, la Sociedad de Beneficencia Pública de Chimbote había intentado clausurarlo, demolerlo y erradicarlo, pero sólo una minoría de deudos cumplió con trasladar los restos de sus difuntos al nuevo cementerio. Así que la anunciada clausura se mantuvo en un estado de indefinición hasta el 31 de mayo de 1970, en que el terremoto lo destruyó y zanjó el tema de su demolición.

Tras los ocho minutos de vuelta al Panteón mi papá ubicó el ataúd de La María. Era una caja mortuoria de color oscuro. Destartalada pero entera y la tapa, como se indica al inicio de este relato, estaba rota e incompleta. El ataúd yacía torcido en el suelo de arena, en forma inclinada y diagonal a la que debió ser su posición original. La parte de los pies semienterrada, y la parte opuesta tendida sobre la superficie arenosa. Mi padre recolectó los huesos uno por uno, poniéndolos con cuidado en diversas bolsas. Luego, en silencio emprendimos el camino de regreso a San Isidro, nuestro barrio.

Una vez en casa, la familia en pleno procedió a lavar y hervir los huesos. Mi mamá preparó fogones de leña en el corral, y sobre unos ladrillos asentó las latas donde hirvió el agua. Esta actividad empleó varias horas. Cada minuto transcurrió en un estado de tensión, un tanto más liviano que dramático, como acariciando el filo de una navaja, donde el miedo escarapelaba la espalda, pero se compensaba con la presencia de la familia y las bromas compartidas. Arriba, en el cielo, el sol prodigaba una tarde clara y templada.

Mi papá no tuvo ninguna pretensión científica, sino puramente intuitiva, cuando sentenció que el cráneo más grande había sido de un hombre viejo. Era más macizo, ancho y oscuro que la refinada calavera de La María, y tenía escasos dientes, todos en mal estado al igual que la parte de los maxilares donde se aloja la dentadura. Todo lo hacía más viejo que joven. Desde el primer día lo bautizamos como “El Negro”.

La María tenía sus huesos completos. No le faltaba ni un diente y todos estaban en buen estado. Con razón o sin razón, la tarde en que lavamos los huesos mi papá otorgó partida de nacimiento a una leyenda que con el tiempo se convertiría en verdad para nosotros: La María había sido no sólo joven, sino también bella. Desde entonces y para siempre, se convirtió en una miembro más de la familia.

Desde que El Negro y La María arribaron a mi casa, una retahíla de inexplicables sucesos ocurrieron. Así por ejemplo, un buen día de 1972 en nuestra tienda mi padre tomaba unas cervezas con sus sobrinos Lázaro Quevedo Díaz y Franciles Silva Cachay. Durante la conversación este último se quejó de los ladrones que se metían a las viviendas para robar las cosas. “Eso no pasa aquí, las calaveras nos cuidan”, dijo mi papá. Franciles, entonces, pidió prestada una de ellas, y mi papá aceptó. Aquel día mi primo se marchó contento a su casa con El Negro en una bolsa.

Año 1967: Cementerio Divino Maestro de 
Chimbote (FUENTE: José María Arguedas)
Setenta y dos horas más tarde Franciles ya estaba de vuelta. Tenía los pelos de punta y dijo que por tres noches consecutivas su familia no pudo dormir a causa de ruidos extraños, y que sin razón alguna su cama se movía. Muchos años más tarde, su hija Estela contó que aquel día cuando su padre nos devolvió a El Negro, dos veces fue llamado por su nombre en el trayecto, él volvió la mirada y no vio a nadie. Pero dijo también ella que no todo había sido malo durante aquellas setenta y dos horas, pues su hijita Mónica, entonces de año y medio de edad, jugó a más no poder e hizo un montón de travesuras al buen Negro.

Un año antes, en 1971, ocurrió algo que en mi familia llamamos “La Historia de los Cilindros”. Teníamos entonces en nuestro corral un par de cilindros que habían quedado de un proyecto de albañilería. Varias madrugadas mis padres oyeron los cilindros rodar una y otra vez, desde la parte posterior del corral hacia el callejón de acceso a la avenida Aviación. Mi papá se levantaba para ver qué pasaba, pero encontraba todo en su sitio. Mi hermano mayor Roger también hacía lo mismo y tampoco pudo ver nada anormal. Los cilindros rodantes consternaron a mi familia y por unos meses fueron tema de trémulas conversaciones. Hasta que un día llegó de visita un amigo de mi padre que tenía fama de conocer los vericuetos de las almas en pena. Lo primero que preguntó fue lo siguiente: “¿Alejandro, dónde están ubicados los huesos?”

Cuando los huesos arribaron a mi casa, después de lavarlos mi papá separó los dos cráneos y puso los huesos de La María en dos bolsas de red de pescador, con excepción de los huesitos más chiquitos que fueron colocados en una cajita de cartón. Las bolsas fueron situadas sobre el techo de esteras de la habitación de mis padres, cerca de un pequeño tragaluz. Mi papá pensó que el clima soleado del Chimbote de entonces terminaría por secarlos y desinfectarlos. Los cráneos y la cajita de cartón fueron acomodados en el tablero intermedio que había en el interior de un mostrador verde, en la tienda de abarrotes.

“Alejandro, La María quiere tener su cuerpo junto”, sentenció el amigo tras ser puesto en autos. Y añadió: “Su alma vaga en pena, no descansa en paz debido a que su cuerpo está separado”. Mi padre, siguiendo el consejo bajó del techo los huesos de La María, y en el tablero intermedio del mostrador verde los reunió con la cabeza, los huesitos chiquitos de la cajita de cartón y el cráneo del Negro. Y La María jamás de los jamases volvió a penar.

A partir de entonces se estableció una relación especial entre ella y nosotros. Adquirió status de protectora y bienhechora de la familia. Mi padre fue un católico no practicante, de profundas convicciones sociales, y dueño de una manera rotunda para decir las cosas. Gustaba decir que sólo creía en Cristo, en Víctor Raúl Haya de la Torre, y en su María. Mi madre, por su lado, ha sido y es una católica fervorosa, acorazada en su fe en Dios no desmayó ante las penurias económicas y logró sacar adelante a sus ocho hijos. La María fue una fuente adicional de donde extrajo fuerzas y depositó sus ruegos. Y por siempre mantuvo viva la llama de una vela misionera frente a ella.

Año 1967: Cementerio del barrio San Pedro 
de Chimbote (FUENTE: José María Arguedas)
El tablero intermedio del mostrador verde, mencionado líneas arriba, era un compartimento o entarimado donde mi mamá mantenía una frazada y una almohada. Ella trabajaba madrugadas completas en su máquina de coser Singer, y por ratos durante el día descansaba en el interior del mostrador mientras llegaban clientes a comprar algo. No dormía en los brazos de Morfeo, sino en los brazos de La María. Yo también reposaba en este lugar, especialmente cuando en la tienda había bebedores de cerveza, pues me gustaba oír sus conversaciones de mayores. El tablero era estrecho pero suficiente. Respetuosamente, empujaba a las calaveras un poquito para hacerle sitio a mi propio cuerpo… Y en realidad se descansaba muy bien.

Mientras tanto, en el terreno del antiguo Panteón luego de su destrucción por el terremoto de 1970 y subsecuente demolición por las autoridades, en 1974 la entonces alcaldesa del Concejo Provincial del Santa, señora Carmela Oviedo de Sarmiento, construyó e inauguró un gran complejo deportivo: seis losas deportivas cercadas con una malla alta de acero. Fue una de las obras físicas más grandes y hermosas del Chimbote de entonces, pero, lamentablemente, no duró mucho tiempo.

Hacia la segunda mitad de los años setenta, los huesos de La María habían empezado un rápido proceso de deterioro, un polvo blanquecino se acumulaba en las bolsas que los contenían. Tiempo atrás, por ser demasiado oneroso, mi papá había descartado la inicial idea de contratar un especialista para que armase la osamenta completa. La erosión de los huesos continuó en forma inexorable, a tal punto que mi padre tuvo que tomar la decisión de prescindir de ellos. El cráneo sí mantuvo su buen estado, y continuó brindando protección a la casa.

Pero no sólo los huesos de La María se estropeaban con el tiempo. También el mostrador verde que los cobijaba corría la misma suerte. Por entonces la tienda ya había cerrado y el mostrador se apolillaba sin piedad. En 1977 necesité fabricar una puerta para el callejón de mi casa. Y sin contar con dinero para esta clase de proyectos, terminé desarmando el mostrador para utilizar sus materiales recuperables. Desaparecido su altar, y sin un nuevo lugar estable, El Negro y La María iniciaron un peregrinaje por diferentes partes de la casa. Mi papá me dijo: “Has desvestido dos santos, para vestir uno”.

En cuanto a La María, el peregrinaje duró poco más de tres lustros, y para El Negro sólo cuatro años. En 1981 este último se mudó a Florencia de Mora, Trujillo. Aquel año, doña Amelia Gonzales Ávalos, suegra de mi hermana Nelly, en una de sus visitas a Chimbote contó a mi padre lo peligroso que era su barrio debido a los ladrones, quienes, incluso, ya habían entrado más una vez a su casa. Mi papá, repitiendo la propuesta que en 1972 hizo a mi primo Franciles, nueve años más tarde le ofrece El Negro a doña Amelia. La buena señora no dudó un instante y lo llevó a su domicilio. La noticia que llegó con el tiempo indicó que cumplió su función a cabalidad y mantuvo la casa libre de ladrones.

Año 1960: Cementerio del barrio El Progreso 
de Chimbote (FUENTE: Miguel Koo Chía)
El último capítulo de la historia de El Negro, para nosotros, llegó en 1999. Una de las nietas de doña Amelia, de nombre Yordana, cursaba el quinto grado de primaria en el Colegio “María Madre” del barrio Mampuesto en Florencia de Mora. Y ese año se organizó una feria de ciencias para los estudiantes. Yordana lo llevó al colegio para sustentar su proyecto sobre la anatomía del cuerpo humano y, al final, lo dejó ahí. En este punto, mi familia le pierde el rastro al buen Negro en forma definitiva.

El complejo deportivo que se construyó sobre el Cementerio Viejo en 1974 no tuvo larga vida. A los seis años de su funcionamiento empezó a ser invadido por vendedores ambulantes quienes, poco a poco, fueron destruyendo su alambrada y posesionándose de las losas deportivas. Al cabo de unos años tomaron el control completo no sólo del área deportiva, sino también de algunas calles aledañas. Hasta el año 2009 esta parte del barrio El Progreso se había convertido en una de las más grandes paradas de abastos ambulatorias de todo el territorio nacional.

El peregrinaje de La María en mi casa duró hasta 1995. Luego de deambular de habitación en habitación, mi papá le encontró un lugar permanente. Resulta que la vivienda donde crecimos cambió en 1992. Mis hermanos mayores habían ido formando sus propias familias, pero no tenían un buen lugar donde vivir. Así que mi papá decide dividir la casa entre sus ocho hijos y cedernos en anticipo de herencia para que cada uno pueda construir su propio departamento. Progresivamente, el ladrillo, cemento y fierro reemplazaron a los palos y esteras. La nueva casa incluyó un amplio patio-corredor común de doce metros de largo por dos y medio de ancho.

Paralelamente mi padre se fue llenando de años, había dejado su trabajo habitual y se dedicó a tiempo completo a la pasión de su vida: la jardinería. Amó especialmente los cactus. Ya no tuvo el mismo espacio de la antigua vivienda, pero se conformó con el nuevo patio, convirtiéndolo en la parte más bonita de la casa. Colocó maceteros por todas partes, y muchos otros colgó en los espacios menos pensados, hasta el punto que ya no cabía un alfiler más... de cactus.

Como quiera que mi papá dedicó a este ambiente la mayor parte de sus horas, acomodó en un andamio los escasos bienes personales que en  este punto de su vida había decidido conservar: un pequeño espejo de mano, una maquinita de afeitar, la piedra pómez para sus pies, sus herramientas de jardinería, y también algo muy especial: La María, concluyendo así su peregrinaje dentro de la casa.

Hacia 1999 yo vivía en Londres, Inglaterra. Me había casado con Terry, una mujer de origen norteamericano. En febrero de ese año nació Dorothy, mi única hija, y en diciembre llevé a ambas al Perú para que conozcan a la familia. Mi esposa se conmovió al ver a mi padre; frente a ella estaba un asceta de 76 años que había renunciado a casi todos los bienes materiales de la vida. Terry me explicó su sentimiento de esta manera: “Tu papá ha trabajado toda su vida, y lo único que tiene es su ropa, sus pantuflas, sus maceteros, y su María”.

Alejandro, cultivando sus plantas 
tras una cortina de cactus
Pasan los años y el tiempo vuela para mi padre. Hacia el 2007 yo no vivía más en Europa, sino en Estados Unidos. En abril de ese año mi madre me llama y dice, “si quieres despedirte de tu papá, tienes que venir volando”. Arribé a Chimbote con Terry y Dorothy, y tuve el honor de verlo partir. Los momentos que siguieron fueron duros y de confusión también. Después de las primeras 24 horas noté que un miembro de la familia no había sido participado del deceso.

Me dirigí entonces al patio de los maceteros. Una vez ahí, caminé hacia el andamio. Estando frente a La María la miré, y dije: “María, el hombre que en 1970 te rescató de las ruedas oruga de los tractores, ha dejado este mundo”.

La vida continúa. Y este relato también. Ahora démosle una mirada final al terreno del antiguo camposanto que en 1974 se convirtió en complejo deportivo, y que posteriormente fuera invadido por los vendedores ambulantes.

El año 2009, la señora Victoria Espinoza García, encargada de la alcaldía del Concejo Provincial del Santa hizo noticia de alcance nacional con relación a este terreno. El 18 de Octubre, día Domingo, un gigantesco operativo policial erradicó a los cinco mil vendedores ambulantes del anterior complejo deportivo y calles adyacentes, ubicándolos en una explanada del barrio Dos de Mayo de Chimbote.

La azarosa historia de las tierras del antiguo Panteón, parece haber concluido con un final feliz: Una vez más, sobre esta superficie, volvió a construirse un moderno complejo deportivo para la comunidad en general, siendo inaugurado el 27 de junio del 2010.

Al terminar esta historia no sé si será un exceso pedirle a La María me conceda un milagro ¿Será posible que este relato llegue a uno de sus familiares? Los datos que tengo no son muchos pero podrían ser suficientes.

Aquel soleado día de junio de 1970, en el destruido Panteón de Chimbote, junto a su desvencijado ataúd había una cruz de madera apenas sostenida en la arena, su inscripción rezaba: “María V. Mercado 1940-1961”. Un dato final, mi padre nunca dudó que había sido bella, muy bella.

New Hampshire, USA 
Mayo, 2015

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