EL CHINO DEL RÍO Y RAFA GARCÍA
“¡Pared mal tarrajeada!”, fue la respuesta del Chino Del Río al insulto de Rafa García. Sucedió en el aula del cuarto año de primaria en la Escuela 3151 del barrio San Isidro de Chimbote. El año era 1971. Antes, Rafa había llamado “Chino caramelo” a Del Río. Ante el cruce de agravios, ambos se molestaron y “la chocaron para la salida”.
Desde la hora del recreo en que ocurrió el incidente, había un sentimiento de inquietud entre los alumnos. Yo, por lo menos, nunca antes los había visto trompearse. Ninguno de los dos era un caído del palto, y gozaban de respeto entre los compañeros de estudios. Ambos tenían once años de edad y eran de la misma altura. El Chino era más fornido y Rafa un poco más esbelto.
En aquellos tiempos se estudiaba en doble turno, mañana y tarde. Y lo que aquí cuento ocurrió en la tarde. Cuando sonó el silbato de salida, unos veinticinco alumnos dejamos la escuela ubicada en la esquina de la avenida Aviación con el jirón Huáscar, cruzamos la pista y elegimos para la bronca el área descampada que había donde antes estuvo ubicada la iglesia San Francisco de Asís destruida por el terremoto del año anterior, y que había sido remplazada por una construcción transitoria frente a las oficinas de la parroquia. En aquel espacio libre los estudiantes formamos una ronda, y en el centro el Chino y Rafa se cuadraron frente a frente.
Las peleas a puño limpio entre los estudiantes no eran ninguna novedad. Sucedían de tiempo en tiempo. Formaban parte de la cultura popular de los barrios. Obedecían a códigos de honor que no se podían violar. Tenían reglas que los contrincantes debían respetar. Yo mismo me había trompeado varias veces con el Curro Cano, tanto en la escuela como en la calle, pero la contienda de aquel día entre el Chino y Rafa fue la de más recordación de todos mis años en la primaria.
Cuando en 1973 empezamos la secundaria, seguí viendo al Chino Del Río en el colegio San Pedro, aunque no tuvimos la misma amistad cercana de la primaria. Con los años me enteré que en la Universidad de Ingeniería había destacado en matemáticas de una manera que no había mostrado antes. Por su parte, Rafa fue al Politécnico y después se graduó como contador por la Universidad San Martín de Porres. Con él nos veíamos tanto en la escuelita primaria como en nuestras casas, pues en mi hogar teníamos un negocio de distribución de cerveza y gaseosas, y los padres de Rafa tenían una bodega. Él venía a hacer los pedidos y mis hermanos y yo le llevábamos la orden. Además, cada tarde lo veía pasar frente a mi casa manejando un triciclo, iba a la panadería de su abuelo, don Andrés Vásquez Mendoza, en la cuadra nueve de Aviación, a recoger el pan para su tienda.
Hace tres lustros viajé al Perú, y estando en Chimbote quise visitar al Chino Del Río. Fui a su casa ubicada en la zona B de la urbanización 21 de Abril, en una esquina frente al jirón Balta, a siete pasajes del domicilio de Rafa. Al tocar la puerta, un familiar me atendió. Y ante mi pregunta, me respondió que mi amigo había fallecido unos años atrás. Traté de despedirme con naturalidad, y luego de unos pasos lloré su muerte. El Chino nos dejó el 22 de noviembre del 2006, a los 47 años de edad.
Lo recuerdo con claridad. Calzaba unos botines color marrón que eran temidos en el salón de clase, y con los que una vez me dio una patada en la canilla. Tenía una caligrafía preciosista y siempre llevaba en el bolsillo del pecho tres bolígrafos: negro, azul y rojo. Por lo general usaba la camisa fuera del pantalón. Poseía un gran talento para contar historias de misterio y terror, e igual picardía para poner chapas a medio mundo. Un día de 1970 corrigió al teacher Clinton diciéndole: “Profesor, no se dice, ¿ya acabó todo el mundo? se dice, ¿ya acabaron todos los alumnos?”.
La última vez que vi a Rafa fue el 8 de agosto del 2015. Fue en mi casa. Yo había viajado al Perú, y mi amiga Katty Sandoval organizó un rencuentro de mi promoción de primaria egresada en 1972, y Rafa se hizo presente. No lo había visto desde fines de los ochenta, en que, de vez en cuando iba a su casa. Ahí funcionaba “La Musiquita”, un bar popular donde a la clientela se le ofrecía una excelente colección de canciones para todos los gustos. La noche de la reunión en mi casa, Rafa hizo gala de una faceta que yo no le conocía, había adquirido con el tiempo el don de la conversación. A lo largo de la noche nos entretuvo con historias interesantes y ocurrencias graciosas hasta la hora de la despedida.
Varios de los estudiantes que formaron conmigo el ruedo durante la pelea de 1971, fueron dejando este mundo con el paso de los años. Dionisio Ledesma Cerna, aquel muchacho inteligente que por las noches vendía cachangas con dulce en el cine San Isidro, mientras yo, a su lado, lustraba zapatos o vendía comics, falleció el 19 de abril del 2023. Rigoberto “Papi” Oncoy Palma, el niño de seis años de edad que en el examen final de la clase de Transición escribió en la pizarra “La señolita es buena”; la profesora Evita no sabía si aprobarlo o desaprobarlo, y llamó al director para que decidiera. “Aprobado” resolvió el señor González, explicando que el alumno hablaba así, y esa era su manera de escribir “señorita”; Papi murió el 29 de mayo del 2021. También estuvo en el ruedo Reynaldo Cruz Reyes, aquel entrañable amigo de la infancia que un día de 1972 se acercó a mi carpeta y me dijo: “Eduardo, en quinto grado hay una chica que me gusta, se llama Mérida”. A él nos lo arrebató el covid el año 2021.
Entre julio y agosto del pasado año 2023 estuve en Chimbote, y uno de esos días fui a visitar a mi amigo Willy Martínez Loyola a su hogar en la avenida Buenos Aires, a cinco casas del recordado bar Huandoy. Al final de la charla, me dijo: “Rafa está enfermo, anda a verlo”. Y así lo hice. Me despedí de Willy y caminé a la manzana 13 de la zona B de 21 de Abril. Llegué al inmueble enrejado donde antes funcionó “La Musiquita”. Toque por varios minutos la puerta, pero nadie abrió, en el interior de la casa ladraba un perro. Yo regresé a New Hampshire, y nueve meses después, al caer la tarde del martes 21 del pasado mes de mayo, Katty Sandoval me envió un mensaje: “Eduardo, falleció tu amigo Rafael García”.
Tras la noticia, pensé en Rafa durante varios días. Y a mi mente llegaron también el Chino Del Río y la pelea de 1971. Me sentí transportado en el tiempo y, como en una película, reviví hechos saltantes de aquel año. El José Gálvez de Chimbote subió a la profesional por primera vez, y los chiquillos de mi generación entrábamos gratis al estadio Vivero Forestal acompañados de un señor. Y vimos jugar a Cubillas, Sotil, Cueto, Chumpitaz, Challe, Cachito Ramírez, Perico León, Gallardo, El Trucha Rojas, Muñante, Patrulla Barbadillo y todos los grandes de la época de oro del fútbol peruano. Hay una canción de 1971 que dice “En música Los Rumbaney…”, y tiene razón. La orquesta de Daniel Cortez Belupú por entonces se escuchaba en todas partes. Ganaba premios, concursos y daba la hora a nivel nacional con éxitos tropicales como El Poncho, A Chimbote, Granizo y Cumbia India. Y nuestro puerto vivió en un estado de fiesta perpetua.
Por aquellos tiempos, en los barrios de Chimbote era un lujo tener un televisor en blanco y negro. Muchos chicos de entonces debimos buscar casas donde ver los grandes eventos deportivos de la época, aunque sea desde la calle a través de la ventana. Así vimos, por ejemplo, “La Pelea del Siglo” entre dos de los más grandes pesos pesados de la historia del boxeo mundial: Muhammad Ali y Joe Frazier. Ocurrió el 8 de marzo de 1971 en el cuadrilátero del Madison Square Garden. El combate duró quince asaltos. “Smoking” Joe venció por decisión unánime y Ali perdió su récord de invicto.
La noche del rencuentro en mi casa, yo le hice recordar a Rafa su pelea de 1971. “El Chino me dio ese día”, me respondió con buen talante. El evento viene a mi mente como un combate largo, que duró posiblemente unos veinticinco minutos. El Chino y Rafa en el centro, una veintena de alumnos en el círculo. La farmacia Virgen de la Puerta de doña Nedda Abanto de Luna hacia la derecha. El templo provisional al frente. La escuelita diagonalmente hacia la espalda. A la izquierda, al otro lado de la doble pista, el nuevo colegio Santa María Reina era construido sobre lo que hasta ese año fue la legendaria Pampa de Fútbol del 21 de Abril.
El Chino y Rafa no giraban como otros peleadores callejeros, ambos se medían frente a frente. De rato en rato se encaraban, golpeaban y volvían a la posición inicial. Rodaron al suelo una o dos veces. Rafa con la camisa bien fajada, el Chino con la camisa suelta. Los dos arremangados. No hablaban, sólo mascullaban palabras inentendibles. El Chino lucía fiero, Rafa elegante. No recuerdo a ninguno sangrar, pero sí que la pelea parecía interminable. Hasta que alguien de la ronda dijo que ya era suficiente. La pelea culminó, no hubo knockout, sino, tal vez, un ajustado resultado por puntos.
Siempre me he sentido cercano a César Segundo “Chino” Del Río Vásquez y Rafael Lino “Rafa” García Vásquez, tanto en la escuela como en mis recuerdos. Aquí dejo estas líneas para la posteridad.
New Hampshire, USA
Junio, 2024
NOTA:
Si deseas dejar un comentario ten en cuenta lo siguiente: debajo del recuadro para los comentarios aparece una opción que dice “comentar como”. Acá sólo debes seleccionar la opción que dice “nombre” y en este recuadro escribe tu nombre (Deja el recuadro URL en blanco) Si todo esto te parece muy complicado, entonces escribe tu comentario en un e-mail y envíalo a: edquevedo@yahoo.com
Los comentarios van primero al Editor, antes de ser publicados.

.jpg)

.jpg)
.jpg)
.jpg)




