miércoles, junio 05, 2024

El Chino Del Río y Rafa García

 


EL CHINO DEL RÍO Y RAFA GARCÍA


“¡Pared mal tarrajeada!”, fue la respuesta del Chino Del Río al insulto de Rafa García. Sucedió en el aula del cuarto año de primaria en la Escuela 3151 del barrio San Isidro de Chimbote. El año era 1971. Antes, Rafa había llamado “Chino caramelo” a Del Río. Ante el cruce de agravios, ambos se molestaron y “la chocaron para la salida”.

Desde la hora del recreo en que ocurrió el incidente, había un sentimiento de inquietud entre los alumnos. Yo, por lo menos, nunca antes los había visto trompearse. Ninguno de los dos era un caído del palto, y gozaban de respeto entre los compañeros de estudios. Ambos tenían once años de edad y eran de la misma altura. El Chino era más fornido y Rafa un poco más esbelto.


En aquellos tiempos se estudiaba en doble turno, mañana y tarde. Y lo que aquí cuento ocurrió en la tarde. Cuando sonó el silbato de salida, unos veinticinco alumnos dejamos la escuela ubicada en la esquina de la avenida Aviación con el jirón Huáscar, cruzamos la pista y elegimos para la bronca el área descampada que había donde antes estuvo ubicada la iglesia San Francisco de Asís destruida por el terremoto del año anterior, y que había sido remplazada por una construcción transitoria frente a las oficinas de la parroquia. En aquel espacio libre los estudiantes formamos una ronda, y en el centro el Chino y Rafa se cuadraron frente a frente.

Las peleas a puño limpio entre los estudiantes no eran ninguna novedad. Sucedían de tiempo en tiempo. Formaban parte de la cultura popular de los barrios. Obedecían a códigos de honor que no se podían violar. Tenían reglas que los contrincantes debían respetar. Yo mismo me había trompeado varias veces con el Curro Cano, tanto en la escuela como en la calle, pero la contienda de aquel día entre el Chino y Rafa fue la de más recordación de todos mis años en la primaria. 


Cuando en 1973 empezamos la secundaria, seguí viendo al Chino Del Río en el colegio San Pedro, aunque no tuvimos la misma amistad cercana de la primaria. Con los años me enteré que en la Universidad de Ingeniería había destacado en matemáticas de una manera que no había mostrado antes. Por su parte, Rafa fue al Politécnico y después se graduó como contador por la Universidad San Martín de Porres. Con él nos veíamos tanto en la escuelita primaria como en nuestras casas, pues en mi hogar teníamos un negocio de distribución de cerveza y gaseosas, y los padres de Rafa tenían una bodega. Él venía a hacer los pedidos y mis hermanos y yo le llevábamos la orden. Además, cada tarde lo veía pasar frente a mi casa manejando un triciclo, iba a la panadería  de su abuelo, don Andrés Vásquez Mendoza, en la cuadra nueve de Aviación, a recoger el pan para su tienda.


Hace tres lustros viajé al Perú, y estando en Chimbote quise visitar al Chino Del Río. Fui a su casa ubicada en la zona B de la urbanización 21 de Abril, en una esquina frente al jirón Balta, a siete pasajes del domicilio de Rafa. Al tocar la puerta, un familiar me atendió. Y ante mi pregunta, me respondió que mi amigo había fallecido unos años atrás. Traté de despedirme con naturalidad, y luego de unos pasos lloré su muerte. El Chino nos dejó el 22 de noviembre del 2006, a los 47 años de edad.

Lo recuerdo con claridad. Calzaba unos botines color marrón que eran temidos en el salón de clase, y con los que una vez me dio una patada en la canilla. Tenía una caligrafía preciosista y siempre llevaba en el bolsillo del pecho tres bolígrafos: negro, azul y rojo. Por lo general usaba la camisa fuera del pantalón. Poseía un gran talento para contar historias de misterio y terror, e igual picardía para poner chapas a medio mundo. Un día de 1970 corrigió al teacher Clinton diciéndole: “Profesor, no se dice, ¿ya acabó todo el mundo? se dice, ¿ya acabaron todos los alumnos?”.

La última vez que vi a Rafa fue el 8 de agosto del 2015. Fue en mi casa. Yo había viajado al Perú, y mi amiga Katty Sandoval organizó un rencuentro de mi promoción de primaria egresada en 1972, y Rafa se hizo presente. No lo había visto desde fines de los ochenta, en que, de vez en cuando iba a su casa. Ahí funcionaba “La Musiquita”, un bar popular donde a la clientela se le ofrecía una excelente colección de canciones para todos los gustos. La noche de la reunión en mi casa, Rafa hizo gala de una faceta que yo no le conocía, había adquirido con el tiempo el don de la conversación. A lo largo de la noche nos entretuvo con historias interesantes y ocurrencias graciosas hasta la hora de la despedida.


Varios de los estudiantes que formaron conmigo el ruedo durante la pelea de 1971, fueron dejando este mundo con el paso de los años. Dionisio Ledesma Cerna, aquel muchacho inteligente que por las noches vendía cachangas con dulce en el cine San Isidro, mientras yo, a su lado, lustraba zapatos o vendía comics, falleció el 19 de abril del 2023. Rigoberto “Papi” Oncoy Palma, el niño de seis años de edad que en el examen final de la clase de Transición escribió en la pizarra “La señolita es buena”; la profesora Evita no sabía si aprobarlo o desaprobarlo, y llamó al director para que decidiera. “Aprobado” resolvió el señor González, explicando que el alumno hablaba así, y esa era su manera de escribir “señorita”; Papi murió el 29 de mayo del 2021. También estuvo en el ruedo Reynaldo Cruz Reyes, aquel entrañable amigo de la infancia que un día de 1972 se acercó a mi carpeta y me dijo: “Eduardo, en quinto grado hay una chica que me gusta, se llama Mérida”. A él nos lo arrebató el covid el año 2021.


Entre julio y agosto del pasado año 2023 estuve en Chimbote, y uno de esos días fui a visitar a mi amigo Willy Martínez Loyola a su hogar en la avenida Buenos Aires, a cinco casas del recordado bar Huandoy. Al final de la charla, me dijo: “Rafa está enfermo, anda a verlo”. Y así lo hice. Me despedí de Willy y caminé a la manzana 13 de la zona B de 21 de Abril. Llegué al inmueble enrejado donde antes funcionó “La Musiquita”. Toque por varios minutos la puerta, pero nadie abrió, en el interior de la casa ladraba un perro. Yo regresé a New Hampshire, y nueve meses después, al caer la tarde del martes 21 del pasado mes de mayo, Katty Sandoval me envió un mensaje: “Eduardo, falleció tu amigo Rafael García”.


Tras la noticia, pensé en Rafa durante varios días. Y a mi mente llegaron también el Chino Del Río y la pelea de 1971. Me sentí transportado en el tiempo y, como en una película, reviví hechos saltantes de aquel año. El José Gálvez de Chimbote subió a la profesional por primera vez, y los chiquillos de mi generación entrábamos gratis al estadio Vivero Forestal acompañados de un señor. Y vimos jugar a Cubillas, Sotil, Cueto, Chumpitaz, Challe, Cachito Ramírez, Perico León, Gallardo, El Trucha Rojas, Muñante, Patrulla Barbadillo y todos los grandes de la época de oro del fútbol peruano. Hay una canción de 1971 que dice “En música Los Rumbaney…”, y tiene razón. La orquesta de Daniel Cortez Belupú por entonces se escuchaba en todas partes. Ganaba premios, concursos y daba la hora a nivel nacional con éxitos tropicales como El Poncho, A Chimbote, Granizo y Cumbia India. Y nuestro puerto vivió en un estado de fiesta perpetua.


Por aquellos tiempos, en los barrios de Chimbote era un lujo tener un televisor en blanco y negro. Muchos chicos de entonces debimos buscar casas donde ver los grandes eventos deportivos de la época, aunque sea desde la calle a través de la ventana. Así vimos, por ejemplo, “La Pelea del Siglo” entre dos de los más grandes pesos pesados de la historia del boxeo mundial: Muhammad Ali y Joe Frazier. Ocurrió el 8 de marzo de 1971 en el cuadrilátero del Madison Square Garden. El combate duró quince asaltos. “Smoking” Joe venció por decisión unánime y Ali perdió su récord de invicto.

La noche del rencuentro en mi casa, yo le hice recordar a Rafa su pelea de 1971. “El Chino me dio ese día”, me respondió con buen talante. El evento viene a mi mente como un combate largo, que duró posiblemente unos veinticinco minutos. El Chino y Rafa en el centro, una veintena de alumnos en el círculo. La farmacia Virgen de la Puerta de doña Nedda Abanto de Luna hacia la derecha. El templo provisional al frente. La escuelita diagonalmente hacia la espalda. A la izquierda, al otro lado de la doble pista, el nuevo colegio Santa María Reina era construido sobre lo que hasta ese año fue la legendaria Pampa de Fútbol del 21 de Abril.


El Chino y Rafa no giraban como otros peleadores callejeros, ambos se medían frente a frente. De rato en rato se encaraban, golpeaban y volvían a la posición inicial. Rodaron al suelo una o dos veces. Rafa con la camisa bien fajada, el Chino con la camisa suelta. Los dos arremangados. No hablaban, sólo mascullaban palabras inentendibles. El Chino lucía fiero, Rafa elegante. No recuerdo a ninguno sangrar, pero sí que la pelea parecía interminable. Hasta que alguien de la ronda dijo que ya era suficiente. La pelea culminó, no hubo knockout, sino, tal vez, un ajustado resultado por puntos.


Siempre me he sentido cercano a César Segundo “Chino” Del Río Vásquez y Rafael Lino “Rafa” García Vásquez, tanto en la escuela como en mis recuerdos. Aquí dejo estas líneas para la posteridad.


New Hampshire, USA

Junio, 2024


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viernes, abril 12, 2024

El Libro Confesiones a un Árbol

 

EL LIBRO CONFESIONES A UN ÁRBOL


Te sugiero que le pongas como título Confesiones a un Árbol, me dijo Dante Lecca aquel mediodía del domingo 30 de julio del pasado año 2023, cuando conversamos en la casa de Percy Robles Guibovich sobre la publicación de mi libro. Minutos antes nos habíamos reunido en una banca del malecón, y luego caminamos al domicilio del autor de El Chimbote que se fue ubicado en la urbanización La Caleta de nuestra ciudad.


Anteriormente he explicado que el año 2011 comencé a publicar relatos en un blog digital al que denominé Confesiones a un Árbol. Inicié este trabajo tras culminar un proyecto anterior, también en internet, espacio en el que escribí sobre la historia del equipo de fútbol José Gálvez de Chimbote, enlazándolo con los días de mi niñez y adolescencia cuando fui un hincha fanático de La Franja Roja, período que cubre, la última parte de la década sesenta y toda la década setenta. 


En realidad, he escrito toda mi vida. Nunca antes se me había ocurrido publicar un libro, pero escribo profusamente desde el verano de 1967 cuando mi papá me enseñó las primeras letras en casa, antes de enviarme a la escuela por primera vez en abril de aquel año. Y donde acudí con el libro Coquito en una “capacha” de tela dril color beige, hecha por mi madre con los retazos sobrantes de mi primer uniforme escolar. Tenía entonces seis años de edad.


Historia fue mi curso favorito en la secundaria, pero, más que nada se debió a la gran admiración que sentí por don Jorge Teevin Vásquez, profesor de la materia. Lo cierto es que desde chico, Lenguaje y Literatura fue siempre lo mío. En forma especial me gustaron las tareas escolares consistentes en redactar composiciones, y mis textos, por lo general, con facilidad excedieron el mínimo de renglones que los maestros exigían.


Más adelante, cuando fui un joven idealista y milité en el Partido Aprista, escribía los comunicados y las revistas de difusión. Y lo mismo hice años después en el sindicato del trabajo. Posteriormente salí al exterior, y es muy posible que el sentimiento de desarraigo me hizo girar de la prosa a la poesía. Pero la verdad es que la primera ha sido siempre mi compañera más estable, y la segunda una amante furtiva a la que acudo cuando tengo algo de qué quejarme.


Tanto mis escritos publicados desde el 2010 en el blog galvista, como los que empezaron a aparecer un año después en Confesiones a un Árbol, fueron bien acogidos por una audiencia numerosa de lectores, siempre ávidos de recibir una nueva entrega. Llegado un cierto tiempo, lectores y amigos comenzaron a sugerir primero, y luego a “exigir” que los textos adquieran formato de libro. Tomé estas apreciaciones como muestras de gentileza y hasta generosidad, pero nada más.


Fue recién en el 2022 cuando decidí embarcarme en un proyecto editorial para publicar dos libros. En julio de ese año viajé al Perú, y estando en Chimbote le pedí a mi amigo Percy Robles Guibovich que me ayudara con el tema. Él, primero, sugirió hacerlo en Lima, pero yo quería en Chimbote, pues pensé que, viviendo en el extranjero, sería más fácil aquí gracias a la ayuda logística que suelo recibir de familiares y amigos en la ciudad. Sin embargo, por esos días, la salud de mi mamá que para empezar no era buena, se complicó aún más, razón por cual me dediqué a su cuidado a tiempo completo, y ya no tuve tiempo ni cabeza para el proyecto editorial.

Aquel mediodía del 30 de julio del año pasado, cuando Dante Lecca me sugirió que al libro le ponga como título Confesiones a un Árbol, yo no pude evitar una sonrisa de satisfacción y, sólo por curiosidad, le pregunté, “¿por qué?”. “Es un nombre conocido, ya está en la mente de la gente”, dijo él. En realidad, no había pensado en ningún otro nombre. Yo había vuelto al país la semana de las fiestas patrias, y, estando en Chimbote, me comuniqué de nuevo con Percy para retomar el asunto del libro. Y él me puso en contacto con Dante, quien se dedica a esta actividad a través de su editorial Santa Tierra.


La visita al Perú duró casi tres semanas, y antes de regresar a New Hampshire dejé el proyecto encaminado. A mi buen amigo Bernardo Cabellos le solicité que se encargara de todos los aspectos logísticos necesarios, y a Percy le pedí que me haga el honor de escribir el prólogo. Ambos aceptaron de buen talante. Una vez de vuelta en Estados Unidos me aguardaban meses de intensa actividad en el trabajo y la casa. Tuve que hacer malabares con mi tiempo, hasta que finalmente pude enviar los archivos de los escritos a Dante para que pudiera iniciar su labor.


Terry, mi esposa, se encargó de la parte visual del libro. Decidió el tipo y tamaño de letra, los espacios en las páginas, la portada, contraportada y solapas del libro. Mi trabajo fue encontrar tiempo para releer varias veces los borradores del libro hasta dejarlos listos para una revisión final en Chimbote. Se aprobó la portada la primera semana de enero de este año, 2024, y pocos días después completé las correcciones. La fecha de impresión y entrega de los volúmenes tuvieron algunos retrasos y, finalmente, fueron proporcionados a Bernardo el 9 de abril reciente.


En realidad el tiraje del libro es modesto y, principalmente, tiene la intención de formar parte de la colección bibliográfica de colegios, universidades e instituciones relacionadas con la educación y la cultura. Los ejemplares excedentes podrán adquirirse en la tienda de mi hermana Olga ubicada en la cuadra trece de la avenida Aviación en Chimbote. Expreso mi gratitud a mis familiares, amigos y lectores que siguieron de cerca cada uno de los relatos digitales, y me acompañaron en este capítulo de mi vida.

El poeta cubano José Martí dijo alguna vez que “hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”. En mi caso este libro completa la trilogía, y lo hago llegar con profunda satisfacción a la comunidad lectora, esperando sea de vuestro agrado. 

New Hampshire, USA

Abril, 2024


NOTA:

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martes, febrero 13, 2024

El Amante de la Leña

 EL AMANTE DE LA LEÑA

(Cuento)


—Te digo, ellos siempre tuvieron un negocio de leña al lado de la imprenta —repitió Shego ante la incredulidad de Manuel. 

—¿Estás seguro? —inquirió éste ya sin convicción. 

—¡Claro! —respondió el primero—. Yo era bien chico cuando iba a comprar leña allí. Nos atendía El Chistoso, así le decían al fulano encargado de la venta —remató Shego en forma concluyente. 

Manuel tomó un último sorbo de té, pagó la cuenta, se despidió del amigo y se marchó de la cafetería donde habían estado reunidos.


Caminó casi sin rumbo pensando en las palabras de Shego. Había abandonado por mucho tiempo un tema que iba de la mano con el asunto de la leña; pero, ahora, esto volvió de golpe con renovada fuerza. Siete años atrás él mismo preguntó a doña Josefa si en el pasado don Eleuterio, su padre, había tenido un negocio de leña en la casa. Y ella le dijo que no. Manuel le reformuló la pregunta para asegurarse de una respuesta sin fisuras, y la señora amplió la información, aseverando que en la casa detrás de la suya vendían leña, pero ellos no.


Esa noche Manuel viajó a Lima, y la noche siguiente abordó su avión para volver a París. Aquella revelación de Shego alborotaba su mente. Una vez en La Ciudad Luz, le escribió un mensaje a María Soledad. Ella era hija de doña Josefa, y su amiga de toda la vida. En el mensaje le preguntó si recordaba la conversación ocurrida siete años atrás, cuando su madre le respondió que ellos nunca tuvieron un negocio de leña. Mencionándole, también, de paso, la conversación última que había sostenido con Shego en Chimbote.


La respuesta de María Soledad desconcertó a Manuel. Él siempre supo que su amiga era directa, iba al grano, sin atisbo de emoción al escribir. Pero no esperaba su respuesta. Ella le dijo que recordaba la pregunta que él hizo a su madre, pero la cuestión fue si habían tenido un negocio de panadería, a lo cual su mamá, ciertamente, dijo que no y que un vecino, a la espalda de ellos, sí se dedicaba a la panificación. 


La primera reacción de Manuel, al leer la respuesta, fue de incredulidad, luego soltó una grosería en francés, y seguidamente se hundió en sus pensamientos. “Puedo ser estúpido algunas veces, pero no tan estúpido”, masculló abrumado por el peso de una historia que llevaba más de medio siglo sin poder desmadejar. Pero algo, por lo menos, le quedó claro ese día. Las palabras leña y panadería ya estaban juntas y, además, María Soledad no dijo que don Eleuterio no había tenido un negocio de leña.


Manuel y María Soledad se conocieron siendo niños. Cuando él aún estaba en primaria el señor José, papá de Manuel, cerró el pequeño taller de carpintería que tenía en la casa, y lo reabrió en una de las calles más grandes de Chimbote. Aquí había varias cuadras donde un buen número de artesanos se dedicaban a la carpintería y ebanistería. En el inmueble más grande de esta zona se encontraba una imprenta que empezó haciendo almanaques, tarjetas de Navidad y otras cosas menores; continuó, luego, con periódicos, revistas y folletos; y creció con prestigiosos proyectos editoriales, publicando libros para clientes de distintas partes del país. Esta empresa iniciada por don Eleuterio, luego pasó a las manos de doña Josefa, y después recayó en María Soledad. La imprenta y la carpintería del señor José quedaban frente a frente, en la misma cuadra, y es así como los dos chicos empezaron su amistad.


Los chicos crecieron y se hicieron adultos. Manuel se mudó a Francia, María Soledad se quedó en Chimbote. Ambos por separado se casaron y tuvieron hijos. Con los años ella enviudó, y tiempo después él se divorció. A través de sus vidas se mantuvieron en contacto y él, cada vez que volvía de Europa, siempre iba a la imprenta para visitarla. Nunca cruzaron la línea que va más allá de la amistad. Conforme se hicieron mayores, más los acercó la nostalgia creciente que detrás de sus pasos los acompañaba. Don Eleuterio murió tiempo atrás, luego se fue el señor José, les siguió doña Josefa, y finalmente Blanquita, la madre de Manuel.


Manuel tenía siete u ocho años de edad aquella mañana cuando todo empezó. Él estuvo en el tallercito de la casa jugando con el aserrín. Don José había salido a comprar cola para sus trabajos. Y la señora Blanquita buscaba una herramienta para cambiar la empaquetadura de la bomba de su primus a kerosene. De pronto, halló algo entre las cosas de su esposo. Era una hoja de papel escrita a mano. El niño siguió jugando ajeno al drama que para su madre empezaba a desencadenarse: el manuscrito era una carta de amor. 


—¡Tiene una amante! —dijo ella—. ¡Lo sabía, tiene una amante! —repitió. 

La mamá leyó a su hijo la carta. 

—Es la vendedora de leña, la tal Josefa —añadió tras la lectura, y concluyó—: yo siempre le cuestioné por qué tenía que comprar la leña tan lejos si había sitios más cercanos. 

Lo cierto es que el señor José antes de trabajar como carpintero había sido panadero. Alquilaba horno por horas y lo calentaba con leña. Buscando leña para su trabajo, posiblemente, llegó al negocio de don Eleuterio y habría conocido así a doña Josefa. Años después, cuando él resultó trabajando en la carpintería frente a la imprenta, en realidad, fue mayormente por una coincidencia de la vida. Un amigo le traspasó el taller como parte de pago de una vieja deuda que, de lo contrario, nunca la hubiera saldado, y él no pudo rehusar el trato.


María Soledad de niña cruzaba la ancha calle para mirar cómo la madera se transformaba en puertas y ventanas. En tanto que Manuel caminaba en sentido contrario para ver cómo las resmas de papel se convertían en libros y revistas. La primavera de sus vidas se alejaba cuando él empezó a visitarla a sus regresos de París. Conversaron siempre en la imprenta delante del crucifico del respeto. Él nunca pudo alterar el trato deferente por la amiga iniciado en la asimetría económica de la niñez. Ella mantuvo siempre el cariño cordial sin excesos con el que la formaron. El día que Manuel, finalmente, decidió hablar con María Soledad sobre la carta que su madre le leyera casi seis décadas atrás, él ya tenía sesenta y cinco años de edad. Y ella también. Y ahora él sabía que, en ese entonces, don Eleuterio sí tuvo un negocio de leña al costado de la imprenta en ciernes.


Manuel había llegado de París dos días antes, y en el tercer día se dirigió a la imprenta. María Soledad se mantuvo en silencio a lo largo de la historia contada por Manuel. Durante el prolongado mutismo que siguió al relato, él tuvo tiempo para pensar en lo equivocado que estuvo cuando imaginó las posibles reacciones de su amiga ante la revelación. Ella no mostró dramatismo alguno. Sus ojos se nublaron pero no rodó ninguna lágrima. En vista que el silencio continuó, él apresuró su partida. María Soledad lo acompañó a la puerta, y antes de darle el beso de despedida le preguntó: 

—¿Puedes venir mañana a la misma hora? Quiero mostrarte algo. —Su amigo le respondió que sí y se marchó.


Al día siguiente el taxi se detuvo frente a la imprenta. Manuel agradeció al conductor y se dirigió a la oficina donde ya lo esperaba María Soledad. Ella le contó que tras la muerte de su madre por un buen tiempo estuvo ordenando los papeles que la difunta dejó. 

—Y uno de esos días encontré esto —dijo, y le alcanzó una hoja de papel. 

Era un poema de amor titulado “Josefa”, y no llevaba firma ni fecha. 

—¿Reconoces la letra? —indagó ella. 

—La reconocería entre cientos de papeles escritos por personas diferentes. Es la caligrafía preciosista de mi padre —afirmó Manuel sin atisbo de duda.


Manuel se despidió de María Soledad y se encaminó hacia la salida, esta vez ella no lo siguió y permaneció de pie en la oficina. Desde el umbral de la puerta él giró sobre sus talones para hacerle una venia de despedida. Y en ese instante sintió el valor que durante tantos años nunca tuvo.

—¿Quieres terminar conmigo la historia de amor que José y Josefa nunca concluyeron? —le preguntó desde la distancia. 


María Soledad no le contestó porque un nudo en la garganta le truncó el habla. Y desde la misma puerta donde Manuel de niño miraba las resmas de papel convertirse en libros, más de medio siglo después vio la primera lágrima de felicidad en el rostro de su amiga de la infancia.


New Hampshire, USA

Febrero, 2024


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viernes, noviembre 03, 2023

El Árbol de mis Confesiones

 EL ÁRBOL DE MIS CONFESIONES

Eduardo frente al árbol de sus

Confesiones. Octubre del 2023


A eso de las dos de la tarde Josh terminó su trabajo. Subió al camión grúa equipado con una cesta para labores en altura que había usado para cortar el árbol, y se marchó. Durante la jornada su hermano y su cuñada se encargaron de limpiar los troncos grandes y las ramas menores de la tala. Cuando en aquel sábado de otoño la faena terminó yo me quedé mirando por unos minutos al tocón de veinticinco centímetros de alto que quedó de lo que había sido el árbol de mis confesiones.


A mediados de noviembre del año pasado el árbol parecía estar en buenas condiciones. Se trataba de un arce, y como todos los árboles de hoja caduca había perdido ya su follaje. Era otoño en esta parte del mundo, la vegetación poco a poco se había desnudado y cual bella durmiente ingresaría en sueño profundo a lo largo del invierno.


Los meses invernales de enero, febrero y marzo llegaron y se fueron. Y con abril arribó la primavera. Los árboles esqueléticos empezaron a despertar de su letargo, las ramas se fueron inundando de brotes los cuales se convertirían en las hojas de mayo. Pero mi árbol durmiente no se despertó. O por lo menos no del todo. A las justas como que intentó desperezarse y echó brotes sólo en pequeñas partes de su ramaje. 


Y sobre piedras, palos. Algo inesperado ocurrió en mayo: el día dieciocho hizo tanto frío que batió varios récords climáticos de larga data en New Hampshire. La frígida temperatura afectó árboles, arbustos, plantas, y trajo pérdidas millonarias a los agricultores en New Hampshire. Y es muy posible que ese gélido día le puso la estocada final al árbol de mis confesiones.


Conforme transcurría mayo se fue acentuando mi certeza que algo no andaba bien, pues con excepción de este árbol los demás en la vecindad ya habían empezado a cubrirse de hojas. Se lo hice notar a Terry al tiempo que le pedí considerar la posibilidad de talarlo. Su respuesta fue, “Primero tenemos que hacer todo lo posible por salvarlo”. Las semanas y meses fueron pasando y no pudimos encontrar un experto arbolista para que venga a verlo. Mi esposa se resistía a la idea de derribarlo, pero para mí la suerte ya parecía echada. 


Durante mis trabajos en los jardines de la casa en junio empecé a notar una lluvia de trocitos de corteza bajo el árbol, lo cual era señal de mala salud. Y poco tiempo después empezaron a caer también pedazos de ramas secas. Mi mayor preocupación era el arribo del invierno a fines de diciembre, pues un árbol en mal estado no sobrevive a las tormentas de viento, nieve y hielo típicos de la estación. Y si caía el árbol, destruiría la casa.


En realidad ahora no tengo duda que el árbol ya había estado enfermo desde el año pasado. Pero en su momento no supe ver los síntomas que frente a mis ojos revoloteaban: los pájaros carpinteros. Ocurre que cada mañana oía el incesante martillar de estas aves. E igualmente lo escuchaba hacia el final de la tarde al regresar del trabajo. Picoteaban en diversos árboles pero especialmente en el de mis confesiones. Por esos días a manera de anécdota se lo contaba a mis amigos, pero sin conectar aún los puntos de algo que debió ser más obvio para mí: los pájaros carpinteros prefieren la madera blanda de los árboles enfermos, y encuentran en ellos más insectos y otros organismos para alimentarse que en los árboles saludables.


El debate sobre si el arbolista que queríamos contratar iba a cortar el árbol o intentar curarlo quedó zanjado el 23 de septiembre último. Fue sábado y yo debía llevar mi basura al relleno sanitario del pueblo. Durante las últimas semanas había notado que en una parte del techo se estaba acumulando los desechos que caían del árbol. Así que ese día decidí limpiarlo y hacer un solo viaje al vertedero con toda la basura. Estando arriba algo me sorprendió: una de las ramas había caído como jabalina y perforado una de las tejas de asfalto del techo. Ese día Terry y yo decidimos cortar el árbol.


En octubre del año 2011 inicié el blog Confesiones a un Árbol. En el relato inaugural expliqué el porqué de su nombre. Ahí decía que escribo en un laptop que descansa sobre una pequeña mesa ubicada en el dining room, junto al piano, y contra una ventana que mira hacia una parte de las áreas verdes de la casa. Y mencioné también lo siguiente:


“Durante las madrugadas y parte de mis fines de semana, escribo para diferentes proyectos que tengo en mente. Son horas y horas sentado frente al computador, la mesa, y la ventana. Y como toda persona que escribe sabe muy bien, son también momentos interminables cuando la inspiración, o la palabra o el dato correcto no acuden a la mente. Entonces miro hacia afuera, a través de la ventana.


¿Y qué encuentro?


Un árbol.


Exactamente a cuatro metros de mi ventana se ubica un árbol. De tanto mirarlo hemos devenido en amigos. No es muy diferente de cualquier otra relación de la vida: de tanto compartir el tiempo con alguien al final se deviene en buenos compañeros. Horas de insomnio, horas de abundancia y de falta de inspiración. Horas de mirar al árbol, y de búsqueda de respuestas.” 

 

Josh llegó a las ocho y media de la mañana del sábado 28 de octubre para cortar el árbol. Él es familiar de nuestros vecinos Zack y Kate quienes lo habían recomendado. Se trata de un arbolista profesional con amplia experiencia y gran destreza en su trabajo. La semana había empezado con mucho frío pero mejoró conforme fue avanzando, y el sábado fue de lo mejor: cielo azul, temperatura cálida, y sin vientos fuertes. Un día perfecto para el trabajar al aire libre. La noche anterior yo había ido a la cama con sentimientos encontrados. Aliviado de saber que el árbol ya no iba a ser un peligro, y apenado por la pérdida de su compañía. Me desperté con buen ánimo. Había tanto por hacer que ni tiempo iba a tener para las preocupaciones.


Josh se plantó frente al árbol de 23 metros de altura y 60 años de existencia, lo estudió con cuidado, subió a la cesta de la grúa, desenfundó la motosierra y empezó su trabajo. Primero cortó el ramaje exterior para ganar acceso a las grandes ramas interiores. Según escogía sus cortes la canasta subía o bajaba al tiempo que rotaba alrededor del árbol como en un juego mecánico de feria. Al medio día sólo quedaba la figura de candelabro dibujada por el tronco principal y unos cuantos muñones. Y al cabo de un rato únicamente permanecía de pie un gran tronco de cuatro metros de altura y ochenta centímetros de ancho. Entonces Josh bajó de la grúa y cortó una muesca en ángulo de cuarenta y cinco grados, y un tajo lineal detrás de la misma. El fornido leño trepidó. Acto seguido Josh soltó la motosierra, cogió una cuña y la clavó detrás de la muesca. Y el madero se desplomó sobre un colchón de leña que amortiguó su caída.


Va a a ser extraño mirar a través de la ventana y no ver al árbol de mis confesiones, pero el mundo sigue andando, y la inspiración aún goza de buena salud. Este es sólo el final de un capítulo. Y el comienzo de otro.


New Hampshire, USA

Noviembre, 2023


FOTO 1

Eduardo frente al árbol de sus

Confesiones. Octubre del 2023


FOTO 2

El árbol de las confesiones soporta 

la caída de otro árbol. Mayo del 2010


FOTO 3

Árbol caído sobre la parte frontal 

de la casa. Invierno del 2011


FOTO 4

Tala del árbol de las confesiones (28/10/2023): “Según escogía sus cortes la canasta subía o bajaba al tiempo que rotaba alrededor del árbol como en un juego mecánico de feria”.


FOTO 5

Tala del árbol de las confesiones (28/10/2023): “Al medio día sólo quedaba la figura de candelabro dibujada por el tronco principal y unos cuantos muñones”.


FOTO 6

Tala del árbol del árbol de las confesiones (28/10/2023): “Entonces Josh bajó de la grúa y cortó una muesca en ángulo de cuarenta y cinco grados, y un tajo lineal detrás de la misma”.


FOTO 7

Tala del árbol de las confesiones (28/10/2023): “Y el madero se desplomó sobre un colchón de leña que amortiguó su caída”.


FOTO 8

Tala del árbol de las confesiones (28/10/2023): “Cuando en aquel sábado de otoño la faena terminó yo me quedé mirando por unos minutos al tocón de veinticinco centímetros de alto que quedó de lo que había sido el árbol de mis confesiones”.



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