sábado, septiembre 05, 2015

El "Loco" Catita de Chimbote

EL "LOCO" CATITA DE CHIMBOTE

Natalia Romero y su esposo Fernando Na-
varrete, junto a “Catita”. Año 1980 (FOTO: 
Cortesía de la familia Romero Bernuy)
“¿Cuánto te has sacado en tu paso?”. O, para ser más exacto: “¿Cuato te a tacao tu pato?” me preguntó “Catita” aquel mediodía de 1971. Los alumnos de la Escuela Primaria Nº 3151 de San Isidro habíamos salido a nuestras casas para almorzar y luego regresar a la segunda parte del doble turno de aquellos tiempos. Y ahí estaba él, parado en la esquina de la avenida Aviación y la calle Huáscar, con su saco de cuadernos en la mano y repitiendo la misma pregunta a cada estudiante. Fue la primera vez que me habló, aunque yo ya lo conocía porque él, para entonces, era un personaje ampliamente popular en los barrios del puerto de Chimbote.

Inés Romero Bernuy tenía catorce años de edad cuando el 19 de marzo de 1963 arribó a la estación general de trenes del jirón Olaya de Chimbote. Llegó con toda su familia. Sus padres habían decidido mudarse desde Sihuas a este puerto para que sus siete hijos pudieran realizar sus estudios secundarios. Cargaron sus bultos y se dirigieron a la casa nueva, ubicada a cuadra y media del terminal del tren: la novena cuadra del jirón Pizarro. Con ellos vino también “La Muruquita”, una buena mujer que vivió con la familia desde que tuvo doce años de edad.

Doña  América Ramírez Mattos,  mamá de 
“Catita”, en su casa del barrio La Victoria 
de Chimbote.  Año 2015
El 26 de septiembre de 1950, en una humilde vivienda que hoy corresponde al lote A 17 de la calle San Martín en el barrio 12 de Octubre, doña América Ramírez Mattos dio a luz a un bebé varón, sería el primero de un total de ocho varones y cinco mujeres que con el tiempo llegaría a tener en sus dos compromisos. El bebé primogénito recibió el nombre y apellido de su padre, don Federico Castro. Su nombre completo fue Federico Juan Castro Ramírez, pero en las calles de Chimbote todo el mundo lo llegaría a conocer, simplemente, como “El Loco Catita”.

Con anterioridad a aquel mediodía de 1971 había visto a “Catita” por distintas partes de Chimbote, pero en forma especial y más seguido lo veía en la novena cuadra de Pizarro. Mi padre tenía un depósito de gaseosas y cerveza, y con mis hermanos mayores manejábamos un triciclo para surtir los negocios de los barrios vecinos. Era así que llegábamos con regularidad a esta cuadra de Pizarro para atender los pedidos de la tienda de los Mujica Chávez, la cual quedaba junto a un taller de planchado de autos que, a su vez, también era sede del conjunto rítmico Los Beltons de don Ángel Laguna Ruiz; “Catita" frecuentaba ambos lugares, con su saco de cuadernos en la mano y llevando con el pie el ritmo de la música de los “chancalatas”. 

Poco después de su arribo a Chimbote, Inés empezó la secundaria en el colegio Inmaculada de La Merced ubicado, en ese tiempo, en la primera cuadra del jirón Alfonso Ugarte. Y un buen día de 1963 “Catita” irrumpió en la formación escolar. Algunas alumnas corrieron de miedo pero Inés no se asustó, pues ambos ya eran amigos. Se habían conocido en la novena cuadra de Pizarro. Entonces, “Catita” tenía trece años de edad y con la familia de Inés había iniciado una amistad que con el paso del tiempo devendría entrañable.

Calle San Martín del barrio 12 de Octubre 
de   Chimbote.   “Catita”   nació   en   una 
vivienda  que hoy corresponde a  la  casa 
color celeste.  Foto: 2015
“Catita” fue un bebé sano cuando nació, pero al año se enfermó con meningitis, mal que le generó un retraso mental que marcaría su vida para siempre. Creció y se hizo adulto, aunque en realidad nunca dejó de ser un niño. No hizo estudios primarios y a los diez años dejó su casa y salió de vagabundo por las calles de Chimbote. Poco tiempo después se estableció en la novena cuadra de Pizarro, sin embargo este hecho no alteró su índole de caminante pertinaz. Los rigores del clima nunca amilanaron el paso ligero de sus pies descalzos y encallecidos.

Como suele suceder en muchos pueblos, Chimbote ha tenido diversos “locos”, pero “Catita” fue mi favorito. Siempre me fascinó su vida. Incluso, en la secundaria escribí una breve composición sobre él con motivo de una tarea escolar. Lo recuerdo alto, moreno, de barriga y trasero prominentes. Un niño grande con lenguaje limitado a frases cortas, pero amigable y profundamente interesado en libros y cuadernos. Se apostaba a la entrada de las escuelas y a los estudiantes les pedía un cuaderno, o les preguntaba por sus exámenes. Fue el "loco" más bueno que he conocido en mi vida, inocente en el buen sentido de la palabra, y tierno como el pan recién salido del horno.

Alfonso  Romero Bernuy  ayudando  a 
“Catita”  a bañarse.  Año 1983  (FOTO: 
Cortesía de la familia Romero Bernuy)
La novena cuadra de Pizarro fue su casa, pero la vivienda de Inés fue su hogar. En esta casa diariamente recibía comida y atenciones. Realizaba su aseo personal e, incluso, la familia le rasuraba y cortaba el cabello. También dormía aquí, aunque a veces lo hacía en la vereda del otro lado, frente a la casa de doña Blanca Ascoy de Martínez, siempre sobre cartones, pues nunca aceptó colchones. La familia de Inés vio por su salud cuando se enfermaba. Debido a su vida de vagabundo en ocasiones regresaba a casa con heridas y una vez lo hizo con el brazo roto, los vecinos propiciaron una colecta y reunieron el dinero para su curación en el hospital La Caleta. Un día de 1972, doña América, su mamá, quiso llevarlo de la novena cuadra de Pizarro a su casa del barrio La Victoria, pero “Catita” rehusó la propuesta materna.

“La Muruquita” es un personaje importante en esta historia. Su nombre fue Humberta. Vivió con los Romero Bernuy desde niña hasta el final de su existencia, ayudaba en los quehaceres domésticos y la crianza de los hijos y nietos. En cierto punto de su vida fue bautizada y adoptó los apellidos de don Abraham Romero Cadenillas, padre de Inés. Interesante es saber que “La Muruquita” fue sordomuda, y en sus horas de complicidad con Inés crearon su propio lenguaje de señas para comunicarse. Así, “La Muruquita”, Inés y su nuevo “lenguaje" facilitaron no sólo la comunicación con “Catita”, sino también la gran amistad que se estableció con toda la familia.

Cuando “Catita” era un niño, en su barrio inicialmente lo llamaron “Castrito”, en alusión a que llevaba el nombre y apellido de su padre, don Federico Castro. No faltaron vecinos que para provocar una respuesta le preguntaban, “¿cómo te llamas?”. Y el buen Federico junior tratando de decir “Castrito, en su media lengua respondía “Catita”. De esta manera nació el sobrenombre de “Loco Catita” con el que se le conoció en todo Chimbote.

Cementerio Divino Maestro de Chimbote. 
“Catita”  descansa en paz en el Pabellón 
Santa Lucía A-13. Foto: 2015
“Catita” fue un niño grande hasta el final sus días, dedicó su vida a coleccionar cuadernos, llegando a tener unos cuarenta sacos repletos de éstos a los que arrancaba las hojas escritas y conservaba las blancas. Los almacenaba al fondo del corral de la familia de Inés. Aparte de la obsesión por los cuadernos, hay un lado poco conocido en la vida de “Catita”: en casa de Inés ayudaba con puntualidad haciendo mandados, como la compra de panca y alfalfa para los cuyes. Lavaba su plato y ordenaba los cartones donde dormía. Se ofrecía a cargar bultos del mercado. Y de aquí llevaba comida para “Rinti” y “Tina”, dos perros que había en la casa, los cuales le amaron mucho. “Eto pa’ la pela” (“Ésto es para los perros”), decía siempre. Fue conocedor del buen café y lo disfrutaba diariamente. Como por lo general no reía, usaba este detalle para “canjear” carcajadas por café. 

Novena cuadra del jirón Pizarro de 
Chimbote. Foto: 2015
Un día de 1996 los Rodríguez Montes, parientes y vecinos de Inés, tuvieron la necesidad de construir su casa y este proyecto incluía el área donde “Catita” almacenaba sus cuadernos, razón por la cual fueron removidos del lugar. Lamentablemente, “Catita” se resintió y distanció de la casa de Inés y de la novena cuadra de Pizarro… aunque volvía siempre para disfrutar de un buen café. Tres años más tarde falleció. Dejó este mundo el 28 de marzo de 1999 atropellado por un taxi “Tico” en la avenida Pardo de Chimbote.

Estuve en Perú hace unas semanas, y aproveché mi estadía en Chimbote para ir al cementerio Divino Maestro a dejar un cuaderno para “Catita”. Al antiguo caminante descalzo lo encontré descansando en el pabellón Santa Lucía A 13. Me dio mucha alegría volver a estar cerca de él. Pude conversarle y rezar una oración. Sentí que la inscripción de su lápida era perfecta: “Yo no he muerto, sólo estoy dormido, moriré el día que dejen de venir a verme”.

Al finalizar estos apuntes, dejo aquí una inquietud: ¿Sería posible que las autoridades de Chimbote declaren la fecha del nacimiento o fallecimiento de “Catita” como “El Día del Cuaderno”? Y, tal vez, alguna institución tutelar podría recolectar cuadernos ese día para destinarlos a algún pueblo joven o escuela que los necesite. Más que el valor material de la iniciativa preservaríamos el valor moral de aquel "loco" nuestro: estudiante eterno que en la puerta de las escuelas nos pedía un cuaderno, o nos preguntaba “¿Cuato te a tacao tu pato?”.

AGRADECIMIENTO ESPECIAL a la familia Romero Bernuy y a Katty Sandoval Ríos por su invaluable ayuda para poder escribir esta historia.

New Hampshire, USA 
Septiembre, 2015

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Chimbote's "Loco Catita"

 

CHIMBOTE’S “LOCO CATITA”

1980 —Natalia Romero and her husband Fernando Navarrete, 

with Catita. (Courtesy of the Romero Bernuy family)


“How much did you get on your test?” Or, to be more exact: “Cuato te a tacao tu pato?” Catita asked me that noon in 1971. We students from the San Isidro Elementary School No. 3151 had just been let out for lunch, before returning for the second half of the double-shift school days back then. And there he was, standing on the corner of Aviación Avenue and Huáscar Street, a sack of notebooks in hand, repeating the same question to every student. It was the first time he spoke to me, though I already knew him; by then, he was a widely popular character in the neighborhoods in the port city of Chimbote.


Inés Romero Bernuy was fourteen years old when, on March 19, 1963, she arrived at the main train station on Chimbote’s Olaya Street. She came with her entire family. Her parents had decided to move from Sihuas to this port so their seven children could attend high school. They hauled their bundles and headed to their new house, located a block and a half from the train terminal: the ninth block of Pizarro Street. Along with them came “La Muruquita,” a good woman who had lived with the family since she was twelve.


On September 26, 1950, in a humble dwelling on what is now Lot A 17 of San Martín Street in Barrio 12 de Octubre, Doña América Ramírez Mattos gave birth to a baby boy. He would be the first of thirteen children—eight sons and five daughters—she would eventually have across two marriages. The firstborn was named after his father, Don Federico Castro. His full name was Federico Juan Castro Ramírez, but on the streets of Chimbote, everyone would come to know him simply as “El Loco Catita.”


Before that noon in 1971, I had seen Catita in different parts of Chimbote, but I saw him most often on the ninth block of Pizarro. My father owned a soda and beer depot, and my older brothers and I operated a heavy-duty cargo tricycle to supply businesses in the nearby barrios. That was how we regularly ended up on that block of Pizarro to deliver orders to the Mujica Chávez store. It sat next to an auto body shop that doubled as the headquarters for Don Ángel Laguna Ruiz’s rhythmic ensemble, Los Beltons. Catita frequented both places, clutching his sack of notebooks and tapping his foot to the beat of the chancalatas—small groups that played along with records using a drum kit, hand-beaten tumbas, and even a plastic comb to scrape the güiro.


Shortly after her arrival in Chimbote, Inés started high school at the Inmaculada de La Merced school, located at the time on the first block of Alfonso Ugarte Street. One day in 1963, Catita burst into the school assembly. Some students ran away in fear, but Inés wasn’t frightened; the two were already friends. They had met on the ninth block of Pizarro. Catita was thirteen then, and he had begun a friendship with Inés’s family that, over time, would become deeply endearing.


Catita was a healthy baby at birth, but at age one, he fell ill with meningitis, an ailment that caused intellectual disabilities, marking his life forever. He grew up and became a man, though in truth, he remained a child at heart. He didn't attended elementary school, and at age ten, he left home to roam the streets of Chimbote as a vagabond. Shortly after, he settled on the ninth block of Pizarro, yet this did not alter his nature as a persistent wanderer. The rigors of the weather never slowed the light pace of his calloused, bare feet.


As often happens in many towns, Chimbote has had various local characters, but Catita was my favorite. His life always fascinated me. In high school, I even wrote a short composition about him for a class assignment. I remember him tall and dark-skinned, with a prominent belly and backside. A big kid with language limited to short phrases, yet friendly and profoundly interested in books and notebooks. He would station himself at school entrances and ask students for a notebook or inquire about their exams. He was the kindest soul I have ever known—innocent in the best sense of the word, and as tender as bread fresh from the oven.


The ninth block of Pizarro was his house, but Inés’s home was his sanctuary. Under that roof, he received daily meals and care. He tended to his personal hygiene there, and the family would even shave him and cut his hair. He slept there too, though sometimes he would stay on the sidewalk across the way, in front of Doña Blanca Ascoy de Martínez’s house, always on cardboard, as he never accepted mattresses. Inés’s family looked after his health when he fell ill. Due to his life on the streets, he occasionally returned home with injuries; once he came back with a broken arm, and the neighbors took up a collection to pay for his treatment at La Caleta Hospital. One day in 1972, Doña América, his mother, wanted to take him from Pizarro Street to her own home in Barrio La Victoria, but Catita refused his mother’s offer.


“La Muruquita” is an important character in this story. Her name was Humberta. She lived with the Romero Bernuy family from childhood until the end of her days, helping with domestic chores and raising the children and grandchildren. At some point in her life, she was baptized and adopted the surnames of Don Abraham Romero Cadenillas, Inés’s father. Interestingly, La Muruquita was deaf-mute, and in her hours of shared confidence with Inés, they created their own sign language to communicate. Thus, Humberta, Inés, and their unique language made it possible to not only talk with Catita but also to nurture a deep friendship with the entire family.


When Catita was a boy, people in his neighborhood initially called him “Castrito” (Little Castro), since he carried his father’s name. There was no shortage of neighbors who, to provoke a reaction, would ask, “What’s your name?” And good young Federico, trying to say “Castrito” in his broken speech, would answer “Catita.” That was how the nickname “Loco Catita” was born, the name by which all of Chimbote knew him.


Catita was a big kid until the end of his days. He dedicated his life to collecting notebooks, eventually amassing about forty sacks full of them; he would tear out the written pages and keep the blank ones. He stored them at the back of the family's yard. Beyond his obsession with notebooks, there is a little-known side to Catita’s life: at Inés’s house, he helped punctually with errands, like buying husks and alfalfa for the guinea pigs. He washed his dish and tidied the cardboard where he slept. He offered to carry bundles from the market. From there, he would bring food for Rinti and Tina, the two dogs at the house, who loved him dearly. “Eto pa’ la pela” (“This is for the dogs”), he would always say. He was a connoisseur of good coffee and enjoyed it daily. Since he rarely laugh, he used this trait to “trade” laughs for coffee.

One day in 1996, the Rodríguez Montes family—relatives and neighbors of Inés—needed to build on their property. This project included the area where Catita stored his notebooks, and they had to be moved. Sadly, Catita felt slighted; he grew distant from Inés’s house and the ninth block of Pizarro... though he always returned for a good cup of coffee. Three years later, he passed away. He left this world on March 28, 1999, struck by a Tico taxi—a subcompact car—on Chimbote’s Pardo Avenue.


I was in Peru a few weeks ago and took advantage of my stay in Chimbote to visit the Divino Maestro cemetery to leave a notebook for Catita. I found the old barefoot wanderer resting in Pavilion Santa Lucía A 13. It brought me great joy to be near him again. I spoke to him and say a prayer. The inscription on his niche felt perfect: “I have not died; I am only asleep. I will die the day people stop coming to see me.”


As I finish these notes, I leave a suggestion here: Would it be possible for the authorities in Chimbote to declare the date of Catita’s birth or death as “Notebook Day”? Perhaps an institution could collect notebooks on that day for neighborhoods or schools in need. More than the material value of the initiative, we would preserve the moral value of our beloved local character: the eternal student who stood at school gates asking for a notebook or inquiring, “Cuato te a tacao tu pato?


New Hampshire, USA

September 2015


2015 —Doña América Ramírez Mattos, Catita’s mother, 

at her home in Barrio La Victoria of Chimbote


2015 —San Martín Street in Chimbote’s  Barrio12 de Octubre. 

Catita was born in the dwelling that is now the light-blue house


1983 —Alfonso Romero Bernuy helping Catita wash up. 

(Courtesy of the Romero Bernuy family)


2015 —Divino Maestro Cemetery in Chimbote. Catita 

rests in peace in Pavilion Santa Lucía, Niche A-13


2015 —The ninth block of Pizarro Street in Chimbote



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sábado, mayo 30, 2015

El Negro y La María


EL NEGRO Y LA MARÍA

Dibujo  (aproximado)  del  Cementerio  Viejo  del
barrio El Progreso de Chimbote en Junio de 1970
“Apártense para que no les de un mal aire”, dijo mi padre; mi hermano Fernando y yo retrocedimos un par de pasos. Luego retiró los pedazos de la tapa del ataúd que habían sobrevivido al tiempo y al terremoto. Y en el interior del cajón pudimos ver el esqueleto sin cráneo de La María envuelto en el hábito de la Virgen de la Puerta. Había muerto a los veintiún años de edad, en pleno esplendor de la vida.

¿Cómo se originó esta inusual historia? Empezó temprano por la mañana de un día de junio de 1970. Mi papá había salido de compras y a su regreso decidió “cortar camino” atravesando el Cementerio Viejo del barrio El Progreso. A cada paso observó los destrozos que el sismo trajo consigo a este lugar. La tierra no sólo tembló, sino que también se abrió y mal cerró. Se alteró y desplazó. Y en su movimiento apocalíptico expulsó a la intemperie destartaladas cajas mortuorias, esqueletos, y huesos. El antiguo camposanto, en otras palabras, era un cementerio de huesos desperdigados. Y los perros hacían su agosto en pleno mes de junio.

Chimbote, por esos días, se encontraba en estado de catástrofe a consecuencia del terremoto del 31 de mayo de 1970. Y por razones de sanidad pública, maquinaria pesada se alistaba a nivelar el destruido cementerio. Mientras lo cruzaba, mi papá se fijó en dos cráneos: uno se encontraba en el suelo, aislado del resto de vestigios óseos, y tenía características inequívocas de haber sido de una persona de sexo masculino y edad avanzada. El otro se encontraba cerca de un desvencijado ataúd que contenía el resto de la osamenta, y había pertenecido a una mujer. Mi papá pensó en el destino inexorable que les aguardaba, cuando caterpilllars y bulldozers cumplieran la tarea de aplanar y nivelarlo todo.

Unas horas más tarde, cuando mi padre reapareció de vuelta en su tienda de abarrotes, su semblante lucía exaltado e inquieto. Y había una buena razón para ello: en el interior de la bolsa que sostenía en sus manos se hallaban los dos cráneos que había visto en el cementerio. Eran El Negro y La María.

Mi papá nos contó lo visto en el camposanto. Nos explicó el destino final que pendía sobre los restos. Y nos dijo que quería regresar con dos ayudantes para traer el esqueleto completo de la mujer. ¿Pero para qué Alejandro? Preguntó mi madre. “Mira Elsa, un día cuando tenga plata, haré armar el esqueleto, y mis ocho hijos podrán estudiar anatomía”, respondió. Fue así como mi hermano Fernando, entonces de once años de edad, y yo de nueve, resultamos acompañándolo a la tumba de La María.

El cementerio estaba ubicado a ocho minutos de mi casa. Había iniciado su funcionamiento al amanecer del siglo veinte. Y en su cercanía, medio siglo más tarde surgió el barrio El Progreso. Posteriormente, con el correr de los años devino en el ombligo mismo del barrio. Siempre se le llamó El Panteón, pero cuando en 1956 entró en servicios el actual camposanto Divino Maestro, empezó a ser conocido como El Cementerio Viejo.

Año 1963:  Vista aérea parcial de Chimbote
incluye el Cementerio del barrio El Progreso
(FUENTE: Miguel Koo Chía)
Desde 1966, la Sociedad de Beneficencia Pública de Chimbote había intentado clausurarlo, demolerlo y erradicarlo, pero sólo una minoría de deudos cumplió con trasladar los restos de sus difuntos al nuevo cementerio. Así que la anunciada clausura se mantuvo en un estado de indefinición hasta el 31 de mayo de 1970, en que el terremoto lo destruyó y zanjó el tema de su demolición.

Tras los ocho minutos de vuelta al Panteón mi papá ubicó el ataúd de La María. Era una caja mortuoria de color oscuro. Destartalada pero entera y la tapa, como se indica al inicio de este relato, estaba rota e incompleta. El ataúd yacía torcido en el suelo de arena, en forma inclinada y diagonal a la que debió ser su posición original. La parte de los pies semienterrada, y la parte opuesta tendida sobre la superficie arenosa. Mi padre recolectó los huesos uno por uno, poniéndolos con cuidado en diversas bolsas. Luego, en silencio emprendimos el camino de regreso a San Isidro, nuestro barrio.

Una vez en casa, la familia en pleno procedió a lavar y hervir los huesos. Mi mamá preparó fogones de leña en el corral, y sobre unos ladrillos asentó las latas donde hirvió el agua. Esta actividad empleó varias horas. Cada minuto transcurrió en un estado de tensión, un tanto más liviano que dramático, como acariciando el filo de una navaja, donde el miedo escarapelaba la espalda, pero se compensaba con la presencia de la familia y las bromas compartidas. Arriba, en el cielo, el sol prodigaba una tarde clara y templada.

Mi papá no tuvo ninguna pretensión científica, sino puramente intuitiva, cuando sentenció que el cráneo más grande había sido de un hombre viejo. Era más macizo, ancho y oscuro que la refinada calavera de La María, y tenía escasos dientes, todos en mal estado al igual que la parte de los maxilares donde se aloja la dentadura. Todo lo hacía más viejo que joven. Desde el primer día lo bautizamos como “El Negro”.

La María tenía sus huesos completos. No le faltaba ni un diente y todos estaban en buen estado. Con razón o sin razón, la tarde en que lavamos los huesos mi papá otorgó partida de nacimiento a una leyenda que con el tiempo se convertiría en verdad para nosotros: La María había sido no sólo joven, sino también bella. Desde entonces y para siempre, se convirtió en una miembro más de la familia.

Desde que El Negro y La María arribaron a mi casa, una retahíla de inexplicables sucesos ocurrieron. Así por ejemplo, un buen día de 1972 en nuestra tienda mi padre tomaba unas cervezas con sus sobrinos Lázaro Quevedo Díaz y Franciles Silva Cachay. Durante la conversación este último se quejó de los ladrones que se metían a las viviendas para robar las cosas. “Eso no pasa aquí, las calaveras nos cuidan”, dijo mi papá. Franciles, entonces, pidió prestada una de ellas, y mi papá aceptó. Aquel día mi primo se marchó contento a su casa con El Negro en una bolsa.

Año 1967: Cementerio Divino Maestro de 
Chimbote (FUENTE: José María Arguedas)
Setenta y dos horas más tarde Franciles ya estaba de vuelta. Tenía los pelos de punta y dijo que por tres noches consecutivas su familia no pudo dormir a causa de ruidos extraños, y que sin razón alguna su cama se movía. Muchos años más tarde, su hija Estela contó que aquel día cuando su padre nos devolvió a El Negro, dos veces fue llamado por su nombre en el trayecto, él volvió la mirada y no vio a nadie. Pero dijo también ella que no todo había sido malo durante aquellas setenta y dos horas, pues su hijita Mónica, entonces de año y medio de edad, jugó a más no poder e hizo un montón de travesuras al buen Negro.

Un año antes, en 1971, ocurrió algo que en mi familia llamamos “La Historia de los Cilindros”. Teníamos entonces en nuestro corral un par de cilindros que habían quedado de un proyecto de albañilería. Varias madrugadas mis padres oyeron los cilindros rodar una y otra vez, desde la parte posterior del corral hacia el callejón de acceso a la avenida Aviación. Mi papá se levantaba para ver qué pasaba, pero encontraba todo en su sitio. Mi hermano mayor Roger también hacía lo mismo y tampoco pudo ver nada anormal. Los cilindros rodantes consternaron a mi familia y por unos meses fueron tema de trémulas conversaciones. Hasta que un día llegó de visita un amigo de mi padre que tenía fama de conocer los vericuetos de las almas en pena. Lo primero que preguntó fue lo siguiente: “¿Alejandro, dónde están ubicados los huesos?”.

Cuando los huesos arribaron a mi casa, después de lavarlos mi papá separó los dos cráneos y puso los huesos de La María en dos bolsas de red de pescador, con excepción de los huesitos más chiquitos que fueron colocados en una cajita de cartón. Las bolsas fueron situadas sobre el techo de esteras de la habitación de mis padres, cerca de un pequeño tragaluz. Mi papá pensó que el clima soleado del Chimbote de entonces terminaría por secarlos y desinfectarlos. Los cráneos y la cajita de cartón fueron acomodados en el tablero intermedio que había en el interior de un mostrador verde, en la tienda de abarrotes.

“Alejandro, La María quiere tener su cuerpo junto”, sentenció el amigo tras ser puesto en autos. Y añadió: “Su alma vaga en pena, no descansa en paz debido a que su cuerpo está separado”. Mi padre, siguiendo el consejo bajó del techo los huesos de La María, y en el tablero intermedio del mostrador verde los reunió con la cabeza, los huesitos chiquitos de la cajita de cartón y el cráneo del Negro. Y La María jamás de los jamases volvió a penar.

A partir de entonces se estableció una relación especial entre ella y nosotros. Adquirió status de protectora y bienhechora de la familia. Mi padre fue un católico no practicante, de profundas convicciones sociales, y dueño de una manera rotunda para decir las cosas. Gustaba decir que sólo creía en Cristo, en Víctor Raúl Haya de la Torre, y en su María. Mi madre, por su lado, ha sido y es una católica fervorosa, acorazada en su fe en Dios no desmayó ante las penurias económicas y logró sacar adelante a sus ocho hijos. La María fue una fuente adicional de donde extrajo fuerzas y depositó sus ruegos. Y por siempre mantuvo viva la llama de una vela misionera frente a ella.

Año 1967: Cementerio del barrio San Pedro 
de Chimbote (FUENTE: José María Arguedas)
El tablero intermedio del mostrador verde, mencionado líneas arriba, era un compartimento o entarimado donde mi mamá mantenía una frazada y una almohada. Ella trabajaba madrugadas completas en su máquina de coser Singer, y por ratos durante el día descansaba en el interior del mostrador mientras llegaban clientes a comprar algo. No dormía en los brazos de Morfeo, sino en los brazos de La María. Yo también reposaba en este lugar, especialmente cuando en la tienda había bebedores de cerveza, pues me gustaba oír sus conversaciones de mayores. El tablero era estrecho pero suficiente. Respetuosamente, empujaba a las calaveras un poquito para hacerle sitio a mi propio cuerpo… Y en realidad se descansaba muy bien.

Mientras tanto, en el terreno del antiguo Panteón luego de su destrucción por el terremoto de 1970 y subsecuente demolición por las autoridades, en 1974 la entonces alcaldesa del Concejo Provincial del Santa, señora Carmela Oviedo de Sarmiento, construyó e inauguró un gran complejo deportivo: seis losas deportivas cercadas con una malla alta de acero. Fue una de las obras físicas más grandes y hermosas del Chimbote de entonces, pero, lamentablemente, no duró mucho tiempo.

Hacia la segunda mitad de los años setenta, los huesos de La María habían empezado un rápido proceso de deterioro, un polvo blanquecino se acumulaba en las bolsas que los contenían. Tiempo atrás, por ser demasiado oneroso, mi papá había descartado la inicial idea de contratar un especialista para que armase la osamenta completa. La erosión de los huesos continuó en forma inexorable, a tal punto que mi padre tuvo que tomar la decisión de prescindir de ellos. El cráneo sí mantuvo su buen estado, y continuó brindando protección a la casa.

Pero no sólo los huesos de La María se estropeaban con el tiempo. También el mostrador verde que los cobijaba corría la misma suerte. Por entonces la tienda ya había cerrado y el mostrador se apolillaba sin piedad. En 1977 necesité fabricar una puerta para el callejón de mi casa. Y sin contar con dinero para esta clase de proyectos, terminé desarmando el mostrador para utilizar sus materiales recuperables. Desaparecido su altar, y sin un nuevo lugar estable, El Negro y La María iniciaron un peregrinaje por diferentes partes de la casa. Mi papá me dijo: “Has desvestido dos santos, para vestir uno”.

En cuanto a La María, el peregrinaje duró poco más de tres lustros, y para El Negro sólo cuatro años. En 1981 este último se mudó a Florencia de Mora, Trujillo. Aquel año, doña Amelia Gonzales Ávalos, suegra de mi hermana Nelly, en una de sus visitas a Chimbote contó a mi padre lo peligroso que era su barrio debido a los ladrones, quienes, incluso, ya habían entrado más una vez a su casa. Mi papá, repitiendo la propuesta que en 1972 hizo a mi primo Franciles, nueve años más tarde le ofrece El Negro a doña Amelia. La buena señora no dudó un instante y lo llevó a su domicilio. La noticia que llegó con el tiempo indicó que cumplió su función a cabalidad y mantuvo la casa libre de ladrones.

Año 1960: Cementerio del barrio El Progreso
de Chimbote
El último capítulo de la historia de El Negro, para nosotros, llegó en 1999. Una de las nietas de doña Amelia, de nombre Yordana, cursaba el quinto grado de primaria en el colegio María Madre del barrio Mampuesto en Florencia de Mora. Y ese año se organizó una feria de ciencias para los estudiantes. Yordana lo llevó al colegio para sustentar su proyecto sobre la anatomía del cuerpo humano y, al final, lo dejó ahí. En este punto, mi familia le pierde el rastro al buen Negro en forma definitiva.

El complejo deportivo que se construyó sobre el Cementerio Viejo en 1974 no tuvo larga vida. A los seis años de su funcionamiento empezó a ser invadido por vendedores ambulantes quienes, poco a poco, fueron destruyendo su alambrada y posesionándose de las losas deportivas. Al cabo de unos años tomaron el control completo no sólo del área deportiva, sino también de algunas calles aledañas. Hasta el año 2009 esta parte del barrio El Progreso se había convertido en una de las más grandes paradas de abastos ambulatorias de todo el territorio nacional.

El peregrinaje de La María en mi casa duró hasta 1995. Luego de deambular de habitación en habitación, mi papá le encontró un lugar permanente. Resulta que la vivienda donde crecimos cambió en 1992. Mis hermanos mayores habían ido formando sus propias familias, pero no tenían un buen lugar donde vivir. Así que mi papá decide dividir la casa entre sus ocho hijos y cedernos en anticipo de herencia para que cada uno pueda construir su propio departamento. Progresivamente, el ladrillo, cemento y fierro reemplazaron a los palos y esteras. La nueva casa incluyó un amplio patio-corredor común de doce metros de largo por dos y medio de ancho.

Paralelamente mi padre se fue llenando de años, había dejado su trabajo habitual y se dedicó a tiempo completo a la pasión de su vida: la jardinería. Amó especialmente los cactus. Ya no tuvo el mismo espacio de la antigua vivienda, pero se conformó con el nuevo patio, convirtiéndolo en la parte más bonita de la casa. Colocó maceteros por todas partes, y muchos otros colgó en los espacios menos pensados, hasta el punto que ya no cabía un alfiler más... de cactus.

Como quiera que mi papá dedicó a este ambiente la mayor parte de sus horas, acomodó en un andamio los escasos bienes personales que en  este punto de su vida había decidido conservar: un pequeño espejo de mano, una maquinita de afeitar, la piedra pómez para sus pies, sus herramientas de jardinería, y también algo muy especial: La María, concluyendo así su peregrinaje dentro de la casa.

Hacia 1999 yo vivía en Londres, Inglaterra. Me había casado con Terry, una mujer de origen norteamericano. En febrero de ese año nació Dorothy, mi única hija, y en diciembre llevé a ambas al Perú para que conozcan a la familia. Mi esposa se conmovió al ver a mi padre; frente a ella estaba un asceta de 76 años que había renunciado a casi todos los bienes materiales de la vida. Terry me explicó su sentimiento de esta manera: “Tu papá ha trabajado toda su vida, y lo único que tiene es su ropa, sus pantuflas, sus maceteros, y su María”.

Alejandro, cultivando sus plantas 
tras una cortina de cactus
Pasan los años y el tiempo vuela para mi padre. Hacia el 2007 yo no vivía más en Europa, sino en Estados Unidos. En abril de ese año mi madre me llama y dice, “si quieres despedirte de tu papá, tienes que venir volando”. Arribé a Chimbote con Terry y Dorothy, y tuve el honor de verlo partir. Los momentos que siguieron fueron duros y de confusión también. Después de las primeras 24 horas noté que un miembro de la familia no había sido participado del deceso.

Me dirigí entonces al patio de los maceteros. Una vez ahí, caminé hacia el andamio. Estando frente a La María la miré, y dije: “María, el hombre que en 1970 te rescató de las ruedas oruga de los tractores, ha dejado este mundo”.

La vida continúa. Y este relato también. Ahora démosle una mirada final al terreno del antiguo camposanto que en 1974 se convirtió en complejo deportivo, y que posteriormente fuera invadido por los vendedores ambulantes.

El año 2009, la señora Victoria Espinoza García, encargada de la alcaldía del Concejo Provincial del Santa hizo noticia de alcance nacional con relación a este terreno. El 18 de octubre, día domingo, un gigantesco operativo policial erradicó a los cinco mil vendedores ambulantes del anterior complejo deportivo y calles adyacentes, ubicándolos en una explanada del barrio Dos de Mayo de Chimbote.

La azarosa historia de las tierras del antiguo Panteón, parece haber concluido con un final feliz: Una vez más, sobre esta superficie, volvió a construirse un moderno complejo deportivo para la comunidad en general, siendo inaugurado el 27 de junio del 2010.

Al terminar esta historia no sé si será un exceso pedirle a La María me conceda un milagro. ¿Será posible que este relato llegue a uno de sus familiares? Los datos que tengo no son muchos pero podrían ser suficientes.

Aquel soleado día de junio de 1970, en el destruido Panteón de Chimbote, junto a su desvencijado ataúd había una cruz de madera apenas sostenida en la arena, su inscripción rezaba: “María V. Mercado 1940-1961”. Un dato final, mi padre nunca dudó que había sido bella, muy bella.

New Hampshire, USA 
Mayo, 2015

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