viernes, mayo 02, 2025

De Vuelta a Tacorita

DE VUELTA A TACORITA


En agosto del 2012 publiqué un relato sobre Tacorita. Es una historia que me resulta entrañable y figura entre mis escritos más leídos. Trata de los talleres de esteras que a lo largo de la década de los setenta y parte de los ochenta existieron en la segunda cuadra de la avenida Buenos Aires de Chimbote, entre los jirones Pizarro y Garcilaso. Allí, mi papá tenía un puesto de reparaciones de triciclos y bicicletas, y yo trabajé a su lado cerca de diez años, desde los once hasta las vísperas de cumplir la mayoría de edad.


Me hice adulto influenciado de manera incalculable por las vivencias en el taller. La devoción por el trabajo, el madrugarle a la vida, el edén de los amoríos precoces, los peloteros colmando las tardes de goles, las amistades que llegaron para nunca irse, la sensación de primera vez en cada recodo de lo vivido. La línea del tren pasaba a dos metros de los talleres, y sus rieles fueron testigos de tantos momentos cruciales que le debo a Tacorita.


En tiempos recientes me he ido haciendo de una importante colección de pinturas al óleo encargadas en Chimbote al artista plástico Héctor Chinchayán Paredes. El año pasado, durante mi visita a Perú, le dije: “Te voy a pedir un trabajo que será más difícil que los anteriores”. Le expliqué que, en las obras pasadas, los personajes y motivos habían sido visibles y tangibles, como mi madre o la Isla Blanca; sin embargo, en esta ocasión se trataba de algo que sólo existía en mi memoria. Hablaba de Tacorita, tal como lo conservo en mis recuerdos.

“Me gusta el reto, será interesante”, fue la respuesta de Chinchayán. Lo llevé a la esquina de la avenida Buenos Aires con el jirón Garcilaso, donde estaba la propiedad de la familia Hidalgo. “Desde aquí obtendrás la perspectiva adecuada para la pintura”, le indiqué. No era mi plan incluir todos los talleres de la cuadra, sino sólo aquellos del lado de Garcilaso, ya que allí se hallaba el de mi padre. Quería recrear el ajetreo de la calle y la laboriosidad de los artesanos, incluyendo los rieles, los peloteros y las casas vecinas. La trama de estos elementos era el alma de Tacorita.


Hay algo importante que no mencioné en el relato del 2012, pues deseaba abordarlo en otro texto. Me refiero al incendio de 1975 que destruyó tres talleres, incluyendo el de mi padre. Mi hermano Fernando y yo solíamos dormir allí. Lo hacíamos para prevenir robos nocturnos que a veces ocurrían si no había vigilancia. En la noche del siniestro, Fernando tenía 16 años de edad y yo 14.


Los puestos afectados estaban ubicados hacia el jirón Garcilaso, comenzando con el primero en la esquina, propiedad de un antiguo pescador que reparaba primus y cocinas a kerosene. Su nombre era Nicolás Clavijo Nunjar, conocido como el “Tío Nico”. A su lado estaba la herrería de don Segundo Miñano Velásquez, a quien nosotros llamábamos “Tío Cani”. A continuación, seguía el de mi papá. Afortunadamente, el fuego no alcanzó el cuarto taller, donde el “Maestro” Pedro Lucas Ferrera se dedicaba a la soldadura eléctrica y autógena. Tenía tanques de oxígeno y acetileno, cuya explosión podría haber agravado la situación.


En el taller del Tío Nico dormía de favor un hombre de edad indefinible, tez morena, barba descuidada, ropas andrajosas y una cojera tan pronunciada que le había encorvado la espalda. No sabíamos su nombre, así que lo apodábamos El Cojo. Él llegaba a dormir más tarde que nosotros, y nosotros nos levantábamos más temprano que él. Por las mañanas, al ponerme en camino a casa, me gustaba espiar la vida de El Cojo.  Por entre las rendijas de las esteras del primer taller, lo veía dormir en el suelo sobre cartones, con el bastón a su lado.


La noche en que estalló el fuego, Fernando y yo dormíamos en nuestro puesto. A eso de las dos y media de la madrugada, me desperté y noté un resplandor rojizo en el taller. Sacudí a mi hermano, y le dije, “Esto se ve muy raro”. Él se incorporó de la cama y empezó a decir algo, pero no lo terminó. Instintivamente, ambos comprendimos que algo grave estaba sucediendo.


Nos inclinamos hacia la estera que daba a la calle, y contra la cual se recostaba la cama. Con rapidez abrimos un hueco en el carrizo. A través de la abertura tratamos de observar la cuadra en busca de alguna señal sobre lo que estaba ocurriendo. Y vimos algo inusual. En medio de la calle, pasando ya nuestro taller, El Cojo se alejaba con apuro, como si intentara escapar de algo. Por el hueco le grité: “¡Maestro!, ¿qué está pasando?”. Y El Cojo, sin detenerse ni mirar atrás, me respondió: “¡Incendio muchachos, corran!”.


Saltamos de la cama. No terminamos de vestirnos y corrimos hacia la puerta de la calle. Afuera vimos el taller del Tío Nico envuelto en llamas. Supimos que la herrería sería la siguiente, y luego llegaría nuestro turno. “¿Qué hacemos?”, le pregunté a Fernando. Él me miró y contestó: “Yo voy a sacar todas las cosas que pueda; tú anda corriendo a los bomberos”.


La Compañía de Bomberos Voluntarios Salvadora Chimbote Nº 8 estaba ubicada en el centro de la ciudad, en la intersección de los jirones Ladislao Espinar y Guillermo Moore. La distancia entre Tacorita y los bomberos era poco más de un kilómetro, así que empecé a correr en esa dirección. La última vez que vi a Fernando, estaba lanzando bicicletas desde la puerta del taller al otro lado de los rieles. 


Corrí sin zapatos en la penumbra de las primeras horas de la madrugada. Avanzando por la segunda cuadra de la avenida Buenos Aires, giré a la derecha hacia Pizarro y luego a la izquierda para la avenida Gálvez. A continuación tomé el jirón Olaya y pasé frente al antiguo cine del mismo nombre. Tenía la intención de doblar a la izquierda en dirección a Manuel Ruiz, pero no pude; un policía me detuvo.


A tres puertas del cine Olaya se situaba la sastrería Santa María. Unos momentos antes, este local había sido objeto de un robo, y dos policías estaban investigando en su interior. Uno de ellos fue quien me detuvo. “¿Por qué estás corriendo?”, me preguntó. Yo, con la respiración entrecortada, respondí: “¡Incendio, señor, se están quemando los talleres de Tacorita!”. No había un patrullero frente a la sastrería, pero sí el viejo Toyota rojo de un taxista. El policía miró al chofer y, con firmeza, le ordenó: “¡Lleva a este muchacho de inmediato a los bomberos!”.


En menos de cinco minutos llegamos a la intersección de Espinar con Moore y pude ver la estación de bomberos. Una vez frente al portón principal, el taxista se detuvo abruptamente y exclamó: “¡Corre, muchacho, corre!”. Salté del auto y empecé a golpear la puerta con las manos, a la vez que gritaba: “¡Incendio, incendio!”. En un instante, la señal de alarma resonó en el edificio y un bombero se deslizó rápidamente desde el segundo piso a través de un tubo. En tanto él abría la reja, dos bomberos más descendían. El que vi primero me pidió detalles de la situación. Mientras le proporcionaba la información, él se ponía la chaqueta y el casco. Al mismo tiempo, otro bombero terminaba de abrir la reja y un tercero ya estaba sacando la unidad a la calle. Cuando todos estuvimos afuera, recibí la orden: “¡Trépate a la parte de arriba del coche!”.


Partimos rumbo a Tacorita. El ulular de la sirena rompía el silencio de la madrugada. De pie en la plataforma del camión, me agarraba de lo que podía. Desandamos la ruta que minutos antes había recorrido. Una vez en el jirón Pizarro, volteamos a la segunda cuadra de la avenida Buenos Aires, donde se encontraba Tacorita. Al pasar frente a la funeraria Martínez, desde lo alto del camión pude ver cómo las lenguas de fuego ya devoraban parte del taller de mi padre.  


Los bomberos se detuvieron frente a las llamas. Vi a Teodosio Príncipe Herrera y Sergio de la  Cruz Aguilar Moya, junto a otros vecinos, arrojando baldes de agua al fuego. El incendio consumía la mitad de nuestro taller. Fernando seguía sacando cosas hacia afuera. Los bomberos desplegaron las mangueras y las conectaron a las válvulas de la bomba. Uno de ellos le ordenó a mi hermano que se alejara del fuego. El chorro de agua salió disparado y en menos de cinco minutos apagó la candela. Más de la mitad del taller había sido arrasada por el siniestro. 


Varias décadas después, cuando le conté esta historia a Miriam, mi amiga de la funeraria Martínez, lo primero que me preguntó fue: “¿Y por qué no le tocaste la puerta a mi abuelito Toribio para que te prestara el teléfono?”. Yo había tenido años para pensar en la respuesta. En el Chimbote de los años setenta, los teléfonos fijos eran un lujo que la gente humilde no podía permitirse. La noche del incendio, probablemente, no pensé en uno de ellos porque no formaban parte de mi mundo. Aún más interesante es el caso del policía que me detuvo frente a la sastrería Santa María. Él no buscó un teléfono; lo que hizo fue meterme en un taxi y mandarme volando a los bomberos.


Para Fernando y para mí, la vida continuó después del incendio. Esa mañana fuimos al colegio, donde tuvimos que responder las preguntas de nuestros compañeros de aula, intrigados por el olor a chamuscado que nos envolvía. Para mi papá, también prosiguió la vida. La noche del incendio perdió una batalla, pero no la guerra. A la mañana siguiente, ya estaba listo para la tarea de hacer renacer el taller, como el ave fénix, desde sus cenizas.


A lo largo de enero, febrero y marzo del año en curso, Héctor Chinchayán me envió varios avances y ajustes de la pintura que estaba creando de Tacorita. En la primera parte de este tiempo, nos dedicamos a cuadrar los elementos centrales de la obra. Luego, abordamos otros aspectos de la vida cotidiana en los talleres. A fines de marzo sentí que habíamos logrado plasmar lo esencial de mis recuerdos. “Termínalo, ya tenemos a cada cosa en su sitio”, le dije.


Cuatro semanas después, el pintor concluyó la obra y el miércoles último se la entregó a mi amigo Bernardo Cabellos. Ese mismo día, Bernardo me hizo llegar una foto digital de la pintura y envió el lienzo a New Hampshire. Este viernes mi madre recibirá en Chimbote una copia enmarcada para la sala de nuestra casa.


Al observar la fotografía recibida el miércoles, volví a sumergirme en el universo de Tacorita. Sonidos, imágenes y personajes resurgieron ante mí. Escuché la voz de mi padre, los golpes en el yunque del herrero, el chirrido eléctrico del soldador, el bullicio de los peloteros. Vi a la mujer de líneas hechizantes cruzando la cuadra al mediodía. Degusté el pan de manteca del joven que nos lo vendía de su canasta al caer la tarde. Sí, y otra vez oí: “¡El tren... se viene el tren!”, que alguien gritaba con urgencia.

Con este relato y esta pintura, cierro mi vieja deuda de gratitud con Tacorita.


New Hampshire, USA

Mayo, 02 2025


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viernes, enero 10, 2025

Dos Ranas Disfrutando de un Paseo


 DOS RANAS DISFRUTANDO DE UN PASEO

Fue el viernes 22 de noviembre del año pasado, 2024, cuando vi a las ranas por primera vez. Era una tarde de otoño y estábamos limpiando el colchón de hojas secas que cubrían los jardines y las áreas verdes de una mansión en la ciudad de North Hampton, estado de New Hampshire. El equipo de trabajo se componía de tres personas. Kevin, Jared y yo. Algo semienterrado entre la hojarasca captó mi atención. Cuando despejé el follaje inerte, descubrí a dos alegres ranas en una canoa. 


En realidad, se trataba de una estatuilla de bronce de 58 centímetros de largo que representaba a dos ranas disfrutando de un paseo, una remando la canoa y la otra sosteniendo un vaso de vino en su mano. Me gustó por varias razones: el inesperado contraste de una embarcación acuática sobre la tierra del jardín; la calidad artesanal de cada detalle de la obra; y, sobre todo, la agradable sensación que evoca la imagen.

Por algunos minutos observé con curiosidad la pequeña escultura, intentando absorber su mensaje vital. Llamé a mis colegas para que también la miren, y les encantó. En el viaje de regreso a la oficina, envié una foto de la obra a todos los empleados de la compañía y, a manera de encuesta, les pregunté si sabían de qué propiedad procedía la escultura de las ranas de bronce. Era viernes y el fin de semana empezaba. Varios respondieron con buen ánimo. Jared dijo: “Me sorprendió que Eduardo no haya tocado la puerta de los propietarios y les haya ofrecido 200 dólares por la estatuilla. No tengo duda que él la apreció mucho más que sus propios dueños”.


Jared es un joven de 25 años que trabaja conmigo desde que tenía 19. Somos grandes amigos. Terry, mi esposa, tiene una regla en casa de no permitir compras por internet, pues teme a la estafa que a veces ocurre en este tipo de transacciones. Así que cuando necesito adquirir algo en línea, para evitar que ella se moleste o se entere, le pido a Jared que lo haga por mí, y luego le reembolso el dinero. Aquel viernes de noviembre no fue diferente. Le solicité a mi amigo que averiguara dónde podía conseguir una estatuilla similar a la de las ranas y cuál sería su costo. El cálculo inicial de Jared había sido certero, el precio era de 200 dólares. “¿Te la compro?”, me preguntó. “Déjame pensarlo”, le respondí. Pero nunca le di una respuesta definitiva.

El martes 29 de octubre, un par de semanas antes de mi encuentro con las ranas, me sometí a una cirugía menor en la que me retiraron un tumor benigno de la parte baja de la nuca. Me pusieron once puntos y el doctor me tranquilizó asegurándome que todo había salido bien. El jueves 14 de noviembre volví a la clínica para que me quitaran la sutura. Se suponía que era la etapa final del procedimiento, pero, lamentablemente, fue sólo el comienzo de otro tipo de complicaciones.

Desde pequeño mis heridas siempre han sanado rápidamente. Mi mamá solía mencionarlo una y otra vez, y me ponía como ejemplo ante mis hermanos. Crecí con esa confianza, mis lesiones se curaban sin inconvenientes. Sin embargo, esta vez fue diferente. Después de la operación en la cabeza, la incisión no estaba cicatrizando como esperaba y comencé a inquietarme. Días más tarde descubrí la causa: la enfermera que retiró los puntos, había dejado accidentalmente dos pequeños filamentos dentro de la sutura, lo cual estaba dificultando mi recuperación.

¿Les vas a hacer algún problema al personal de la clínica?, me preguntó Terry al confirmar mi sospecha. Le expliqué que la negligencia de la enfermera estaba afectando mi vida diaria. “Aquí hay daños y perjuicios”, le dije. “Piensa en Abby, ¿te gustaría que ella pasara por algo así?”, replicó Terry. Abby es nuestra sobrina, una joven enfermera que ejerce en un hospital. Mi hija Dorothy escuchaba atenta la conversación. Cuando el jueves 5 de diciembre regresé a la clínica, sólo quise que me retiren el material de sutura olvidado y nada más.

Durante los días posteriores a mi última cita estuve contento. Sentí que la herida se curaba con la celeridad que esperaba. Luego llegó la Navidad y el Año Nuevo. Terry no trabajaba en esos días festivos. Yo solicité una semana de permiso en la empresa para compartirlo con la familia, y poder hacer cosas que la vorágine del trabajo a menudo impide: conversar, limpiar la casa y descansar.

Aproveché el tiempo libre para hacer algo que me gusta mucho: ver películas policiales europeas, especialmente francesas, belgas y alemanas. Disfruté de varias, entre ellas los ocho filmes de la serie germana “Crimen en los Montes Metálicos” que estaban disponibles en Youtube. Mientras me sumergía en la sucesión de episodios, sentado contra el respaldo de la cama con la cabeza apoyada en una almohada, un hilo de preocupación se fue apoderando de mí. Sentí otra vez que una parte de la herida había dejado de sanar y se tornaba más sensible al contacto con la almohada.


Esta sensación fue más intensa el primer día del nuevo año, cuando veía el último episodio de la serie alemana. La historia me mantuvo en vilo de comienzo a fin. En ella, el detective Robert Winkler y su joven compañera Karina Szabo investigan la desaparición de una chica de 16 años llamada Mia, quien había estado en una relación con Ado, un muchacho también menor de edad, de origen africano que residía en un Centro de Refugiados local. Uno de los principales sospechosos es Ralf, el tío de Mia, un individuo abusivo, desagradable y con tendencias racistas. Temprano en la historia, el detective aconseja a su compañera a que no se deje llevar por prejuicios hacia el tío, señalando que, “Incluso los tontos a veces pueden tener razón”. A medida que avanza la trama se revela que Mia había dado a luz a un hijo de Ado. Poco después se encuentra el cadáver de la joven. Además, se sabe que ella había tenido relaciones sexuales con su tío, y que éste intentó incriminar y eliminar a Ado. Cerca del final de la película Ralf se declara culpable y es arrestado. Sin embargo, en los últimos tres minutos ocurre un giro inesperado, se descubre que Moritz, el hermano gemelo de Mia fue quien la mató. En la escena final Robert Winkler le comenta a Karina Szabo: “Ralf no nos cae bien, pero intentó sacrificarse por su sobrino”. A lo que ella responde: “Porque tiene el color de piel que le gusta”.


El segundo día del año fue jueves y no trabajé debido al mal tiempo. Aquel día confirmé la preocupación que había estado evitando pensar hasta entonces. Un pequeño filamento de sutura había empezado a aflorar otra vez de la herida, y era sensible al roce de mi dedo. Había sido operado en una clínica de prestigio, pero la negligencia de la enfermera que retiró los puntos aún me perseguía como un fantasma que se resistía a dejarme en paz. Esa noche, me fui a la cama abrumado por la decepción.

Al día siguiente, viernes, fui a trabajar. Llegué a la oficina a las ocho de la mañana, a esa hora empezaba también el horario de atención en la clínica.  Le dije a los empleados que me esperen unos minutos pues necesitaba hacer una llamada. La recepcionista que respondió el teléfono se mostró preocupada, hizo algunas consultas, y me dio una cita para el lunes 6, a las 9:50 am. A continuación, volví a la oficina donde mi jefe, Duncan, ya había llegado y se encontraba abriendo un gran paquete de cartón. Intercambiamos saludos. “Me enteré de que tu herida sigue complicándose”, comentó. Luego me pidió que terminara de abrir la encomienda, lo cual me sorprendió un poco, ya que él, normalmente, no me da ese tipo de órdenes.


Una vez que terminé de abrir el paquete, me quedé atónito al descubrir lo que había en su interior. Era una estatuilla de bronce… una réplica de la estatuilla de las ranas en la canoa. “Es un regalo para ti, sé que te gusta. Por el incansable trabajo que le dedicas a la empresa”, me dijo. Me invadió una gran alegría y me olvidé de la herida, y aún me siento así mientras escribo estas líneas y espero por mi cita.


New Hampshire, USA

January, 06 2025


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viernes, agosto 23, 2024

Percy Robles Guibovich

 


PERCY ROBLES GUIBOVICH


Mientras tomaba el primer desayuno con mi madre y otros familiares en la casa del barrio San Isidro, eché un vistazo a la lista de cosas que quería hacer durante los días de visita al Perú. Mi hermana Olga, que conoce mis gustos mejor que nadie, me había servido una taza de té, dos tamales, pan y ají. Miré con cuidado el papel de las notas para que mi mamá no me reprochara si había venido a ver a ella o a mis amigos. Era una lista larga encabezada con la frase “dedicarme a mamá”, y en la siguiente línea decía, “visitar a Percy”.


Tenía unas ganas tremendas de ver a Percy Robles Guibovich, asegurarme que su salud sea buena, y disfrutar de una conversación sin apuros. Nuestras charlas suelen dar lugar a ideas o estímulos para proyectos que me mantienen en un estado de emoción durante un año entero, hasta la próxima visita. Tal vez encargar una nueva pintura al óleo, a lo mejor la publicación de un libro, quizás adquirir alguna planta para mis jardines, o alguna otra iniciativa. Él es como un viejo roble que transmite historia y certeza, y a su sombra danza lo mejor de la amistad.


Mi amigo Percy nació el 27 de agosto de 1938 en una casa de madera frente al Malecón Grau, cerca a la Capitanía de Puerto. Sus padres fueron don Alberto Robles Ronceros, natural de Pativilca, y doña Rosa Olga Guibovich Amésquita, de Chimbote. Creció junto a sus tres hermanos: Teresa del Pilar, Alberto y Sonia Olga. El 16 de abril de 1966 contrajo matrimonio con Tula Encinas Goicochea. De esta unión vinieron al mundo tres hijos: Tatiana, Percy y Cecilia, todos chimbotanos. La familia ha crecido con la llegada de seis nietos: María José, Valeria, Ariana, Natalia, Álvaro y Alonso; los varones nacidos en Lima, y las mujeres en esta tierra de promisión.


Percy aprendió a leer y escribir en una escuelita particular de la señorita Magán, situada en la quinta cuadra de la avenida Bolognesi. Luego continuó en la escuela Montessori de don Lucio Pereyra Espinal, en la sexta cuadra del jirón Pizarro. En 1951, terminó la primaria en el centro escolar 313, que por entonces tenía como director a Alberto Torres Guzmán, y se ubicaba en la esquina de Leoncio Prado y Sáenz Peña.


En 1952 los Robles Guibovich se mudaron de Chimbote a Pativilca, en razón que un hermano del padre de Percy, don Juan Robles Ronceros, había adquirido una fábrica para hacer muebles en la ciudad de Lima, y encargó la gestión del negocio al papá de Percy y a su tío Víctor. Sin embargo, la familia no fue a la capital, sino que se quedó en Pativilca, donde vivía el abuelo paterno de Percy, don Pedro Desiderio Robles Ríos.


Una vez instalados en Pativilca, el joven Percy hizo el primero de media en el Colegio Particular Mixto San Idelfonso de Barranca, viajando todos los días a esta ciudad. Al año siguiente, la familia se trasladó a Barranca, donde Percy continuó asistiendo al mismo centro educativo hasta 1956, en que concluyó la secundaria.


En 1957, Percy comenzó a trabajar en el Banco Popular de Barranca, donde permaneció hasta 1959, ejerciendo el cargo de cobrador. A continuación, la familia Robles Guibovich regresó a Chimbote. Los años en el Norte Chico constituyen una etapa decisiva en su crecimiento y desarrollo de la personalidad. Amigos, fiestas, triunfos con el club de tiro; contacto con la gastronomía local, los productos del campo, las playas y el paisaje de la región. Una parte de su corazón se quedó en Barranca. Recuerda con afecto a Coc Casanova, Sacio, Bustamante, Cordero, Fung, Dávila, Barrenechea, Mispireta, Zapata, Irigoyen y a las chicas que departieron con el joven, alto y apuesto Percy. En una oportunidad, Monseñor Emilio C. Vega le dijo a su padre que Percy debía estudiar para sacerdote y que podría ser enviado a Roma. Pero, su padre no aceptó, ni él tampoco.


En 1960, el joven Percy ingresó a la empresa Sogesa (Siderperú) para laborar como auxiliar de seguridad e higiene industrial. Tenía entonces veintidós años de edad. Cuatro décadas más tarde, se jubiló como superintendente. Su paso por la industria del acero fue un capítulo fecundo en su vida. Viajes de capacitación al extranjero. Enseñanza de lo aprendido en diversas partes del país. Pluma habitual en la revista de la empresa. Respetado entre sus compañeros de trabajo. Y cultivó amigos en cada rincón del centro laboral. Cabe destacar que en 1974, el Consejo Interamericano de Seguridad le otorgó la Medalla de Oro por la forma rápida y oportuna en que salvó la vida del trabajador siderúrgico Pedro Murakami Vallejos, quien se había intoxicado con monóxido de carbono del alto horno.

Percy, su familia y ancestros han estado desde siempre identificados con el progreso de Chimbote. Han servido a la comunidad a través de diversas instituciones. Percy, fue presidente del Instituto Peruano del Deporte (IPD) en Chimbote, y regidor de la ciudad en tres ocasiones. De casta le viene al galgo, dice un viejo dicho, y en este caso parece ser cierto. Su tío-abuelo Antonio Díaz Guibovich fue alcalde de la ciudad entre los años 1904 y 1911, y estando al mando del municipio el 6 de diciembre de 1906 se promulgó la ley 417 que creó  el distrito de Chimbote. Otro tío abuelo, Miguel Guibovich Ramírez ejerció el mismo cargo durante el período 1912-1915. Asimismo, don Julio Guibovich Ramírez, fue regidor y ejerció funciones de teniente alcalde. Además, debemos mencionar que Alberto, hermano menor de Percy, fue concejal en tres oportunidades.


Infatigable hombre de letras también. Ha escrito artículos para revistas y periódicos, como El Acero, Altamar, El Diario de Chimbote, y La Industria. El 2006, publicó su libro El Chimbote que se fue, el cual lleva varias ediciones a la fecha, y es una conversación memoriosa, honesta y emotiva con la historia. Siempre lo tengo a la mano, no sólo como fuente de consulta de gran valía, sino también para sumergirme en la emoción y gratitud que sus páginas exhalan, y que permiten sentir el alma de Chimbote.


El año 2009 recibió la Medalla de Oro del Primer Festival Regional de las Artes, en reconocimiento a su destacada labor cultural en la provincia del Santa. Y, al año siguiente, 2010, le fue otorgado la Medalla de la Ciudad en agradecimiento a su meritorio aporte al desarrollo histórico y cultural de Chimbote.


Percy Robles Guibovich es un chimbotano pata salada que nació frente al mar. Se zambulló en las aguas cristalinas de la playa del malecón. Con sus manos hurgó en la arena dorada en busca de maruchas y muymuyes. Y vio cangrejos carreteros corretear tras la agonía de las olas en la orilla de aquel Chimbote que se fue.

Ser humano de alma generosa. Siempre dispuesto a ayudar a quienes lo requieren. A mí, en lo personal, me ha brindado su tiempo cada vez que lo he necesitado. Su presencia constante acompaña los actos que van esculpiendo la impronta cultural de la ciudad. Recorre las calles saludando a todo el mundo, y cosechando el cariño de amigos y conocidos. Y cuando se trata de defender los intereses de Chimbote, otra vez es un paladín dispuesto a batallar por el puerto que lo vio nacer.


El último 30 de julio, junto a mi amigo Bernardo Cabellos, llegué a la casa  de Percy en la urbanización La Caleta para saludarlo. Tras doce meses sin vernos, hablamos de una pintura al óleo que recientemente había encargado en Chimbote, y lo acribillé con preguntas sobre su biografía a fin de escribir esta historia. Sentí la certeza de estar conversando con una persona no sólo interesante, sino auténtica, en un hogar que exuda arte, historia y cultura. 


El viernes 9 de agosto volví a La Caleta con Bernardo para despedirme. Minutos después resultamos caminamos por el malecón. La huachafería de algunas obras públicas en la ciudad fue el tema central de la conversación. No faltaron las bromas que suelen acompañar nuestras charlas. Tras despedirnos, pensé que Percy pudo haber sido cura, e incluso ir a Roma. Afortunadamente, no aceptó la invitación. Perdió la iglesia, pero Chimbote ganó y sus amigos también.


Chimbote, Perú

Agosto, 10 2024


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viernes, julio 12, 2024

Dos Maceteros de Hortensias


 DOS MACETEROS DE HORTENSIAS

Por varios años quise tener en mis jardines de New Hampshire hortensias azules de hojas grandes, pero no fue fácil cristalizar este deseo. Son arbustos de buen tamaño, y no tenía suficiente espacio disponible en las áreas verdes de la casa. Hasta que mi amigo Tony, y unas cuantas lecturas, me persuadieron con la posibilidad de cultivarlas en maceteros.

Así, el domingo 7 de mayo del pasado año 2023 visité un vivero vecino y compré dos macetas de hortensias. Eran pequeñas, pero satisfacían una obsesión grande. Por más de veinte años en Estados Unidos trabajo en paisajismo. Podando árboles y arbustos, y cuidando áreas verdes de grandes mansiones. Y, a través de esta actividad, me enamoré de la belleza irresistible de las hortensias. Las hay en diversas variedades, pero mis favoritas son las de flor azul y hoja ancha, las más difíciles de cultivar.

El domingo siguiente fui a Walmart y adquirí dos maceteros grandes, capaces de albergar suficiente tierra para asegurar el desarrollo de las hortensias. Una vez en casa las transplanté, aboné y regué. Y elegí para ellas la mejor ubicación posible que podían tener: dos esquinas de la terraza, de modo que pudiera verlas desde la sala a través de la mampara corrediza.


Lamentablemente, unos días después, las hortensias comenzaron a marchitarse. Vino a mi mente una frase de mi padre: “El diablo, de tanto querer a su hijo, lo mató”. Pensé que quizás, en un exceso de cuidado, las había regado en demasía. Cuando tengo dudas sobre jardinería, o cualquier otro tema, suelo acudir a Tony, uno de mis amigos más cercanos en New Hampshire. Él fue mi primer jefe, y trabajamos juntos en su empresa de paisajismo hasta que se jubiló, y vendió el negocio a mi actual jefe. Cada vez que lo necesito, siempre está dispuesto a ayudarme. Así que le pregunté por las plantas, y me dijo que tal vez les había echado mucha agua.


El viernes 19 de mayo, tomé unas fotos de las hortensias, y me fui a trabajar. A la salida hice una parada en el vivero donde las había comprado, y allí me dieron una buena explicación: Durante los dos días previos, un fuerte frío batió varios récords climáticos de larga data en New Hampshire. La helada causó estragos en árboles, arbustos, plantas en general y, también, en mis hortensias. Me recomendaron podar las partes dañadas, y me aseguraron que las plantas se recuperarían.

A finales de junio, el verano llegó a New Hampshire. En esta estación los capullos de las hortensias estallan en flores de gran tamaño, y en todas partes los jardines son sacudidos por los fuegos artificiales de su hermosura. La atracción de esta fase perdura hasta bien entrado el otoño. La promesa que me hicieron en la tienda de plantas se cumplió: en mi terraza, los maceteros rebosaron salud y belleza.

El arribo del invierno en diciembre me planteó un problema. Dejar las macetas al aire libre era riesgoso, el frío extremo podía perjudicar a las hortensias. Consulté con Tony al respecto, y él me propuso dos opciones. Mover los maceteros al interior de la casa y colocarlos detrás de una ventana que recibiera sol. O, trasladarlos al sótano, y ver qué sucedía. La primera alternativa no me era posible, así que opté por la segunda. Ryan, un compañero de trabajo, vino a ayudarme, y llevamos las plantas al sótano. No recibirían luz solar, pero estarían protegidas de las heladas del invierno.


Enero, febrero, marzo del 2024 pasaron, y llegó abril trayendo consigo la primavera. Yo me resistía a subir los maceteros de vuelta a la terraza por la mala experiencia que tuvimos en mayo del año anterior, cuando una helada afectó a las plantas. Mientras tanto, en el sótano, las hortensias no mostraban señales de vida. Dando mi brazo a torcer, el 14 de mayo las regresé a la terraza. No necesité ayuda para subirlas. Estaban secas y parecían esqueletos sin peso. Tomé fotos y se las envié a Tony con la pregunta: “¿Crees que están completamente muertas?”.

Él sugirió que cortara uno de los tallos para verificar si tenían vida, pero no me atreví por temor a su fragilidad. Me dijo también que habían estado en letargo durante varios meses y, tal vez, necesitaban tiempo para recuperarse con luz solar, agua y fertilizantes. Yo seguí cuidándolas con devoción más propia de un santo que de un jardinero. Y el día 31 de mayo, usual fecha recordatoria para mí, la hortensia ubicada en la esquina derecha de la terraza comenzó a dar muestras de vida. Nuevos brotes empezaron a surgir desde la base.

Mientras tanto, el otro macetero seguía en estado de coma. Las semanas fueron pasando y nada. Yo lo auscultaba minuciosamente cada mañana antes de ir al trabajo. Y al hacerlo sentía en mi propia expresión los gestos de mi padre cuando realizaba similar tarea en sus jardines. Él fue un apasionado jardinero. Con escasos recursos creó belleza en cada rincón de las áreas verdes de la casa. Experimentó con nuevas variedades de rosas y cucardas a través de complicados injertos. Y cuando se sintió realizado entre flores y colores, se adentró en el exótico mundo de los cactus. Atiborró el patio con cientos de maceteros, y colgó otros tantos en los lugares más impredecibles.


El viernes 28 de junio, al salir del trabajo, me dirigí al vivero de la localidad. Estaba cansado de esperar por el desenlace de la segunda hortensia, y había decidido remplazarlas con un par de plantas de más fácil cuidado. Eran tantas las opciones frente a mí que se me hizo difícil elegir. Llamé a Tony, pero no contestó. Y regresé a casa con las manos vacías.


Al día siguiente, 29 de junio, fecha también de fácil recordación para mí, a eso de las seis de la mañana corrí la mampara de la sala, y caminé unos diez pasos hasta la esquina izquierda de la terraza. Lo hice más impulsado por el hábito de la costumbre, que por la luz de la esperanza. Con el gesto de mi padre examiné la planta. La escudriñé desde un ángulo, otro ángulo, y uno más. Y como un llamado de la tierra, de la vida que vence a la muerte… una peca verde al fin se dejaba ver en la base de la bendita hortensia.


Post Data: Escribí este relato el jueves 4 de julio aprovechando que fue feriado aquí y tuve el día libre. Una semana después revisé el texto, y antes de ponerle el punto final, me detuve por un momento para echarle un vistazo a las macetas. La pequeña peca verde ya es un tallo fuerte. Espero flores grandes y azules de hortensias este verano.


New Hampshire, USA

Julio, 2024


NOTA:

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GALERÍA DE FOTOS:


7 de mayo 2023. Los maceteros de hortensias recién comprados.


18 de mayo 2023. Hortensias afectadas por la helada del 17 y 18 de mayo.

 

12 de septiembre 2023. Las hortensias lucen bellas en la terraza de la casa. 

14 de mayo 2024. "Tony, ¿Crees que están completamente muertas?”.


29 de junio 2024. "... Con el gesto de mi padre examiné la planta. La escudriñé desde un ángulo, otro ángulo, y uno más. Y como un llamado de la tierra, de la vida que vence a la muerte… una peca verde al fin se dejaba ver en la base de la bendita hortensia".

viernes, junio 14, 2024

La Isla Blanca en New Hampshire

 

LA ISLA BLANCA EN NEW HAMPSHIRE


En otros relatos he mencionado que mi lugar favorito de Chimbote es la Plazuela 28 de Julio, hoy Plaza Grau. Y también he dicho que mi vínculo con este lugar es emotivo, ahí concurría de niño para trabajar con mi cajón de lustrabotas, el cual mi mamá decía que era más grande que yo. 


Es un lapso que va desde que tuve siete hasta los diez años de edad. No todo fue betún y escobillas durante aquel período, pues esta actividad estuvo intercalada con otros trabajos que realicé en las calles de Chimbote, paralelamente, claro está, con los estudios de primaria.


Traigo a colación la Plazuela 28 de Julio porque fue allí donde surgió mi curiosidad inicial por la Isla Blanca. Siendo pequeño, sentado en un corcho de pesca al pie de una de las bancas y con el zapato del cliente sobre mi cajón, podía ver el busto de Miguel Grau contra un elevado respaldo triangular de concreto, mientras que, mar adentro, vestida de novia destellaba la Isla Blanca bajo el firmamento luminoso de Chimbote.


Años después se forjó mi admiración y orgullo por la Isla Blanca en el malecón de la ciudad. Este era un lugar romántico que los jóvenes de mi tiempo visitábamos con frecuencia. Un nido de amores que luego naufragaron cual barquitos de papel en la travesía de la vida. El azul del cielo, el murmullo de las olas, la línea del horizonte, el vaivén de las embarcaciones, el vuelo de las aves, la blancura de la isla, el fuego del atardecer. Y al caer la noche, la complicidad de la luna, las estrellas titilantes y la menguada luz de las farolas. Un escenario de ensueño para el amor y la inspiración.


Cuando salí al extranjero mi amor a primera vista por la dama de blanco se estrechó aún más. Se enriqueció con la novedad de otros puertos y la nostalgia por lo mío. Desde distintas partes del mundo donde he vivido, siempre he vuelto a Chimbote, y mis pasos me llevan una y otra vez al malecón para ver la Isla Blanca. Es un rito sagrado como visitar a la madre, dejar una flor en el cementerio, o regresar a la iglesia del barrio.


Entre julio y agosto del año 2019 estuve de vuelta en la ciudad. Uno de los puntos de mi agenda era reunir información para escribir un relato sobre la inundación del río Lacramarca que asoló parte de la localidad en marzo de 1972. Y para tal fin, uno de esos días caminé buena parte de la ruta afectada por la riada, pero no la concluí. Al día siguiente contacté a mi amigo Bernardo Cabellos para que me acompañe a terminar el tramo que iba desde El Zanjón hasta el mar de Chimbote. 


Así que el martes 13 de agosto, cerca del mediodía, con Bernardo cruzamos el barrio Pueblo Libre a lo largo de La Aviación y llegamos a la avenida Pardo. Continuamos hasta la esquina con Meiggs. Luego nos encaminamos por el complejo deportivo Miramar siguiendo el jirón Piura. Tras cruzar la calle Estudiantes entramos a un tramo descampado salpicado de basura y excremento, y que hoy es el moderno parque Francia. “Ahí quedaba el Vértiz”, dijo Bernardo mientras apuntaba al lado derecho, ambos sonreímos con picardía. Frente a nosotros se alzaba el enrocado de protección costera de más de dos metros de altura. Aún no podíamos ver el mar, pero lo escuchábamos.


Trepamos la muralla pétrea. Uno, dos, tres, cuatro trancos arriba. Y, no importa cuántas veces hayas visto la bahía de Chimbote antes, su belleza siempre te impresiona como si fuera la primera vez.


Desde lo alto del muro, hacia la izquierda, se divisaba los vestigios de dos antiguos muelles y la solitaria silueta de un pescador a cordel recostada en una de las plataformas. En el extremo opuesto, la actividad de los muelles de Enapu y Gildemeister contrastaba con la eterna quietud del cerro Negro. Mar afuera, unas quinientas embarcaciones de todo tamaño dormitaban en el letargo de su propio bamboleo. En el cenit de las doce la luminosidad del disco dorado irradiaba una escarcha brillante en el océano. Y envuelta en su túnica nívea, cual ninfa surgida de las aguas, relucía la Isla Blanca.


Tras disfrutar este instante mágico, Bernardo y yo reanudamos nuestra mundana marcha y resultamos comiendo un menú en el mercado Modelo. No recuerdo qué degustamos, pero si debo adivinar, diría que fue un pescadito frito. El día lo concluimos tomándonos una foto en el malecón. Y fue en este punto del recorrido cuando tomé la decisión. Me dije a mí mismo: “Voy a buscar un buen artista para que me pinte un cuadro al óleo de la bahía, pues quiero tener a la Isla Blanca en New Hampshire”.


Pasaron unos años sin que pudiera concretar esta idea. Hasta que en julio del 2023 retomé la iniciativa. El proyecto empezó con algunas dificultades pero poco después encontré a la persona indicada, un pintor que anteriormente había hecho dos trabajos para mí. Se trata de Héctor Chinchayán Paredes. Él supo captar mi visión de la obra y me propuso varios bosquejos. Luego concordamos la composición, los elementos y la perspectiva de la pintura. El resto fue cuestión de tiempo.


A lo largo de mis años en Europa y Estados Unidos he podido ver diversos mares. En New Hampshire tengo el privilegio de trabajar a menudo frente al Océano Atlántico. Y siempre he advertido las ventajas que estos cuerpos azules traen a las ciudades. Turismo, hotelería, restaurantes, y negocios en general aportan mayores ingresos para los municipios, lo cual se traduce en mejores servicios y, en definitiva, generan progreso y desarrollo para la región.


Chimbote tiene la fortuna de contar con una de las bahías más hermosas del mundo. Pero la mano del hombre y sus autoridades no han estado a la altura de este don de la naturaleza. Descuido, incultura, depredación y contaminación. Pertenezco a una época en que para cursar estudios superiores había que emigrar a otras ciudades, pues Chimbote no tenía universidad. Y la mayoría de los nuevos profesionales y su conocimiento no regresaban a nuestro puerto. Felizmente, esta situación cambió después, y ahí radica mi esperanza. Ahora tenemos cientos y miles de jóvenes preparados que comprenden el reto de recuperar la bahía El Ferrol, y en sus manos tienen la llave para corregir esta triste y absurda realidad.


Conforme pasaron los meses, Héctor Chinchayán me fue mandando avances de su trabajo. Hasta que el día viernes 31 de mayo me envió una foto de la obra completamente terminada. Siempre he tenido una imagen de la Isla Blanca en el fondo de pantalla de mi laptop. De tal suerte que a la dama de blanco la veo todos los días. Pero, contemplarla en la imagen recién llegada me sobrecogió. La saludé como a una vieja conocida, “hello lady”, le dije con satisfacción. Fue un preámbulo grato, previo a su arribo a New Hampshire, enaltecida en una pintura al óleo. 


El día martes 4 del mes de junio en curso la pintura fue entregada a mis amigos Percy Robles y Bernardo Cabellos, quienes generosamente me representan en esto y en tantas otras cosas. Al día siguiente le  hicieron una foto profesional a la pintura y me la enviaron. Ese mismo día, también, el lienzo fue remitido a New Hampshire.


La madrugada del jueves 13 estuve corrigiendo este relato, y luego fui a trabajar. El día transcurrió bajo un cielo azul y una temperatura de 29º. Al final de la tarde, me dirigí a casa pensando en que el próximo jueves empieza aquí el verano y debo programar mi próximo viaje al Perú. Al llegar, mi familia me informó que el cartero había tocado la puerta, y dejado una nota para recoger una encomienda en la oficina postal. Me sentía cansado, pero la noticia me llenó de entusiasmo. De inmediato fui al correo y regresé con el esperado paquete. Era un tubo grande de plástico, y en su interior había llegado a New Hampshire el óleo de la Isla Blanca.


Pronto lo haré enmarcar y lo colgaré en una pared de la casa. Cuando mis amigos y familiares de este país me visiten, no tengo duda que preguntarán por el lienzo. Yo les contaré la historia del chico que lustraba zapatos en una plazuela frente a la hermosa isla. Les diré que cada año vuelvo a verla. Y les hablaré de Chimbote, el puerto más bello desde el Cabo de Hornos hasta Guayaquil, según lo señaló el sabio Alexander Von Humboldt en 1802.


New Hampshire, USA

Junio 14, 2024


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