viernes, febrero 17, 2023

Don Alfonso Huapaya "Huapayita", o El Entrenador-Sastre

DON ALFONSO HUAPAYA “HUAPAYITA”,

O EL ENTRENADOR-SASTRE


Don Alfonso Huapaya Cabrera,
El Entrenador-Sastre

Cuando llegó a Chimbote la primera semana de noviembre de 1971, el José Gálvez FBC, sus dirigentes y la afición chimbotana necesitaban un santo que haga el milagro de salvarlos del fantasma de la baja, pero en realidad arribó un sastre bien enternado y con tiza de costurero en el bolsillo. Se trataba de don Alfonso Huapaya Cabrera, conocido en el ambiente deportivo como el entrenador-sastre.


En la edición 1970-71 de la Copa Perú el José Gálvez FBC había ganado un cupo para ascender al descentralizado. Pero desde su debut en la profesional “El Equipo del Pueblo”, como también se le llamaba, había ido de tumbo en tumbo y semana a semana permanecía en el sótano de la Tabla de Posiciones. Todo parecía indicar que su paso por la primera división iba a ser flor de un día, y que al final del torneo volvería a su liga de origen.


Don Carlos Aparicio Cuadros fue el entrenador que clasificó a la escuadra galvista a la profesional, y en esta nueva etapa estuvo al mando del equipo durante las tres fechas iniciales y luego renunció.

A continuación Juan “Chueco” Honores asumió el cargo y se mantuvo al frente de la franja roja hasta el final de los dos primeros tercios del campeonato. Los hinchas nunca estuvieron contentos con él. La prensa radial y escrita exigía su renuncia. El cuadro directivo se sumía en el caos. Y se hablaba de indisciplina y falta de esfuerzo en el plantel. Era la primera vez que Chimbote tenía presencia en la profesional, y el entusiasmo inicial se fue envenenando y transformando en desilusión.


Huapayita, 1971

El domingo 30 de mayo el José Gálvez había iniciado su participación en el descentralizado enfrentando al Melgar de Arequipa, le correspondió jugar de local en Chimbote. Pero el partido se disputó en Trujillo debido a que el estadio “Vivero Forestal” no se encontraba completamente rehabilitado tras la destrucción causada por el terremoto del 31 de mayo de 1970. En realidad, a lo largo de la campaña galvista de 1971 buena parte de Chimbote permaneció en escombros. Y la gente ansiaba buenas noticias, por lo menos en lo deportivo.


El sábado 23 de octubre el José Gálvez perdió de visitante en Lima ante el Defensor Arica por dos goles a uno. Cuatro días después renunció el entrenador Juan “Chueco” Honores y, en forma interina, se hizo cargo del equipo el preparador físico Luis Alva Yépez.


El domingo 31 de octubre se disputó la vigésima primera jornada del torneo. El campeonato se componía de un total de treinta fechas. Aquel día el Gálvez jugó contra otro equipo también comprometido con la baja, el Octavio Espinosa. El estadio “José Picasso Peratta” de Ica fue testigo del encuentro de coleros. “El Solitario del Sur” con dos goles de Albino Nieri y uno de Agustín Herrera derrotó de manera contundente a los visitantes, y los envió de vuelta a Chimbote en un largo viaje con mucho que pensar sobre su precaria situación en la Tabla de Posiciones.


Huapayita, 1971

“El José Gálvez se queda” dijo don Alfonso Huapaya una vez llegado a Chimbote en el mes de noviembre. El Equipo del Pueblo no va a bajar, se va a quedar en la profesional fue su mensaje. Era un hombre de sesenta años de edad, diminuto, inteligente, elegante y sobre todo carismático. Siempre se le conoció como “Huapayita”. Pero ese apelativo no reflejaba mucho el gran lugar que tenía ganado en la historia del balompié nacional.


Entrenó al famoso Mariscal Sucre de Lima sacándolo campeón de la Primera División en 1944. Luego dirigió al “Equipo Semillero del Fútbol Peruano”, como se le conocía al Centro Iqueño. En 1951 obtuvo el título de campeón con el Sport Boys en el primer torneo profesional de la historia del fútbol nacional. En 1952 estuvo al frente de la Selección Peruana que participó en el Campeonato Panamericano de Santiago de Chile. Y, entre otros equipos, también entrenó al Alianza Lima y Carlos Concha del Callao.


En 1971, antes de venir a Chimbote don Alfonso Huapaya sacó campeón de la Segunda División al Deportivo Sima del Callao, clasificándolo para el torneo descentralizado de 1972. Y si avanzamos en la máquina del tiempo diremos que en 1992, estando ya  en sus cuarteles de invierno y con ochentaiún años a cuestas, aceptó volver a la profesional y entrenar al equipo Hijos de Yurimaguas de Ventanilla. La que no fue una grata experiencia pues el cuadro chalaco ya se encontraba en caída libre y hasta los propios dirigentes abandonaban el barco.


Huapayita y los uruguayos
Mastoro & Techera. 1971

El domingo 7 de noviembre el José Gálvez jugó de visitante ante el Juan Aurich de Chiclayo. Cuatro días antes don Alfonso Huapaya “Huapayita” se había hecho cargo de la dirección técnica del Equipo del Pueblo, y aquel domingo el entrenador-sastre se sentó en las tribunas del estadio “Elías Aguirre” como observador. El marcador fue una decepción más para la franja roja, con gol de Andrés Zegarra “El Ciclón del Norte” venció por uno a cero. Si algún consuelo hubo ese día fue la derrota del Octavio Espinosa con el mismo marcador ante el Melgar de Arequipa.


A estas alturas sólo faltaban ocho fechas para la finalización del torneo. Según las bases del campeonato los tres últimos equipos perdían la categoría. Dos cuadros capitalinos estaban en la cuerda floja y parecían no tener salvación: el Porvenir Miraflores con 11 puntos y el Atlético Deportivo Olímpico (ADO) con 12. Igualmente, el José Gálvez continuaba cerca del fondo de la Tabla de Posiciones con tan sólo 12 unidades, mientras que el Octavio Espinosa tenía 14.


A continuación el José Gálvez, bajo el mando de “Huapayita”, empató de local ante el Defensor Lima, perdió de visitante contra el Alianza, derrotó al Porvenir Miraflores en Chimbote, perdió frente al Sporting Cristal en Lima, igualó de local con el Carlos Mannucci, empató en la capital frente al ADO, y en la penúltima fecha del torneo descentralizado igualó con el Deportivo Municipal en el estadio “Vivero Forestal" de Chimbote.


Rodomiro Solar y Huapayita
1971

De tal suerte que faltando una fecha para el final del campeonato la pelea para evitar la baja entre el Gálvez y el Espinosa se había puesto de candela, pues la escuadra chimbotana logró acumular 18 unidades, igualando a los iqueños en puntaje. El drama se definiría en la última jornada del torneo. En cuanto a los otros dos candidatos para el descenso, los dados ya estaban echados para el Porvenir Miraflores y el ADO.


El mérito principal del elenco galvista que disputó la campaña profesional de 1971 fue ser, en lo fundamental, el mismo grupo de muchachos que en 1970 ganó la liga local en el destruido estadio “Vivero Forestal” de Chimbote. Avanzó, luego, en la Copa Perú y el 23 de abril de 1971 derrotó a Los Diablos Rojos de Chiclín en el Estadio “Lolo Fernández” de la “U” clasificando a la finalísima del “Fútbol Macho”. Y en esa final el 8 de mayo venció al Unión Tumán ascendiendo al fútbol profesional por primera vez. A esa base de jugadores se le agregó algunos refuerzos. Y en el último tercio del campeonato un entrenador que también era sastre con una tiza les dibujó los diagramas de ataque y defensa que debían ejecutar en el terreno de juego.


Mastoro,   Huapayita, Mazzo,
Arias, el árbitro César Orozco
y Palacios. 1971

La fecha final del torneo se disputó el domingo 9 de enero de 1972. El José Gálvez recibió la visita del Atlético Torino de Talara, y el Octavio Espinosa enfrentó al Alianza Lima en el Estadio Nacional. Para el duelo a muerte con el “Taladro del Norte”, “Huapayita” alineó a Francisco Ponce en el arco; Demetrio Mazzo, Nicolás Mastoro, “Pepe” Acosta, y “Pepe” Arias en la defensa; Germán Astupuma, “Papi” Estrada, y Rubén Techera en la volante; “El Feo” Gonzales, “Casaretto” Luces, y “Moloche” Palacios en la delantera. El estadio estuvo lleno de bote a bote, como se decía entonces, y las cuatro tribunas respiraban inquietud pero también optimismo.


Tanto el Gálvez como el Espinosa jugaron a la misma hora de aquel domingo. Los hinchas galvistas en las graderías alentaron sin cesar al equipo de sus amores, y al mismo tiempo escuchaban en radios a pila la transmisión del partido en Lima a través de “Pregón Deportivo” en Unión, La Radio, dirigido por Oscar Artacho. En Chimbote terminó el primer tiempo con el cuadro local adelante en el marcador gracias a dos anotaciones del “Feo” Gonzales, en la capital tanto íntimos como iqueños se fueron al descanso con el marcador en blanco. En la segunda mitad descontaron los talareños mediante gol de “Muchachito” Guerrero pero “Casaretto” Luces convirtió dos tantos más, mientras que en el Estadio Nacional José Sierra abrió el marcador para los aliancistas y Ricardo Ormeño puso el empate. Resultado final en Chimbote 4 a 1 en favor del José Gálvez, y en Lima empate a un gol por bando. La franja roja salvó la categoría. 


Huapayita y Astupuma, más atrás "El Feo"
Gonzales. Fecha: 9 de enero de 1972

Tras sonar el pitazo final en el estadio de Chimbote la angustia contenida por la hinchada galvista a lo largo del campeonato explotó en júbilo. Los aficionados invadieron el campo y cargaron en hombros a sus ídolos. Previamente los despojaron de sus camisetas para llevárselas como recuerdo, y los hicieron dar la vuelta olímpica con el torso desnudo. Un grupo de fanáticos imitando a las plañideras cargaron un ataúd con las siglas del Octavio Espinosa. Y “Huapayita” corrió por todos lados para abrazar a sus pupilos. La ciudad de Chimbote se fue de parranda.


Yo tenía once años de edad cuando se dio esta historia. Cada domingo fui al estadio con mis hermanos para ver jugar a la franja roja de local. Y en la radio escuchamos los partidos de visitante. Fue un privilegio para Chimbote tener el fútbol profesional de la década setenta. Un período formidable del balompié nacional. Nuestra selección asistió a dos mundiales y también fuimos campeones sudamericanos. En el viejo estadio “Vivero Forestal” pudimos ver a Cubillas, Sotil, Cueto, Chumpitaz, Challe, Cachito Ramírez, Perico León, Gallardo, El Trucha Rojas, Muñante, Patrulla Barbadillo junto a otros grandes jugadores de la época. Y la presencia providencial de Huapayita, el entrenador-sastre, fue parte de la historia que aquí contamos.


New Hampshire, USA

Febrero del 2023


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lunes, agosto 22, 2022

Mi Viaje Al Perú Del Año 2022

 MI VIAJE AL PERÚ DEL AÑO 2022

Eduardo, cuarentena en USA
Tuve suerte en los dos vuelos que me llevaron de USA al Perú en julio del año en curso. En ambos aviones el pasajero que iba a uno de mis costados llevaba puesto la mascarilla. Y al otro lado tenía como protección a la ventanilla de la aeronave, requisito indispensable que le pedí a Terry cuando estuvo en los ajetreos de comprarme los pasajes. En Estados Unidos no es obligatorio el uso de la mascarilla, y uno nunca sabe quién se sentará a tu lado en aquellas latas de sardinas en que se han convertido los aviones comerciales.

Quienes me conocen dicen que soy un poco obsesivo con los cuidados que tomo por el coronavirus. Y posiblemente tengan razón. Donde vivo soy de los pocos que aún usan mascarilla en tiendas y supermercados. Y es precisamente por temor a la pandemia que no fui al Perú durante los dos últimos años. Además tengo otra razón: mi esposa e hija nunca aceptaron las vacunas y no ha habido fuerza humana que las haga cambiar de opinión. Así que día a día cargo la responsabilidad de no traer el virus a la casa, pues no quiero ni pensar en lo que podría suceder. 

A mediados de julio mi hermana Olga me hizo saber que mi mamá no se encontraba bien, lo cual tomé con relativa calma pues este tipo de noticias las vengo recibiendo durante los últimos diez años. Poco antes de mi viaje, en una conversación telefónica con mi mamá me hizo prometerle que esta vez yo me iba a dedicar más a ella y “menos a los amigos”. Y en estas cosas pensaba el domingo 24 de julio sentado en el avión con mi laptop frente a mí, mientras garabateaba apuntes sobre las cosas que quería hacer en el Perú durante las siguientes tres semanas.

Tenía la inquietud de comprometerme en un proyecto editorial para publicar dos libros. Quería que mi hermano Coco me fabrique dos soportes metálicos para subir a una parte alta de la Casita de Dorothy y poder darle mantenimiento. Deseaba que mi amiga Liliana me haga un par de pantalones que yo había diseñado para el clima de New Hampshire. Quería pasar por lo menos un día en Lima antes de viajar a Chimbote y otro más a mi regreso. También un día en Trujillo. Y todos los demás en Chimbote dedicados a mi mamá. Decidí que esta vez sólo iba a ver a un puñado de amigos.

A mi mamá la encontré relativamente bien. De buen ánimo y lúcida. Pero su locomoción se ha deteriorado bastante, y ha de necesitar una intervención quirúrgica que aún no sabemos si va a poder sobrellevar. En los tres primeros días establecí en la casa un orden y reglas de juego que aseguren mi estadía, y lo que venga después de mi viaje, en un ambiente de tranquilidad y eficiencia. Pero desde el día número uno me dediqué con alma, corazón y vida al cuidado de mi madre. He hice de todo sin excepciones.


Eduardo & Familia. Agosto 2022
Mientras atendía a mi mamá pensé otra vez en una de las viejas lecciones de la vida. Cuando hacemos una obra de amor así no estemos preparados o no sepamos cómo hacerlo, la fuerza del amor nos ayudará a realizarlo bien. Y ese sentimiento nos hará feliz. Y a mí me acompañó durante mis días en Chimbote

A mi puerto lo encontré más sucio y caótico que en otros viajes. El hecho que la ciudad esté inundada de basura y roedores hace más difícil que yo pueda hablar de otras observaciones hechas durante las innumerables ocasiones en que llevé a mi mamá a sus citas médicas. La mayoría de los taxis no pueden llevar una silla de ruedas. Los consultorios particulares y edificios no tienen ascensores. Cuántas veces con la ayuda de Coco tuvimos que cargar dos o tres pisos a nuestra madre en su silla de ruedas. Luego esperar en oscuros y congestionados pasadizos… en tiempos de pandemia. Para finalmente ser atendidos por médicos donde el asistente le ayuda al galeno en un complicado examen al paciente en tanto que, con el celular sostenido entre la oreja y el hombro, atiende la llamada de otro potencial cliente… o paciente.

Y así fueron transcurriendo mis días en Chimbote. Coordinando con mis hermanos los taxis, citas, y medicinas. Alegrándonos con los buenos momentos, y preocupándonos con los malos signos. Yendo al mercado 21  de Abril a comprar el pan y otros encargos de mi hermana Olga. Mi mamá ya no escucha bien, así que un día se me ocurrió poner mi laptop frente a ella con películas mudas de Chaplin y similares, y a ella le gustó bastante. Veía también a diario a mi hermano Coco para asegurar que el trabajo metálico que me estaba haciendo sea terminado y pintado antes de mi regreso. Y en la vorágine de esos días me di maña para ver a algunas amistades que dejaron todo lo que estaban haciendo para poder acomodar sus horarios a los pocos tiempos que yo tenía disponible.

En realidad los días transcurrieron así hasta el martes 9 de agosto. Mi mamá estuvo relativamente bien hasta ese día. Pero el miércoles y jueves fueron diferentes. Aquel jueves era también mi último día en Chimbote. Por la noche yo debía salir de vuelta a Lima. El viernes tomaba un avión que me llevaba a Miami, y luego otro a Boston. A continuación un bus me trasladaría hasta la ciudad de Portsmouth en New Hampshire. Y finalmente Terry me recogería del terminal de buses y traería de vuelta a casa.

Desde el primer momento en que la vi aquel miércoles por la mañana, algo fue diferente en mi mamá. Le costaba mucho dar unos cuantos pasos. En general estaba mal. Y el día terminó cargado de premoniciones.

El jueves también empezó mal. Yo he visto a la muerte antes. La conozco. Y sé que ese jueves a las doce del día estuvo rondando mi casa. A esa hora Olga y yo nos miramos y supimos que teníamos que hacer algo. Coco vino inmediatamente, y una hora después llegó mi hermana Nena. Un precioso tiempo se nos fue tratando de encontrar un médico que viniera a la casa. Frente a nosotros hay un consultorio que abre a las tres y media pero no podíamos esperar tanto. Cerca de la una y media llegó una enfermera para tomarle los signos vitales. Mientras la enfermera hacía su trabajo le dije a Olga que se aliste para que vaya a traer al padre, y acto seguido llamé a Terry para alertarla que la volvería a llamar en cualquier momento a fin de cancelar mi vuelo de regreso a Estados Unidos.

Mi sobrina Ingrid, hija de mi hermana Nena, es médica casada con médico. Vive en Lima y se ha mantenido en diario contacto con la familia en Chimbote para monitorear la salud de mi mamá. Cerca de la una y cuarenta y cinco, ella dijo: “¡Llévenla de emergencia a la clínica Robles!”. Levanté a mi mamá y la senté en el asiento delantero de un taxi. Coco, Nena y yo nos acomodamos atrás.

Los médicos de la clínica dijeron que mi mamá tenía una fuerte infección a la garganta, que estaba afiebrada, y que la fiebre había afectado a otras funciones vitales. Le pusieron antibióticos, y poco a poco comenzó a sentirse mejor. Su semblante también se veía mejor.

Ingrid, siempre en el teléfono con nosotros a las cinco y treinta, dijo: “Antes de que la den el alta, por si acaso que le hagan un covid test”. La prueba dio positivo. Mi mamá tenía covid. Todos los síntomas ahora cuadraban. Cuando cerca de las siete de la noche la trajimos de vuelta a casa ella se sentía con ganas de vivir. Y mi hermana Nena trajo comida rica para una pequeña celebración.


Eduardo & Familia. Agosto 2022
“What?!”, me dijo Terry sorprendida cuando le mencioné que estábamos celebrando que mi mamá sólo tenía covid. Y a su pedido se lo expliqué: Pensábamos que mi mamá se estaba muriendo como consecuencia de sus otros males, pero sólo es covid y dos días ya pasaron, y ahora se le ve bien. Prefiero el covid que otra cosa.

Yo tomé la decisión de regresar a New Hampshire y mi familia lo aprobó. Tenía sólo unas horas para alistarme, mi bus a Lima salía a las once de la noche. El viernes amanecí en la capital y en la noche debía estar en el aeropuerto.

Mi viaje al Perú fue una experiencia enriquecedora. Los libros que pensaba publicar no se dieron. No había cabeza para ello. Pero a las columnas vertebrales en las que me sostengo las encontré fuertes como siempre. El amor por mi madre. Mi cercanía con mi hermana Olga. Mi admiración por Ingrid. La lealtad de Marco. Mi amistad con Bernardo en Chimbote y Oscar en Trujillo. Tantas otras personas que agradecer.

Durante mi primer vuelo a Miami me sentí bien. En el segundo vuelo a Boston estornudé tres veces y lo atribuí al frío del aire acondicionado en el avión. Poco después me empezó a picar la garganta un poquitín. Y un sentimiento de pánico se apoderó de mí. Desde que tomé la decisión de viajar al Perú le dije a Terry que tenga todo listo para hacerme un test apenas cruce el umbral de la puerta de vuelta a casa. Pero eso había sido una posibilidad abstracta, ahora era una posibilidad real.

Terry estuvo preparada para todo cuando el sábado a las tres de la tarde llegó al terminal de buses de la ciudad de Portsmouth en New Hampshire a recogerme. Arribamos a casa. Me hizo subir las escaleras a un cuartito del segundo piso con todos mis bultos. A las justas desde la distancia pude saludar a mi hija a quien no veía por tres semanas. Me hice un covid test y arrojó positivo.

Marco & Eduardo. Julio 2022
Al día siguiente, en el aislamiento de mi cuarto me hice un segundo test. También positivo. Los síntomas, además, ya habían empezado a desencadenarse. Los días fueron pasando para mí en cuarentena. El jueves a las nueve y cuarto de la mañana Marco me pasó un mensaje preguntándome por mi salud. Yo le dije: “Hoy es mi mejor día. Esta madrugada empecé a escribir un relato sobre el viaje, te lo pasaré apenas termine el borrador”. Pero por increíble que parezca, setenta y cinco minutos después de aquel intercambio todo cambió.

A las diez y treinta de la mañana empecé a sentir un malestar en la parte derecha de mi bajo abdomen. Y diez minutos después ya era un dolor que me dobló como un gancho. Desde esa posición cogí los papeles de la medicina Paxlovid que había empezado a tomar el martes para el covid, y leí que ese tipo de dolor estaba entre los efectos secundarios. Decía también que podrían suceder vómitos, y me preparé para lo que venía. Las primeras arcadas llegaron puntuales en treinta minutos. Y por varias horas esa fue mi historia.

Terry llamó a mi médico de cabecera. Cerca de las tres y media de la tarde desde su consultorio nos recomendaron que ingrese de emergencia a un hospital porque al parecer mi cuerpo estaba reaccionando mal a la medicina. Terry inmediatamente me llevó al hospital Wentworth-Douglass en la ciudad de Dover. Aquí me hicieron esperar unas horas, pero, luego, tuve la oportunidad de ver cómo funciona un hospital de verdad.


Un joven amable se apostó a mi lado con una silla de ruedas y me llevó a cada uno de los exámenes y análisis que se realizaron a fin de que el médico de turno pueda tener toda la información necesaria. Lo cual incluyó una sofisticada tomografía. Un covid test arrojó positivo. Mientras tanto vía suero se me inyectó medicina para el dolor y las náuseas. Cerca de la diez de la noche una bella doctora vino para hablar conmigo. Me dijo que la razón de mi dolor no era nada relacionado al covid, sino un cálculo renal de 6 milímetros.

La doctora me prescribió la medicina necesaria y me transfirió a un urólogo para que decida el curso de acción. Yo no tuve que pagar ni un céntimo, mi seguro privado lo cubrió todo. Entre tanto ya me sentía mucho mejor y con buen ánimo. Cuando ella me dio el alta yo tuve esa sensación de cuando somos niños y tu madre te da una palmadita en las  posaderas, y te dice: “Anda a jugar con tus amigos”.

Ayer domingo 21 de agosto me hice una prueba para descartar el covid. Fue negativa. Ayer mismo empecé a integrarme a las tareas de la casa manteniendo aún los cuidados necesarios. Han transcurrido nueve días desde mi primer positivo. Hoy tengo cita con el urólogo. Dios mediante, mañana martes será un buen día para volver al trabajo después de cuatro semanas.

Post Data: Le agradezco a Oscar por las cervezas que nos tomamos en Trujillo en la casa de Joselo, fueron las únicas que disfruté durante mi estadía en el Perú. Si de algo me arrepiento es no haberle hecho caso a Olga cuando sugirió que abriéramos la botella de chicha que Liliana nos había regalado, yo quise esperar por un mejor momento, pero nunca llegó.


New Hampshire, USA

Agosto 22, 2022


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viernes, julio 08, 2022

La Primavera Del Año 2022

 LA PRIMAVERA DEL AÑO 2022


Nuevo jardín en el patio trasero.
Julio del año 2022
A través del puente de finales de marzo y comienzos de abril se marchó el invierno de New Hampshire y llegó la primavera. Los últimos montículos de nieve se derritieron, y la naturaleza alumbró vida en los árboles, arbustos y plantas perennes que renacieron al conjuro de las primeras campanadas de la estación de las flores.


Yo la había esperado con expectativa. El año anterior, en septiembre, terminé de construir un nuevo jardín en el fondo del patio trasero, el cual es un área con mucha sombra donde el grass se resistía a crecer, y un musgo verde se expandía remplazándolo. Como consecuencia del proyecto terminé perdiendo parte del césped pero gané un jardín de doce metros y medio de largo por un metro de ancho. Aquel septiembre lo construí pero no pude disfrutarlo, pues pronto llegó el otoño y las plantas se fueron a dormir hasta la llegada de la primavera.


Algunas cosas fueron diferentes para mí durante la primavera del año en curso. En primer lugar había decidido alejarme un poco de las redes sociales y de personas que nada bueno aportan. Y ese valioso tiempo adicional lo dediqué a la jardinería. A la explosión de forsitias, tulipanes, corazones sangrantes y floxes del inicio de la estación, le siguieron las peonías, lilas y geranios, y actualmente lirios, astilbes y lavandas perfuman los jardines colmándolos de alegría. Cada fin de semana me entretengo cortando el grass, limpiando la mala yerba, y acicalando las plantas. Y mientras fui añadiendo belleza a la belleza de los jardines, mi gato Kitty estuvo ausente de mi lado desde el inicio de la primavera.

Proyecto de jardinería. Eduardo & Kitty.
Julio del año 2017
Kitty fue un gatito travieso y cariñoso cuando lo adoptamos dieciséis años atrás. Con el tiempo devino en mi amigo más cierto, leal y constante. A través de su larga vida me acompañó durante las horas en que me entregaba a la jardinería, incluyendo los tres últimos años en que fue padeciendo algunas enfermedades. Sin embargo, a partir de abril sólo esporádicamente salió a los patios, y prefirió refugiarse en los rincones más recónditos de la casa. 


En mayo instalé en el patio trasero un parante de metal con dos ganchos situados en dirección opuesta, y en ellos colgué un comedero y una casita para pájaros. Lo hice sólo con la intención de agregar un detalle más a los jardines, pero el efecto superó gratamente a mi expectativa: docenas de pajaritos empezaron a visitarnos con su trino, colores y alegría. Como si un arcoíris hubiera estallado y desparramado el añil de los azulejos, el rojo de los cardenales, el amarillo de los jilgueros, el naranja de los petirrojos, y el albinegro de los pájaros carpinteros entre otras diversas tonalidades aladas que ahora revolotean en el ambiente.

La última semana de mayo noté la presencia persistente de un petirrojo cerca al árbol manzano del patio frontal. Al llegar o salir de la casa, o al recoger la correspondencia del buzón de correo ubicado bajo el árbol, el pajarito ofuscado cruzaba el manzano, y desafiante se posaba a unos metros de distancia emitiendo chillidos exaltados. Le presté mayor atención y vi que volaba repetidamente llevando paja y ramitas pequeñas al interior del manzano. Supe entonces que estaba construyendo un nido. Durante la primera semana de junio continuó con su diligente trabajo, y a continuación vinieron unos días de quietud. No tuve duda que ya estaba incubando sus huevos. Y me hizo ilusión pensar que en algunas semanas podría ver a sus críos alzar sus primeros vuelos alrededor del árbol.

Proyecto de acondicionamiento 
de cobertizo. Eduardo & Kitty.
Octubre del año 2018
Durante el mes de junio la salud de Kitty se deterioró rápidamente. Varias veces lo llevamos al veterinario. Lejos ya estaban los días en que trepaba hasta lo alto del árbol manzano, y nosotros no sabíamos si debíamos llamar a los bomberos para que lo rescataran, pero él siempre bajaba por sus propios medios. Mi hija Dorothy se hizo cargo de él con una devoción que yo antes no había conocido en ella. Lo cuidó y alimentó con el amor de una madre que atiende a su recién nacido.


El lunes trece de junio al llegar del trabajo de vuelta a casa una ingrata sorpresa me sobrecogió. En el pavimento debajo del árbol yacía el nido caído con cuatro pajaritos bebés sin vida. Lo más probable es que un fuerte viento arrancó al nido del árbol. Fue una pena lo ocurrido, y lo único que pude hacer por los críos fue darles una buena sepultura. Antes de ingresar a la casa me puse a limpiar la mala yerba de los jardines por unos minutos mientras pensaba en una buena manera de darle la noticia a mi familia.


Uno de los desafíos que la jardinería me ha presentado a través de los años ha sido mejorar el césped. La presencia de muchos puntos vacíos en el grass era algo que no me gustaba. Cada primavera intenté subsanarlos pero los resultados por lo general no fueron alentadores. Es una tarea que requiere tiempo y dedicación: hay que cubrir las partes afectadas con tierra de calidad, poner las semillas, y dos veces al día regarlo durante dos o tres semanas. Algunos vecinos al pasar frente a mi casa no dejan de comentar lo bonito que se ve todo, pero yo siempre creí que debía mejorar el césped.


Jardines en la parte frontal de la casa.
Mayo del año 2019
En realidad, la mañana del sábado 25 de junio precisamente me encontraba regando el césped. Lo había resembrado sin éxito a inicios de la primavera y, obstinado como soy, volví a intentarlo a mediados de junio. De tal suerte que con aquel sábado ya llevaba diez días regando las semillas y no me hacía muchas ilusiones. Absorto en mis pensamientos movía la manguera de un lado a otro. De pronto algo en el grass llamó mi atención, me agaché para mirarlo con detenimiento, giré mi cuerpo para observar otros puntos resembrados y… "¡Mierda!", exclamé. Las semillas habían empezado a germinar, y lucían como mi barba de un día sin afeitar.


Pero yo no estaba para celebraciones. El almanaque que tenemos colgado en la cocina registraba una anotación sobre la fecha martes 28 de junio: “Kitty, veterinario, 5.30 pm”. Ese día salí temprano del trabajo. Fui a las cuatro de la tarde al dentista para que me termine de curar una muela. Regresé a casa. Y luego junto a Terry y Dorothy llevamos a nuestro gato a una cita de la cual ya no iba a regresar. El cielo era azul en el pueblo, la temperatura abrigada, y mi hija otra vez dirigió todo lo necesario con una fortaleza que yo nunca tuve.


A estas alturas de mi relato ya no es primavera en New Hampshire. A fines de junio llegó el verano con sus olas de calor. Por unos minutos he pausado este escrito y he salido a estirar las piernas por los jardines de la casa. Flores por doquier. Pájaros revoloteando alrededor del comedero. Ardillas abalanzándose sobre la comida que los pájaros dejan caer. El césped luciendo en buen estado. No he podido evitar buscar con la mirada a mi buen amigo. Y por primera vez he sentido resignación ante su ausencia.


New Hampshire, USA

Julio, 2022


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viernes, febrero 18, 2022

Veinticuatro Largas Horas

 VEINTICUATRO LARGAS HORAS

Eduardo,  febrero  del  2022
Rollinsford, New Hampshire

El viernes 4 de febrero del año en curso fue un extraño día, lleno de desafíos, como obstinado en someterme a prueba. No creo que los retos planteados hayan sido gigantes, sino que a veces nos sentimos más vulnerables que de costumbre, y los problemas parecieran tener un mayor tamaño.

A las ocho de la mañana supe que iba a ser un día duro. A esa hora salí de casa para limpiar la nieve que había empezado a caer hacia el final de la noche, e iba a prolongarse a lo largo del viernes. Mi jefe iba a pasar a recogerme en tres horas para reunirnos con el personal de la empresa, y comenzar la misma tarea en las propiedades de los clientes. De tal suerte que quise avanzar todo lo que podía en mi propia casa. Cogí una de las palanas que dejo al costado de la puerta e intenté una, dos, tres palanadas, y no pasó nada. “¡Mierda!”, exclamé. La lampa se estrellaba contra la superficie blanca y no le hacía ni cosquillas. Y es que en realidad no era nieve, era hielo, duro como el concreto.

Las malas noticias para mí habían empezado en la víspera. El jueves por la tarde perdimos la señal de internet en la casa y, como todos sabemos, algo tan simple como ello es un contratiempo grande en la vida actual. Además, en la escuela donde trabaja Terry las clases del viernes iban a ser virtuales. Ella debía enseñar desde la casa… pero no teníamos internet. Ese jueves la empresa proveedora del servicio nos prometió que temprano al día siguiente enviaría un técnico para ver el problema, pero llegado el viernes la visita fue pospuesta para el sábado en razón de la tormenta.

Ese viernes trabajé con Kevin, un gringo mayor que yo, fuerte como un toro y leal como un soldado. No se necesitó mucho para confirmar el temor que sentí a las ocho de la mañana: romper el hielo con las palanas era bravo, mucho esfuerzo físico y poco resultado. En las horas siguientes dos veces le sugerí a mi jefe que replanteáramos el trabajo: debemos seguir usando los camiones quitanieve en las áreas grandes, pero limitarnos a lo más indispensable en los espacios que requerían lampa. Su respuesta fue: “tenemos que seguir intentando”.

Promoción 1972. Reynaldo aparece en la fila 
intermedia,  detrás  de la reina de la escuela,
y Eduardo  se  encuentra  ubicado a su lado
(una posición antes de él)

El trabajo me inquietaba aquel viernes, pero la verdad es que mi mente estaba más allá de la nieve o el hielo. Pensaba en Reynaldo “Reyna” Cruz Reyes, un amigo de la infancia. En junio del año anterior leí su nombre en una lista de personas fallecidas en Chimbote con covid-19. Así que le pasé un mensaje a Koky, un amigo común, con la esperanza de que se tratase sólo de un homónimo, pasaron los meses y no tuve noticias de él. A inicios del presente mes retomé el tema, e hice la misma pregunta a otro amigo. En la víspera de la tormenta recibí su respuesta: él también había escuchado que Reyna había muerto pero no estaba seguro.

A mitad de mi labor con Kevin decidí usar la palana menos, y dejar la limpieza de algunas áreas para otro día con mejor clima. Siempre trato de hacer un buen trabajo, pero aquel día no era posible. A Kevin le expliqué mi frustración de esta manera: “Llevo cerca de veinte años limpiando nieve en el invierno. Nieve liviana, nieve pesada o mucha nieve y siempre sé qué hacer. Pero hoy es la primera vez que no sé qué hacer”. Y él masculló: “Es que no es nieve, es hielo”.

El fantasma de Reyna me rondó todo el viernes. Los recuerdos se sucedieron uno tras otro en mi mente. Fuimos buenos amigos durante la primaria, y en 1973 iniciamos la secundaria en el colegio San Pedro. Lamentablemente ese año ocurrió algo que nos distanció. Un día a la salida del colegio me hizo una broma de muy mal gusto, yo le reclamé, y resultamos trompeándonos ante un gran número de estudiantes. En los años y décadas siguientes nos evitamos y no pasamos de una venia formal al saludarnos.

Recordé que cuando era niño a menudo iba a verlo a su barrio 12 de Octubre para jugar fútbol en el interior del local comunal, y corríamos tras la pelota con su hermano Cholín, los Zárate, los Peralta, Koky Quiñones, Shanti Zavaleta, Pelé Villanueva, y otros amigos más. Y luego vino 1972, nuestro último año en la primaria, y uno de esos días se acercó a mi carpeta y me dijo: “Eduardo, en quinto grado hay una chica que me gusta, se llama Mérida”. Y entonces empezamos a ir a mirarla a través de las ventanas de su salón, y lo mismo hacíamos por las noches frente a su casa. Y con eso nos contentábamos.


Año 2015. Reencuentro de la Promoción
1972.  Reynaldo y Eduardo aparecen en 
la parte inferior de la foto
El año 2015 viajé al Perú. Una vez en Chimbote encargué a mi amiga Katty Sandoval que organizara un reencuentro con mi promoción de primaria. A los pocos días ella me trajo una buena noticia. Me contó que había visitado a Reyna para invitarlo a la reunión y él le había dado una fotografía que ninguna otra persona tenía: la clase en pleno de 1972. El día del reencuentro Reyna y yo conversamos un montón, y sentimos el cariño de los viejos tiempos otra vez. En cierto momento metió su mano al bolsillo, sacó algo, y me lo dio diciendo: “Eduardo, yo sé que tú no tienes esto. Son unos prendedores que se hicieron con motivo de las Bodas de Oro del colegio San Pedro. Quiero que tú los tengas”.

El viernes 4 de febrero, yo me preguntaba si aquellas últimas palabras de Reyna eran la forma que él había elegido para despedirse de mí para siempre. Entretanto la limpieza de la nieve ya estaba en su tramo final. Habíamos terminado una propiedad cercana a la mía, y a Kevin le dije: “Amigo, ahora vamos a limpiar mi casa, y luego a los dos últimos clientes”. Revisé mi celular para asegurarme que los otros compañeros de trabajo se encontraran bien. Y acto seguido nos dirigimos a mi domicilio. Eran las seis de la tarde y las sombras de la noche ya cubrían a New Hampshire por completo.

Rápidamente limpiamos sólo el acceso principal a mi vivienda. Y estando ya en el camión listos para ir a la penúltima propiedad, le mencioné a Kevin que iba a llamar al cliente para que sepa que estamos en camino. En ese instante me di cuenta que no tenía mi celular conmigo. Lo busqué en el interior de la cabina y nada. Me bajé del camión y miré alrededor del área de mi casa en que habíamos trabajado, y nada. Entonces supe que estaba frente a un problema serio.

A Kevin le dije que no podía seguir laborando y que necesitaba pensar en mi situación. Él se marchó. Y yo me quedé anonadado cavilando en los años y años que me habían tomado compilar la información que tenía en el celular. Pero la preocupación más inmediata fue un cliente que era especial para mí, esa semana él viajó con su familia a Florida por tres meses y me había confiado el cuidado de su casa, y cada día me enviaba instrucciones acerca de su propiedad.

Yo no tenía duda que el celular lo había perdido en mi propia casa mientras limpiaba la nieve. Traté de buscarlo removiendo con mis dedos uno de los montículos de nieve, como separando la paja para encontrar la aguja. Pero a medio camino desistí, la idea era descabellada y en realidad necesitaba descansar.

Lunes  7  de  febrero  del  2022,  foto
tomada cerca de la casa de Eduardo

El sábado amaneció con la promesa de ser un buen día. Las nubes se fueron diluyendo poco a poco. Y el cielo se fue tornando azul. Al mediodía el servicio de internet fue restablecido en mi casa. Pensé en Reyna otra vez. Sabía que los dados ya estaban echados pero la esperanza es lo último que se pierde. Volví a escribir a Koky preguntándole por nuestro común amigo. El lunes siguiente él me confirmó la triste noticia, pero para entonces yo ya estaba en paz conmigo mismo. 

Parte del sábado traté de averiguar si había alguna forma de transferir la información de mi desaparecido celular a otro nuevo. Las respuestas eran negativas. A las siete de la noche Terry me acompañó a comprar un nuevo celular. Un joven amable nos atendió. Explicó que recuperar la información dependía de varios factores, y que muchas veces era imposible. A mitad de la charla nos pidió que cruzáramos los dedos. Finalmente nos miró, y con una gran sonrisa nos dijo que habíamos tenido suerte. Yo sentí que necesitaba una copa de vino.

Veinticuatro horas antes me pareció estar en medio de una pesadilla. Y veinticuatro horas después me sentía como en el final feliz de una película… no perdí ningún dato y mi nuevo celular es mucho mejor que el anterior. ¡De haberlo sabido!


New Hampshire, USA

Febrero, 2022

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viernes, abril 02, 2021

Manuela y el jirón Almagro de Trujillo

 

MANUELA Y EL JIRÓN ALMAGRO DE TRUJILLO


Imagen actual de la segunda cuadra 

del jirón Almagro de Trujillo

(Cortesía de Oscar Eusebio Acosta)


Fue en 1985 cuando me presentaron a Manuela Castellanos. Sucedió en la ciudad de Trujillo. Entonces yo no sabía que acababa de conocer a alguien que con el tiempo iba a devenir en una de mis mejores amigas en esta vida. Una amistad destinada a durar para siempre.


Hacia el final de 1983 me había mudado de Chimbote a la Ciudad de la Eterna Primavera para continuar mis estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Trujillo, los cuales había iniciado ese año viajando de ida y vuelta todos los días. Una segunda razón para la mudanza fue laborar en la sede regional del Instituto Peruano de Seguridad Social, institución para la cual yo venía trabajando desde 1981 en mi puerto natal. Así, un nuevo mundo se abría a mis veintitrés años de edad recién cumplidos.


En cierto modo recorría un camino inverso al de mi padre. Siempre lo escuché decir que si bien es cierto él nació en Celendín (Cajamarca), su verdadera tierra fue Trujillo pues llegó ahí siendo niño, se hizo panadero, se autoeducó leyendo cuanto libro pasó por sus manos, se codeó mayormente con estudiantes universitarios y con ellos nutrió su vena intelectual. Luego conoció a mi madre, se casó, empezó a tener hijos, y resultó en Chimbote en busca de nuevos horizontes. Yo crecí en el barrio San Isidro de mi puerto haciéndole goles a dos piedras como arco, me sentí cómodo tanto con el trabajo manual como con los estudios, admiré a Víctor Raúl Haya de la Torre. Y resulté en Trujillo cargado de sueños grandes.


Adelante de un grupo de abogados aparecen Silvia
Rodríguez, Chipy Pilco, y Manuela Castellanos.
UNT, Ciudad Universitaria, 1992

Mi primer cuarto de estudiante estuvo ubicado en la urbanización San Andrés, ahí también tenía pensión, es el que me trae los recuerdos más emotivos por corresponder a la etapa en la que uno recién deja la casa y debe valerse por sí mismo. Terminar las comidas sin la cercanía de mi madre para darle las gracias fue un extraño sentimiento al cual debí acostumbrarme. De aquí me mudé a una elegante habitación en el jirón Colón, cerca de la dulcería “Doña Carmen” de la cual me convertí en asiduo cliente. Luego me fui a la urbanización Monserrate para compartir la morada donde vivía mi amigo Alberto Chumacero Morales. Posteriormente arrendé un cuarto en un edificio de la urbanización La Perla. A continuación la familia de Manuela me permitió alquilar una habitación en su casa y allí estuve por unos meses. Y cerré una década de estadía en Trujillo volviendo a la urbanización San Andrés para habitar un amplio lugar, en el cual instalé un pequeño taller de carpintería de corta vida en sociedad con mi amigo José Merino Moya. 


Manuela ha sido siempre una persona especial en todo el sentido de la palabra. A la alegría innata y despreocupada de una chica que apenas tenía veinte años de edad cuando la conocí, se sumaba una picardía natural que discurría entre la gracia y el aguijón sutil y divertido. Sobre todas las cosas, nunca dejó de ser una amiga incondicional, un ser nacido para prodigar fraternidad y empatía entre quienes tenemos la suerte de sabernos cercanos a ella.


Hermanas Tina & Manuela Castellanos.
Trujillo, 1992

La casa de Manuela estaba emplazada como en el ombligo mismo del mundo. Todos los caminos conducían a ella gracias a su ubicación en la segunda cuadra del jirón Almagro. Si yo salía de la Ciudad Universitaria o de mi trabajo en la urbanización Albrecht, y quería ir al Banco de la Nación, Biblioteca, Catedral, Plaza de Armas, Mercado Central, o local del Partido Aprista, necesariamente pasaba por su vivienda. Y, además, Manuela vivía en un callejón amplio sin puerta de entrada y eso, desde ya, hacía que uno se sintiera como bienvenido.


La naturaleza gregaria y generosa de Manuela le viene de familia. Sus hermanas mayores Verena y Tina compartían la misma índole amigable. La primera era mi compañera de trabajo en el Seguro Social y vivía en su propia casa junto a la de Manuela, Tina y su madre en el mismo callejón. En ambas viviendas las amistades éramos bien recibidas, la tertulia era interminable, el café infaltable, y uno no sentía urgencia por despedirse.


La casa de Manuela era punto de encuentro de dos círculos de amigos de los cuales ella formaba parte. Yo participaba de ambos aunque de uno con mayor cercanía que del otro. El principal para mí era el del comando universitario aprista, en donde forjé amistad con un grupo brillante de jóvenes idealistas que querían transformar al Partido y al país. Y el otro era de estudiantes de la Facultad de Derecho que coincidíamos por razones académicas, o de carácter amical.


Manuela y sus dos menores hijos Mayra & Félix.
Trujillo, 1995

Del primer círculo viene mi amistad con Víctor Arellano Salazar y Oscar Eusebio Acosta, me une a ambos un vínculo entrañable que el paso del tiempo sólo ha enriquecido y que se conserva hasta la actualidad. A ellos se suman José Castro Gamarra, Marco Zegarra Alvarado y una pléyade de amigos igualmente apreciados. Paralelamente, del grupo de estudiantes de derecho trabé amistad con Silvia Rodríguez y Chipy Pilco quienes al terminar la carrera, al igual que Manuela, se convirtieron en destacadas abogadas. Cada vez que voy al Perú siempre espero dar un salto a Trujillo para ver a estas buenas amistades, y disfrutar otra vez de la fraternidad que siempre nos unió.


Durante mis largos años de ausencia del Perú, los días de Manuela han oscilado en un péndulo marcado por el dolor y la felicidad. Tres de sus hermanas mayores se marcharon de este mundo siendo aún relativamente jóvenes. Tina, la matrona del hogar, nos dejó en 1996. La dulce Verena se fue el 2002, y María Elena, la hermana de Talara que nunca dejaba de visitar Trujillo, falleció hace dos años. Mientras tanto, al otro lado del péndulo fueron creciendo los hijos de Manuela haciendo suyos la inteligencia de la madre y prolongando sus mejores virtudes. Félix, el mayor, ya es médico y Mayra, la menor, está a punto de graduarse de abogada. Ambos son el ayer, el hoy, y el mañana de mi amiga. Son su orgullo.


Yo debo haber tenido unos veintiséis años de edad aquel día en que compartía una comida en la casa de Manuela. Ella estaba sentada a mi lado, y hubo un momento en que se inclinó hacia mi costado, y discretamente me dijo: “Eduardo, no se come con los codos sobre la mesa”. Para mí fue santo remedio, nunca más lo hice. Cuando mi hija era aún una niña noté que comía con la misma postura. Así que le conté una historia: “Érase una vez, hace muchos años atrás cuando yo vivía en Trujillo…”, y le referí la anécdota vivida con Manuela.


Eduardo & Manuela, bautizo de
Sandra Chumacero Bermeo,
Iglesia Santo Domingo,
Trujillo, 1990

Algunos domingos por la tarde cuando la Ciudad de la Eterna Primavera empezaba a oscurecer y las luces se prendían yo pasaba por la casa de Manuela, y le decía: “acompáñame por favor a visitar a mi primo Mala Cabeza”. Me refería a mi primo Lucho quien era veinte años mayor que yo y que, en mi familia de ocho hermanos, siempre lo hemos considerado el noveno de nosotros. Él radicó en Trujillo toda su vida, pero durante su juventud vivió un tiempo en Chimbote con nosotros y allí, con mi padre, perfeccionó el oficio de panadero que ya le gustaba de antemano, y con el cual se ha defendido a través de los años. Manuela y yo íbamos a verlo a la esquina de la avenida España con el jirón Orbegoso donde Lucho asentaba su canasta sobre un banquito en la vereda, y vendía pan de yema y manteca. Tantos son los momentos compartidos con Manuela que, recordarlos, emanan el mismo aroma del pan tierno recién salido del horno.


No hace mucho mientras dormía vi la historia que hoy cuento. Soñé con cada parte de este relato. Normalmente me levanto a las cuatro de la mañana para empezar mi día, pero esa madrugada desperté a las cinco y media, como si por un impulso natural hubiera querido mirar la película completa. La he tenido en mi cabeza durante algunas semanas, y antes de que las imágenes empiecen a desvanecerse en la fragilidad ascendente de mi memoria, aquí termino de escribir el guión de esta etapa importante de mi vida y de mi amistad con Manuela.


New Hampshire, USA

Abril, 2021


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