sábado, diciembre 22, 2012

Apuntes para Una Historia de Amor



APUNTES PARA UNA HISTORIA DE AMOR

Eduardo, 1994
Un hombre y una mujer se buscan por el mundo. No se conocen pero se han visto en sueños. La búsqueda es larga y el reloj de la vida transcurre inexorable. Entre los tic tac de su martilleo algunos amores han naufragado cual barquitos de papel. Tanto se habían soñado que de encontrarse sabrían reconocerse.

Eduardo dejó Chimbote y se fue a Trujillo en 1983, y luego a Europa en 1994. Terry dejó Estado Unidos y voló a Inglaterra en 1987, recorrió Europa, viajó a África y finalmente retornó a Inglaterra en 1996. Ambos por separado, y persiguiendo sus sueños, se establecieron en Londres. 

La prestigiosa Sauthbank International School de la capital inglesa es un punto importante de estos apuntes. Una vez llegado a Inglaterra, Eduardo trabajó en el Departamento de Mantenimiento de esta escuela con un ciudadano británico de nombre Terry King, ambos establecieron una gran amistad.

Mister Terry King gustaba bromearse con Eduardo y por causa de su soltería solía decirle: “Primera vez que conozco a un latino de treinta y tres años sin varias mujeres y sin hijos. Deberías casarte con una inglesa”. Eduardo le respondía: “Me gustaría casarme con una, pero todas las mujeres de este país son más altas que yo”.

Cierto día Eduardo viajaba en el Metro de Londres. Iba absorto en sus pensamientos, garabateando un poema en su inseparable cuadernillo. De pronto sintió una corazonada. El tren se había detenido en la estación de High Street Kensington. Levantó la vista instintivamente y miró hacia el andén. Alcanzó a ver a una bella mujer, su petite figura era singular entre la multitud de gente mucho más alta que ella. El tren lentamente empezó a retomar su marcha, y la imagen de aquella mujer quedó grabada en la mente de Eduardo.

Por una de esas casualidades de la vida, meses más tarde, la misma mujer llegó al Sauthbank International School para trabajar como profesora. Se llamaba Terry, era ciudadana norteamericana-británica soltera y sin hijos.

Terry - Kenya, África 1995
Durante las primeras semanas que siguieron al arribo de la profesora, era evidente que entre ella y Eduardo había una natural simpatía. Pero la amistad no pudo desarrollarse porque ni ella hablaba español, ni él hablaba inglés... o por lo menos eso era lo que él decía para evitar conversar en una lengua en la que no se sentía cómodo.

Hoy, cuando Terry conversa con sus amistades sobre aquellos días, aún cuenta que en una oportunidad se encontró con Eduardo en las escaleras rojas que unían a los dos edificios del Sauthbank International School. Ella bajaba al edificio viejo y él subía al nuevo. Ambos se detuvieron a medio camino. En sus propias palabras, Terry lo relata así: “Yo dije Hi y Eduardo respondió Hi. Intenté iniciar la conversación pero él sonrío tímidamente, alzo los brazos, y me dijo que no hablaba inglés”.  

Unas semanas después del encuentro en las escaleras rojas, Eduardo se sacó el clavo, y conversó con Terry durante dos horas. Fue un primero de noviembre. Ambos recuerdan la fecha con facilidad porque coincidió con el cumpleaños de la mamá de Eduardo. Ahí le dijo que una vez la vio en la estación de High Street Kensington. Y ella le contó que ese día regresaba de visitar una agencia de viajes, pues a ese punto estaba considerando regresar a África. (*)

El momento decisivo llegó unos meses más tarde. Un día Mister Terry King llamó a Eduardo y le dijo: “Anda al salón de la profesora Terry, y arregla un alambre que ella utiliza para colgar las pinturas de sus alumnos”. Él preguntó qué herramientas llevaría. “Sólo un alicate”, fue la respuesta. Entonces se encaminó con dirección al edificio nuevo, dio unos pasos, miró sus manos y se detuvo. Le pareció extraño que sólo llevara un alicate. Volvió la cabeza hacia Mister King y vio a éste sonriéndole, y en sus labios podía leerse las palabras: “Buena suerte”.

Tanto la escuela como el salón de Terry tenían una ubicación de privilegio. La escuela estaba enclavada en el corazón mismo del famoso barrio Notting Hill. Y las ventanas del salón de Terry miraban a Portobello Road, una de las calles más populares de Europa, donde podía verse a las más grandes celebridades del mundo confundirse con los cientos de turistas que a diario visitan la zona.

Eduardo retomó su camino rumbo al aula de Terry, y llegó al final de un pequeño corredor. Se detuvo en el umbral de la puerta. El salón se ubicaba en una superficie a desnivel. Seis gradas descendían a su interior. Desde lo alto vio al alambre descolgado, a los turistas más allá de las ventanas, y en el centro del aula la vio de espaldas. 

Cuando la profesora volteó para darle la bienvenida, ellos supieron que la larga búsqueda había terminado. Miles de kilómetros recorridos quedaban atrás. Como si cada uno hubiera guardado la mitad de una fotografía, y al ponerlas juntas sobre la mesa las partes cuadraban, y el sueño finalmente se convertía en realidad.

APUNTE FINAL: Aquel día Terry y Eduardo no hablaron de amor. No fue necesario. Lo hicieron unos días después con la ayuda de un diccionario. En 1999 en Londres nació su única hija. El 2003 se mudaron a Estados Unidos, y desde entonces viven en el estado de New Hampshire.

(*) Detalles del encuentro de aquel primero de noviembre se cuentan en el relato: ¿Perdón, La Luz Estuvo Encendida?

New Hampshire, USA
Diciembre, 2012

NOTA:
Si deseas dejar un comentario ten en cuenta lo siguiente: debajo del recuadro para los comentarios aparece una opción que dice “comentar como”. Acá sólo debes seleccionar la opción que dice “nombre” y en este recuadro escribe tu nombre (Deja el recuadro URL en blanco) Si todo esto te parece muy complicado, entonces escribe tu comentario en un e-mail y envíalo a: edquevedo@yahoo.com

Los comentarios van primero al Editor, antes de ser publicados.

Notes for a Love Story

 

NOTES FOR A LOVE STORY

Eduardo, 1994


A man and a woman search for each other across the world. They are strangers, yet they have met in dreams. The search is long, and the clock of life ticks on inexorably; between its hammering beats, some loves have foundered like paper boats. They had dreamed of one another so much that, upon meeting, they would surely know it.


Eduardo left Chimbote and went to Trujillo in 1983, then to Europe in 1994. Terry left the United States and flew to England in 1987, traveled through Europe and Africa, and finally returned to England in 1996. Both separately, and chasing their dreams, settled in London.


The prestigious Southbank International School in the English capital is a key point in these notes. Once in England, Eduardo worked in the maintenance department of this school alongside a British citizen named Terry King; the two formed a great friendship.


Mr. Terry King liked to joke with Eduardo, and because of his bachelorhood, he used to tell him: “It’s the first time I’ve met a thirty-three-year-old Latino without several women and no children. You should marry an Englishwoman.” Eduardo would reply: “I’d like to marry one, but all the women in this country are taller than me.”


One day, Eduardo was traveling on the London Underground. He was absorbed in his thoughts, scribbling a poem in his inseparable notebook. Suddenly, he had a hunch. The train had stopped at High Street Kensington station. He looked up instinctively toward the platform. He caught sight of a beautiful woman; her petite figure stood out among the crowd of people much taller than she was. The train slowly began to move again, and the image of that woman remained etched in Eduardo’s mind.


By one of those coincidences of life, months later, the same woman arrived at Southbank International School to work as a teacher. Her name was Terry; she was an American-British citizen, single and with no children.


During the first few weeks following the teacher's arrival, it was clear that there was a natural chemistry between her and Eduardo. But a friendship could not develop because she didn't speak Spanish, and he didn't speak English... or at least that’s what he said to avoid speaking in a language in which he didn't feel comfortable.


Today, when Terry talks to her friends about those days, she still tells how she once ran into Eduardo on the red stairs that connected the two buildings of Southbank International School. She was going down to the old building, and he was going up to the new one. Both stopped halfway. In her own words, Terry recounts it this way: “I said Hi, and Eduardo replied Hi. I tried to start a conversation, but he smiled shyly, raised his arms, and told me he didn't speak English.”

A few weeks after the encounter on the red stairs, Eduardo finally found his voice and spoke with Terry for two hours. It was the first of November. Both remember the date easily because it happened to be his mother's birthday. It was then that he mentioned having seen her once at High Street Kensington station. In turn, she recalled that on that day, she was returning from a travel agency, as she was considering a move back to Africa at that point. (*)


The decisive moment came a few months later. One day, Mr. Terry King called Eduardo and said: “Go to Teacher Terry’s classroom and fix a wire she uses to hang her students' paintings.” He asked what tools he should bring. “Just a pair of pliers,” was the answer. He headed toward the new building, but after a few steps, he stopped and looked at his hands. It seemed strange to him that he was only carrying a pair of pliers. He turned back toward Mr. King and saw him smiling; on his lips, the words were clear: “Good luck.”


Both the school and Terry's classroom occupied a privileged spot. The school was tucked away in the very heart of the famous Notting Hill neighborhood, and Terry’s windows overlooked Portobello Road—one of Europe’s most iconic streets. There, world-famous celebrities could be seen drifting through the crowds of tourists who flocked to the area daily.


Eduardo continued on his way to Terry’s classroom, reaching the end of a short corridor. He stopped at the threshold. The classroom was split-level, with six steps leading down into its interior. From the top, he saw the unhooked wire, the tourists beyond the windows, and there, in the center of the room, he saw her from behind.


When the teacher turned to welcome him, they knew the long search was over. Thousands of miles traveled were left behind. It was as if each had kept half of a photograph, and upon putting them together on the table, the pieces fit, and the dream finally became reality.


FINAL NOTE: That day, Terry and Eduardo did not talk about love. It wasn’t necessary. They did so a few days later with the help of a dictionary. In 1999, their only daughter was born in London. In 2003, they moved to the United States, and they have lived in the state of New Hampshire ever since.

(*) Details of that November 1st encounter are shared in the story: Sorry, The Light Was On?


New Hampshire, USA

December, 2012



Terry - Kenya, África, 1995



NOTE:

If you'd like to comment on this post, here is a translation of terms in the directions:

Comentarios = comments

Publicar un comentario en la entrada = write a comment in the box

Comentar como = write as ... (choose "Nombre/URL", then type in your name under “Nombre”, leave “URL” blank)

Vista previa = preview (see how your comment will look)

Publicar un comentario = publish your comment


If you think that these steps are too complicated then write me an e-mail with your comment and I’ll publish it for you: edquevedo@yahoo.com

Every comment goes to the editor first before being published.


sábado, noviembre 10, 2012

Luciérnagas de la Noche


LUCIÉRNAGAS DE LA NOCHE

Foto Internet
Las luciérnagas salpicaban la oscuridad de la noche con su escarcha brillante. A lo largo de mi camino chisporroteaban como luces de bengala suspendidas en las sombras. La ruta de trocha cortaba la densa vegetación y se internaba zigzagueante entre la maleza de Tres Cabezas. El olor a aguas estancadas de los pantanos saturaba mi olfato. Y en la penumbra nocturna, mis pasos juveniles avanzaban con destino a La Casa Rosada... establecimiento legal de mi natal puerto de Chimbote donde un grupo de féminas se dedican al oficio más antiguo del mundo.

Más de tres décadas han pasado desde aquellas caminatas. Fue en 1978 cuando por primera vez me aventuré a pie a través de los eneales de Tres Cabezas, tenía entonces 17 años de edad. Poco antes habían empezado mis visitas a La Casa Rosada, pero recorriendo el trayecto mediante el servicio regular de autos.

Por las noches, en la tercera cuadra de la avenida Gálvez se ubicaba la línea de colectivos que hacía el servicio exclusivo a este lugar. Era un paradero fantasmal, perdido entre las sombras de la noche, y desapercibido al común de la gente con excepción, claro está, de los que sabían a dónde querían ir.

Dos razones me desanimaron a seguir utilizando el transporte de autos. 

A veces, en los carros, me encontraba con alguna sorpresa inesperada. Por ejemplo, mientras esperaba a que se completaran los pasajeros subía una sombra, se sentaba a mi lado, y resultaba siendo uno de mis profesores del colegio. Entonces yo balbuceaba, “Buenas noches, profe”. Y la respuesta solía ser: “Hola Quevedo, me imagino que ya tienes listas tus tareas escolares”. 

La segunda razón fue económica: la tarifa de los autos era elevada. Con las justas yo ahorraba para la otra tarifa... y se me hacía difícil juntar dinero para las dos cosas. Hasta que un buen día, un amigo más ducho que yo, me dio la idea.

Me dijo: “La línea de autos es cinco veces más cara que la de los microbuses. Mejor tomas tu micro José Gálvez o Ramón Castilla, te bajas en el estadio Pensacola, y de ahí caminas al sitio, pero tienes que ir acompañado porque los totorales son oscuros y peligrosos”.

Y así lo hice. Usualmente me acompañaba mi amigo Jorge, con quien compartíamos escasas monedas y un sinfín de aventuras en el colegio San Pedro. Tomábamos nuestro micro en el centro de Chimbote, y bajábamos en el estadio. Cruzábamos al otro costado de la avenida Pardo, donde se ubicaba el gran muro blanco que cercaba al Centro de Educación Especial para Niños Excepcionales. Y desde esta esquina caminábamos unos tres kilómetros y medio a través de los totorales de Tres Cabezas.

En la oscuridad de la noche no se podía ver nada, excepto la maleza y el impresionante espectáculo de las luciérnagas. Sabíamos que el área contenía pantanos y pozas de agua donde de día se podía pescar lifes y monengues. Había árboles de sauce y pájaro bobo. Abundaban eneales y totorales que servían para la fabricación de esteras. Y habitaban patos silvestres y gallinetas.

Caminábamos con una mezcla de miedo y expectativa. Se decía que en los totorales podían agazaparse personas del mal vivir, pero la idea de estar pronto en la Casa Rosada alentaba nuestros pasos. De rato en rato nos acribillaba el fogonazo de las luces delanteras de autos que hacían el camino de regreso, y no faltaba algún pasajero satisfecho que nos gritara: “¡Hey misios, paguen su colectivo!”.

En el interior de la Casa Rosada laboraban otras luciérnagas. Menos brillantes pero igualmente activas durante la noche. Impúdicas se exhibían en el umbral de la puerta de unas cincuenta habitaciones, recortadas contra la media luz de bombillas eléctricas revestidas con papel celofán rojo. Hacían sus arreglos con la clientela a media voz, casi engullidos por la música de Lucho Barrios, Pedrito Otiniano y José Feliciano proveniente de un amplificador que funcionaba con un grupo electrógeno.

La primera vez que visité este lugar, mis tímidos pasos no tuvieron que deambular mucho. En el primer corredor encontré a una mujer joven, guapa, de ojos orientales, y cuya larga cabellera reposaba en el descanso de su bella figura. Le llamaban “La China Margot”. Desde entonces sólo visité a ella, hasta que un día no la encontré más. Se había ido, y por vez primera me sentí un poco perdido en el laberinto de La Casa Rosada. 

 “¿Buscas a alguien?”. Me preguntó una voz desconocida sacándome de mis tribulaciones. Se trataba de una mujer un tanto mayor, a quien, lo que la vida le había arrebatado en belleza, se lo había compensado con encanto. Me sedujo su sonrisa. Y tenía un nombre por el cual sentía debilidad desde que en 1972 escuché al dúo José y Manuel cantar la bella canción “Teresa”. Nos volvimos amigos. Un día a fines de 1981 le dije que ya no volvería más, y le di mi razón. Teresa, me dijo: “Cuídala, y sé un buen hombre”.

La Casa Rosada, Chimbote, Perú
Treinta y un años más tarde volví en busca de la ruta de las luciérnagas. Ocurrió hace tres meses, durante mi última visita al Perú. Quise tomar una foto de La Casa Rosada para ilustrar el presente relato. Y me hice acompañar por un amigo de viejas andanzas: Bernardo Cabellos Sabino.

Contratamos un auto y nos dimos una vuelta por la zona de Tres Cabezas. La ruta de las luciérnagas ya no existe más. Hoy los autos circulan por una vía de tierra con cúmulos de desmonte a lo largo del camino. Me subí a uno de estos montículos con mi cámara fotográfica en la mano. Y desde la distancia, al pie del archifamoso cerro Tres Cabezas, divisé La Casa Rosada fundada en el ayer por don Germán Farro García y regentada por “La Tía Silvia”.

Me encontraba tomando las fotos cuando súbitamente fuimos rodeados por tres vehículos portando sujetos con caras de no buenos amigos. Era personal de seguridad del establecimiento. Hubo un momento de tensión, pero el verbo de seda de mi amigo Bernardo brindó una buena explicación, siendo ratificada por el chofer del auto que habíamos contratado. Los vigilantes se retiraron.

Estoy a punto de terminar este relato. Es casi medianoche en el pueblito semirural y boscoso donde actualmente vivo. Antes de cerrar la cortina doy una última mirada a través de la ventana. No alcanzo a ver al árbol de mis confesiones. Las sombras se han apoderado de New Hampshire. Lo único visible son las luciérnagas chisporroteando en la oscuridad de la noche.

Sonrío para mis adentros. Ésta ha sido una noche perfecta para escribir sobre las luciérnagas de mi juventud.

New Hampshire, USA
Noviembre, 2012

NOTA:
Si deseas dejar un comentario ten en cuenta lo siguiente: debajo del recuadro para los comentarios aparece una opción que dice “comentar como”. Acá sólo debes seleccionar la opción que dice “nombre” y en este recuadro escribe tu nombre (Deja el recuadro URL en blanco) Si todo esto te parece muy complicado, entonces escribe tu comentario en un e-mail y envíalo a: edquevedo@yahoo.com

Los comentarios van primero al Editor, antes de ser publicados.

Fireflies of the Night

 

FIREFLIES OF THE NIGHT

Representational image: Fireflies in the night


The fireflies flecked the darkness of the night with their brilliant glitter. Along my path, they flickered like sparklers suspended in the shadows. The dirt track cut through dense vegetation, winding between the brush of Tres Cabezas. The smell of stagnant marsh water saturated my senses. And in the nocturnal gloom, my youthful steps advanced toward La Casa Rosada... a legal establishment in my native port of Chimbote where a group of women engage in the world’s oldest profession.

More than three decades have passed since those walks. It was 1978 when I first ventured on foot through the eneales of Tres Cabezas; I was seventeen years old then. Shortly before, my visits to La Casa Rosada had begun, but I would make the trip using the regular collective taxi service.


At night, on the third block of Gálvez Avenue, you could find the line of colectivos that provided exclusive service to that place. It was a ghostly stop, lost among the shadows of the night, unnoticed by the common folk—except, of course, for those who knew where they wanted to go.


Two reasons discouraged me from continuing to use the taxi service.


Sometimes, in the cars, I would run into an unexpected surprise. For instance, while waiting for the car to fill with passengers, a shadow would climb in, sit next to me, and turn out to be one of my high school teachers. Then I would stammer, “Good evening, profe.” And the response was usually: “Hello Quevedo, I imagine you already have your school assignments ready.”


The second reason was economic: the taxi fare was high. I was barely saving enough for the other fare... and it was hard for me to scrape together money for both. Until one fine day, a friend more experienced than I gave me an idea.

He told me: “The taxi line is five times more expensive than the minibuses. Better take your José Gálvez or Ramón Castilla bus, get off at the Pensacola stadium, and walk to the place from there—but you have to go with someone because the totorales are dark and dangerous.”

And so I did. Usually, I went with my friend Jorge; together, we shared a few coins and endless adventures at the San Pedro school. We would take our bus in downtown Chimbote and get off at the stadium. We crossed to the other side of Pardo Avenue, where the great white wall enclosed the Special Education Center for Exceptional Children. And from that corner, we walked about two miles through the marshlands of Tres Cabezas.


In the darkness of the night, nothing could be seen except the dense undergrowth and the impressive spectacle of the fireflies. We knew the area contained swamps and ponds where, by day, one could fish for lifes and monengues. There were willows and pájaro bobo trees. Eneales and totorales abounded, used for making woven cattail mats. And wild ducks and gallinules lived there.

We walked with a mixture of fear and expectation. It was said that ill-intentioned people could lurk in the cattail beds, but the thought of soon being at the Casa Rosada emboldened our steps. Every now and then, we were struck by the flash of headlights from cars making the return trip, and there was always some satisfied passenger who would shout at us: “Hey, you broke kids, pay for a collective!”

Inside La Casa Rosada, other fireflies were at work. Less brilliant but equally active during the night. Unabashedly, they displayed themselves at the thresholds of about fifty rooms, silhouetted against the dim light of electric bulbs covered in red cellophane. They made their arrangements with the clientele in low voices, almost swallowed by the music of Lucho Barrios, Pedrito Otiniano, and José Feliciano coming from an amplifier powered by a generator.

The first time I visited this place, my timid steps did not have to wander far. In the first corridor, I found a young, beautiful woman with Oriental eyes, whose long hair rested upon the curve of her lovely figure. She went by the name La China Margot. From then on, I only visited her, until one day I found her no more. She was gone, and for the first time, I felt a bit lost in the labyrinth of La Casa Rosada.

“Are you looking for someone?” an unknown voice asked, pulling me out of my tribulations. It was a somewhat older woman; what life had taken from her in beauty, it had compensated with charm. Her smile seduced me. And she had a name for which I had felt a weakness ever since I heard the duo José y Manuel sing the beautiful song “Teresa” back in 1972. We became friends. One day in late 1981, I told her I would not be coming back, and I gave her my reason. Teresa told me: “Take care of her, and be a good man.”

Thirty-one years later, I went back in search of the fireflies' route. It happened three months ago, during my last visit to Peru. I wanted to take a photo of La Casa Rosada to illustrate this story. And I went with an old friend from my adventures: Bernardo Cabellos Sabino.

We hired a car and took a drive through the Tres Cabezas area. The fireflies' route no longer exists. Today, cars travel along a dirt road with mounds of rubble along the way. I climbed onto one of these mounds with my camera in hand. And from a distance, at the foot of the legendary Tres Cabezas hill, I spotted La Casa Rosada, founded long ago by Don Germán Farro García and managed by “La Tía Silvia.”

I was taking the photos when suddenly we were surrounded by three vehicles carrying characters with unfriendly faces. It was the establishment’s security personnel. There was a moment of tension, but my friend Bernardo’s silver tongue provided a good explanation, which was backed up by the driver of the car we had hired. The guards retreated.

I am about to finish this story. It is almost midnight in the small, wooded, semi-rural town where I currently live. Before closing the curtain, I take one last look through the window. I cannot see the tree to which I confess. The shadows have taken over New Hampshire. The only things visible are the fireflies flickering in the darkness.


I smile to myself. This has been a perfect night to write about the fireflies of my youth.


New Hampshire, USA

November, 2012



La Casa Rosada. Chimbote, Peru


NOTE:

If you'd like to comment on this post, here is a translation of terms in the directions:

Comentarios = comments

Publicar un comentario en la entrada = write a comment in the box

Comentar como = write as ... (choose "Nombre/URL", then type in your name under “Nombre”, leave “URL” blank)

Vista previa = preview (see how your comment will look)

Publicar un comentario = publish your comment


If you think that these steps are too complicated then write me an e-mail with your comment and I’ll publish it for you: edquevedo@yahoo.com

Every comment goes to the editor first before being published.


sábado, octubre 06, 2012

La Pampa del 21 de Abril


LA PAMPA DEL 21 DE ABRIL


Vista aérea parcial del Chimbote de 1963
(Foto: Cortesía de Miguel Koo Chía)

Exactamente, en el mismo lugar de la urbanización 21 de Abril de Chimbote donde hoy se ubica el colegio Santa María Reina, en la década del sesenta existió un campo de fútbol legendario cuyas imágenes y ecos persisten vívidos en mi memoria. Los vecinos lo llamaban de diversas maneras, pero su nombre más común siempre fue: La Pampa del 21 de Abril.

Nací con el inicio de aquella década. Crecí sin juguetes ni televisión, pero tuve la dicha de jugar en La Pampa con los chiquillos de mi barrio pateando una pelota de plástico, y revolcándome en su tierra polvorienta. Y cada domingo crucé la pista que separaba mi casa de La Pampa para ver jugar a los mejores equipos del 21 de Abril y otros barrios de Chimbote.

Era una cancha de tierra, con arcos de madera, enclavada en otro tiempo. En un Chimbote que no conocía de lluvias. Los barrios San Isidro y el 2 de Mayo todavía podían ver lagartijas, sapos y culebras. Por las noches nos asediaban las chicharras con su chirrido agobiante, y al amanecer las lechuzas nos dejaban el susurro premonitorio del luto. 

Domingo a domingo La Pampa se convertía en una fiesta deportiva. Por la mañana un aficionado corría con un balde de cal marcando la cancha. Otro acomodaba los trofeos en disputa en una mesita de madera. Y alrededor de los cuatro costados del campo se apretujaba una muchedumbre procedente de barrios próximos y remotos al 21 de Abril. 

Club Sport Zenit - 1966
(Al final del relato se adjunta la relación de nombres)
Yo tenía cinco años de edad cuando a mediados de los ‘60 cruzaba La Pampa para ir a la avenida Buenos Aires a ver pasar el tren. Todavía no existía el mercado 21 de Abril, y parte de su actual ubicación era un gran patio de cemento cercado con malla metálica. Se trataba de un almacén del Banco de Materiales creado por el primer gobierno del Arq. Fernando Belaunde Terry.

Uno de los primeros equipos que jugó en La Pampa fue el Club Social Deportivo 21 de Abril, entre otros, aquí destacaron Eduardo “Lalo” Benson Melitón y Javier “Chino” Luna Haro. Son también de recordación los clásicos entre el Sport Zenit y el Juan Joya. El Estrella Roja de mi barrio cruzaba la avenida Aviación acompañado por un grupo de vecinos, y seguido por una nube de chiquillos y perros callejeros; al verlos llegar, los aficionados esbozaban una sonrisa y decían: “Ahí llegan los cholos de San Isidro”.

Frente a la casa de don Carlos Ramírez Lozada, en una de las esquinas de La Pampa, un triciclero vendedor de naranjas cada domingo las apilaba en la forma de una pirámide. A mitad de cuadra, en la vereda de doña Alicia Simons Jara de Palomino se instalaba la mesa con los trofeos. Y en la esquina opuesta sonaba la rocola del afamado bar Los Claveles, al cual la sabiduría popular había rebautizado con el nombre de... El Frontón.

El equipo de la Cooperativa San Francisco de Asís fue otro de los grandes animadores dominicales. El gerente de la institución, don Fausto Berrospi Martell, organizó un buen cuadro en el cual destacó nítidamente Roberto “Cholito” Luperdi Ponte. Entre otros equipos, también jugaron aquí Los Ángeles Diabólicos, el 2 de Mayo y el Defensor Progreso. A ellos se sumaron la Juventud Independiente Cristiana (J.I.C.), y el John F. Kennedy.

Club Juan Joya - Años ‘60
La Pampa estuvo rodeada por tres grandes referentes de la zona: El mercado 21 de Abril, construido en los últimos años del sesenta, después del terremoto de 1970 parte de sus instalaciones fueron utilizadas para albergar a la cárcel de Chimbote. La antigua iglesia San Francisco de Asís, bellamente diseñada en forma de arca con estilizaciones de pájaros cochos en sus paredes cuya demolición después del terremoto dio paso a la actual edificación. Y la desaparecida Escuela Fiscal de Varones Nº 3151, ubicada al otro lado de la avenida Aviación, donde actualmente se sitúa el Local Comunal del barrio San Isidro.

Los recuerdos de La Pampa y mis primeros héroes del balompié, llegan a la mente de la mano con otras imágenes: La Tía Sarandonga bailando en “El Frontón” ante el entusiasmo de los parroquianos. Los chiquillos de mi barrio recolectando vísceras de pescado en el mercado para dar de comer a los pájaros cochos en las calles. Los monstruos Pichuzo y Tarrata purgando sus delitos en la cárcel del 21 de Abril. Aparecen, uno tras otro, los rostros bondadosos de los sacerdotes Daniel, “Leo” Martell y Rodolfo así como de las madres Felícitas, Rosalina y Luisa Schüler. 

Pero también hay otra imagen. Dramática y significativa. Me la transmitió mi hermano Alberto hace muchos años: La tarde del domingo 31 de mayo de 1970 cuando empezó el terremoto él se encontraba en La Pampa, y corrió en busca de mi madre. La tierra se abría y agua hirviente afloraba del subsuelo. Frente a la esquina de don Carlos Ramírez Lozada, Alberto vio al pobre vendedor de naranjas tratando de recogerlas entre los pies de la multitud que corría para salvar sus vidas.

A inicios del año 1971 La Pampa tenía sus días contados. Las autoridades educativas habían decidido usar este terreno para construir sobre él las instalaciones del colegio Santa María Reina que, por entonces, funcionaba en un local transitorio ubicado en la primera cuadra del jirón Alfonso Ugarte. Durante los primeros meses de aquel año el legendario campo deportivo fue testigo de sus últimos partidos de fútbol, luego se inició la edificación del nuevo local escolar.


Club Estrella Roja de San Isidro - Años ‘60
(Al final del relato se adjunta la relación de nombres)

Recuerdo que el primero de septiembre de 1971 se inició una prolongada huelga nacional de docentes, y yo tuve tiempo libre para ir a mirar la construcción del colegio. El cemento había empezado a cubrir La Pampa y pronto se levantarían las aulas antisísmicas gestionadas por la Comisión de Reconstrucción y Rehabilitación de la Zona Afectada, CRYRZA. Estando aquí, uno de esos días vi a la policía reprimir una marcha de maestros. Mis propios profesores corrieron en diferentes direcciones, el gas lacrimógeno invadió La Pampa, y este hecho quedó tatuado en mi mente como la primera represión policial de la que tengo vívido recuerdo.

El primero de diciembre del mismo año llegó a la urbanización 21 de Abril el Ministro de Educación, General de División EP. Alfredo Carpio Becerra para inaugurar el nuevo colegio Santa María Reina. Cuatro días antes yo había cumplido once años de edad y estuve en primera fila escuchando su aburrido discurso y contando las estrellas de su chaqueta. Horas más tarde, cuando le conté a mi padre, él, que nunca tuvo cariño por militares ni dictaduras, me dijo: “Cuando quieras escuchar un buen discurso, escucha a Víctor Raúl Haya de la Torre. Y cuando quieras contar estrellas, cuenta las estrellas del cielo”.


Aquel 1971 La Pampa dejó de ser la pampa. El nuevo local del colegio Santa María Reina quedó listo para abrir sus puertas en 1972. El bullicio de los escolares reemplazó a los gritos de gol, y el uniforme de los estudiantes sustituyó al atuendo de los peloteros. La pelota se fue a rodar a otros escenarios. Y el tiempo transcurrió inexorablemente.

Cada vez que he preguntado por los peloteros del ayer, una sombra acompaña a las noticias que recibo: se nos fue el “Nango”, se nos fue el “Lobo”, se nos fue el “Pelé”. Todavía no estaban en edad de marcharse, pero siempre hay partidas prematuras. 

La vida continúa y hay tareas por cumplir. He escrito estas líneas tratando de cancelar una vieja deuda personal: Entregar mi gratitud por los momentos felices que La Pampa brindó a mi niñez.

New Hampshire, USA
Octubre, 2012

Sport Zenit - 1966
PARADOS: Saniel Lozano Alvarado, José “Chino Brea” Obando, Federico “Lobo” Vergara, Jesús “Key” Luján Valderrama, Edgardo “El Zorro” Obando Esquivel, Vicente “Burro” Zavaleta, Nicolás “Nico” Castro, “Paijanero” León, José “Suertaza” Miñano, y Manuel Morales.
HINCADOS: José “Chicla” Farro, Roger “Chato” Flores ¿Cobián?, Augusto Luján Valderrama, Eulogio “Colluco” Briceño, y Juan “Cabeza de Gato” Lozano Alvarado.

Estrella Roja de San Isidro - Años ‘60
Gonzalo “Lanzarote” Reyes Rodríguez, Alejandro “Abuelo” Pérez, Jacinto “Perro Macho”, Eliseo Vergaray Torrejón, Adriano Corales, Francisco “Chiqui” Castillo Corales, Carlos “Chistoso” Zapata Rubiños, Víctor “El Gringo” León, “Pepe” Manrique Muñoz, Feliciano “Chana” Castillo Corales, Ángel “Cuy” Pinedo Bocanegra, Roger “Chueco” Quintana Vargas, y Alipio Rosas.