sábado, noviembre 29, 2014

Mis Vecinos Irving & Bárbara

MIS VECINOS IRVING & BARBARA

Fue recién el viernes 14 de Noviembre cuando me enteré que mi vecina Bárbara había dejado de existir, a eso de las siete de la noche me lo confirmó mi esposa. Había llegado del trabajo y noté que frente a su casa había un cartel que decía “En venta”, a continuación abrí mi puerta y saludé a Terry pero ella me recibió con una pregunta: “¿Has visto el letrero?”. En ese mismo instante sentimos una revelación, ella saltó a su laptop y escribió el nombre de la vecina, luego alzó la vista y con la voz quebrada me dijo: “¡Dios mío, ha fallecido el 30 de julio!”.

Terry, mi hija y yo nos habíamos mudado de Europa al Estado de New Hampshire en USA el año 2003. Inicialmente vivimos en la ciudad de Portsmouth, luego en Dover, y en junio del 2005 nos establecimos en Rollinsford. Anteriormente ya he mencionado que aquí soy el único inmigrante latino, la población es exclusivamente blanca y los lugareños mantienen una cordialidad distante e inexpugnable. Sin embargo, mi vecino Irving Young fue el primer amigo que tuve en el pueblo.

Lo conocí el sábado de mi primer fin de semana en la nueva casa. Ese día, mientras rastrillaba el grass reparé que desde el jardín vecino un hombre de aspecto mayor y semblante amable me seguía con la mirada, por unos minutos pretendí no darme cuenta, pero luego corté por lo sano: esbocé una sonrisa y lo saludé con una venia, él correspondió de la misma manera. Entonces dejé mis herramientas en el suelo, me retiré los guantes y me acerqué para presentarme. “My name’s Irving”, me respondió.

Era un gringo alto, de setenta años de edad y jubilado de la General Electric. No me pareció notar en él signos evidentes de una salud resquebrajada. Lo que si resultó obvio fue su buen talante para la amistad y la conversación. Muchas veces me esperó en su puerta a que volviera del trabajo, en ocasiones cruzamos un saludo y en otras compartimos una breve charla, pero los fines de semana conversábamos con amplitud mientras yo limpiaba mis jardines y cortaba el grass. 

Al atardecer del jueves 27 de Octubre del mismo 2005 intercambiamos un saludo desde nuestras puertas. Más tarde fui a la vecina ciudad de Dover para mi acostumbrada clase de yoga y a mi regreso, desde la distancia, vi una ambulancia y un carro policial frente a la casa de Irving. Era una noche fría y en penumbras. Las luces de emergencia de las unidades proyectaban presagios amorfos en la oscuridad de la calle. Y yo me fui a dormir con el mal sabor de la incertidumbre.

La llegada del nuevo día confirmó lo que yo había soñado toda la noche: Irving ya no estaba más en este mundo. Falleció en la misma casa donde nació y vivió toda su vida. Había sido un amplio conocedor del pueblo, sus calles y sus casas. Durante los cinco meses de nuestra amistad me repitió siempre lo mismo: “Anda a descansar, nunca va a crecer grass en tu corral. Conozco tu casa desde que fue construida y a todos sus dueños antes que tú. Ahí criaron animales por muchos años y estuvo siempre cubierto de excremento”. Yo lo escuchaba con respeto, y en mi mente me decía: “Carajo, si ésto ha estado empapado de abono, mayor razón para que crezca el grass”.

Un día toqué su puerta, quería pedirle permiso para hacer un pequeño jardín alrededor de un árbol asentado sobre la misma línea medianera. Escuché el ruido del televisor adentro pero no abrían la puerta, cuando estuve a punto de retirarme salió Bárbara, hermana mayor de Irving y a quien yo todavía no conocía. El encuentro no fue auspicioso. No sé si fue la barrera del idioma o tal vez la desconfianza, pero el punto es que ella no me dio razón de su hermano. Yo hice el jardín de todas maneras, días más tarde él me lo agradeció y dijo que le gustaba.

Después de la muerte de Irving comencé a ver a Bárbara con mayor regularidad, especialmente los sábados a las ocho de la mañana en que nuestras rutinas coincidían y ambos llevábamos la basura al relleno sanitario del pueblo. Para entonces nuestro saludo no pasaba de una ligera inclinación de cabeza. Ella se había mudado de New York donde tiempo atrás trabajó como oficinista y se instaló en la casa de Rollinsford. Para el cuidado del grass contrató a un vecino quien poco después perdió su propia casa por deudas al banco y finalmente dejó el pueblo. El césped comenzó a lucir abandonado. Algunas veces tuve la iniciativa de cortarlo, en otras ocasiones lo hizo el vecino del otro lado de la casa de Bárbara. Lo mismo hacíamos con las hojas del otoño. Y en el invierno Terry limpiaba la nieve de la puerta para que Bárbara pudiera salir en caso de emergencia. El hielo de la desconfianza inicial pronto dio paso a la amistad. 

Un día terminé de cortar su grass y Bárbara salió a mi encuentro. Traía dinero en la mano y me lo ofreció. Yo no lo acepté. Ella avanzó hacia mí para poner los billetes en mi bolsillo y yo retrocedí, ella me persiguió y por un instante parecimos colegiales correteando durante el recreo, hasta que me detuve, la miré a los ojos, y le expliqué que yo no esperaba ningún pago a cambio de mi ayuda. Aquel día me di cuenta que ella tenía un cierto parecido a mi madre, tiempo después me enteré que también tenían la misma edad. Desde entonces, en ocasiones me he preguntado si aquella fue la razón por la que siempre me sentí a gusto haciendo algo por ayudarla.

Es muy posible que fui yo quien recogió la última correspondencia que llegó para ella. Fue el sábado Primero de Noviembre. Al romper el alba ya me encontraba limpiando las hojas del otoño frente a mi casa, y luego pasé a la vía de entrada de Bárbara para hacer lo mismo. Cerca al buzón del correo, casi sepultado por las hojas, encontré un catálogo comercial dentro de una bolsa plástica. Lo arreglé con cuidado para que no se mojara, y lo puse sobre su carro pensando que lo vería a las ocho de la mañana cuando saldría a llevar su basura.

Quienes siguen de cerca mis relatos saben que escribo desde la misma ubicación: Una mesa contra la ventana que da frente al árbol de mis confesiones. A un paso del árbol está la vía de entrada a la casa de Bárbara, lugar donde ella siempre estacionó su auto Ford Taurus color plateado, de tal suerte que siempre lo he tenido a la vista. Últimamente había dejado de ver a Bárbara pero no tenía plena conciencia de ello. Un indicio importante de su ausencia me lo dio el catálogo que puse sobre su auto, pues pasadas dos semanas éste continuaba en el mismo lugar.

Hoy sábado 15 de Noviembre me asaltan sentimientos encontrados. Sigo pensando en Bárbara. Falleció el 30 de Julio mientras yo me encontraba en Perú, y desde que regresé no supe leer los signos de su partida hasta recién anoche cuando vi el letrero frente a su casa. Esta madrugada estuve escuchando canciones de Leonardo Favio, pero la música no me trajo el sosiego que buscaba. A través de la ventana veía al árbol sin hojas, al auto plateado sin dueño, y a la casa vacía sin su única ocupante. Horas más tarde, por fin Terry se levantó de la cama y tomó su primer café de la mañana, señal que ya podíamos conversar.

“Quiero escribir sobre Bárbara”, le dije. Mi esposa tomó un sorbo de su taza, me observó con compasión y me respondió: “Desde anoche vengo esperando esas palabras”. Volví a mirar hacia afuera y reparé en la belleza del nuevo día. El cielo era azul y alrededor de la casa mi gato Kitty correteaba ardillas en el grass que logré hacer crecer pese a todo. Ya sin dudas, empecé a escribir este relato.

New Hampshire, USA
Noviembre, 2014

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My Neighbors Irving & Barbara

MY NEIGHBORS IRVING & BARBARA

It was only yesterday, Friday, November the 14th, when I learned that my neighbor Barbara had passed away. Around seven in the evening my wife, Terry, confirmed it for me. I had come home from work and noticed that outside Barbara’s house there was a "For Sale" sign. Then I opened my door and greeted Terry, and right away she asked me, "Did you see the sign?" In that very instant we had a revelation. My wife jumped to her laptop and typed in our neighbor’s name, then she looked up and with a broken voice said, “Oh my God, she died on July 30th.”

Terry, my daughter and I moved from Europe to New Hampshire in 2003. Initially we lived in the city of Portsmouth, then in Dover, and in June 2005 we settled in Rollinsford. I have previously mentioned that here I am the only Latino immigrant, the population is exclusively white, and the locals keep a distant cordiality. However, my neighbor Irving Young was the first friend I had in town.

I met Irving on the Saturday of my first weekend in the new house. That day, while raking the grass, I noticed that in the neighboring garden a friendly looking senior man was watching me. For a few minutes I pretended not to notice, but then I smiled slightly and greeted him with a nod, and he returned my greeting. Then I put my tools on the ground, removed my gloves and went over to introduce myself. "My name's Irving," he responded.

He was a tall gringo, seventy years old and retired from General Electric. I did not notice any obvious signs of ill health. What was evident was his good disposition for friendship and conversation. Many times he waited outside his door for me to return from work. Sometimes we exchanged a hello and other times shared a brief chat. But on weekends we talked at length while I weeded my garden and mowed the lawn.

On the evening of Thursday, October 27th, 2005, we greeted each other from our front steps. Later I went to the neighboring city of Dover for my usual yoga class and upon my return, from the distance, I saw an ambulance and a police car in front of Irving’s house. It was a cold and dark night. The emergency vehicle lights projected shapeless omens in the blackness of the street. And I went to bed with the bad taste of uncertainty.

The arrival of the new day confirmed what I had dreamed all night: Irving was no longer in this world. He died in the very same house where he was born and lived all his life. He had been an expert on the town, its streets and its houses. During the five months of our friendship he always repeated the same thing to me: "Go to rest, you'll never be able to grow grass in your yard. I’ve known your house since it was built, and all its owners before you. Animals were raised in the yard for many years, and it was always covered in shit”. I listened to him with respect, but in my mind I said to myself: “Well, if the ground was soaked with fertilizer, all the more reason for the grass to grow”.

One day I knocked on his door. I wanted to ask his permission to make a ring around a tree standing on the boundary line of our properties. I heard the TV noise inside but no one came to the door. When I was about to leave, Barbara came out. She was Irving's older sister and I had not yet met her. The meeting did not go well. I don’t know if the reason was the language barrier, or perhaps mistrust, but the point is that she did not tell me where he was. I made the tree ring anyway, and days later he thanked me and said he liked it.

After Irving's death, I began to see Barbara more regularly, especially on Saturday mornings when at eight o'clock our routines coincided and we both took our trash to the town dump. By then our interactions did not go beyond a slight nod. She had moved from New York where she had worked as a clerk, and settled in the house in Rollinsford. To take care of her yard she hired a neighbor who later lost his own house due to a bank debt and ended up leaving town. The lawn started to look abandoned. Sometimes I had the initiative to mow it. At other times it was done by the neighbor that lived on the other side of Barbara. We did the same thing with the autumn leaves. And in the winter Terry shoveled the snow from the front door so that Barbara could get out in an emergency. The ice of the initial distrust gave way to friendship.

One day I finished mowing her lawn and Barbara came out to meet me. She brought money in hand and offered it to me. I did not accept. She stepped forward to put the cash in my pocket and I stepped back. She chased me and, for an instant, we seemed like two school kids running around during recess, until I stopped, looked into her eyes, and I explained that I did not expect any money for my help. On that day I noticed that she had a resemblance to my mother, and later I learned that they were also the same age. Since then I sometimes wondered whether that was the reason why I always felt comfortable doing something to help her.

It’s quite possible that it was me who picked up the last piece of mail that came for her. It was Saturday, November the 1st. At the crack of dawn I was clearing the leaves in my front yard, and then I went to Barbara’s driveway to do the same. Near her mailbox, almost buried by the leaves, I found a telephone book inside a plastic bag. I carefully neatened it up so that it wouldn’t get wet, and put it on the hood of her car thinking that she would see it at eight in the morning when she came out to take her garbage to the dump.

Those who closely follow my stories know that I always write from the same place: a table against the window that faces the tree of my confessions. Just one step away from the tree is Barbara's driveway, where she always kept her silver Ford Taurus, so I've always had it in sight. Lately I had stopped seeing Barbara but I was not fully aware of it. An important clue of her absence was the telephone book I had put on her car, since after two weeks it continued to sit in the same spot.

Today, Saturday, November the 15th, I am filled with mixed feelings. I keep thinking about Barbara. She died on July 30th while I was in Peru, and since coming back I have failed to read the clues of her departure, until last night when I saw the “For Sale” sign outside her home. Earlier this morning I was listening to Leonardo Favio’s songs, but the music did not bring me the peace I sought. Through the window I saw the leafless tree, the ownerless silver car, and the empty house without its only occupant. Hours later, Terry finally got out of bed and made her first morning coffee, a sign that we could talk.

"I want to write about Barbara," I said. My wife took a sip from her cup, looked at me with sympathy and told me: "Since last night I’ve being expecting you to say that." I looked out again and noticed the new day’s beauty. The sky was blue and out in the yard my cat Kitty was chasing squirrels in the grass that I had managed to grow after all. Feeling better, I began to write this story.

New Hampshire, USA
November, 2014

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