miércoles, noviembre 26, 2025

Un Nuevo Capítulo a los Sesenta y Cinco

 

UN NUEVO CAPÍTULO A LOS SESENTA Y CINCO

Por varios años estuve convencido de que me jubilaría laborando en la empresa de paisajismo donde he sido supervisor desde poco después de llegar a Estados Unidos, procedente de Europa, en 2003. Empecé allí por necesidad, pero pronto le tomé gusto al trabajo, y me convertí en un miembro importante del equipo, apreciado por mi jefe, mis compañeros de trabajo y los propietarios de las mansiones que atendíamos. 

Cuando en abril de ese año Terry, Dorothy y yo nos establecimos temporalmente en la ciudad de Dover en New Hampshire, aún no tenía claro en qué iba a trabajar. A mi esposa ya le esperaba una plaza de profesora en la escuela de un pueblo vecino. Mi hija, que entonces tenía cuatro años, iría al jardín escolar. Mientras tanto, yo me quedaría en casa al principio cuidando a Dorothy, resolviendo mis asuntos de inmigración y aprendiendo a manejar. Donde vivimos, esto último es esencial, pues el auto propio es prácticamente la única forma de transporte para el trabajo y las actividades de la vida diaria.


Una de las primeras cosas que hice fue comprar una bicicleta de segunda mano y adaptarle un asiento trasero para mi hija. Así la llevaba a su jardín, a diversas actividades infantiles y a algún parque infantil por las tardes. Era algo inusual en la ciudad: un inmigrante latino pedaleando cuesta arriba por las empinadas calles atiborradas de vehículos. Por las noches, Terry me enseñaba a manejar hasta que estuve listo para el examen y pude obtener mi primer brevete.


Durante aquellas tardes vi que una mamá llevaba a su hija al mismo parque infantil donde jugaba Dorothy. Pronto las niñas se hicieron amigas. Y uno de esos días, la señora nos propuso llevarnos a su casa para que las chicas continuaran jugando en los columpios que tenían en el patio trasero. Dudé un instante mirando mi bicicleta, pero ella me dijo: “Encadénala a un poste, vamos en mi auto, y luego les traigo de vuelta para que recojan la bicicleta”. Minutos después conocí a Tony, esposo de la señora Lisa y padre de la niña.


“¿Cómo fue tu día?”, me preguntó Terry al llegar a casa. Le conté que ya tenía nuevos amigos y lo ocurrido esa tarde. “¿Y en qué trabaja Tony?”, inquirió ella. En realidad, no lo sabía; solo lo había visto llegar a casa conduciendo un camión con remolque repleto de equipamiento metálico. Así que respondí lo mejor que pude: “No estoy seguro, llegó manejando una especie de fábrica rodante”.


Casi al final de ese día, Tony me llamó y preguntó si ya tenía trabajo. Le conté que había regularizado mis documentos de inmigración, y que al día siguiente iría a la ciudad de Concord a rendir el examen de manejo. Me ofreció empleo y dijo que no me preocupara por la movilidad: uno de sus trabajadores pasaría a recogerme cada mañana. Alentado por la noticia, hablé con algunos padres de familia del jardín de Dorothy, quienes se comprometieron a llevarla y traerla de la casa. Aquella “fábrica rodante” que yo había visto resultó ser una de las unidades de la empresa de Tony. Él era un prestigioso paisajista, y su compañía se encargaba de la jardinería y los bosques de bellas y costosas propiedades en la región.


En Tony encontré a un gran amigo, el mejor que he tenido en mis años en Estados Unidos. En el trabajo hallé el modo de sostener a mi familia aquí y ayudar a los míos en el Perú. Y, sin proponérmelo, la interacción con la naturaleza favoreció el desarrollo de mi lado espiritual y la inspiración para mis escritos.


Nada dura para siempre, dice el viejo proverbio. Hace unos años, Tony se jubiló y vendió su empresa. Con el nuevo dueño, todo cambió. La ética profesional y la alta calidad del servicio que se ofrecía a los clientes se vinieron abajo. De pronto, me sentí fuera de lugar. Las áreas verdes, antes impecables, empezaron a verse mundanas. Y me inquietó que el nuevo estado de cosas afectara el prestigio personal que había construido con tanto esfuerzo. Empecé a repetirme: “No te hagas problemas, solo te faltan unos años para jubilarte”, pero en el fondo sabía que me estaba engañando.


Me habré llenado de años, pero el espíritu rebelde que habita en mí nunca me desertó. Cuando era joven y me elevaba como espuma en el escalafón del partido, dejé la militancia cuando las cosas empezaron a no gustarme. Años más tarde, tras llegar por méritos propios a ser director de personal en el trabajo, renuncié cuando sentí que el tufo de lo indebido se acercaba a mi escritorio, y partí a Europa para empezar de nuevo. Y esta vez no ha sido diferente; hace unas semanas le dije a mi jefe: “Hasta aquí nomás”.


Cuando se tiene sesenta y cinco años las oportunidades de trabajo son más difíciles, pero no imposibles. Mi responsabilidad es transmitir a Terry y Dorothy la certeza de que todo estará bien. Para lograrlo, tengo un plan en marcha. Actualmente, y hasta el final de la presente temporada, estoy laborando en la empresa de un amigo dedicado también al paisajismo. A partir del próximo año, emprenderé la misma actividad por mi cuenta, con mi propia compañía. Y estoy preparándome para ello.


Hace unas semanas compré una camioneta Ford del año y, durante los fines de semana, en mis horas libres, la estoy acondicionando para tenerla lista. Paralelamente, voy adquiriendo todo el equipamiento y herramientas necesarias, y contactando potenciales clientes. En general, recibo respuestas favorables. La mayoría me dice: “Eres conocido y haces bien tu trabajo”.


Hace dos sábados, mi amigo Tony vino a visitarme y me encontró ajustando unos detalles de la camioneta nueva. “¿Cuántos años más piensas trabajar?”, me preguntó. Le respondí que, por ahora, me siento en plena forma, llevo una vida ordenada y dejo el futuro en manos de Dios. También le dije que vuelvo a disfrutar del trabajo tanto como en los buenos tiempos en que laboramos juntos. Nos dimos un apretón de manos y me deseó suerte.


Últimamente, estoy pensando mucho en mi padre. Él siempre creyó que yo iba a ser un gran abogado o político. Cuando se hizo mayor, dejó su taller de bicicletas y se convirtió en jardinero; para mí, el mejor de todos. Me pregunto qué pensaría si me viera acabando como él. Tal vez diría: “Has destacado en todo lo que has hecho en tu vida, pero quizá termines tan pobre como yo, porque prefieres las cosas justas y sanas. Siéntete satisfecho contigo mismo; nosotros, tus padres, lo estamos”.


Este 27 de noviembre cumplo sesenta y cinco años; mi cumpleaños coincide con mi feriado favorito, Thanksgiving, que se celebra el cuarto jueves de cada noviembre. Me siento con energía otra vez. Un proyecto nuevo aguarda por mí. Hoy, de madrugada, dejé listo este relato para publicarlo en la noche y me fui a trabajar. Pero algo ocurrió al mediodía. 


Estaba en lo alto de una escalera podando un árbol cuando recibí una llamada. Era Nick, dueño de una de las mansiones más grandes y hermosas de la región. “Me he enterado de que estás buscando clientes. ¿Quieres hacerte cargo de mi propiedad?”, me preguntó. Así que hoy, en la víspera de mi santo, he descorchado una botella de vino para celebrarme a mí mismo. Creo que es justo y necesario. ¡Salud!


Noviembre, 26, 2025
New Hampshire, USA

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sábado, agosto 02, 2025

Fernando Bazán Blass

 FERNADO BAZÁN BLASS

Sin lugar a dudas, Fernando Bazán Blass se distinguió como una de las personalidades más interesantes de Chimbote. Su fallecimiento, ocurrido hace cinco meses, conmocionó a la opinión pública y nos recordó su condición de primus inter pares en la construcción de la identidad de nuestro puerto. Su biografía es un mosaico de ricas y diversas experiencias: lustrabotas y canillita, pescador y docente, dirigente barrial, deportivo, sindical y político, investigador histórico y escritor. Cada capítulo de su vida refleja una profunda conexión con las reivindicaciones sociales de su entorno. Y, en su vena intelectual fluyó una curiosidad insaciable que lo llevó a documentar parte de la historia de Chimbote y Áncash a través de una veintena de libros.


Nació en Miraflores, Lima, el 30 de mayo de 1941. Sus padres fueron don Mauro León Bazán Matienzo y doña Gloria Aurelia Blaz Ávila, ambos oriundos del distrito de Huandoval, en la serranía de Áncash. En 1951 la familia se estableció en Chimbote. Su educación primaria la inicio en Lima, continuó en Cajamarca, luego en Huandoval y, a partir del tercer grado, la prosiguió en la Escuela 313 que por entonces tenía como director a don Alberto Torres Guzmán. La secundaria, en el Colegio Nacional San Pedro, y la superior en la Escuela Normal Marianista de Chimbote, filial de la Universidad Católica del Perú, donde obtuvo el título de Profesor en Educación Primaria.


Fernando, al igual que muchos jóvenes de su generación, aprendió a nadar cerca del antiguo muelle que existió frente a la Plazuela 28 de Julio (hoy Plaza Grau). Primero, se nadaba desde la orilla de la playa al viejo “Fierro Mocho” y, luego, con mayor destreza, hasta “La Poza” del muelle. Para él esta zona fue no solo un lugar de recreo, sino también de trabajo, pues aquí aprendió a pescar a cordel caballas, mojarrillas y anguilas.


En 1959, empezó el oficio de pescador, una actividad que ancló su memoria al mar y de la cual ha contado tantas historias. El domingo 1° de enero de 1961, Fernando salió a faenar con el patrón de lancha Pedro “Carpintero” Nolasco, su compadre José “Saltojo" Abanto y la tripulación de la embarcación “Ayllu 1”. Zarparon del Callao con la esperanza de llenar la bodega de bonito, pero, al poco tiempo, un desperfecto mecánico dejó la nave al garete. Pasaron varios días perdidos en altamar, y el viernes 6 de enero un barco de la Armada Peruana los avistó y remolcó hasta el puerto de Huacho. Su labor como pescador tuvo un abrupto final cuando su madre, doña Gloria, tras el ahogamiento de un pescador de apellido Alayo que era inquilino en su casa del Zanjón, le dijo que prefería verlo pobre, pero vivo.


Tuve el privilegio de conocer a Fernando desde mi infancia. Ambos vivíamos en barrios cercanos de Chimbote: él en El Zanjón y yo en San Isidro. En 1968, su hermano Jorge se casó con mi vecina Lucha Guzmán, lo que propició las visitas de la familia Bazán a nuestro vecindario. Además, solíamos compartir los domingos de fútbol en La Pampa de la urbanización 21 de Abril, ubicada frente a mi casa. Allí llegaban peloteros de distintos lugares, entre ellos Jorge, quien ya destacaba en el Unión Juventud de primera división en ese entonces. Fernando también acudía para disfrutar de los encuentros. Estos hechos acontecieron antes del terremoto de 1970. Tras el sismo, los Bazán y otras familias se instalaron temporalmente en carpas levantadas en La Pampa, convirtiendo el terreno de juego en un gran campamento de emergencia.


En 1962, Fernando contrajo matrimonio con Clara Rodríguez Quiroz y establecieron su hogar en la casa familiar de El Zanjón. Hijos, nietos y bisnietos fueron llegando para perpetuar el buen nombre de la familia Bazán. Desafortunadamente, el 14 de julio de 2015, Clara falleció. Años atrás, la madre de Fernando, doña Gloria, había plantado un árbol de pacay en el patio central de la vivienda, el cual, con el paso del tiempo, se convirtió en un refugio espiritual para él. En este patio perdura el tronco del árbol original, se muestran fotografías de seres queridos que han muerto, y ronda el eco de las tertulias del anfitrión con sus amigos. Fuera de las cuatro paredes de la casa, aún laten capítulos de la historia de El Zanjón: la escuela Minerva de don Arsenio Vásquez Romero, el club Unión Juventud y las inundaciones del río Lacramarca.


El domingo 31 de mayo de 1970, mientras la tierra temblaba, llegó al mundo su hija Socorro Milagro. Su nombre simboliza las circunstancias extraordinarias de su alumbramiento: nació en plena calle, a unos metros del frontis de la casa, y fue envuelta con la camisa nueva de Fernando, adquirida para celebrar su cumpleaños el día anterior. El dramático parto fue posible gracias a la perseverancia del padre, al apoyo de la familia, a la labor de la partera que trabajó mientras oraba por su propia familia, a la solidaridad de los vecinos y a la valentía de la madre.


En 1972, Fernando Bazán Blass, Alejandro Ponce Rodríguez, Wagner Geldres Arce y Frank Suárez Puelles conformaron la delegación de docentes de la provincia del Santa que asistió al Congreso de Unificación del Magisterio Peruano, que tuvo lugar en Cuzco del 2 al 6 de junio y donde se fundó el SUTEP. A manera de anécdota, cabe mencionar que en este evento se acuñó el apelativo de “Pensamiento Correcto”, con el cual los compañeros apristas y colegas docentes de Fernando se referían a él. Durante los debates del congreso, diversos grupos de profesores comunistas, que competían por el control del sindicato, proclamaban representar al verdadero pensamiento correcto de las tesis marxistas. En una de las asambleas nocturnas, cuando ya era de madrugada y la mayoría de los delegados dormía en sus asientos, le concedieron a Fernando el uso de la palabra. “No es un pensamiento ni actitud correcta que, mientras uno habla, todos estén durmiendo”, protestó él. Sus amigos celebraron su intervención. “En el Cuzco nació mi chapa”, dijo siempre el buen Fernando.


Entre 1975 y 1977, Fernando ocupó la presidencia de la Liga Distrital de Fútbol de Chimbote. Antes, en el año del terremoto, había sido delegado del club Unión Juventud. Su gestión deportiva fue ampliamente reconocida en la localidad. Incluso obtuvo la cesión de un terreno ubicado al costado del puente Gálvez, donde se proyectó la construcción de la sede institucional. Lamentablemente, dirigencias posteriores perdieron el predio. Los años en que Fernando estuvo al frente de la Liga coinciden con una época de apogeo del balompié local. En primera división destacaban equipos como José Gálvez, Deportivo SiderPerú, Lolo Fernández, Strong Boys, Sport Marítimo, Honorio Gozzer y, ciertamente, la escuadra verde-limón de El Zanjón.


A finales de 1977, inicié mi militancia política en el partido aprista en Chimbote. En ese entonces, Fernando ya era un reconocido miembro de la organización. La vida diaria del activismo partidario fortaleció nuestra amistad. En junio del año siguiente, cuando tenía 17 años, fui elegido subsecretario general de la JAP. Los jóvenes de esa generación trabajamos de manera cercana con Fernando, pues compartíamos el mismo interés por la formación ideológica. Él era un polemista preparado, siempre dispuesto a confrontar a los comunistas en cuestiones filosóficas, doctrinales y programáticas.


En junio de 1979, me eligieron para representar a la JAP en el XII Congreso Nacional del Partido, celebrado en Lima los días 6, 7 y 8 de julio. También asistió Fernando, quien fue elegido entre los adultos. Fue una experiencia extraordinaria. Haya de la Torre se encontraba enfermo y empezaba una nueva etapa para la organización. Compartimos varios días bajo el mismo techo con los líderes históricos Edmundo Haya de la Torre, Armando Villanueva del Campo, Ramiro Prialé Prialé, Luis Alberto Sánchez, Andrés Townsend Ezcurra, Carlos Manuel Cox, Luis Heysen Incháustegui y Fernando León de Vivero. De la generación intermedia estuvieron Carlos Enrique Melgar, Alfonso Ramos Alva y Luis Negreiros Criado. Y de las nuevas hornadas, Carlos Roca Cáceres, Alan García Pérez y Luis Alva Castro. Pocos días después, el 12 de julio, Haya firmó la Constitución de 1979, y el 2 de agosto falleció en su casa de Villa Mercedes.


Fernando dedicó una parte importante de su vida al sector educación, ejerciendo como profesor de aula durante muchos años y ocupando diversos cargos: Supervisor de las Escuelas Municipales (1966-70), Director de Centro Educativo (1987), Director de la Unidad de Servicios Educativos del Santa (1989-90) y de Barranca (1990), siendo además fundador de esta última y cesando en ese mismo año. En otras áreas de su vida pública, fue regidor de la Municipalidad Provincial del Santa (1981-83) y Director de Comercio Exterior y Turismo en la Subregión Pacífico (2005-06). En 2008, trabajó como Responsable de Capacitación y Promoción Social del Programa Social Productivo Construyendo Perú en la Jefatura Zonal Áncash.


En el año 2003 salió a la luz la primera edición de “Historia de Chimbote”, obra de Fernando Bazán Blass que ayuda a entender el proceso histórico del desarrollo y evolución de nuestra ciudad. Hasta el momento, sigue siendo la propuesta más relevante sobre este tema. También son de su autoría: “Proceso Parlamentario de la Creación Política del Distrito de Chimbote” (2000), "Creación política del distrito de Chimbote" (2004), “Historia de Huandoval” (2005), “Historia del ferrocarril de Chimbote” (2005), “Historia del Movimiento Democrático en Chimbote, Presencia Social y Popular Aprista” (2007), “Historia de la Comunidad de Indígenas de Chimbote y Coishco (2009), “Historia cultural y económica de Áncash” (2011), “Panorama histórico de Chimbote” (2012), “La presencia china en la provincia de Santa” (2016), “La guerra con Chile. La barbarie chilena en Chimbote y Tambo Real” (2016), “La Villa de Santa María de la Parrilla” (2016), “La iglesia católica en Chimbote” (2017), “El pisco de Moro y Motocachi” (2017), “Juan Gilberto Meiggs y la propiedad urbana y rural de Chimbote” (2017), “Memorias de la pesca en Chimbote” (2017), “Moro, su gente y su historia” (2018), “Origen histórico de Chimbote” (2019), “Historia de Nuevo Chimbote” (2019), “El Chimbote de Arguedas” (2019), “Historia de Tambo Real Puente o Palo Seco” (2020), “El ferrocarril de Chimbote a Huallanca, Quiroz y La Galgada” (2022), “Historia laboral del pescador en Chimbote” (2024). Su amplia contribución a desentrañar nuestra historia le valió importantes reconocimientos, entre ellos la Medalla de la Ciudad de Chimbote (2011), de Caraz (2013) y del Congreso de la República (2016).


Fernando tuvo entre sus hermanos a la Magíster y Doctora Paula Bazán Blass, quien también es fallecida. Paula fue una destacada profesional que dejó en alto el nombre de su familia y el de la ciudad de Chimbote. Egresó del Colegio Nacional San Pedro en 1953 y luego estudió obstetricia en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Trabajó en hospitales de Chimbote y Lima, siempre enalteciendo su noble profesión. Asimismo, ocupó el cargo de Profesora Principal en la Facultad de Obstetricia de la Universidad San Martín de Porres. En 2005, un año después de su fallecimiento, el Colegio Profesional de Obstetras del Perú, mediante Resolución Nº 083-2005-CN-COP, decidió honrar su memoria nombrando “Premio Anual Paula Bazán Blass” al galardón que anualmente otorga a los miembros de la orden que sobresalen por su excelencia profesional.


Cada año visito Perú. Una vez en Chimbote siempre me reúno con mi buen amigo Bernardo Cabellos, quien también fue dirigente japista en 1978. Le comento mis planes para la estadía en la ciudad. Hasta mi viaje anterior, él solía repetirme: “Tenemos que ir a ver a Fernando”, y así terminábamos en la casa de El Zanjón escuchando al viejo maestro. El anfitrión nos mostraba libros, archivos digitales y fotografías antiguas, y su plática era inagotable. Nuevamente, nos explicaba el pensamiento aprista en relación con las tesis marxistas, como solía hacerlo en sus charlas con la juventud. Bernardo y yo lo escuchábamos con el mismo respeto de hace casi medio siglo, pero también con el cariño forjado a lo largo del tiempo.


Este año ha sido diferente. Regresé a Perú para fiestas patrias y, por primera vez, no fui a ver a Fernando al Zanjón; con Bernardo fuimos a visitarlo al camposanto Lomas de la Paz. Debo mencionar que escribí este relato, o la mayor parte de él, en febrero, con la intención de publicarlo ese mismo mes. Sin embargo, no lo hice porque había unos datos en la información biográfica que necesitaba verificar antes de la publicación. Para tal efecto, le solicité a Bernardo que contactara a Fernando, pero la familia indicó que el escritor no se encontraba del todo bien. El martes 18 de marzo nuestro querido amigo falleció. Cinco meses después, estando yo en Chimbote, logré confirmar los detalles, reescribí el relato inicial y concluí la historia.


La biografía de Fernando Bazán Blass transpira integridad. Su producción bibliográfica revela al historiador inquisitivo y laborioso. Era un hombre leal a sus raíces, apegado a su barrio, esquinero sin prisa, conversador nato, amigo servicial e intelectual sin alardes. Una vida fecunda consagrada a la educación, la justicia social y la historia de Chimbote.


Chimbote, Perú

Agosto 02, 2025

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viernes, mayo 02, 2025

De Vuelta a Tacorita

DE VUELTA A TACORITA


En agosto del 2012 publiqué un relato sobre Tacorita. Es una historia que me resulta entrañable y figura entre mis escritos más leídos. Trata de los talleres de esteras que a lo largo de la década de los setenta y parte de los ochenta existieron en la segunda cuadra de la avenida Buenos Aires de Chimbote, entre los jirones Pizarro y Garcilaso. Allí, mi papá tenía un puesto de reparaciones de triciclos y bicicletas, y yo trabajé a su lado cerca de diez años, desde los once hasta las vísperas de cumplir la mayoría de edad.


Me hice adulto influenciado de manera incalculable por las vivencias en el taller. La devoción por el trabajo, el madrugarle a la vida, el edén de los amoríos precoces, los peloteros colmando las tardes de goles, las amistades que llegaron para nunca irse, la sensación de primera vez en cada recodo de lo vivido. La línea del tren pasaba a dos metros de los talleres, y sus rieles fueron testigos de tantos momentos cruciales que le debo a Tacorita.


En tiempos recientes me he ido haciendo de una importante colección de pinturas al óleo encargadas en Chimbote al artista plástico Héctor Chinchayán Paredes. El año pasado, durante mi visita a Perú, le dije: “Te voy a pedir un trabajo que será más difícil que los anteriores”. Le expliqué que, en las obras pasadas, los personajes y motivos habían sido visibles y tangibles, como mi madre o la Isla Blanca; sin embargo, en esta ocasión se trataba de algo que sólo existía en mi memoria. Hablaba de Tacorita, tal como lo conservo en mis recuerdos.

“Me gusta el reto, será interesante”, fue la respuesta de Chinchayán. Lo llevé a la esquina de la avenida Buenos Aires con el jirón Garcilaso, donde estaba la propiedad de la familia Hidalgo. “Desde aquí obtendrás la perspectiva adecuada para la pintura”, le indiqué. No era mi plan incluir todos los talleres de la cuadra, sino sólo aquellos del lado de Garcilaso, ya que allí se hallaba el de mi padre. Quería recrear el ajetreo de la calle y la laboriosidad de los artesanos, incluyendo los rieles, los peloteros y las casas vecinas. La trama de estos elementos era el alma de Tacorita.


Hay algo importante que no mencioné en el relato del 2012, pues deseaba abordarlo en otro texto. Me refiero al incendio de 1975 que destruyó tres talleres, incluyendo el de mi padre. Mi hermano Fernando y yo solíamos dormir allí. Lo hacíamos para prevenir robos nocturnos que a veces ocurrían si no había vigilancia. En la noche del siniestro, Fernando tenía 16 años de edad y yo 14.


Los puestos afectados estaban ubicados hacia el jirón Garcilaso, comenzando con el primero en la esquina, propiedad de un antiguo pescador que reparaba primus y cocinas a kerosene. Su nombre era Nicolás Clavijo Nunjar, conocido como el “Tío Nico”. A su lado estaba la herrería de don Segundo Miñano Velásquez, a quien nosotros llamábamos “Tío Cani”. A continuación, seguía el de mi papá. Afortunadamente, el fuego no alcanzó el cuarto taller, donde el “Maestro” Pedro Lucas Ferrera se dedicaba a la soldadura eléctrica y autógena. Tenía tanques de oxígeno y acetileno, cuya explosión podría haber agravado la situación.


En el taller del Tío Nico dormía de favor un hombre de edad indefinible, tez morena, barba descuidada, ropas andrajosas y una cojera tan pronunciada que le había encorvado la espalda. No sabíamos su nombre, así que lo apodábamos El Cojo. Él llegaba a dormir más tarde que nosotros, y nosotros nos levantábamos más temprano que él. Por las mañanas, al ponerme en camino a casa, me gustaba espiar la vida de El Cojo.  Por entre las rendijas de las esteras del primer taller, lo veía dormir en el suelo sobre cartones, con el bastón a su lado.


La noche en que estalló el fuego, Fernando y yo dormíamos en nuestro puesto. A eso de las dos y media de la madrugada, me desperté y noté un resplandor rojizo en el taller. Sacudí a mi hermano, y le dije, “Esto se ve muy raro”. Él se incorporó de la cama y empezó a decir algo, pero no lo terminó. Instintivamente, ambos comprendimos que algo grave estaba sucediendo.


Nos inclinamos hacia la estera que daba a la calle, y contra la cual se recostaba la cama. Con rapidez abrimos un hueco en el carrizo. A través de la abertura tratamos de observar la cuadra en busca de alguna señal sobre lo que estaba ocurriendo. Y vimos algo inusual. En medio de la calle, pasando ya nuestro taller, El Cojo se alejaba con apuro, como si intentara escapar de algo. Por el hueco le grité: “¡Maestro!, ¿qué está pasando?”. Y El Cojo, sin detenerse ni mirar atrás, me respondió: “¡Incendio muchachos, corran!”.


Saltamos de la cama. No terminamos de vestirnos y corrimos hacia la puerta de la calle. Afuera vimos el taller del Tío Nico envuelto en llamas. Supimos que la herrería sería la siguiente, y luego llegaría nuestro turno. “¿Qué hacemos?”, le pregunté a Fernando. Él me miró y contestó: “Yo voy a sacar todas las cosas que pueda; tú anda corriendo a los bomberos”.


La Compañía de Bomberos Voluntarios Salvadora Chimbote Nº 8 estaba ubicada en el centro de la ciudad, en la intersección de los jirones Ladislao Espinar y Guillermo Moore. La distancia entre Tacorita y los bomberos era poco más de un kilómetro, así que empecé a correr en esa dirección. La última vez que vi a Fernando, estaba lanzando bicicletas desde la puerta del taller al otro lado de los rieles. 


Corrí sin zapatos en la penumbra de las primeras horas de la madrugada. Avanzando por la segunda cuadra de la avenida Buenos Aires, giré a la derecha hacia Pizarro y luego a la izquierda para la avenida Gálvez. A continuación tomé el jirón Olaya y pasé frente al antiguo cine del mismo nombre. Tenía la intención de doblar a la izquierda en dirección a Manuel Ruiz, pero no pude; un policía me detuvo.


A tres puertas del cine Olaya se situaba la sastrería Santa María. Unos momentos antes, este local había sido objeto de un robo, y dos policías estaban investigando en su interior. Uno de ellos fue quien me detuvo. “¿Por qué estás corriendo?”, me preguntó. Yo, con la respiración entrecortada, respondí: “¡Incendio, señor, se están quemando los talleres de Tacorita!”. No había un patrullero frente a la sastrería, pero sí el viejo Toyota rojo de un taxista. El policía miró al chofer y, con firmeza, le ordenó: “¡Lleva a este muchacho de inmediato a los bomberos!”.


En menos de cinco minutos llegamos a la intersección de Espinar con Moore y pude ver la estación de bomberos. Una vez frente al portón principal, el taxista se detuvo abruptamente y exclamó: “¡Corre, muchacho, corre!”. Salté del auto y empecé a golpear la puerta con las manos, a la vez que gritaba: “¡Incendio, incendio!”. En un instante, la señal de alarma resonó en el edificio y un bombero se deslizó rápidamente desde el segundo piso a través de un tubo. En tanto él abría la reja, dos bomberos más descendían. El que vi primero me pidió detalles de la situación. Mientras le proporcionaba la información, él se ponía la chaqueta y el casco. Al mismo tiempo, otro bombero terminaba de abrir la reja y un tercero ya estaba sacando la unidad a la calle. Cuando todos estuvimos afuera, recibí la orden: “¡Trépate a la parte de arriba del coche!”.


Partimos rumbo a Tacorita. El ulular de la sirena rompía el silencio de la madrugada. De pie en la plataforma del camión, me agarraba de lo que podía. Desandamos la ruta que minutos antes había recorrido. Una vez en el jirón Pizarro, volteamos a la segunda cuadra de la avenida Buenos Aires, donde se encontraba Tacorita. Al pasar frente a la funeraria Martínez, desde lo alto del camión pude ver cómo las lenguas de fuego ya devoraban parte del taller de mi padre.  


Los bomberos se detuvieron frente a las llamas. Vi a Teodosio Príncipe Herrera y Sergio de la  Cruz Aguilar Moya, junto a otros vecinos, arrojando baldes de agua al fuego. El incendio consumía la mitad de nuestro taller. Fernando seguía sacando cosas hacia afuera. Los bomberos desplegaron las mangueras y las conectaron a las válvulas de la bomba. Uno de ellos le ordenó a mi hermano que se alejara del fuego. El chorro de agua salió disparado y en menos de cinco minutos apagó la candela. Más de la mitad del taller había sido arrasada por el siniestro. 


Varias décadas después, cuando le conté esta historia a Miriam, mi amiga de la funeraria Martínez, lo primero que me preguntó fue: “¿Y por qué no le tocaste la puerta a mi abuelito Toribio para que te prestara el teléfono?”. Yo había tenido años para pensar en la respuesta. En el Chimbote de los años setenta, los teléfonos fijos eran un lujo que la gente humilde no podía permitirse. La noche del incendio, probablemente, no pensé en uno de ellos porque no formaban parte de mi mundo. Aún más interesante es el caso del policía que me detuvo frente a la sastrería Santa María. Él no buscó un teléfono; lo que hizo fue meterme en un taxi y mandarme volando a los bomberos.


Para Fernando y para mí, la vida continuó después del incendio. Esa mañana fuimos al colegio, donde tuvimos que responder las preguntas de nuestros compañeros de aula, intrigados por el olor a chamuscado que nos envolvía. Para mi papá, también prosiguió la vida. La noche del incendio perdió una batalla, pero no la guerra. A la mañana siguiente, ya estaba listo para la tarea de hacer renacer el taller, como el ave fénix, desde sus cenizas.


A lo largo de enero, febrero y marzo del año en curso, Héctor Chinchayán me envió varios avances y ajustes de la pintura que estaba creando de Tacorita. En la primera parte de este tiempo, nos dedicamos a cuadrar los elementos centrales de la obra. Luego, abordamos otros aspectos de la vida cotidiana en los talleres. A fines de marzo sentí que habíamos logrado plasmar lo esencial de mis recuerdos. “Termínalo, ya tenemos a cada cosa en su sitio”, le dije.


Cuatro semanas después, el pintor concluyó la obra y el miércoles último se la entregó a mi amigo Bernardo Cabellos. Ese mismo día, Bernardo me hizo llegar una foto digital de la pintura y envió el lienzo a New Hampshire. Este viernes mi madre recibirá en Chimbote una copia enmarcada para la sala de nuestra casa.


Al observar la fotografía recibida el miércoles, volví a sumergirme en el universo de Tacorita. Sonidos, imágenes y personajes resurgieron ante mí. Escuché la voz de mi padre, los golpes en el yunque del herrero, el chirrido eléctrico del soldador, el bullicio de los peloteros. Vi a la mujer de líneas hechizantes cruzando la cuadra al mediodía. Degusté el pan de manteca del joven que nos lo vendía de su canasta al caer la tarde. Sí, y otra vez oí: “¡El tren... se viene el tren!”, que alguien gritaba con urgencia.

Con este relato y esta pintura, cierro mi vieja deuda de gratitud con Tacorita.


New Hampshire, USA

Mayo, 02 2025


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viernes, enero 10, 2025

Dos Ranas Disfrutando de un Paseo


 DOS RANAS DISFRUTANDO DE UN PASEO

Fue el viernes 22 de noviembre del año pasado, 2024, cuando vi a las ranas por primera vez. Era una tarde de otoño y estábamos limpiando el colchón de hojas secas que cubrían los jardines y las áreas verdes de una mansión en la ciudad de North Hampton, estado de New Hampshire. El equipo de trabajo se componía de tres personas. Kevin, Jared y yo. Algo semienterrado entre la hojarasca captó mi atención. Cuando despejé el follaje inerte, descubrí a dos alegres ranas en una canoa. 


En realidad, se trataba de una estatuilla de bronce de 58 centímetros de largo que representaba a dos ranas disfrutando de un paseo, una remando la canoa y la otra sosteniendo un vaso de vino en su mano. Me gustó por varias razones: el inesperado contraste de una embarcación acuática sobre la tierra del jardín; la calidad artesanal de cada detalle de la obra; y, sobre todo, la agradable sensación que evoca la imagen.

Por algunos minutos observé con curiosidad la pequeña escultura, intentando absorber su mensaje vital. Llamé a mis colegas para que también la miren, y les encantó. En el viaje de regreso a la oficina, envié una foto de la obra a todos los empleados de la compañía y, a manera de encuesta, les pregunté si sabían de qué propiedad procedía la escultura de las ranas de bronce. Era viernes y el fin de semana empezaba. Varios respondieron con buen ánimo. Jared dijo: “Me sorprendió que Eduardo no haya tocado la puerta de los propietarios y les haya ofrecido 200 dólares por la estatuilla. No tengo duda que él la apreció mucho más que sus propios dueños”.


Jared es un joven de 25 años que trabaja conmigo desde que tenía 19. Somos grandes amigos. Terry, mi esposa, tiene una regla en casa de no permitir compras por internet, pues teme a la estafa que a veces ocurre en este tipo de transacciones. Así que cuando necesito adquirir algo en línea, para evitar que ella se moleste o se entere, le pido a Jared que lo haga por mí, y luego le reembolso el dinero. Aquel viernes de noviembre no fue diferente. Le solicité a mi amigo que averiguara dónde podía conseguir una estatuilla similar a la de las ranas y cuál sería su costo. El cálculo inicial de Jared había sido certero, el precio era de 200 dólares. “¿Te la compro?”, me preguntó. “Déjame pensarlo”, le respondí. Pero nunca le di una respuesta definitiva.

El martes 29 de octubre, un par de semanas antes de mi encuentro con las ranas, me sometí a una cirugía menor en la que me retiraron un tumor benigno de la parte baja de la nuca. Me pusieron once puntos y el doctor me tranquilizó asegurándome que todo había salido bien. El jueves 14 de noviembre volví a la clínica para que me quitaran la sutura. Se suponía que era la etapa final del procedimiento, pero, lamentablemente, fue sólo el comienzo de otro tipo de complicaciones.

Desde pequeño mis heridas siempre han sanado rápidamente. Mi mamá solía mencionarlo una y otra vez, y me ponía como ejemplo ante mis hermanos. Crecí con esa confianza, mis lesiones se curaban sin inconvenientes. Sin embargo, esta vez fue diferente. Después de la operación en la cabeza, la incisión no estaba cicatrizando como esperaba y comencé a inquietarme. Días más tarde descubrí la causa: la enfermera que retiró los puntos, había dejado accidentalmente dos pequeños filamentos dentro de la sutura, lo cual estaba dificultando mi recuperación.

¿Les vas a hacer algún problema al personal de la clínica?, me preguntó Terry al confirmar mi sospecha. Le expliqué que la negligencia de la enfermera estaba afectando mi vida diaria. “Aquí hay daños y perjuicios”, le dije. “Piensa en Abby, ¿te gustaría que ella pasara por algo así?”, replicó Terry. Abby es nuestra sobrina, una joven enfermera que ejerce en un hospital. Mi hija Dorothy escuchaba atenta la conversación. Cuando el jueves 5 de diciembre regresé a la clínica, sólo quise que me retiren el material de sutura olvidado y nada más.

Durante los días posteriores a mi última cita estuve contento. Sentí que la herida se curaba con la celeridad que esperaba. Luego llegó la Navidad y el Año Nuevo. Terry no trabajaba en esos días festivos. Yo solicité una semana de permiso en la empresa para compartirlo con la familia, y poder hacer cosas que la vorágine del trabajo a menudo impide: conversar, limpiar la casa y descansar.

Aproveché el tiempo libre para hacer algo que me gusta mucho: ver películas policiales europeas, especialmente francesas, belgas y alemanas. Disfruté de varias, entre ellas los ocho filmes de la serie germana “Crimen en los Montes Metálicos” que estaban disponibles en Youtube. Mientras me sumergía en la sucesión de episodios, sentado contra el respaldo de la cama con la cabeza apoyada en una almohada, un hilo de preocupación se fue apoderando de mí. Sentí otra vez que una parte de la herida había dejado de sanar y se tornaba más sensible al contacto con la almohada.


Esta sensación fue más intensa el primer día del nuevo año, cuando veía el último episodio de la serie alemana. La historia me mantuvo en vilo de comienzo a fin. En ella, el detective Robert Winkler y su joven compañera Karina Szabo investigan la desaparición de una chica de 16 años llamada Mia, quien había estado en una relación con Ado, un muchacho también menor de edad, de origen africano que residía en un Centro de Refugiados local. Uno de los principales sospechosos es Ralf, el tío de Mia, un individuo abusivo, desagradable y con tendencias racistas. Temprano en la historia, el detective aconseja a su compañera a que no se deje llevar por prejuicios hacia el tío, señalando que, “Incluso los tontos a veces pueden tener razón”. A medida que avanza la trama se revela que Mia había dado a luz a un hijo de Ado. Poco después se encuentra el cadáver de la joven. Además, se sabe que ella había tenido relaciones sexuales con su tío, y que éste intentó incriminar y eliminar a Ado. Cerca del final de la película Ralf se declara culpable y es arrestado. Sin embargo, en los últimos tres minutos ocurre un giro inesperado, se descubre que Moritz, el hermano gemelo de Mia fue quien la mató. En la escena final Robert Winkler le comenta a Karina Szabo: “Ralf no nos cae bien, pero intentó sacrificarse por su sobrino”. A lo que ella responde: “Porque tiene el color de piel que le gusta”.


El segundo día del año fue jueves y no trabajé debido al mal tiempo. Aquel día confirmé la preocupación que había estado evitando pensar hasta entonces. Un pequeño filamento de sutura había empezado a aflorar otra vez de la herida, y era sensible al roce de mi dedo. Había sido operado en una clínica de prestigio, pero la negligencia de la enfermera que retiró los puntos aún me perseguía como un fantasma que se resistía a dejarme en paz. Esa noche, me fui a la cama abrumado por la decepción.

Al día siguiente, viernes, fui a trabajar. Llegué a la oficina a las ocho de la mañana, a esa hora empezaba también el horario de atención en la clínica.  Le dije a los empleados que me esperen unos minutos pues necesitaba hacer una llamada. La recepcionista que respondió el teléfono se mostró preocupada, hizo algunas consultas, y me dio una cita para el lunes 6, a las 9:50 am. A continuación, volví a la oficina donde mi jefe, Duncan, ya había llegado y se encontraba abriendo un gran paquete de cartón. Intercambiamos saludos. “Me enteré de que tu herida sigue complicándose”, comentó. Luego me pidió que terminara de abrir la encomienda, lo cual me sorprendió un poco, ya que él, normalmente, no me da ese tipo de órdenes.


Una vez que terminé de abrir el paquete, me quedé atónito al descubrir lo que había en su interior. Era una estatuilla de bronce… una réplica de la estatuilla de las ranas en la canoa. “Es un regalo para ti, sé que te gusta. Por el incansable trabajo que le dedicas a la empresa”, me dijo. Me invadió una gran alegría y me olvidé de la herida, y aún me siento así mientras escribo estas líneas y espero por mi cita.


New Hampshire, USA

January, 06 2025


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