sábado, noviembre 23, 2013

El Eje Chimbote - Londres - New Hampshire


EL EJE CHIMBOTE - LONDRES - NEW HAMPSHIRE

Eduardo, 1994. Aeropuerto Internacional 
Jorge Chávez. Lima, Perú
Año tras año subo y bajo de aviones que cruzan océanos azules y nostalgias variopintas. Tantas veces he partido y he arribado a los aeropuertos Jorge Chávez, Heathrow y Logan que, en forma natural se ha establecido en mi vida el eje Chimbote, Londres, New Hampshire como una trilogía a la que amo sin celos ni sentimientos de culpa. 

Cada uno de estos lugares tiene un significado especial y corresponden a una etapa definida de mi existencia: Chimbote es la cuna y la primavera de mi vida, Londres es la etapa intermedia de la madurez, y New Hampshire es el otoño sereno de la reflexión.

En Chimbote está la casa donde abrí los ojos por primera vez y mi padre cerró los suyos por última vez. Está el mar cuyo oleaje arrulló las noches de mi niñez. También el viejo Estadio donde grité a todo pulmón los goles del José Gálvez FBC. Todavía reverbera el eco de las canciones de Los Rumbaney’s que hicieron de Chimbote una potencia musical. Y en cada rincón pervive el recuerdo del terremoto de 1970, cuyos cuarenta y cinco segundos de duración hizo hombres a los niños de mi generación.

Hace un par de décadas, cuando tomé el primer avión con destino a Londres, mi bola de cristal no me anunció que en tierras británicas nuevos amores aguardaban por mí. Entre los goles del Chelsea y el Arsenal, las estaciones del metro de Baker Street y Notting Hill Gate, las cosas cotidianas del día y la emocionante vida multicultural de la ciudad, sin darme cuenta, se me fue trepando el cariño por esta gran ciudad.

Eduardo, 2013. Big Ben, Londres, Inglaterra
Y este cariño devino entrañable cuando en Londres conocí a mi esposa y también nacería aquí mi única hija. La llegada al mundo de un hijo genera tantos lazos pequeños y grandes con la tierra natal, que no tardé en darme cuenta que mi corazón se había encadenado sin remedio a la capital inglesa. 

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, dice la canción de Rubén Blades. Y un buen día del 2003 resulté mudándome a New Hampshire, USA. Tenía entonces cuarenta y dos años de edad y ya no estaba para experimentos, pero mi esposa tuvo dos buenas razones: Ella, después de vivir tres lustros en Europa quiso regresar a New Hampshire, su tierra natal, y quiso también que nuestra hija crezca en los parajes idílicos del noreste norteamericano.

Si Londres me sedujo con la belleza perfectista de sus parques, alamedas y jardines, New Hampshire me conquistó con la exuberancia natural de su flora y fauna, el carnaval de su vida silvestre, la explosión de sus ríos y riachuelos, y un clima dividido a hachazo limpio, cual dramática interpretación de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi.

Año tras año en New Hampshire, mientras limpio la maleza de los jardines durante la primavera, soporto el calor abrazador del verano, rastrillo las hojas secas del otoño, y palaneo la nieve del invierno, veo crecer a mi hija, llenarse de canas a mi esposa, y yo voy perdiendo el poco pelo que aún me queda.

Cada vez que trepo a un avión, una parte mía sabe que más que en las manos del piloto estoy en las manos del Creador. Al final de cuentas los aviones son sólo naves de aluminio suspendidas en el aire cual cometas de papel. A treinta mil pies de altura surge el apremio por conversar con Dios, e inevitable también mi mente se desliza a través del Eje Chimbote, Londres, New Hampshire. 

Antigua Plazuela 28 de Julio (Hoy Plaza Grau)
Foto: Cortesía de Fernando Bazán Blas
Chimbote será siempre algo especial para mí. A pesar de la frustración que me causan sus contrastes: gente de lo mejor con autoridades de deplorable nivel, más progreso material y también más inseguridad, lo cierto es que mi vínculo con este puerto del Pacífico Sur es inquebrantable.

Alguna vez dije que mi relación con Chimbote tiene algo de esos amores dolorosos que traen desazón a nuestras vidas, y sin embargo no podemos dejar de amar. Les decimos adiós una y otra vez, pero terminamos volviendo por que no podemos vivir sin ellas. Así es mi amor por Chimbote.

¿Y cuál es mi lugar favorito de la ciudad? No tengo duda que es la Plazuela 28 de Julio (hoy Plaza Grau). La conexión es emotiva. Durante mi niñez a diario visité este lugar con mi cajón de lustrabotas. Aquí asumí a Grau como mi héroe favorito. En sus bancas dialogué con adultos que leían periódicos de calidad y conversaban sobre temas sociales. En las mismas bancas vi sentadas a chicas vestidas con faldas o vestidos, y empecé a interesarme por sus rodillas. 

Ya he dicho que fue mi esposa la fuerza detrás de la mudanza a New Hampshire. Una década más tarde puedo sentir sus dudas acerca del traslado. No lo ha admitido con todas sus letras, pero sé que anhela volver a Londres. La primera vez que me lo insinuó, “¡ni de a vainas!”, le respondí. A lo mejor yo también quiero lo mismo, pero estoy cansado de mudanzas. La última palabra no está dicha, y lo que tenga que pasar, pasará. 

Río Salmón. Rollinsford, New Hampshire, USA
Quién sabe a dónde irán a parar mis huesos al final. Entretanto seguiré viajando. Mi hija cuenta con tres pasaportes: uno por su padre, otro por su madre, y otro por su propia tierra natal. Estoy seguro que ella heredará la pasión por los viajes y continuará volando por el mundo. “¡Alas y buen viento!”, siempre será mi mensaje. 

Hoy caminé las dos cuadras que separan mi casa del río Salmón, y me senté en una banca solitaria. Sin prisa esperé por el final de la tarde. Pensé en Chimbote, Londres y New Hampshire y los sentí como a un eje que ha conectado mi vida. Reflexioné en los viajes, las mudanzas y tantas otras cosas. Y volví a casa con estas ideas dándome vueltas en la cabeza.

... Luego, empecé a escribirlas con el deseo de verlas publicadas antes del 27 de Noviembre, fecha en que cumplo cincuenta y tres años de edad. 

New Hampshire, USA
Noviembre, 2013

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