viernes, febrero 19, 2016

Dorothy Elsa... 17 Años

DOROTHY ELSA… 17 AÑOS

Dorothy Elsa
“Puja Terry, si la bebé no viene pronto, voy a tener que usar estos fórceps”, dijo el médico obstetra y dejó la sala de partos. Terry y yo sentimos un estremecimiento. Una y otra vez ella me había expresado su temor a que el parto fuera asistido con aquellas pinzas metálicas que ayudan a extraer la cabeza del bebé, pero que muchas veces terminan lesionando el cráneo de los recién nacidos.

Habíamos sido afortunados al lograr que los controles y el parto fueran programados en el University London Hospital, uno de los nosocomios más prestigiosos de la capital inglesa. El pedido fue aceptado en atención a la edad de mi esposa. Y allí estábamos aquel día. Era una mañana de invierno, nublada y sin mucho frío. En la sala de partos se sentían pasos, como que el arribo de nuestra primera y única hija era inminente. “Ya escuchaste al doctor”, dijo la obstetra Morin y se mantuvo vigilante, de pronto soltó un suspiro, y exclamó: “¡Ahora Terry… puja, puja, puja!” La fecha marcada en el calendario era viernes 19 de febrero de 1999.

Terry y yo estuvimos lejos de ser unos jovencitos cuando iniciamos nuestra relación. Y debíamos apurarnos, si queríamos tener descendencia. Pero cristalizar nuestro anhelo se convirtió en una realidad huidiza. Era como perseguir a la luna y por más que corriéramos tras ella, más inalcanzable se volvía. Los años fueron pasando y la cigüeña seguía extraviada en otros firmamentos. Hasta que un día cualquiera, ya sin la lumbre de la esperanza, regresé del trabajo, y mi esposa me recibió con la buena noticia.

Primer  día  en  casa.  Lunes,  22  de 
Febrero de 1999. Londres, Inglaterra
Terry dio a luz sin necesidad de los temidos fórceps. El primer llanto de Dorothy nos invadió de alegría. Una larga conversación con Dios iniciada meses atrás, persistía en mi mente. Le había pedido que me diera la oportunidad de ver ese momento, y le prometí que me esforzaría por ser el mejor padre del mundo. La voz de Morin interrumpió mis cavilaciones: “¿Te gustaría?” me preguntó, al tiempo que me alcanzaba una tijera. “Desde luego”, le respondí. Cuando corté el cordón umbilical de mi hija, sellé la promesa que tenía en el pensamiento.

Por aquellos tiempos yo andaba adeudado con promesas. Año a año mi mamá me preguntaba cuándo le daría un nieto. A mi padre lentamente se le agotaba la arenilla del reloj vital, y era incierto si la vida le alcanzaría para conocer a los hijos que yo anhelaba tener. Y durante mis visitas al Perú, los viejos amigos insistían: “¿Cuándo vamos a conocer a los herederos?” De tal suerte que la mañana del 19 de febrero, estando en la sala de partos con mi hija en brazos, supe que era hora de saldarlas. Y me vi llevando a mi familia al Perú para la Navidad y recibiendo al nuevo milenio en el puerto de Chimbote.

Mi vida cambió el día que Terry me anunció su embarazo. Me llené de sueños y energía otra vez. Mi mente devino un torbellino de planes y proyectos. Reduje mis horas de trabajo y aumenté mis horas de estudios. Convencí a mi esposa para usar nuestros ahorros y comprar el departamento que por entonces alquilábamos en Londres. Yo arreglaba la casa y ella ultimaba los detalles para el arribo de la pequeña. Terry cumplió cuarenta años en el otoño de 1998, y plantó los primeros bulbos de azafrán en el pequeño jardín que teníamos frente a la casa. Su esperanza era que florearan hacia fines de febrero del año siguiente cuando Dorothy llegara al mundo.

Dorothy Elsa. Chimbote, Perú. Año 2001
Mientras la bebé estuvo en el vientre de su madre hubo algunas sombras sobre su salud futura. Diecisiete años después ella es tan saludable como cualquier adolescente de su edad. Es bella, inteligente y con una definida inclinación por la música y el arte. Perfeccionista, no sólo con sus tareas sino también con su presentación. Diseña su propia ropa, presta atención escrupulosa a cada detalle en su arreglo personal, y se queja de un supuesto exceso de pilosidad. Su madre y amigas siempre le dicen, “no es nada, no exageres”. Y yo me quedo callado. Nunca le conté la historia que mi madre me ha repetido muchas veces: El día que me dio a luz, al verme por primera vez, exclamó: “¡Parece un monito, puro pelos!”.

Diecisiete años es una edad mágica. Tal vez ello explica que se haya escrito tantas canciones a este eslabón de la vida. Desde Rocío Dúrcal cantando “Tengo 17 años”, hasta composiciones en diversos géneros como el pasillo, la cumbia y el rock. Alguna vez tuve esa edad. Mezcla de timidez y felicidad, sueños y rebeldía. Dorothy tampoco es inmune a la timidez. No busca reconocimientos, pero éstos le llegan de todas maneras. El año pasado asistió a la fiesta de promoción de su escuela. Es tradicional que en estos bailes de gala se elija a los Prom King and Queen. En un rincón de la sala Dorothy trató de pasar desapercibida, pero alguien la propuso. Esa noche fue elegida y coronada Prom Queen.

Varios años antes que ella naciera, sus nombres ya estaban escogidos. Como jugando, un día Terry y yo barajamos nombres en caso tuviéramos hijos. Y con gran facilidad nos pusimos de acuerdo: si era varoncito lo llamaríamos Frank Alejandro, y Dorothy Elsa si fuera mujercita. Eran los nombres de nuestros padres. Yo nací en 1960 y sólo conocí a la mamá de mi madre, mis otros tres abuelos habían fallecido mucho tiempo atrás. Cuando Dorothy nació sus abuelos maternos ya habían dejado este mundo, pero sí conoció a mi padres. Mi mamá aún vive en Chimbote y siempre la visitamos. Y mi papá la vio varias veces hasta abril del 2007 en que fuimos al Perú para la despedida final.

Eduardo, Dorothy Elsa & Terry
New Hampshire, USA
El Día de San Valentín de 1999 fue domingo y preparé pasteles de pescado. Había visto una receta en la televisión británica y decidí probarla. A Terry le encantó. Cociné una cantidad grande, como para que dure varios días. El lunes por la tarde ella fue al hospital para un chequeo de rutina, pero le indicaron que debía quedarse en observación hasta el día siguiente. Terry confesó que tenía antojos y quería regresar a casa para cenar pastel de pescado, y luego volver al hospital. La obstetra no aceptó, pero se comprometió a llamarme para que yo le llevara la comida. Más tarde, tras recorrer en tren la mitad de Londres, ingresé al hospital; un delicioso olor a pastel de pescado emanaba de la bolsa que llevaba conmigo.

Terry regresó a casa el día siguiente, y el mediodía del jueves fue otra vez al hospital. Su fecha probable de parto era todavía dentro de una semana, pero debió internarse. El viernes temprano por la mañana yo me encontraba trabajando en Heron House, cerca de Baker Street Station. De pronto el recepcionista vino en mi busca. “Han llamado del hospital, su esposa está a punto de dar a luz”, me dijo. No me molesté en recoger mis efectos personales y salí corriendo a la estación del metro. Dorothy nació unos minutos antes del mediodía, y necesitó quedarse setenta y dos horas en el hospital. Cuando el lunes la traje en brazos a casa, los bellos azafranes del jardín acababan de florear.

Hoy Dorothy cumple diecisiete años, aquí le dejo este relato. Como no es proclive a leer mis escritos, queda como un mensaje en la botella. Hay un tiempo para todo, un día lo encontrará, y sabrá otra vez lo que siempre supo: que la vida es un milagro y que el amor de los padres es infinito. Sentado frente al árbol de mis confesiones nada me hace más feliz que escribir sobre esta fecha. Me despido, es hora de celebrar.

New Hampshire, USA
19 de Febrero, 2016

PD: El siguiente relato también se relaciona con el mismo tema: Baker Street Station, Ocho en Punto de la Mañana. 

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