sábado, diciembre 12, 2015

Mi Alma Máter El Colegio San Pedro de Chimbote


MI ALMA MÁTER EL COLEGIO SAN PEDRO DE CHIMBOTE

El auxiliar Alcides ingresó al aula del Primer Año “D” para llamar lista y darnos la bienvenida. Unos cincuenta muchachos lo escuchamos en aquella mañana inaugural de abril de 1973. El salón era parte de unos ambientes precarios bautizados por la picardía sampedrana como “Los Pueblos Jóvenes”, pues habían sido construidos con triplay y eternit a causa de la emergencia producida por el terremoto de 1970. Más allá de estas aulas y una vieja cancha salitrosa de fútbol resonaba el mar de Chimbote, el rumor de sus olas también nos daba la bienvenida, y nos acompañaría durante cada día de permanencia en nuestra Alma Máter.

Estudiar en la Gran Unidad Escolar San Pedro, como entonces se llamaba, era motivo de personal orgullo. Implicaba ser parte de una tradición en la vida de Chimbote. Un plantel líder no sólo en lo académico, sino también en la música, artes, desfiles cívicos, deportes… y en algo más, la palomillada sana, otro símbolo de su identidad. Bromas a raudales, pero a la hora de las cosas serias prevalecían siempre las nobles virtudes del estudiante sampedrano. A mi, por lo menos, me lo hizo saber temprano el profesor de educación física Luis Alva Yépez. Durante nuestra primera clase estando yo en fila para saltar los taburetes, miró mi nombre en su registro y me preguntó si tenía un hermano mayor Roger. Tras confirmarle que sí, me respondió: “Tu hermano ha sido un palomilla pero también un buen alumno, quiero que sigas su ejemplo”.

Antigua estatua de  San Pedro  en el 
interior del colegio (Fuente: Internet)
El colegio tenía una gran plana docente. Yo había estado familiarizado con algunos de sus nombres desde mis días en la primaria. Por ejemplo, el profesor de Historia, Rodolfo Estefo Ñique, cuyas separatas para secundaria las leía junto a mis revistas de historietas; igualmente don José Gutiérrez Blas, su libro “Chimbote a través de la Historia” lo leí por primera vez a los ocho años de edad; el profesor de Música Marco Merry Salazar Jácome había grabado el disco “Una Noche en los Pinos”, uno de mis favoritos a comienzos de los setenta; o el propio Luis Alva Yépez, a quien admiré como entrenador del José Gálvez FBC antes de ser su alumno. Y corresponde a esa época también un pintoresco personaje: debo haber tenido unos nueve o diez años de edad aquel día en que me encontraba con Roger en nuestra tienda de abarrotes. De pronto alguien pasó por la pista manejando un triciclo y, mientras pedaleaba, le gritó a mi hermano. “Oye pendejo, ¿no quieres comprar bolsas?” Roger le dijo que no. ¿Quién es ese señor?, pregunté. “Es mi profesor Chatarrita Sagástegui, me enseña Anatomía, vende bolsas plásticas en sus días libres”, respondió mi hermano.

El Segundo Año también estudié en “Los Pueblos Jóvenes”, y fue la única vez de mi secundaria que me tocó asistir en el turno de la tarde. Tuve la suerte de tener en el salón a Marco Antonio Arroyo Benites, mi mejor amigo del colegio y de toda la vida. Su amistad marcó una visión más compartida de mis días en el San Pedro. Juntos jugamos fútbol, practicamos gimnasia, y nos enamoramos de bellas alumnas. En general, la etapa colegial cubre una larga lista de ilusiones, fantasías y amores platónicos, cuyos recuerdos aún nos causan suspiros de nostalgia en el otoño de la vida. Anteriormente he ampliado este tema en un par de relatos.

Enero de 1978. Huacachina, Ica. Eduardo (último de 
la fila de hincados) junto a un grupo de compañeros 
de estudios  (Foto:  Cortesía de Julio César Alvarado 
Chávez) (2) 
Durante la secundaria disfruté de innumerables lauros logrados por mi Alma Máter: La gallardía del paso marcial de los sampedranos ganó diversos galardones en los desfiles escolares, y fue código de honor para cada una de sus generaciones. Los espectaculares desfiles de antorchas y carros alegóricos durante las festividades de San Pedrito. Los éxitos en los Festicantos celebrados en el Coliseo Paul Harris, e igualmente en los certámenes literarios organizados por instituciones de la ciudad. En 1975 cursaba el Tercer Año “B” en uno de los grandes pabellones de dos pisos, y ese año nuestro equipo de fútbol, el Cultural San Pedro, ascendió a la primera división de Chimbote; no olvido el día cuando el profesor Portella presentó a los jugadores en la formación del plantel, y los estudiantes rompimos filas en medio de una algarabía total.

En la primaria fui un alumno destacado y obtuve diploma de honor en casi todos los años, pero la secundaria fue una historia diferente; mayormente porque descubrí que aunque tenía facilidad para las letras, en cambio los números fueron un hueso duro de roer. No tuve buena química con las matemáticas, pero pasados los años aprendí a valorar a mis profesores de la especialidad, Desposorio y Abanto, por su decencia profesional y abnegada dedicación. Recuerdo también con afecto al teacher Iturrios, con quien aprendí más inglés en el bar “¡Oh qué Bueno!” que en el propio salón de clase. Igualmente, pervive en mi memoria don Julio Orrillo del Águila, subdirector y director del plantel hasta 1976, su menuda figura rondaba cada rincón del colegio, sea para asegurar el orden o para para compartir una broma, fue querido y respetado por todos los estudiantes. Mención especial merece don Jorge Teevin Vásquez, docente de elevado intelecto, impecable dicción, y sobria personalidad; es muy posible que en mis días de colegial me haya evadido de muchas clases pero nunca de las suyas, él mantuvo mi avidez por conocer la Historia Universal y siempre lo consideré mi profesor favorito.

Mapa de ubicación del Colegio San Pedro
(Fuente: Google)
Cuando estuve en Cuarto Año “D” perdí el rumbo de los estudios. Fue en 1976. Tenía quince años de edad y me extravié en el laberinto de la rebeldía, de mis ilusiones sentimentales no correspondidas, y de mis inicios en la militancia política. Repetí aquel año. Mi compañero de aula “Pichicho” Bejarano me había prestado el libro “El Antimperialismo y el Apra” y con fascinación lo leí por primera vez. A partir de allí y por varios meses devoré libros de política y descuidé los estudios, cuando reaccioné fue demasiado tarde. De todas maneras fue un momento clave en mi vida, pues al año siguiente me inscribí en el APRA e inicié una militancia ferviente e idealista, la misma que llegó a su fin hace más de dos décadas, cuando desencantado me distancié del Partido para siempre.

En realidad mi primera participación en la acción política se remonta al primer año en la secundaria. Tuve la suerte de llegar al San Pedro en una época que los estudiantes habían alcanzado un altísimo nivel de organización, preparación y participación en el quehacer social de Chimbote. Y un grupo de dirigentes estudiantiles con notable talento político se reunía diariamente al final de las clases. Fui delegado ante el consejo directivo que aquel año presidió Fernando Collantes Díaz. El movimiento estaba centralizado a través del Frente Único de Estudiantes de Chimbote que dirigió Fernando Rabinez Zapatel. Yo tenía doce años de edad y aún no tenía filiación política, pero la mayoría de los dirigentes pertenecían a los diversos grupos comunistas en que se dividía la izquierda marxista. En mayo y junio participamos activamente en las jornadas de protesta que sacudieron Chimbote, y que tuvieron como saldo la muerte del trabajador siderúrgico Cristóbal Espinola Minchola y del estudiante Humberto Miranda Estrada.

En 1977 volví por segunda vez al Cuarto Año. Estudié con más ahínco y  no tuve problemas académicos. Lo que más recuerdo de aquel año es que organizamos actividades para recaudar fondos e ir al Cuzco. Cerca de diciembre nos dimos cuenta que no teníamos suficiente dinero para el plan inicial y decidimos viajar a Arica. Contratamos un microbús y la tercera semana de Enero de 1978 salimos con destino sur. En lo personal dos experiencias importantes ocurrieron durante el viaje. El sábado 21 amanecimos en Arica, visitamos el histórico Morro, e ingresamos al Museo del lugar. En cierto momento me encontraba observando los restos de uniformes, armas y accesorios de los soldados peruanos inmolados en la batalla del 7 de Junio de 1880, y de pronto me di cuenta que estaba llorando. Salí del museo un tanto confundido ante mi propia reacción. Con el tiempo entendí el dolor que nos dejó a los peruanos la Guerra del Pacífico, y la fuerza del sentimiento que nos une a la patria.

La otra experiencia fue más mundana. Viajando camino al sur llegamos a la ciudad de Nazca, aquí un compañero de estudios me preguntó: “¿Te apuntas para ir al sitio?” Yo aún no había tenido mi debut, pero sabía que ocurriría más temprano que tarde. Recuerdo que cuando en el aula hablaba de política o fútbol pocos alumnos se interesaban en mi conversación, mientras que al fondo del salón “El Tusa” Vásquez relataba sus visitas a “Tres Cabezas” (1) rodeado siempre por un grupo grande de muchachos. Así que en Nazca fue mi primera vez. Me imagino que quedé conforme con la experiencia, pues al continuar el microbús con dirección sur en cada ciudad que paraba, yo, con un par de amigos imitábamos a los marineros que en cada puerto dejan un amor.

Eduardo, 1975
En diciembre de 1978 concluí la secundaria, unas semanas antes había cumplido dieciocho años de edad. Al cruzar por última vez el portón del jirón Casma un importante capítulo de mi vida se cerraba. Atrás quedaban los salones de clase y sus pasillos; el patio grande de la formación y el busto de Túpac Amaru II con la inscripción de su respuesta al visitador Areche en 1781: “Aquí no hay más que dos culpables, tú por oprimir a mi pueblo, y yo por querer libertarlo”; la estatua de San Pedrito que don Juan Manuel Huamán Alegre erigió con sus alumnos en 1967; la vieja cancha salitrosa de fútbol donde tantas veces me trompeé e hice hombre a puño limpio; y el sonido de las olas del mar de Chimbote que aún en su distante ausencia me continúan acompañando.

Yo aún era un niño cuando escuchaba desde mi hogar la lejana sirena de la Gran Unidad Escolar San Pedro, y me ilusionaba saber que un día sería su alumno. Llegado el momento, por varios años caminé la casi media hora de distancia entre mi casa y el colegio, y porté su insignia sobre el costado del pecho donde late el corazón. Hace dos semanas cumplí once lustros de vida, y con los años uno aprende que el cariño por la escuela sólo crece con el tiempo. Éste es mi testimonio de gratitud para mi Alma Máter, profesores, y compañeros de estudios.

(1) Para beneficio de los lectores no familiarizados con el término, el siguiente relato del autor brinda mayores luces al respecto: LUCIÉRNAGAS DE LA NOCHE

(2) Aparecen en la foto de Enero de 1978, de pie: Máximo “Chopper” Campos Garván, Godver Germán Almonacid Pucutay, Julio César Alvarado Chávez, Patricio, Oscar Urdániga, NN, y Augusto Urdániga. Hincados: Napoleón Alba Moreno, Williams Mendez Pacheco, Gaspar “Pichicho” Bejarano Valderrama, NN, y Eduardo Quevedo Serrano.

New Hampshire, USA 
Diciembre, 2015

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