sábado, octubre 25, 2014

El Cine San Isidro de Chimbote


EL CINE SAN ISIDRO DE CHIMBOTE 

Foto actual del edificio del ex cine San Isidro
  (Cuadra once de la Avenida Aviación)
“Huaylas”, “Patón”, Marcial, “Ruso”, “Chicago”, “Sandro”, “Andarita”, Hermógenes y “Banchero Rossi” abrían las puertas del cine, hacían la limpieza, colocaban los carteles, y ultimaban los detalles de cada función. Frente al ánfora de los tickets se colocaba Leonor Obregón Herbias, Aguedita Varas, Esperanza Goicochea, Nilda, Patty Oré y las distintas boleteras que a través de los años ejercieron esta labor. De pie contra una de las paredes del vestíbulo un hombre dirigía todo con la mirada, su rostro dibujaba una sonrisa y su barriga una curva feliz. Era don Víctor, el dueño del cine.

Cuando don Víctor culminó la edificación de su cine en 1963, mediante el diario El Faro convocó a un concurso para elegir el nombre. Ganó la propuesta “Cine San Isidro”. El nuevo cinema se ubicó en la cuadra once de la avenida Aviación del barrio San Isidro, y nació con la misma humildad de su vecindario: techo de esteras a dos aguas con tijerales de eucalipto, sillas de paja traídas de la sierra de Ancash, altillo de madera con su escalera para el proyectista, pantalla de tocuyo blanqueada con lejía, y grupo electrógeno con enfriamiento de agua diseñado para no hacer mucho ruido durante las funciones.

1962: Zenobio Beltrán Arroyo, Víctor 
Beltrán Leytón (al centro)  y  Manuel 
Beltrán  Banzur  (FOTO:  Cortesía de 
Marilyn Beltrán Lavandera)
Los altoparlantes del cinema trajeron música  a mi barrio  en una época cuando no todos los hogares tenían un radio transistor y la televisión era privilegio de pocos. Al conjuro de las funciones de matinée, vermuth y noche se dieron cita ambulantes, negocios y vida social. En la acera del frente, perfilada contra el humo de una parrilla a carbón, la vecina Lucía Estrada Orbegozo preparaba sus deliciosos anticuchos y “chunchulí". A unos pasos de ella sonaba la rockola del bar “La Balsa”, heredero de la clientela y reputación de “El Frontón”, famoso bar clausurado en 1971. Y entre el aroma de la parrilla y la bulla de la cantina coexistió “El Kiosco de Comics y Fotonovelas de Pacherres”, entrañable lugar que viene a mi mente como la nave espacial “Tardis" de Doctor Who: por fuera una simple caseta de madera, pero por dentro un mundo inmenso de aventuras a través del tiempo, el espacio y el arco iris de la vida.

Debo haber tenido siete años de edad cuando empecé a visitar el cine con mi cajón de lustrabotas a cuestas, del cual mi madre solía decir que parecía más grande que yo. Con el tiempo mi papá me encargó en el cinema la venta de los comics que él ya no necesitaba en su tienda de abarrotes. Y poco después también mi mamá me enviaba con una fuente de dulces. Noche a noche trabajé y me familiaricé con el mundo a media luz de las afueras del cine. Nunca faltó en mis bolsillos un sencillo, y temprano aprendí a descifrar el código de la calle.

Durante la década del sesenta mi barrio tuvo dos escuelas primarias fiscales. Una de varones en la esquina de avenida Aviación con la calle Huáscar dirigida por don Felipe González Olivera, y otra de mujeres en la calle Ramón Castilla a cargo de doña Ubínica Quiñones de Gayoso. Para los estudiantes del barrio, a menudo, el cine proyectaba las famosas “matinales”. Los alumnos caminábamos por la vereda de “La Aviación” en fila de a dos y agarraditos de la mano. Del mismo modo lo hacían las niñas de la otra escuela. Por lo general veíamos películas españolas, argentinas y mexicanas de los cantantes Raphael, Marisol, Palito Ortega, Angélica María, y de los cómicos Viruta y Capulina.

El dueño del cine, don Víctor Beltrán Leytón, nació en Chimbote el 25 de julio de 1934. Sus padres fueron don Zenobio Eusebio Beltrán Arroyo, también de Chimbote, y doña Yldaura Margarita Leytón Beltrán, natural de Samanco. Estudió la primaria en la Gloriosa Escuela 329 y la secundaria en el colegio San Pedro. Su padre fue pescador, propietario de tres embarcaciones, y operador de grúas en la estiba del muelle, pero a don Víctor le aguardaba un destino diferente: trabajar duro hasta ser dueño de una cadena de cines.

Hacia los primeros años de la década del setenta, las películas del Oeste (“cowboys”) y las “romanas” fueron las más populares en el cine de mi barrio. De las cowboys, disfrutamos especialmente el subgénero Spaghetti Western catapultado por el director italiano Sergio Leone, siendo nuestros personajes favoritos Django, Ringo, Sabata, Sartana y Trinity. Mi hermano Fernando y yo admirábamos a los actores Franco Nero y Giuliano Gemma, a quienes considerábamos los “verdaderos” Django y Ringo, respectivamente. En cuanto a las “romanas”, destacaron los personajes Sansón, Maciste, Hércules, Ulises y Ursus, gustándonos en particular los actores Dan Vadis y Steve Reeves. Y para la Semana Santa, año tras año, con emoción y recogimiento hacíamos colas interminables para ver la misma película sobre la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo.

La función de noche ya había terminado en el cine San Isidro aquel sábado de 1971 en que mataron al “Guada”. Lo acuchillaron al amanecer del 30 de octubre. Había estado en “La Balsa” con unos amigos y los tragos terminaron en bronca. Es posible que la última canción que escuchó en la rockola del bar haya sido “Olvidarte Nunca”, tal vez “La Copa Rota”, o quizá “Pecado Mortal”, discos que eran repetidos una y otra vez, y yo siempre los oía desde la vereda del cine. Temprano por la mañana cuando fui a comprar el pan, encontré su cadáver tirado en el suelo junto al arco de un campo de fulbito. Segundo Guadalupe Quiroz Contreras, “El Guada”, había vivido siempre al filo de la navaja.

Después que don Víctor terminó sus estudios secundarios, rápidamente evidenció un espíritu emprendedor. Tuvo dos puestos de abarrotes en el mercado Modelo. Posteriormente laboró como comisionista en la compra de pescado para la Compañía Pesquera Samanco. En 1956 terminó sus estudios de contabilidad por correspondencia a través de la Escuela Latinoamericana de Buenos Aires, Argentina. Acto seguido ejerció su profesión en un estudio contable. Luego vendrían los decisivos años 1961 y 1962 en los cuales trabajó en la Oficina de Administración del cine Chavín, y aquí conocería a doña Teresa Jimmy Lavandera Barrera con quien se casó el 22 de junio de 1962. Tras su paso por este cine se sintió listo para dirigir su propia sala cinematográfica.

“El Primer Beso”, no es el título de alguna película que haya visto en el cine San Isidro… fue una escena que presencié en una de las butacas. Tenía ocho años de edad y es mi recuerdo más remoto de la primera vez que haya visto a una pareja besándose. Ocurrió un día de 1969, había comprado mi boleto para la vermuth y me encontraba en mezzanine viendo el filme “El Silencioso”. A media función me dirigí a los servicios higiénicos, y cuando estuve a punto de dejar la sala noté que cerca de la puerta había una pareja confundida en apasionado abrazo. Al regresar empujé la puerta y el resplandor de la luz les iluminó la cara: la pareja se besaba. Reconocí al “Cholo” Espejo, un joven que vivía en “La Aviación”. Desde entonces y por muchos años nuestra forma de saludarnos siempre fue: “¡Hola Silencioso!”… “¡Hola Quevedito!”.

Poco después de las películas del Oeste y las “romanas”, el cine San Isidro nos abrió las puertas al mundo de Bollywood, y las películas hindúes irrumpieron con el torrente de su música y la ternura de “Mi Familia Elefante” y “El Payaso Joker”. Paralelamente también empezaron a exhibirse las películas de artes marciales y muy pronto terminaron dominando la cartelera. Inicialmente fuimos hinchas de Wang Yu y luego de Bruce Lee. En el barrio todos queríamos ser karatekas y romper ladrillos con las manos… mi hermano Fernando calentaba arena en el corral de la casa, y junto a los amigos ¡“endurecíamos” nuestras manos en esa arena caliente!

En 1962, luego de su paso por el cine Chavín, don Víctor compró un Proyector Portátil Philips de 35 Milímetros y peregrinó por pueblos y caseríos vecinos llevando un cine “ambulante”. Fue el preámbulo para la fundación del cine San Isidro. Con el correr de los años el éxito sonrió a nuestro cine, había empezado de esteras y devino en una sala reconocida en Chimbote. A continuación don Víctor extendió su horizonte empresarial: En 1971 fundó el “Cine al Aire Libre” (o “Cine Pirata”) que funcionó en la última cuadra de la avenida Aviación. Después el cine Dos de Mayo en el barrio del mismo nombre. En 1974 compró a los hermanos Víctor, Natividad, Simón y Santos Méndez el cine Vinasisa ubicado en el pueblo joven Villa María. Y, finalmente, concertó con don Benito Vásquez Paredes, propietario del cine Primavera situado en la cuadra diez de la avenida Pardo, el alquiler de éste por dos años.

El cine San Isidro, tan ligado a mi crecimiento, fue también el lugar donde vi mi primera película para adultos. Aún era un adolescente entonces. Por aquellos tiempos había que tener 21 años para ser mayor de edad, pero fuimos un poco impacientes para esperar tanto. “El Abrazo”, se llamó el filme. A veces las veía gracias a mi amistad con algún empleado del cine. Y si no me permitían entrar, esperaba a que las proyectaran en el “Cine Pirata” donde otro amigo me dejaba pasar. En las escenas para mayores aprendí la teoría completa desde la A hasta la Z. La práctica tuvo que esperar unos años más.

Tenía 23 años cuando cerró el cine San Isidro. Ocurrió en 1983. Fue también mi último año en Chimbote. Me mudé a Trujillo, luego a Europa y después a Estados Unidos. El auge de los vídeos Betamax y VHS de inicios de los ochenta hirió de muerte a los cinemas. Para ver una película devino innecesario ir a una sala cinematográfica. El público se ausentó, y los cines empezaron a cerrar sus puertas. Así, el corazón social de mi barrio dejó de latir, el humo de la “Tía Chunchulinera” se desvaneció, “El Kiosco de Pacherres” fue desarmado, la rockola de “La Balsa” no sonó más, y las colleras de amigos se fueron a buscar otra esquina. 

2014: Don Víctor Beltrán Leytón y 
Eduardo Quevedo Serrano (FOTO: 
Cortesía de Marilyn Beltrán Lavandera)
En algún lugar del viejo cine San Isidro, para siempre, se quedaron rondando los aplausos de los niños, las carcajadas de los adolescentes, los chasquidos de besos de los jóvenes, el ronquido de algún adulto, y los golpes de butacas y gritos de “¡Rateros… rateros!” que proferíamos cuando el proyectista Augusto Medina “cortaba” partes de las películas para terminarlas a tiempo y enviarlas a la siguiente sala de exhibición.

Cada vez que visito Chimbote salgo a caminar a lo largo de la avenida Aviación, al pasar por la cuadra once me suele llegar un sonido, inaudible para los distraídos transeúntes pero perceptible para mí… como aquellos fantasmas a los que no todos pueden ver. Es el eco de la vieja canción de Los Golpes cuya letra repite: “… pero a ti olvidarte nunca”.

¿Cuál es mi película favorita de todas las que vi en el cine San Isidro? Me pregunto al finalizar este relato. No creo conocer la respuesta, sólo sé que hay un Spaghetti Western cuyas imágenes me rondan desde la niñez: “La Muerte Viaja a Caballo”.

En una noche de tormenta unos encapuchados pasan por un rancho y matan a una familia completa menos al pequeño Bill. El niño se fija en un detalle que identifica a cada bandido, y en base a ello quince años más tarde los busca para vengarse. Uno a uno los elimina con la ayuda de Ryan y en el desenlace descubre que éste también fue uno de los bandidos. Ambos se disponen a batirse en un duelo final con una sola bala para cada uno. Bill dispara… pero a un forajido oculto en un techo, y Ryan abre la mano y muestra su única bala… en realidad nunca la puso en su revólver. THE END.

Post Data: El edificio del cine San Isidro permanece intacto y actualmente sirve de sede a una congregación religiosa. Don Víctor goza de buena salud, aún mantiene la propiedad del inmueble.

New Hampshire, USA
Octubre, 2014

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