sábado, abril 26, 2014

Adios Invierno, Hola Primavera



ADIOS INVIERNO, HOLA PRIMAVERA

Foto Internet
Hacia finales de marzo y comienzos de abril, en New Hampshire la naturaleza da un vuelco dramático frente a mis ojos. Mientras el hemisferio sur transita del verano al otoño, arriba en el norte, arrastrando los pies se retira el invierno ante el empuje espectacular de una estación que pareciera haber sido creada por Dios en un instante excelso de inspiración: La Primavera.

Antes de las cinco de la mañana ya hay luz natural, y mi sueño es interrumpido no por el despertador de cabecera, sino por el trinar de un ejército de pajaritos que le cantan a la madrugada, y parecieran decirme a través de la ventana: “¡Vamos flojo, hay mucha vida aquí afuera!”.

Tan sólo unos días atrás era oscuro a las cinco, e incluso a las seis de la mañana. El mercurio de los termómetros permanecía desplomado a temperaturas bajo cero. Y sigilosas ardillas recorrían la sábana de nieve que cubría los alrededores de mi casa, buscando entre los escasos resquicios inmunes a la nieve, las últimas bellotas caídas de los robles y otros árboles durante el anterior otoño. 

Tal como ocurre cada mañana, a las cinco y quince despierto a Dorothy a fin de que se aliste para ir a la escuela, y cuarenta y cinco minutos después a Terry. Lo cual es sólo el “preaviso”, pues unos minutos después debo asegurarme que realmente dejen la cama. Entretanto me preparo el mismo desayuno que vengo tomando por una veintena de años: un tazón de cereales con pasas, dos guindones, y un chorro de leche de soya. Entre cucharada y cucharada me entero de las noticias y visito las redes sociales.

Eduardo. Invierno en New Hampshire, USA
Abril es un mes de lluvia e inundaciones en New Hampshire. La temperatura se torna más tibia que cálida, pero llueve bastante. Alrededor de mi casa empiezan a derretirse con mayor celeridad los grandes montículos blancos donde acumulo la nieve durante el palaneo del invierno. Los ríos y arroyos aumentan su caudal y tienden a desbordarse. El suelo se satura de agua y desde el subsuelo se filtra al interior de las casas inundándolas.

Para aliviar esta situación, la mayoría de viviendas tienen en el sótano un sistema de bombeo que acumula el agua en un tanque y lo expulsa al exterior. La madrugada del 12 de diciembre del 2008, una poderosa tormenta de hielo asoló New Hampshire, derribó árboles, y perdimos fluido eléctrico. La bomba dejó de funcionar y el sótano empezó a inundarse. Durante horas mi esposa y yo sacamos con baldes el agua subiendo las escaleras al primer piso, y arrojándola al patio trasero. Por la mañana la bomba volvió a funcionar gracias a un vecino que nos permitió usar un cable conectado a su generador. Tras esta experiencia hice un esfuerzo económico y compré mi propio generador.

Todos los días, Dorothy y yo salimos de la casa a las siete de la mañana, la dejo en la escuela y yo continúo al trabajo. En el camino organizo en mi mente la rutina del día. Trato de llegar a la oficina unos quince minutos antes de la ocho, pues los empleados me esperan por instrucciones. Soy el supervisor de una compañía que provee servicios de diseño, construcción y mantenimiento de áreas verdes en grandes mansiones. Nos encargamos de sus bosques privados, jardines y césped. Y la primavera es la estación de mayor demanda para nuestro trabajo.

Foto Internet
Lo que más asocio con el despuntar de la primavera es la aparición de los pájaros. Emergen de la nada con el rompimiento del alba y el mundo se vuelve una caja musical. Inmensas bandadas de pájaros llegan a mi vecindad, en su vuelo dibujan coreografías en el firmamento azul decorado con nubes de algodón. En ocasiones ingresan a mi patio trasero y se posan en el hueso y pellejo de los árboles desnudos. Por unos minutos las esqueléticas ramas se tornan frondosas vestidas de bulliciosos pájaros oscuros, quienes a manera de pequeños heraldos anuncian la llegada de las hojas para comienzos de mayo. 

Tras reunirme con mi jefe y el personal de la compañía en nuestra oficina de la ciudad de Dover, a las ocho de la mañana nos dirigimos a North Hampton en diversas unidades. Esta ciudad se ubica a casi una hora de distancia y ahí se encuentran la mayoría de propiedades donde trabajamos. No me gusta manejar, así que encargo el timón a uno de los empleados. Prefiero tener mis ojos y mi mente libre. Son momentos preciosos para apreciar el paisaje y repasar el programa del día. Nuestros clientes son exigentes, sus áreas verdes deben lucir como verdaderos paraísos terrenales. “No somos trabajadores manuales, somos artistas”, repito siempre al personal.

Durante los primeros días de abril los “cerros” de nieve alrededor de mi casa se achican. Mis jardines permanecen aún semisepultados por montículos de nieve circundados por una superficie de hielo. Pero los bulbos de las plantas perennes que durante el invierno dormitan bajo tierra, saben que es hora de salir de su letargo para saludar a la primavera. Lirios, peonías y tulipanes con delicadeza y determinación traspasan la costra de hielo, como un amor sutil que agrieta la corteza del corazón más duro.

En las propiedades de North Hampton me adentro a bosques solitarios donde la única sonoridad es el murmullo del viento, y el crujir de ramas y hojas secas bajo mis pies. Los pájaros parecieran reposar luego del alboroto febril de las primeras horas del día. De rato en rato se oye el ruido de algún vehículo que rueda por la calle desierta, pero el sonido más ostensible es siempre el del silencio. A veces siento escuchar la voz de mi padre llamándome “Eduardo”, lo busco con la mirada por entre los árboles pero no lo veo. De todas maneras lo saludo y por unos instantes en mi mente converso con aquel hombre cuya gran pasión de su vida fueron precisamente las plantas.

Marzo, 2000. Primavera en Londres, 
Inglaterra. (Dorothy en Regent Park)
En parte de Europa la primavera llega más temprano. Viví en Londres antes de mudarme a New Hampshire el 2003. En 1998 Terry estuvo embarazada de Dorothy, mi única hija. El otoño de ese año mi esposa plantó unos bulbos de azafrán en el jardincito que teníamos frente a nuestro departamento. Su esperanza era que echaran flores hacia fines de febrero del año siguiente cuando mi hija debía nacer. Dorothy nació una semana antes de lo esperado y se quedó en el hospital por unos días. Cuando el lunes veintidós la traje en brazos a casa, los bellos azafranes acababan de florear.

Al final de cada tarde concluye nuestro trabajo y hacemos el camino de vuelta a Dover. Los árboles de ambos lados de la carretera parecieran deslizarse en dirección opuesta al vehículo. Se escucha la serenata a la primavera de coros de spring peepers (una variedad de ranas pequeñas) quienes desde las aguas estancadas de los bosques saturan al mundo con su relajante sinfonía. Me reacomodo en el asiento y cierro los ojos. Mis pensamientos garabatean trozos de versos, esquemas de relatos, y pedazos de información. Mucho de lo cual no podré recordar cuando me siente a escribir frente al ordenador, pero hay algo que la primavera siempre me evoca: Mi clase de 1967, cuando inicié la primaria y la profesora Eva Carbajal de García nos enseñó a cantar “De colores, de colores se visten los campos en la primavera...”.

Hace unas horas hemos llegado a Dover y ya estoy en casa. La noche despliega sus primeras sombras. Me siento frente a mi laptop. Hoy, lunes de la tercera semana de abril, se derritió el último vestigio de nieve frente a mi casa. Un invierno largo y duro ha quedado atrás. He abierto las ventanas de la casa para que entre la alegría de la primavera, y he dejado que su brisa fresca escriba este relato.

New Hampshire, USA
Abril, 2014
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