sábado, mayo 31, 2014

El Terremoto del 31 de Mayo de 1970



EL TERREMOTO DEL 31 DE MAYO DE 1970

Avenida Industrial de Chimbote 
después del terremoto
La tarde del 31 de Mayo de 1970 transcurría en Chimbote como un domingo cualquiera. La gente disfrutaba de un día soleado. No había sospecha que a las tres y veintitrés un terrible terremoto destruiría la obra humana con mortal ferocidad, como si la naturaleza hubiera querido arrojar por los suelos todos los huesos de la ciudad para averiguar, entre sus escombros, de qué acero estaba hecho el carácter de su pueblo.

A esa hora, los parlantes del viejo Cine San Isidro dominaban mi barrio con música de Javier Solís y Leo Dan, canciones como Sombras Nada Más y Santiago Querido hacían de preámbulo a la función de matiné que estaba a punto de empezar. Frente a mi casa, en La Pampa del 21 de Abril (actual Colegio Santa María Reina), se disputaban clásicos partidos de futbol ante una nutrida multitud que abarrotaba los cuatro costados del campo. Y más allá del Cementerio Viejo, en el antiguo Estadio Vivero Forestal (Hoy, Gómez Arellano) se jugaba el Campeonato Relámpago de la Liga de Futbol de Chimbote, el cual debió concluir esa tarde, pero en realidad nunca terminó.

Un minuto antes de la fatídica hora dejé la tienda de abarrotes de mi padre, ubicada en la esquina de la Avenida Aviación con el Jirón Unión, para dirigirme al baño de la casa en la parte trasera del corral. Frente a la puerta me detuve por un instante y escuché el bullicio proveniente de La Pampa de futbol, y me pregunté si yo también debería estar ahí, junto a mi hermano menor Alberto, quien en ese momento era parte de la multitud. 

Escuela del Barrio San Pedro de Chimbote. 
En medio de la desolación causada  por  el 
terremoto, un niño representa la esperanza
Aún sostenía este pensamiento en la mente, cuando de pronto la música del cine y la bulla de La Pampa fueron eclipsadas por el ladrido temeroso de todos los perros del barrio. Acto seguido, un sonido desconocido invadió al mundo. Empezó con un rumor bronco, seco y poderoso, y derivó en el bramido apocalíptico de una bestia mitológica que rompía sus cadenas en la profundidad de la tierra. Entonces un cataclismo descomunal sacudió Chimbote y a la Región Ancash. Sentí la necesidad de mi madre, y corrí en su búsqueda. 

Mientras huía, algunas paredes se desplomaron a mi paso. Cuando llegué en la calle fui testigo de la escena más dramática que alguna vez haya presenciado en mi vida: A ambos lados de la Avenida Aviación, hasta donde mi vista podía llegar, vi brazos extendidos hacia el cielo, gente de toda edad y condición, unos parados y otros de rodillas gritaban en alto sus pecados y pedían perdón al Dios de la Creación. Entonces mi madre me vio, y me dijo: “Es el fin del mundo, hay que estar juntos”.

El día del terremoto sólo tenía nueve años de edad, pero los cuarenta y cinco segundos de su duración perduran en mi mente, inmunes a la contaminación del olvido. Me acompañan desde siempre y para siempre. Sus escenas, sin duda, se repetirán por una última vez en la película final que veré antes que las cortinas se cierren, y se apague la luz.

Recuerdo que mientras la tierra se movía, mi mamá contó sus hijos para verificar si estaban completos: “Uno, dos, tres, cuatro, cinco...” Tres de mis hermanos no estaban con nosotros en ese instante: Alberto y Olga (los dos menores) y Roger (el mayor). El primero había estado en La Pampa mirando el partido de futbol y Olga estaba en su cama. Ella nació la Navidad de 1965 y nunca caminó hasta los cinco años de edad. Nació con una enfermedad y la mitad de su cuerpo vivió secuestrado dentro de una armadura de yeso. 

En medio de la estampida de la gente que corría desde La Pampa, Alberto por sus propios medios llegaría de vuelta a casa. Más tarde mi madre nos diría que aquel día él no parecía correr sino flotar en el aire, con los brazos extendidos, como queriendo abrazarla a la distancia. El caso de Olga y Roger fue diferente.

Todos estos recuerdos deambulan agazapados en el cuarto oscuro de mi memoria, y sólo requieren de una rendija de luz para volver de golpe. A partir de 1994 viví en Londres por casi una década. Residí en siete barrios diferentes de la capital inglesa y cerca de mis alojamientos siempre tuve a una de las líneas del metro subterráneo o del tren de superficie. Cada tren estremecía la tierra de tal manera que mi corazón daba un vuelco, creyendo que se trataba de un sismo. El año 2003 me mudé a New Hampshire, USA donde vivo en un pueblo ubicado a unos pasos de la línea férrea. Corren por aquí locomotoras que jalan un centenar de vagones de carga. La conmoción de los trenes, instintivamente me devuelven al 31 de Mayo de 1970. Y es que los hijos del terremoto fuimos marcados con una cruz de ceniza, como los hijos de Aureliano Buendía en Cien Años de Soledad.

Puente Gálvez de Chimbote después del terremoto
(Fuente: Associated Press, Wirephoto, 1970)
Durante los primeros segundos del terremoto, mientras todos nos precipitábamos a la calle, mi hermano Roger corría hacia el interior de nuestra casa. A pesar de que el día anterior se había dislocado severamente el codo jugando basquetbol, y llevaba su brazo derecho colgado de un cabestrillo, él ingresó a la casa y rescató a Olga. Fue un acto crucial. Terminado el terremoto, cuando inspeccionamos los daños de la casa encontramos la cama de mi hermana aplastada contra el suelo. Una pared de ladrillos le había caído encima.

Aquel día, Chimbote fue devastado como si las hordas de Atila hubieran galopado sobre la ciudad, y no hubieran dejado “piedra sobre piedra”. Mi barrio no tenía grandes edificios, con excepción de la Iglesia San Francisco de Asís, y fue destruida también. La recuerdo bella, en la forma de un arca, y con pelícanos en bajo relieve diseñados en sus paredes. Los vecinos gustábamos llamarla, “El Arca de Noé”.

Toda la región Ancash fue destruida en cuarenta y cinco segundos por el desastre natural más grande de la historia del Perú, y uno de los terremotos más devastadores de la historia de la humanidad. El epicentro del sismo fue Chimbote. 

Iglesia San Francisco de Asís antes del terremoto
(Foto: Cortesía de Miguel Koo Chía)
Al día siguiente, Chimbote se arremangó la camisa, enterró a sus muertos, e inicio el proceso de su reconstrucción. Los barrios participaron de una gran organización comunal. Cuadrillas de voluntarios recorrieron calle por calle y casa por casa para limpiar los escombros. La ayuda internacional llegó generosa y oportuna. La Pampa del 21 de Abril se convirtió en un gran campamento con carpas levantadas para diversas familias que se quedaron sin casa.

Mis hermanos y yo participamos de las cuadrillas voluntarias. Al final de cada jornada recibíamos una ración de víveres consistente en carne de pollo congelado, frejoles enlatados, un derivado de trigo llamado trigol que sustituía al arroz, aceite comestible y leche en polvo. La falta de agua fue un problema serio, pero las familias lo obteníamos de pozos abiertos en el suelo, en casa mi mamá llenaba cada balde y olla disponible, la dejaba sedimentar, y luego el agua clara era consumida. 

Por entonces Chimbote y el Perú se encontraban hambrientos de buenas noticias. Y éstas llegaron. El mismo día del terremoto se inauguró el Campeonato Mundial de Futbol México ’70. Cuarenta y ocho horas más tarde, luego de cuarenta años de ausencia de los torneos mundiales, la selección peruana ingresó al gramado de juego portando brazaletes negros para debutar frente a Bulgaria. Los asistentes guardaron un minuto de silencio por nuestra tragedia. Tras ir perdiendo por dos a cero, Perú venció por tres goles a dos. Y cuatro días después derrotamos a Marruecos por tres goles a cero. La popular polka de la época, “Perú campeón, Perú campeón...”, resonó en cada rincón de Chimbote y en todos los confines de la patria.

Chimbote actual, una ciudad grande, bella y optimista
(Foto: Cortesía de Rubén Pucutay Bermudez)
Semanas después, el equipo del pueblo chimbotano, José Gálvez FBC, en un Estadio Vivero Forestal sin paredes, puertas ni tribunas inició una sensacional campaña que concluiría con el ingreso, por primera vez en la historia de Chimbote, a la liga profesional del futbol peruano. Ahí nació nuestro himno: “A Chimbote tierra bella, hoy te canto para ti... En música los Rumbaney, en voley la selección, en futbol el José Gálvez, José Gálvez es campeón”.

A veces los pueblos necesitan de grandes desafíos para saber con qué acero están hechos. Chimbote renació de sus escombros, y emergió como un coloso para reencontrarse con su destino. Hoy es una ciudad grande, bella y optimista. En cuanto a lo mío, siempre he creído que el terremoto del 31 de mayo de 1970, bautizó con fuego a la unidad de mi familia. 

New Hampshire, USA
 31 de Mayo del 2014

(Parte del presente relato fue publicado el 26-02-2011 en El Rincón de los Recuerdos

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The Earthquake of May 31, 1970



THE EARTHQUAKE OF MAY 31, 1970 

Industrial Avenue of Chimbote 
after the earthquake
The afternoon of May 31, 1970, in Chimbote was like any other Sunday. People were enjoying a sunny day. No one suspected that at twenty-three minutes after three a terrible earthquake would destroy all human endeavor with deadly ferocity, as if nature had wanted to scatter on the ground all the bones of the city to search in its rubble to find out what kind of steel the character of its people was made of.

At this hour, the speakers of the old San Isidro Cinema were dominating my barrio with music by Javier Solís and Leo Dan. Songs like Nothing More Than Shadows and Dear Santiago were being played before the afternoon matinee started. Across from my house in “La Pampa of April 21” (currently the site of Santa María Reina High School), classic football matches were being played before a large crowd that filled the four sides of the field. And beyond the Old Cemetery, in the Vivero Forestal Stadium (today, named Gómez Arellano), Chimbote’s Aperture Football League Championship was taking place, which should have finished that afternoon, but never really ended.

One minute before the fateful hour I left my father’s convenience store, located at the corner of Aviacion Avenue and Union Street, and walked towards our bathroom at the far end of the back yard. When I was in front of the door I stopped for an instant and heard the noise coming from La Pampa, and wondered if I should also be there, alongside my younger brother Alberto, who at that moment was part of the crowd.

Barrio San Pedro school  in  Chimbote.  In 
the middle of the desolation caused by the 
earthquake, a young child represents hope 
I was still holding this thought in my mind, when suddenly the music of the cinema and the noise of La Pampa were eclipsed by the fearful barking of all the neighborhood dogs. Immediately after, an unknown sound invaded the world. It started with a rough, dry and powerful murmur, and switched to the apocalyptic roar of a mythological beast breaking its chains in the depth of the earth. Then a huge cataclysm shook Chimbote and the whole Ancash region. I felt the need for my mother, and ran in search of her.

While fleeing, some walls collapsed along my way. Once in the street I witnessed the most dramatic scene I have ever seen in my whole life: on both sides of Aviacion Avenue, and as far as my eye could see, I saw arms outstretched towards the sky. People of all ages and conditions, some standing up and others on their knees, were screaming out their sins and asking for forgiveness from the God of Creation. Then my mother saw me, and said to me, "It's the end of the world, we must remain together."

The day of the earthquake I was only nine years old, but the forty-five seconds it lasted remain vivid in my mind, immune to contamination from forgetfulness. They stay with me always and forever. Those scenes undoubtedly will repeat themselves for a last time in the final movie that I will see before the curtains are closed, and the light goes out.

I remember that while the earth was shaking, my mom counted her kids to see whether all of them were there, "One, two, three, four, five..." But three were not there on the street with us: Alberto and Olga (the two youngest), and Roger (the oldest). Alberto had been watching the game at La Pampa, and Olga was in her bed. She was born on Christmas 1965 and never walked until she was five years old. She was born with a disability and half of her body was trapped inside an armor of plaster.

Amid the stampede of people running from La Pampa, Alberto would come back home by his own means. Later that afternoon my mother told us that Alberto did not seem to run, but to float in the air with outstretched arms, as if he wanted to embrace her across the distance. The story of Olga and Roger was different.

All these memories roam in the dark room of my memory, and need only a sliver of light to return. From 1994 I lived in London for nearly a decade. I resided in seven different neighborhoods of the British capital, and each house was close to the underground lines or the above ground trains. Each train shook the earth in such a way that my heart skipped a beat, thinking it was an earthquake. In 2003 I moved to New Hampshire, USA, where I live in a town located a few steps from the railroad. Freight trains close to one hundred cars long run this way. The rumble of the trains instinctively brings me back to May 31, 1970. And that is because the earthquake’s children are marked with a cross of ashes, like Aureliano Buendía’s sons in One Hundred Years of Solitude.

Chimbote’s Gálvez Bridge after the earthquake
(Source:  Associated Press,  Wirephoto,  1970)
During the earthquake’s first seconds, as we were all rushing to the street, my brother Roger ran towards the bedrooms of our house. Despite the fact that the day before he had severely dislocated his elbow playing basketball, and his right arm was hanging from a sling, he ran to Olga’s room and rescued her. That act was crucial. Once the quake ended, the family surveyed the damage to the house. A brick wall had fallen over in Olga’s bedroom and her bed was crushed flat to the ground.

That day Chimbote was devastated as if Attila The Hun's hordes had galloped over the city and left “no stone unturned". While it is true that my neighborhood never had beautiful large buildings, the San Francisco de Asís church was the exception. And it was also destroyed. The church comes to my memory in the shape of an ark, with low relief pelicans crafted on its walls, and the neighbors calling it “Noah’s Ark”.

The whole Ancash region was destroyed in forty-five seconds by the largest natural disaster in the history of Peru, and one of the most devastating earthquakes in the history of humankind. The quake’s epicenter was Chimbote.

Chimbote’s San Francisco de Asís church before the 
earthquake (Photo: Courtesy of Miguel Koo Chía)
The next day, Chimbote rolled up its sleeves, buried its dead, and began the process of reconstruction. The barrios took part in a great communal organization. Crews of volunteers walked from street to street and house to house to clear rubble. International aid arrived generous and timely. “La Pampa of April 21” became a large camp with tents put up for those left homeless.

My brothers and I took part in the voluntary crews. At the end of each day we received a food ration consisting of frozen chicken meat, canned beans, a derivative of wheat called “Trigol” (to replace rice), cooking oil, and powdered milk. Lack of water was a serious problem, but families got it from holes opened in the ground. At home my mom filled every available bucket and pot, let the dirt settle, and then the clear water was used.

Around that time Chimbote and Perú were hungry for good news. And they got it. The very same day of the earthquake, the 1970 Football World Cup in Mexico began. Forty-eight hours later, after being unable to qualify for world tournaments for forty years, the Peruvian national team entered the football field wearing black armbands to debut against Bulgaria. The crowd observed a minute of silence in honor of our tragedy. After trailing by two to zero, Perú won by three goals to two. And four days later Perú beat Morocco by three goals to zero. The popular polka of the time, "Champion Perú, champion Perú...”, echoed in every corner of Chimbote and across the country. 

Chimbote today, a beautiful, large, and optimistic city
(Photo: Courtesy of Rubén Pucutay Bermudez)
Weeks later, Chimbote’s People’s Team, José Gálvez Football Club, in a Vivero Forestal Stadium that had lost its walls, gates, and stands in the earthquake, began a sensational campaign that would triumphantly end up in The National Stadium of Lima. And for the first time ever, Chimbote qualified for the top league of Peruvian professional football. Hence our anthem was born: "To Chimbote, beautiful land, today I sing for you...in music the Rumbaney, in volleyball the city’s team, in football José Gálvez, José Gálvez is a champion."

Sometimes people need a great challenge to find out what kind of steel they are made of. Chimbote rose from its ruins, and emerged as a Colossus to meet again with its destiny. Today it is a large, beautiful and optimistic city. As for me, I have always believed that the earthquake of May 31, 1970, baptized with fire the unity of my family.

New Hampshire, USA 
May 31, 2014 

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