miércoles, diciembre 21, 2011

LA LUNA Y YO


LA LUNA Y YO
“... la luna llena, luminosa y 
exuberante reina la noche”
Domingo 10 de diciembre del 2011, 4:30 pm. Intersección de la Ruta 4 Este con Oak Street. Es el punto límite entre Dover y Rollinsford en New Hampshire. La luz del semáforo está en rojo. Me detengo. Dover, hacia la derecha. El lugar donde vivo, Rollinsford, a la izquierda.
La luz del semáforo cambia, volteo a la izquierda. Miro frente a mi y una maravillosa aparición me deja sin aliento. No es una bella mujer, no es la hermosura del paisaje. Es la luna.
La luna es un disco gigante, color naranja intenso, y suspendido tan cerca y tan bajo en el cielo que pareciera besar la copa de los árboles vecinos. Voy manejando a 60 millas por hora, reduzco la velocidad del auto para disfrutar este mágico momento. A las 4:30 de la tarde ya es de noche en New Hampshire, la oscuridad se apodera del mundo, y la luna se ha desvestido para mostrarse radiante, intensa y casi al alcance de la mano.
Salí temprano de casa para “hacer el mercado” y recoger mi árbol de Navidad fresco y natural que tenía comprado de antemano. Llevo los comestibles en la maletera, el árbol navideño de ocho pies de alto va amarrado en el techo del auto. Es invierno en el hemisferio norte, hace frío en las calles, extraño la calefacción de la casa, pero mi encuentro con la luna es cálido y entrañable.
En la radio del auto escucho una entrevista a Paul Simon. Con genialidad Simon explica el proceso creativo de su propia música, y canta temas de su último álbum "So Beautiful or So What". En un momento de la entrevista Simon cuenta que Philip Larkin, uno de sus poetas favoritos, hacia el final de su vida llevaba varios años sin escribir. Y refiere Simon que en una oportunidad se le preguntó al poeta porqué no escribía, a lo que éste contestó: “Mi musa debe haberme desamparado”.
Mientras manejo pienso en la respuesta de Larkin, miro a la luna, y repito para mis adentros: “Esta noche mi musa no me ha abandonado”. La veo tan cerca que si acelerara el auto un poquito, imagino alcanzarla y preguntarle las viejas interrogantes acumuladas en mi mente desde cuando aprendí a recitarle: Luna lunera, cascabelera, ojos azules, boca morena.
"El Túnel": Colina en la calle 
Foundry,  Rollinsford, NH 
(Verano del 2011)
El recorrido a través de la Ruta 4 Este es de tan sólo tres millas. Al final de esta vía me encuentro con un semáforo donde, otra vez, debo voltear a la izquierda con dirección a casa. Desde acá doy una mirada final a la luna. Ella pareciera estar posada sobre la cúspide de Berwick Academy, edificio de una escuela que se yergue al final del camino y sobre lo alto de una colina del vecino pueblo de South Berwick, en el estado de Maine.
He volteado a la izquierda, y luego me deslizo cuesta abajo a través del “Túnel” de la calle Faundry y vuelvo a ver a la luna. En forma diagonal, intermitente y sobre todo coqueta, la luna pareciera jugar a las escondidas conmigo, a través de los árboles espectrales y sin hojas apostados al lado derecho del camino.
He llegado al final del “Túnel”, hacia mi derecha ya no hay árboles sino un claro donde se extiende un tramo del río Salmon Falls, y al fondo sobre el horizonte nocturno, otra vez la luna llena, luminosa y exuberante reina la noche, mientras yo continúo mi camino rumbo a mi morada.
Río Salmon Falls, Rollinsford, NH  
(Verano del 2011)
Una calle más y desde la distancia veo mi casa, y al carro de mi esposa apostado en la entrada. Señal que tanto ella como mi hija ya están de vuelta, la calefacción debe estar trabajando, y la casa debe estar calientita.
Estaciono mi auto en la entrada, frente a la puerta me espera mi gato “Kitty” quien me muestra su alegría rodando sobre su espalda. Empiezo a descargar las compras, y luego el árbol navideño. Es el punto final a los quehaceres de un día agitado, y es hora de escribir.
...Termino de revisar estas líneas. Las inicié sin nada definido en la mente, sólo siguiendo la dirección de mi auto. Y ahora que las he terminado, me pregunto: ¿Por qué las escribí? 
En realidad, no lo sé... tal vez las escribí pensando en que la luna y la Navidad se encuentran a la vuelta de la esquina.
New Hampshire, USA
Diciembre, 2011
NOTA:
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martes, diciembre 13, 2011

MI AMIGO MARCO

MI AMIGO MARCO
A
Marco Antonio Arroyo Benites
Chimbote  1978  -  Marco  en  la 
fiesta de promoción del colegio
Era 1972, yo tenía 12 años de edad y terminaba la primaria en la Escuela Nº 89007 del 21 de Abril “B” de Chimbote. Eran tiempos que en mi casa, ubicada en la cuadra trece de la Avenida Aviación, se alquilaba bicicletas por hora a los muchachos del barrio.
Entre los clientes que llegaban por las bicicletas había un jovencito evangélico de mi edad. Yo lo conocía de vista, pues lo veía asistir a una iglesia situada a unos cuantos pasos de mi casa, la Iglesia de Cristo. Era serio y formalito. Y al alquilar su bicicleta, se registraba con este nombre: Marco Antonio Arroyo Benites.
En 1973 inicié la secundaria en la G.U.E. San Pedro de Chimbote, aquí me volví a encontrar con Marco. Al año siguiente ya era mi mejor amigo y hacia 1975 éramos estudiantes inseparables, Marco era bueno para los números y a mi me gustaban las letras. Nuestros talentos se juntaron y nuestro grupo de estudios devino en el mejor de la clase.
Con el pretexto de las tareas escolares, a menudo visitaba su casa en la Avenida Balta, a un pasito de la intersección con la Avenida Pardo. Cada vez que llegaba, su madre, doña Consuelo, me invitaba mi plato favorito: pescado frito con arroz y abundante zarza con limón. Escuchábamos música de Los Galos mientras realizábamos las tareas escolares, y conversábamos de todo, especialmente sobre las chicas y las dudas de la adolescencia.
La música no siempre fue de Los Galos. Marco me introdujo a la música evangélica de Manuel Bonilla, y luego a la mismísima Iglesia de Cristo. Confieso que asistía a la iglesia más por las “hermanas” (chicas) que por el culto, aunque también me gustaban los estudios bíblicos. El padre de Marco, don Félix, impartía un interesante curso bíblico al cual yo empecé a asistir. 
Marco inició su carrera universitaria antes que yo. En 1979 viajó a Lima y al año siguiente empezó sus estudios de Ingeniería Química en la Universidad Nacional de Ingeniería. Mientras que yo, atrapado por el torbellino de la política, me demoré un poco y viajé a Trujillo en 1983 para estudiar Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Trujillo.
En 1982 Marco conoció a Eva, una bella chica de Samanco (Ancash, Perú) con quién empezó una hermosa historia de amor, y los hijos le empezaron a llegar: Mirella en 1983, Ivone en 1985, Hanss en 1987, y Nicole en 1995. El idilio con Eva se desvanece, y en 1996 llegaría Sebastián, su último hijo, en otra relación de pareja.
En un punto de los años ‘80s Marco interrumpió sus estudios de ingeniería química. Necesitaba trabajar. Se reinventó a sí mismo e ingresó a un mundo nuevo: la peluquería. Desde entonces Marco es uno de los más prestigiosos estilistas de Lima. Cuando me dio la noticia que dejaba los estudios, recuerdo que me dijo: “Tu no verás la conexión, pero voy a utilizar mis estudios de Geometría del Espacio para ser el mejor peluquero de Lima”. Sus palabras fueron premonitorias.
Momentos duros también han habido. Un día de 1987 me encontraba en mi cuarto de estudiante en el Jirón Colón de Trujillo. La radio me traía las noticias. De pronto un reportero anunció un terrible accidente de carretera a la altura de la ciudad de Chepén. Dentro de la relación de fallecidos un nombre me estremeció, pero quise creer que se trataba de un homónimo. Segundos después sonaría el teléfono, y la dueña de la casa gritaría con dirección a mi ventana: “¡Eduardo, teléfono, tu mamá, dice que es urgente!”. Doña Consuelo, la mamá de Marco, se había marchado para siempre.
1987 es también el año en que Marco empieza a viajar por el mundo. Argentina y diferentes países europeos son testigos de su depurada destreza. A sus triunfos en Lima, se sumaría su gran experiencia internacional.

Lima 2007 - Eduardo y Marco 

Yo, por mi parte, salí hacia Europa a inicios de los ‘90s. En Londres conocí a Terry, mi esposa, y nació Dorothy, mi única hija. Cada dos años llevo a mi familia al Perú. Al llegar al Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, Marco siempre nos espera y jamás nos permite alojarnos en hoteles: nos lleva a su casa. Así conocimos su pequeño alojamiento en la Avenida Angamos de Miraflores, Lima donde Marco nos daba su cama, mientras él dormía en su silla de peluquero. Y luego conocimos su amplio alojamiento-salón en la Avenida Dos de Mayo del mismo distrito limeño.
Si alguien me pidiera que defina a Marco con una palabra. La respuesta sería fácil: Determinación. Varias veces he visto a Marco caído, y siempre me dijo lo mismo: “Dame unos mesecitos y me veras parado otra vez”. Siempre cumplió su palabra.
Y si alguien preguntara a Terry o Dorothy por el momento más emocionante de sus visitas a Lima. La respuesta es invariable: cuando Marco les arregla el cabello. Durante nuestra última visita a Lima no tuvimos tiempo para este detalle, entonces Marco viajó por siete horas de Lima a Chimbote, trajo una tijera en el bolsillo, les arregló el cabello y se regresó a Lima. 
Y para Dorothy hay otra cosa especial en Chimbote: el papá de Marco, un prestigioso joyero, le ha hecho varios trabajos, entre ellos un brazalete. Dorothy se va haciendo grande, y en cada una de las visitas don Félix le va agregando eslabones al brazalete.
Marco: así es nuestra amistad, como los eslabones que se van agregando al brazalete de Dorothy. Es una joya enriquecida con el tiempo. Atrás quedaron tantas cosas, como Inés e Hilda, como Pocha y La Zarca ¿las recuerdas? De muchachos compartíamos tanto tiempo juntos que terminábamos enamorándonos de parejas de amigas!!
Volviendo al presente. Hoy es un día especial para ti. Y he querido brindar testimonio de nuestra amistad. ¡Feliz cumpleaños!
Eduardo.
New Hampshire, USA
Diciembre 13, 2011
NOTA:
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MY FRIEND MARCO

MY FRIEND MARCO
To
Marco Antonio Arroyo Benites
Chimbote 1978  
Marco at the high school prom
It was 1972. I was 12 years old and about to finish my primary studies in School No. 89007 in Chimbote’s 21 de Abril “B” residential development. In those days bicycles were rented by the hour to the neighborhood kids from our home on Aviation Avenue’s thirteenth block.
Among the customers arriving for the bicycles there was an evangelical boy who was my age. I knew him by sight, since he went to a church located a few steps from my house, the Church of Christ. He was kind of serious and well-mannered. And when renting a bicycle he would register himself with this name: Marco Antonio Arroyo Benites.
In 1973 I started secondary school at San Pedro in Chimbote, and here I ran into Marco again. The following year he was already my best friend and by 1975 we were inseparable classmates. Marco was good at math, and I liked language arts and social studies.  We joined forces to combine our talents, and our study group became the best in the class.
Under the pretext of homework, I often visited his home on Balta Avenue, a few steps from the intersection with Pardo Avenue. Each time I went to his house his mother, Doña Consuelo, would offer me my favorite dish: fried fish with rice and plenty of “zarza” (lemon/onion salad). We listened to music by the band Los Galos while doing homework, and talked about everything, especially about girls and the doubts of adolescence.
The music was not always by Los Galos. Marco introduced me to Manuel Bonilla’s evangelical music. And before you know it I was attending the Church of Christ. I confess I went to church more for the girls than for the worship, but I also liked the Bible studies. Marco's father, Don Félix, led an interesting Bible course which I started going to.
Marco began his college career before me. In 1979 he moved to Lima, and the following year began studying Chemical Engineering at the National Engineering University. Meanwhile, I was caught in the whirlwind of politics, and it took me a little longer before I went to Trujillo in 1983 to study Law and Political Science at the National University of Trujillo.
In 1982 Marco met Eva, a beautiful girl from Samanco (Ancash, Peru), with whom he began a wonderful love story, and his children began to arrive: Mirella in 1983, Ivone in 1985, Hanss in 1987 and Nicole in 1995. Then the relationship with Eva ended, and in 1996 he had one more child, Sebastián, in another relationship.
At one point during the 1980s Marco interrupted his chemical engineering studies. He needed to work. He reinvented himself and entered a new world: the one of hairdressing. Since then Marco remains one of the most prestigious stylists of Lima. When he broke the news to me that he was leaving college, I remember that he said to me, "You might not see the connection, but I am going to use my geometry studies to be the best hairdresser in Lima." His words were prescient.
There were also tough times. One day in 1987 I was in my student room in Trujillo’s Colombus Street. The radio was on, bringing the news to me. Suddenly a reporter announced a terrible road accident in Chepén. When hearing the list of the deceased a name shook me, but I wanted to believe that it was only someone else with the same name. Seconds later the phone rang, and my landlady shouted in the direction of my window, "Eduardo, telephone, your mom says it's urgent!". Doña Consuelo, Marco’s mom, was gone forever.
1987 was also the year that Marco started to travel around the world. Argentina and several European countries witnessed his polished skills. To his triumphs in Lima, a great international experience was added.

Lima 2007 - Eduardo and Marco 
I, on the other hand, left for Europe in the early '90s. In London I met Terry, my wife, and my only daughter, Dorothy, was born. Every two years I take my family to Peru. Arriving at Lima’s Jorge Chávez International Airport, Marco is always waiting for us and never lets us stay in hotels: he take us to his place. So we stayed at his small apartment on Angamos Avenue in Lima’s Miraflores district, where Marco gave us his bed while he slept in his barber chair. And later we stayed at his spacious apartment/salon on Dos de Mayo Avenue in the same district of Lima.
If someone were to ask me to define Marco with one word the answer would be easy: Determination. Several times I have seen Marco fall on hard times, and he always said the same thing to me: "Give me a few months and I’ll be back in business again.” He always kept his word.
And if someone were to ask Terry and Dorothy for the most exciting part of their visits to Lima the response would always be the same: when Marco does their hair. On our last visit to Lima we did not have time for this treat, but Marco traveled seven hours from Lima to Chimbote, with a pair of scissors in his pocket.  We had a chance to visit with each other, and he also made time to style Terry and Dorothy’s hair before returning to Lima. 
And for Dorothy there is always another special treat in Chimbote: Marco’s father, a prestigious jeweler, has done several jobs for her, including a bracelet. Dorothy is growing up, and in each of the visits Don Félix keeps adding links to the bracelet.
Marco: Thus is our friendship, like the links that have been added to Dorothy’s bracelet. It is a treasure enriched with time. Gone are so many things, like Inés and Hilda, like Pocha and La Zarca. Do you remember them? When we were young we shared so much time together that we ended up falling in love with pairs of friends!
Returning to the present. Today is a special day for you. And I wanted to offer testimony to our friendship. Happy Birthday!
Eduardo.
New Hampshire, USA
December 13, 2011
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sábado, noviembre 19, 2011

THE FIRST KISS (...well given!)



THE FIRST KISS (...well given!)
Eduardo  as a  child on a  bike.  
The first kiss was still far away...
In 1972 my father closed the corner shop that he had in our house, and opened a bike repair shop in a kind of street market on the second block of Chimbote’s Buenos Aires Avenue, between Pizarro and Garcilazo’s streets.
At the workshop bicycles were rented by the hour to the neighborhood kids. Those were times when having a bicycle was almost a luxury. I helped my dad in his workshop every day after school, as well as during weekends and school vacations.
Day in and day out the workshop was full of teenagers waiting for their turn to rent a bike. For some reason the girls preferred that I help them. And so I became friends with many of them ... even more than friends!
Towards the end of 1973 I was 13 years old. At that time, to prevent theft from the workshop, my dad sent my brother Fernando (who was 14) and I to sleep there each night.  We did this happily.  In fact, there was good reason for us to be happy. 
Every night when we arrived at the workshop, Fernando and I picked the best bikes and went for a ride. I always went in search of the neighborhood girls who were always waiting for me at their door for their "turn" to ride with me on the cross bar.
Night after night, half a dozen girls jumped up for a turn on my bike. For some of them it was a short ride. And for others it was a longer one, through less lit places ...
By the end of 1974, I was usually hugging and kissing some of these girls each night.  However, none of these kisses scattered along the bike route was meant to be the first "well given" kiss of my teenage years, since this privilege would be reserved for a kiss that would come the summer of 1975.
Eduardo,1975.
Her name was Nelly. She was a little taller, darker skinned,  and older than me. She was pretty, with slightly curly hair and a long neck. I enjoyed her company a little more than the other girls’ and her conversation was also more interesting to me.
We kissed through her window, or in the darkness of the area around the workshops on Buenos Aires Avenue. This went on for several weeks, until there came the day of the definitive kiss.
It was like this:
One night in front of the workshops, standing on the wooden railroad ties that ran along Buenos Aires Avenue, I was kissing her. Suddenly she pushed me away gently with her hand. In the glow that came from the nearby Martinez Undertaker's neon sign, I could see her eyes. And she said:
"... Eduardo, that is how a boy kisses his mom". I still had not recovered from my surprise when she added: "I am going to teach you how a boy should kiss a girl". And then she kissed me.
It was a new and different kiss. A kiss that paled in comparison to all the misspent kisses that came before. A kiss that marked a "before" and "after". A kiss that charted a new era in the innocence of my 14 years of age.
Nelly smiled. "Did you like it?" she asked. And she also asked if I could repeat the lesson. I do not remember what my answer was for the first question, but I tried to be “diligent” in showing my yes to the latter. She did not present new claims.
Later my relationship with Nelly ended. I don’t remember how. What I do remember is that two years later she left her previous school and went to finish high school at Santa María Reyna, across from my house.
In those days, in the afternoons, I would wash my face, groom my hair, and then stand at the corner of my house in order to see the girls leaving the school. Among the group that passed by was Nelly. I smiled shyly. She smiled back mischievously.
And while she smiled, I seemed to find in the brightness of her eyes the reflection of a distant smile. The smile I saw two years previously, thanks to the glow of the neon sign outside the Martinez Funeral Home, in the darkness of the second block of Buenos Aires Avenue...
... the reflection of Nelly smiling at me after the lesson and the first kiss (well given) of my adolescence.
New Hampshire, USA
  November 2011

ps - If the reader were curious to know more about Nelly, a previous article provides additional references. This is the link:


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EL PRIMER BESO (...bien dado!)


EL PRIMER BESO (...bien dado!)

Eduardo: niñez y bicicleta. El 
primer beso todavía estaba lejos...
En 1972 mi papá cerró su tienda de abarrotes que tenía en la casa, y abrió un taller de reparaciones de triciclos y bicicletas en una especie de mercado persa que había en la segunda cuadra de la Avenida Buenos Aires de Chimbote, entre los jirones Pizarro y Garcilazo.
En el taller también se alquilaban bicicletas por hora a los muchachos del barrio. Eran tiempos en que tener una bicicleta era casi un lujo. A la salida de la escuela yo ayudaba a mi papá en su taller, e igualmente lo hacía durante los fines de semana y las vacaciones escolares.
Diariamente el taller se llenaba de adolescentes esperando por su turno para alquilar una bicicleta.  Por alguna razón las chicas preferían que yo las atendiera. Y es así como me hice amigo de muchas de ellas... e incluso más que amigo!!
Hacia fines de 1973 yo tenía 13 años de edad. En ese tiempo, para evitar robos en el taller, mi papá nos mandaba a mi hermano Fernando (quién tenía 14) y a mi a dormir allí.  Nosotros íbamos con mucho gusto, en realidad, había una buena razón para este buen talante.
Cada noche al llegar al taller, Fernando y yo escogíamos las mejores bicicletas y salíamos a pasear. Yo siempre iba en busca de las chicas del barrio, quienes con puntualidad me esperaban en las puertas de su casa por su “turno” para yo pasearlas en la “caña” de la bicicleta.
Noche a noche, media docena de chicas subían a mi bicicleta. Para algunas un paseo corto. Y para las otras un recorrido más largo, y por parajes más oscuros...
Hacia fines de 1974, cada noche yo abrazaba y besaba a varias de estas chicas. Sin embargo, ninguno de estos besos desperdigados en el camino de la bicicleta estuvo destinado a ser el primer beso “bien dado” de mi adolescencia, pues este privilegio estaría reservado para un beso que llegaría el verano de 1975. 
Eduardo,1975.
Nelly se llamaba. Era un poquito más alta, más oscurita y mayor que yo. Era guapa, de cabellos ligeramente ensortijados, y un cuello largo y distinguido. Gustaba de su compañía un poco más que la de otras chicas y su conversación me era también más interesante.
Nos besábamos en la ventana de su casa, y otras veces en las inmediaciones y la oscuridad de los talleres de la segunda cuadra de la Avenida Buenos Aires. Llevábamos ya varias semanas de besuqueos y abracitos, hasta que llegó el día del beso definitivo. 
Fue así:
Una noche frente a los talleres, parados sobre los durmientes de la línea férrea que corría a lo largo de la Avenida Buenos Aires, yo la besaba. De pronto ella me apartó suavemente con la mano. En el resplandor que nos llegaba del letrero luminoso de la Funeraria Martínez pude ver su mirada. Y ella me dijo:
“...Eduardo, esa es la forma como un chico besa a su mamá”. Aún no había salido de mi sorpresa, cuando ella añadió: “Yo te voy a enseñar cómo un chico debe besar a una chica”. Y entonces me besó. 
Fue un beso nuevo y diferente. Un beso que palideció a todos los besos malgastados antes de ese instante. Un beso que marcó un “antes” y un “después”. Un beso que trazó una nueva era en la inocencia de mis 14 años de edad.
Nelly sonrió. “¿Te gustó?”, me preguntó. Y me preguntó también si yo podía repetir la lección. No recuerdo que respondí a lo primero, pero traté de ser aplicado en cuanto a lo segundo. Ella no presentó nuevos reclamos.
Tiempo después acabó mi relación con Nelly. Tampoco recuerdo cómo. Lo que si recuerdo es que dos años más tarde ella dejó su anterior colegio y vino a terminar la secundaria al Colegio Santa María Reyna, frente a mi casa.
Eran tiempos en que a cada atardecer yo me lavaba la cara, me acicalaba el cabello, y me paraba en la esquina de mi casa para ver pasar a las estudiantes que salían del colegio. Entre el pelotón de chicas pasaba Nelly. Yo le sonreía con timidez. Ella me sonreía con picardía. 
Y mientras ella sonreía, en el brillo de sus ojos me parecía encontrar el reflejo de una sonrisa más lejana que pude ver dos años atrás, gracias al resplandor del letrero luminoso de la Funeraria Martínez, en la oscuridad de la segunda cuadra de la Avenida Buenos Aires... 
... El reflejo de Nelly sonriéndome luego de la lección y del primer beso (bien dado) de mi adolescencia.
New Hampshire, USA
 Noviembre, 2011
P.D.: Si el lector tuviera curiosidad por conocer algo más de Nelly, en un artículo anterior aporto otras referencias. Éste es el enlace: UNA VIEJA FRASE OLVIDADA
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sábado, noviembre 05, 2011

BAKER STREET STATION, EIGHT O’CLOCK A.M.



BAKER STREET STATION, 8:  
EIGHT O’CLOCK A.M.
Baker Street Station, London, England
Boom, Boom! goes my heart at eight o'clock in the morning while I wait on Baker Street Station’s west platform for the Circle Line train in London, England.
One hour earlier, Terry (my wife) and Dorothy (my daughter) had left our home in Walthamstow, and taken the train to Baker Street Station.
And what am I doing at that hour of the morning in the London subway station? ... The story goes like this:
In 1998 Terry was pregnant with Dorothy. And since we both worked full time, we talked about who would take care of the baby when she was born.
Normally, a British couple would pay someone, or some nursery, to take care of their young children while they work. But that was out of the question for us, because the costs were beyond our means.
So we decided that I should stay at home to take care of the baby and see whether I could work nights. My bosses accepted the change of shift and gave me a half shift from 4 to 8 am in the offices located one block away from Baker Street Station.
Boom, Boom! goes my heart. A sign announces that the eight o'clock train will arrive at any moment. I'm ready, standing on the very edge of the end of the platform where the sliding doors of the last carriage will open, and Terry will appear with Dorothy in her arms.
Meanwhile, Terry has already unbuckled the "kanguru" baby carrier that holds Dorothy, and she is ready for when the train stops and the doors are opened.
Boom, Boom! goes my heart. The train has stopped. I am in the right place. The doors are opening, Terry looks around for me among the platform crowd, finds me and steps down to hand me the baby and jump back on the train just before the doors are about to close...with an extra second to mouth a silent farewell before the train takes off.  
Far end of west platform, Baker Street Station 


Then Terry would continue on the same train traveling towards Notting Hill where she worked as a teacher at Southbank International School. As for me, at the edge of the platform, I buckled the “kanguru” up, and turned around to go to the opposite platform where I would take the train back to our house in Walthamstow.
There were many mornings when I arrived a few seconds late to Baker Street Station’s west platform, and I lost my "place" in the exact spot where the sliding doors of the Circle Line’s last carriage would open.
But even though the platform was always crowded, many of the waiting passengers were the same people who were there every morning. And if I lost my "place", there was always the voice of a European gringa who would say these words: "Please, excuse me, this gentleman needs to stand on the very edge of the platform.”
For Terry and I this was the morning routine from the time Dorothy was born until four and a half years later, when we moved from Europe to New Hampshire, USA.
At first, Terry handed Dorothy to me in the "kanguru" baby carrier. Then things got a little bit more complicated, since Dorothy came in a push chair (stroller). But the plan still worked.
And if it ever failed, it was not our fault. It was due to something like railway employee strikes, or security alerts. In these cases the train station closed. But we had a Plan "B".
And what was Plan “B” about?
Terry would take the baby to her work in Notting Hill, and I would reach them by some other means of transport.
In these cases, when arriving to Terry’s classroom, the scene was always the same: the students were not paying much attention to the teacher, “Miss Terry”, since they all preferred to play with her daughter.
Since my family and I left London in 2003, we always return to this great city every couple of years. Among the spots I visit I like to go back to my "place" on Baker Street Station’s west platform.
I go to it in pilgrimage, in search of strength and inspiration. And because I think there are things in life that we must love forever.
New Hampshire, USA
November 2011
NOTE:
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BAKER STREET STATION, OCHO EN PUNTO DE LA MAÑANA



BAKER STREET STATION, OCHO EN PUNTO DE LA MAÑANA 
Baker Street Station, Londres-Inglaterra
¡Pum, Pum! Suena mi corazón a las ocho en punto de la mañana mientras espero por el tren de la Circle Line, en el andén oeste de Baker Street Station en Londres, Inglaterra.
Una hora antes, Terry (mi esposa) y Dorothy (mi hija) han salido de nuestra casa en Walthamstow, y han tomado el tren con dirección a Baker Street Station. 
¿Y qué hago yo a esa hora de la mañana en aquella estación del metro londinense?... la historia es así:
En 1998 Terry estuvo embarazada de Dorothy. Y considerando que ambos trabajábamos a tiempo completo, conversamos acerca de quién cuidaría a la bebé cuando naciera.
Normalmente, una pareja británica paga a alguien, o a alguna guardería para hacerse cargo de sus hijos pequeños mientras ellos trabajan. Pero eso estaba descartado para nosotros, pues los costos estaban por encima de nuestras posibilidades económicas. 
Entonces decidimos que me quedara en casa a cargo de la bebé y viera la posibilidad de trabajar por las noches. En el trabajo aceptaron el cambio de turno y me dieron medio horario: de 4 a 8 de la mañana en las oficinas ubicadas a una cuadra de Baker Street Station.
¡Pum, Pum! Suena mi corazón. Un letrero anuncia que el tren de las ocho arribará en cualquier momento. Ya estoy listo, parado en el borde mismo del extremo final del andén, donde las puertas corredizas del último vagón se abrirán y aparecerá Terry con Dorothy en sus brazos.
Entre tanto Terry ya se ha desabrochado el “canguro” donde carga a Dorothy, y está lista para cuando el tren se detenga y se abran las puertas.
¡Pum, Pum! Suena mi corazón. El tren se ha detenido. Yo estoy en el sitio correcto. Las puertas se están abriendo, Terry me busca con la mirada entre el gentío del andén, me ubica y me entrega la bebé al tiempo que las puertas del tren se cierran ...Y todavía hay un segundo adicional para gesticular un adiós con la boca.

Extremo final del andén oeste de Baker Street Station
Luego, Terry continuaría de largo en el mismo tren con destino a Notting Hill donde trabajaba como profesora para el Southbank International School. En cuanto a mí, en el borde del andén, me abrocho el canguro, y doy la media vuelta para ir al andén opuesto donde cogeré el tren de regreso a nuestra casa en Walthamstow. 
Muchas mañanas hubieron en que llegué con algunos segundos de retraso al andén oeste de Baker Street Station, y perdía mi “sitio” en el punto exacto donde las puertas corredizas del último vagón de la Circle Line se abrirían.
Pero, a pesar de que el andén siempre estaba abarrotado de gente, muchos de estos pasajeros eran las mismas personas de cada mañana. Y si yo perdía mi “sitio”, no faltaba la voz de una gringa europea que dijera estas palabras: “Por favor, disculpen, este señor necesita estar parado en el borde mismo del andén”.
Para Terry y yo esa fue la rutina de cada mañana desde que Dorothy nació hasta cuatro años y medio más tarde cuando dejamos Europa para mudarnos a New Hampshire, USA.
Al principio Terry me entregaba a Dorothy en un “canguro”. Luego las cosas se hicieron un poquitín más complicadas, pues Dorothy venía en un andador. Pero el plan siguió dando resultados. 
Y si alguna vez falló no fue por culpa nuestra. Se debió a algún paro de los empleados de los trenes, o a alguna alerta de seguridad. En estos casos la estación del tren cerraba. Pero nosotros teníamos un Plan “B”.
¿En qué consistía?
Terry seguiría de largo con la bebé hasta su trabajo en Notting Hill, y yo le daría el alcance luego por algún otro medio de transporte. 
En estos casos, al llegar al salón de clase de Terry, la escena era siempre la misma: los alumnos no prestaban mucha atención a la profesora Terry, pues todos preferían jugar con la pequeña. 
Desde que mi familia y yo dejamos Londres en el 2003, siempre regresamos cada dos años a esta gran ciudad. Entre los lugares que visito me gusta volver a mi “sitio” en el andén oeste de Baker Street Station.
Voy a ella en peregrinación, en busca de fuerzas e inspiración. Y porque pienso que hay cosas en la vida que debemos amar para siempre.
New Hampshire, USA
Noviembre, 2011
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